La fe que la oposición no puede destruir
Por el presidente John Taylor, pronunciado en la Conferencia General, celebrada en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 6 de octubre de 1879.
John Taylor exhorta a los santos a permanecer fieles a Dios ante la oposición, respetar los derechos de los demás y confiar en que ningún poder podrá detener la obra divina.
La obra de Dios no puede ser impedida—Los Estados Unidos serán afligidos por juicios
He escuchado con interés las palabras de los hermanos esta tarde, y estoy agradecido de comprobar que el buen mormonismo de antaño, o la condición de Santos de los Últimos Días, todavía no ha muerto del todo; que aún vive un poco de él en el pecho de los santos, de nuestros oradores y de quienes escuchan. Los metodistas, como saben, solían ofrecer una oración para que «Su Espíritu pasara de corazón a corazón como el aceite pasa de una vasija a otra», y he pensado que esa clase de espíritu se ha manifestado aquí hoy en mayor o menor grado, tengamos o no metodistas entre nosotros.
Hemos venido aquí, como se ha dicho, para adorar a Dios Todopoderoso de conformidad con Sus mandamientos. La mayoría de esta congregación eran buenos ciudadanos antes de venir aquí. Algunos proceden de diversas partes de Europa y de otras partes de la tierra, y muchos de diferentes lugares de los Estados Unidos. Eran buenos ciudadanos y observaban las leyes del país al que pertenecían. Han observado todas las leyes de los Estados Unidos, salvo una que se promulgó expresamente para hacerlos desobedecer a Dios; por tanto, en lo que respecta a los asuntos políticos y a los deberes correspondientes a los ciudadanos de los Estados Unidos, han conservado su integridad hasta el presente. Recuerdo que, en un tribunal de aquí, hace unos tres o cuatro años —no recuerdo precisamente cuándo, pero al tribunal parecía gustarle mucho intervenir en asuntos religiosos; no siempre había sido así, pero supongo que la civilización ha avanzado—, se me preguntó: «¿Cree usted en obedecer las leyes de los Estados Unidos?». «Sí, en todas menos una»; de hecho, yo tampoco había quebrantado aquella. «¿Qué ley es esa?». «La ley relativa a la poligamia». «Bien, ¿por qué hace una excepción con esa?». «Porque —respondí— es contraria a la naturaleza y al espíritu de nuestra institución; porque es contraria a la Constitución de los Estados Unidos; y porque viola la ley que Dios me ha dado». Sin embargo, desde entonces la Corte Suprema de los Estados Unidos la ha reconocido como ley del país, es decir, la ha ratificado; en aquel entonces no la había ratificado, pues esa cuestión aún no se había resuelto. Hoy estamos aquí, congregados conforme a la palabra y a la ley de Dios y a los mandamientos que Él nos ha dado. «Juntadme a mis santos —dice uno de los antiguos profetas—, los que hicieron conmigo convenio con sacrificio». «Os tomaré —dice otro—, uno de una ciudad y dos de una familia, y os llevaré a Sion; y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con entendimiento». Ahora bien, los siervos de Dios en estos últimos días han sido enviados, como lo fueron en tiempos antiguos, a recoger al pueblo, y el Señor nos ha dado esta ley, la ley de la poligamia, entre otras cosas; y lo sé ante Dios y puedo dar testimonio de ello, aunque nadie más lo sepa. Sé que vino de Dios y que Dios es su autor. Pero hay cientos y miles de otras personas que tienen conocimiento de lo mismo; no obstante, hablo de ello de esta manera para testificar ante Dios, los ángeles y los hombres, ante esta nación y todas las demás naciones, que vino de Dios. Esa es la razón por la que hablo de ello: para darles mi testimonio a ustedes y a las naciones de la tierra. Ahora bien, en cuanto al resultado, eso queda entre Dios y el pueblo. A nosotros nos corresponde hacer la voluntad de Dios; al Señor le corresponde producir los resultados a Su propia manera. Pero hay una cosa que puedo asegurar a todos los hombres, en el nombre del Dios de Israel: ni esta nación ni ninguna otra pueden hacer nada contra la verdad, sino a favor de la verdad. Hagan cuanto puedan y válganse de todos los recursos a su alcance, no podrán hacer nada por sí mismos en estas cuestiones, porque el Señor les dirá, como dijo a las olas del poderoso océano: «Hasta aquí llegarás y no pasarás adelante, y ahí parará el orgullo de tus olas». Así son las cosas. El profeta dice en otro lugar: «Ciertamente la ira del hombre te alabará; tú reprimirás el resto de las iras». Él se encargará de lo demás. Pondrá un garfio en las quijadas de los hombres y de las naciones, y los conducirá como le plazca. Todos están en Sus manos, como nosotros estamos en Sus manos.
