Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 20

Un testimonio fundado en la revelación

Por el élder Lorenzo Snow, pronunciado en la Conferencia General, celebrada en el Tabernáculo de Salt Lake City, el 6 de octubre de 1879.

El conocimiento recibido por medio del Espíritu Santo constituye un fundamento firme que permite a los santos permanecer fieles a Dios aun en medio de la persecución.

La Iglesia está fundada sobre la roca de la revelación—Los santos fieles no pueden ser conmovidos por la persecución


Me han interesado mucho las palabras del hermano Orson Pratt.

Durante el breve tiempo que ocupe el púlpito, deseo hacer algunas observaciones acerca del fundamento sobre el cual hemos establecido nuestra fe y nuestra creencia en los principios del Evangelio sempiterno que hemos abrazado, y considerar qué medios emplean los élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días para establecer estos principios en el corazón de las personas de las diversas naciones donde proclaman la plenitud del Evangelio. Quizá sea conveniente, en vista de las circunstancias que nos rodean y en consideración de las dificultades que surgen entre nosotros —y que posiblemente pongan a prueba nuestra fe—, examinar de vez en cuando más detenidamente el fundamento sobre el cual basamos nuestras esperanzas: nuestras esperanzas en cuanto a nuestros bienes y en cuanto a nuestra capacidad para cumplir los mandamientos de Dios, resistir las tentaciones que se presentarán para probar nuestra fe y superar las dificultades que puedan interponerse en el camino de nuestro progreso. Al predicar el Evangelio en los días de los apóstoles, ciertas cosas acompañaban sus labores e inspiraban a las personas que recibían de sus manos la doctrina, llenándolas de gran confianza en cuanto a esos principios, como se muestra en cierta ocasión en que uno de los apóstoles emplea palabras como estas: «Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, y en el Espíritu Santo y en plena certidumbre». Se recordaba a las personas que habían recibido el Evangelio las bendiciones y los poderes particulares que acompañaban su administración. Cuando el Salvador ordenó a los discípulos y los envió a proclamar el Evangelio al mundo, les dijo que ciertas bendiciones y confirmaciones acompañarían su administración. En otra ocasión, cuando las personas deseaban saber acerca de la divinidad de Su misión, el Salvador les dijo que, si hacían la voluntad de Dios, conocerían la doctrina. Y, nuevamente, en cierta ocasión en que Sus discípulos se reunieron, les preguntó qué decía la gente acerca de Él, cómo lo describían y qué sentimientos había despertado entre ellos en cuanto a la divinidad de Su persona. Le informaron que la gente tenía diversas ideas y opiniones al respecto. Algunos pensaban que era uno de los profetas que había resucitado, que era Elías, Jeremías o Juan el Bautista, que había sido decapitado. Sin embargo, en medio de esta confusión de ideas, había una persona que había obtenido información correcta sobre el asunto, y de una fuente de la cual toda persona que recibe la plenitud del Evangelio tiene el privilegio de obtener un conocimiento perfecto de su divinidad. Volviéndose a los discípulos, dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?», y respondiendo Simón Pedro, dijo: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente!». Ahora bien, él había obtenido una revelación acerca de la naturaleza del Hijo de Dios. No la había obtenido mediante la observación de los milagros que Jesús había realizado. No la había obtenido de ningún otro origen ni fuente, salvo de Dios el Padre Eterno. Jesús le dijo: «Porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Mas yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Es decir, sobre la roca de la revelación, porque la naturaleza del Evangelio es tal que, cuando se proclama y se obedece sinceramente, las personas reciben un testimonio acerca de la divinidad de la doctrina. Esto se confirmó el día de Pentecostés. Pedro, al predicar al pueblo, dijo: «Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». Este don del Espíritu Santo es un principio diferente de todo cuanto vemos manifestado en el mundo sectario. Es un principio de inteligencia y revelación. Es un principio que revela las cosas pasadas, presentes y futuras, y estos dones del Espíritu Santo habían de recibirse mediante la obediencia a los requisitos del Evangelio, tal como lo proclaman los élderes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en estos días. Sobre esta roca debía estar fundada su fe; de esta fuente debían recibir conocimiento de la doctrina que habían abrazado, y el Salvador nos dice «que las puertas del infierno no prevalecerían contra ellos». Así, la Iglesia se organizó sobre el principio de la revelación. En ella fueron puestos «primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros; luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas». Así puso Dios en Su reino y en Su Iglesia aquellas cosas que estaban de acuerdo con la disposición y la voluntad del cielo, de acuerdo con las leyes del mundo celestial. En otro lugar se nos dice que Dios dio dones a los hombres. «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; y a otros, profetas; y a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros». Ahora bien, ¿con qué propósito fueron dados? Se nos dice que fueron dados «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo». ¿Durante cuánto tiempo debían continuar estos dones? Se nos dice que debían continuar «hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». Estos eran los principios que enseñaban los apóstoles, y cuando salían entre desconocidos podían decir: «Tenemos autoridad para administrar las ordenanzas del Evangelio; pero ustedes no pueden saber estas cosas a menos que reciban este conocimiento del mundo eterno. Profesamos tener esta autoridad, pero ustedes no nos conocen, no conocen nuestro carácter. Les requerimos que se arrepientan de sus pecados y sean bautizados para la remisión de ellos, y entonces tendrán un conocimiento de la verdad». Estas son las declaraciones de nuestros élderes en estos días; por este medio se ha congregado aquí el pueblo de las diversas naciones de la tierra. Aquí