¿Debemos sorprendernos de que la gente sienta enemistad hacia el Evangelio de Jesucristo? No. ¿Debemos sorprendernos de que los hombres, como dicen las Escrituras, «vayan de mal en peor, engañando y siendo engañados»? No. Lo hemos predicado; yo lo he predicado durante más de cuarenta años en esta nación y en otras naciones. ¿Debemos sorprendernos de que pisoteen la Constitución de los Estados Unidos? No; José Smith nos dijo que lo harían. Muchos de los que me rodean aquí sabían desde hace mucho tiempo que harían esto, y sabían además que los últimos que se reunirían en torno a ese documento sagrado para salvarlo de las garras de hombres inicuos serían los élderes de Israel. Por tanto, cuando vemos que estas cosas avanzan, ¿debemos asombrarnos? No creo que debamos hacerlo. Algunos de los nuestros, como saben, que son un poco vacilantes, ¿en qué posición se colocan? Pues se quedan a horcajadas sobre la cerca, diciendo: «Buen Señor y buen diablo», sin saber en manos de quién caerán; cuando ven suceder algunas de estas cosas, se llenan de asombro. Pero los hombres que comprenden su situación y poseen el don del Espíritu Santo y el Espíritu del Dios viviente esperan tales cosas y no se sorprenden en absoluto. ¿Nos sorprendimos cuando tuvo lugar la última guerra terrible aquí, en los Estados Unidos? No; los buenos Santos de los Últimos Días no se sorprendieron, porque se les había hablado de ella. José Smith les había dicho dónde comenzaría, que sería una época terrible de derramamiento de sangre y que comenzaría en Carolina del Sur. Pero les digo hoy que el fin aún no ha llegado. Verán cosas peores que aquella, porque Dios pondrá Su mano sobre esta nación, y la sentirán de manera más terrible de lo que jamás la han sentido; habrá más derramamiento de sangre, más ruina y más devastación de lo que jamás hayan visto. ¡Anótenlo! Lo verán cumplirse; apenas está comenzando. ¿Y sentirían deseos de regocijarse? No; yo sentiría pesar. Yo sabía muy bien lo que sucedía cuando comenzaba aquella última guerra, y habría podido llorar, y lloré, por esta nación; pero aún ha de oírse un estruendo de guerra, tribulación y angustia, en el que el hermano se enfrentará al hermano, el padre al hijo y el hijo al padre; una escena de desolación y destrucción que se extenderá por nuestra tierra hasta que el solo oír de ella cause espanto. ¿Ayudarían ustedes a provocarla? No, yo no lo haría; la detendría si pudiera. Derramaría aceite, vino y bálsamo, y procuraría conducir por el camino recto a las personas que quisieran dejarse guiar por él, pero no quieren. Nuestros élderes harían lo mismo, y los estamos enviando y haciendo todo lo que podemos, escogiendo a los mejores hombres que podemos encontrar —hombres de fe, hombres de honor, hombres de integridad— para que salgan a predicar el Evangelio a esta nación y a otras naciones. ¿Y cómo los reciben? No hace mucho mataron a uno y atacaron a otros en turbas. Bien, no podemos evitarlo. Están en tinieblas; no comprenden la posición que ocupan; no saben de qué espíritu son. Pero es nuestro deber tener las entrañas llenas de compasión hacia ellos y enviarles el mensaje de vida. Sin embargo, cuando nuestros élderes van entre esas personas, tienen que arriesgar la vida y confiar en el Dios viviente. No obstante, no debemos tener miedo ni inquietarnos por ninguna de estas cosas. «Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno». Sí, les digo: témanle a Él. Y hoy sentimos que, aunque estamos dispuestos a someternos a toda disposición humana que sea justa, equitativa y recta, a observar toda ley y a no interferir en los derechos de nadie, no ignoramos que es injusto que las legislaturas y los tribunales promulguen y hagan cumplir leyes para tendernos trampas y destruirnos; que un gobierno magnánimo y justo protegería a todos sus ciudadanos. Pero sentimos, al mismo tiempo, que el Señor es nuestro Dios, el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey, y Él gobernará sobre nosotros; y todos los que sientan deseos de decirlo, digan Amén. (La inmensa congregación respondió: «Amén»).
Es un hecho histórico, escrito con letras como de fuego vivo, que ni las naciones, ni los pueblos, ni los emperadores, ni los reyes, ni los presidentes, ni los poderes combinados de la tierra pueden regular la conciencia ni cambiar la fe del hombre. Noé mantuvo su fe solo frente a la de todo un mundo. Abraham no pudo ser desviado por las circunstancias más contrarias a la naturaleza y más adversas. Moisés, por mandato de Dios, resistió solo el poder del rey y de la nación de Egipto. Daniel, sin vacilar, dobló la rodilla ante el Dios de Israel a pesar de un decreto real que lo prohibía, promulgado mediante las intrigas de los poderes unidos del reino de Babilonia, que eran sus enemigos. Job, cuando fue probado, mantuvo su integridad, aun frente a Dios, y dijo: «Aunque él me matare, en él confiaré»; y dijo además: «Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo; y aunque los gusanos destruyan este cuerpo, aun así, en mi carne he de ver a Dios». No se pudo obligar a los tres jóvenes hebreos a inclinarse ante la imagen que había erigido el rey de Babilonia; antes que negar su fe, escogieron el castigo del horno de fuego, en el que caminaron acompañados por el Hijo de Dios. Jesús vino a hacer la voluntad de Su Padre, y aunque al hacerla sudó grandes gotas de sangre y suplicó a Su Padre que, si era posible, pasara de Él la copa, dijo: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»; y cuando gemía en agonía mortal, clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Y aunque hubiera podido mandar a doce legiones de ángeles, que le habrían obedecido, en obediencia al mandato de Su Padre dijo serenamente: «Consumado es», y entregó el espíritu.
Y esta nación todavía podrá aprender que, bajo ningún pretexto ficticio, como los que empleó la nación babilónica contra Daniel y otros, podrá pervertir ni derribar la fe y la religión de los Santos de los Últimos Días; y que ninguna disposición legislativa ni resolución judicial puede arrancar de la mente del hombre su fe imperecedera, ni abolir por ley las escrupulosas exigencias de una conciencia inexorable. El potro de tormento, la horca, la hoguera y la muerte en todas sus horribles formas nunca lo han conseguido ni jamás lo conseguirán. Y en la libre América, la tierra que tanto se jacta de su tolerancia, será tan impotente bajo el disfraz de la libertad como lo fue en otras épocas bajo el nombre del despotismo. Y el Congreso, para encubrir su vergonzosa infracción de la Constitución de los Estados Unidos, que garantiza la libertad religiosa a todos —a fin de evitar el oprobio de la persecución religiosa que naturalmente recae sobre él—, puede tergiversar una institución de Dios, dando a la poligamia el nombre erróneo de bigamia y diciendo que no es religión; y aunque la Corte Suprema de los Estados Unidos confirme sus actos, hay más de cien mil personas que conocen el asunto mejor que ellos y que declararán que la poligamia forma parte de su religión y es un mandamiento y una revelación de Dios.