tenemos personas de Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Francia y de casi todas las naciones de la tierra. ¿Por qué nos hemos congregado en estos valles de las montañas? ¿Por qué hemos dejado nuestros hogares en tierras lejanas? Porque reconocemos la verdad del Evangelio tal como lo proclaman los élderes. Hemos recibido el don del Espíritu Santo, que nos ha revelado este conocimiento; y es a causa de este conocimiento que estamos aquí hoy. ¿En qué lugar de todo el mundo pueden encontrar una clase de ministros que se atreva a adoptar la posición que adoptan nuestros élderes? ¿Dónde puede encontrarse un hombre o un grupo de hombres que se atrevan a presentarse ante el mundo y decir que han sido autorizados por Dios para administrar ciertas ordenanzas a las personas, mediante las cuales estas pueden recibir revelación de Dios? Cualquiera que anunciara una doctrina de esta clase pronto quedaría al descubierto si fuera un impostor; se colocaría en una posición muy peligrosa y pronto sería descubierto si no poseyera tal autoridad. Sin embargo, nuestros élderes se atreven a adoptar esta posición. La hemos mantenido durante casi cincuenta años. Dios ha enviado a Sus santos ángeles desde el cielo y ha restaurado al hombre la autoridad para administrar las ordenanzas del Evangelio, y por medio de estas, el don del Espíritu Santo confiere ahora al hombre conocimiento acerca de la divinidad de esta obra. Ahora bien, hablamos de que las personas sucumban debido a su inferioridad numérica o porque forman parte de la minoría. Eso puede estar muy bien, siempre que se trate simplemente de una obra humana. Podemos comprender perfectamente que, en tal caso, ciento cincuenta mil personas no podrían esperar prosperar ni tener éxito al oponerse a cuarenta y cinco millones de personas, o al sostener principios que estén en conflicto con los de ellas. Noé no habría podido esperar tener éxito frente a toda una generación mientras su doctrina era aceptada solamente por siete personas, si se hubiera tratado únicamente de una obra humana. Tampoco Moisés, cuando proclamó su mensaje, habría podido esperar triunfar frente al gobierno egipcio y su influencia si no hubiera sido inspirado y no hubiera tenido autoridad de Dios. No se trata de que un hombre o un grupo de hombres proclamen principios como divinos y exijan que sean aceptados, a menos que posean una autoridad superior a la del hombre. Por tanto, si los élderes de Israel han sido autorizados, si han recibido autoridad del Todopoderoso para proclamar estos principios, entonces será muy fácil comprender quién sucumbirá al final. Si es la obra de Dios, bien podemos prever cuál será el resultado. Había una ley en los días del rey Nabucodonosor que ordenaba a todas las naciones inclinarse ante la imagen de oro que él había erigido; se impuso a toda persona la obligación de no ofrecer oraciones al Dios del cielo. Bien, ¿cuáles fueron los resultados? Es muy fácil verlo; es muy fácil ver cuáles serán los resultados en todo tiempo cuando Dios tenga una obra que realizar en medio de un pueblo. Cuando hombres íntegros, hombres honrados, reciben conocimiento de algún principio, de un principio divino; cuando reciben una manifestación del Todopoderoso acerca de la verdad de alguna obra o doctrina, resulta muy difícil destruir ese conocimiento o arrancárselo por la fuerza. No pueden hacerlo mediante el encarcelamiento; no pueden hacerlo mediante ningún método de tortura. Así sucede con el pueblo llamado Santos de los Últimos Días. Puesto que han recibido estas doctrinas en las diversas naciones donde se ha proclamado el Evangelio, y puesto que han recibido una manifestación divina de la verdad de estos principios, no esperamos que, al venir aquí a estos valles de las montañas, se les haga abandonar estas cosas mediante el temor, porque la religión de un hombre le es más querida que la vida. ¿Ha recibido alguien una revelación en sentido contrario? ¿Ha recibido alguien una revelación de que José Smith no fue investido con poder de lo alto, o de que los élderes de Israel no han sido autorizados para predicar este Evangelio? No; pero podemos presentar a miles de personas que han recibido revelación de que estas cosas son verdaderas; miles y miles. Bien, entonces, el fundamento sobre el cual está edificada La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es la roca de la revelación, la roca sobre la cual Jesús dijo que edificaría Su Iglesia y contra la cual las puertas del infierno no prevalecerían. No hemos recibido este conocimiento por medio de carne ni sangre; no hemos recibido este testimonio del hombre; no lo hemos recibido mediante la lectura de la Biblia, del Nuevo Testamento ni del Libro de Mormón, sino que lo hemos recibido mediante la acción del Espíritu Santo, que enseña las cosas de Dios, las cosas pasadas, presentes y futuras, y que toma de las cosas de Dios y nos las manifiesta claramente. No pueden quitarnos este conocimiento mediante el encarcelamiento ni ninguna clase de persecución. Permaneceremos firmes en él hasta la muerte.

Y ahora, todo lo que los Santos de los Últimos Días tienen que hacer, todo lo que se requiere de nosotros para estar completamente seguros en toda circunstancia de tribulación o persecución, es hacer la voluntad de Dios, ser honrados y fieles, y mantenernos dedicados a los principios que hemos recibido; obrar rectamente unos con otros; no vulnerar los derechos de nadie; vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios, y Su Santo Espíritu nos ayudará y auxiliará en toda circunstancia, y saldremos de en medio de todo ello abundantemente bendecidos en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestros rebaños, en nuestros campos; y Dios nos bendecirá en todos los aspectos. Nos dará conocimiento sobre conocimiento, inteligencia sobre inteligencia, sabiduría sobre sabiduría.

Que Dios añada Su bendición sobre este pueblo. Que seamos fieles a nosotros mismos, fieles a todos los principios que hemos recibido, procurando de todo corazón el bienestar unos de otros, y Dios derramará Su Espíritu sobre nosotros, y al final saldremos victoriosos, lo cual pido en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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