Estos son nuestros sentimientos, y procuraremos reconocer al Señor en todas las cosas. Y, por otra parte, no deseamos tratar a nadie irrespetuosamente. ¿Tenemos alguna disputa con esta nación? No; ellos buscan disputar con nosotros; no les demos la oportunidad. Son como el muchacho que se pavonea por la calle con una astilla sobre el hombro, desafiándonos a que se la derribemos de un golpe. Pero no se la derribaremos; dejemos que se pavoneen. Es cierto que hacen cuanto pueden por molestarnos y provocarnos; es decir, unos pocos hombres ruines lo hacen, aunque ese no es el sentir general de la nación, sino que se limita en gran medida a fanáticos religiosos y políticos corruptos; algunos de ellos ocupan cargos en el gobierno y procuran provocar contiendas. ¿Para qué? Pues quieren que resulte elegida determinada «lista de candidatos». Gran parte de todo este «alboroto y ostentación» que tenemos hoy no es más que una estratagema política al servicio de los intereses partidistas. ¿Para qué? Pues los hermanos se lo han dicho. El mormonismo es muy impopular, y si pueden hacer algo que se oponga al mormonismo, eso satisfará a los sacerdotes vociferantes de todo el país y a muchos de sus rebaños. Como señaló uno de los hermanos, cuando Jesús fue crucificado, Pilato y Herodes pudieron hacerse amigos. Cuando se trata de oponerse al mormonismo, todos los hombres, o al menos muchísimos, pueden unirse para combatirlo. Y quieren presentarse ante el pueblo y decirle que han erradicado la esclavitud y que ahora van tras el mormonismo: ¿y no se unirán ustedes, fanáticos religiosos? No, discúlpenme, quiero decir ustedes, personas religiosas puras y santas, que son tan humildes y poseen tanto del espíritu que moraba en el humilde Jesús, ¿no nos ayudarán a hacer esto? ¿No votarán por nosotros porque estamos haciendo esto? Pues, benditas sean sus almas, no vacilarían en barrernos de la faz de la tierra con tal de resultar elegidos. Eso es lo que sienten. No les importan nada los derechos humanos, la libertad ni la vida, si pueden conseguir los resultados que desean. Despojarían, destruirían y derribarían a este pueblo para lograr sus propios fines. Bien, es cierto que al otro partido no le agradaría mucho, pero no querría verlo desde una perspectiva política. Sin embargo, a nosotros nos corresponde hacer lo mejor que podamos. Tenemos que poner nuestra confianza en el Dios viviente. Podríamos preguntar: ¿Obtendrán algún beneficio de cualquier medida que tomen contra los Santos de los Últimos Días? ¡No! ¡¡Mil veces no!! Les digo que la mano de Dios estará sobre ellos por ello, y todo pueblo, sea esta nación o cualquier otra, que levante sus manos contra Sion será consumido; y quienes quieran intentarlo, que lo intenten, y que respondan por ello ante su Dios. Pero a nosotros nos corresponde temer a Dios y guardar Sus mandamientos; podemos permitirnos hacer lo correcto, puedan o no hacerlo los demás. Respeten a todos los hombres en sus derechos, en su posición y en sus privilegios políticos y sociales, y protéjanlos en ellos; pero no participen de sus malas obras, de sus crímenes ni de sus iniquidades, de los que han oído hablar aquí hoy. No queremos que nos impongan sus tabernas, sus borracheras, sus juegos de azar, su libertinaje y su lascivia. No queremos esos acompañamientos de la civilización. No queremos que nos impongan esa institución de la monogamia llamada el mal social. Iremos tras ellos; nos constituiremos en policía, los buscaremos, los sacaremos a rastras de sus antros de infamia y los expondremos ante el mundo. No permitiremos que nos impongan su vileza, con sus feticidios e infanticidios. Y ustedes, hermanas, no permitan contaminarse al rozar sus faldas mancilladas. ¡Manténganse apartadas de ellos! Que se revuelquen en su infamia, y protejamos nosotros lo recto; estemos a favor de Dios y de Su Cristo, del honor, de la verdad, de la virtud, de la pureza y de la castidad, y de la edificación del reino de Dios. Amén.


























