Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 5

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¿Por Qué Nuestro Padre Eterno Creó un Mundo Donde Existen el Sufrimiento y el Dolor?


Pregunta: “Si Dios es todopoderoso, podría haber creado un mundo donde no existieran el dolor ni el sufrimiento. Puesto que en este mundo hay dolor y sufrimiento, entonces o Dios no es todopoderoso, o es cruel con Sus hijos al hacerlos sufrir como muchos de ellos sufren. No puedo adorar a un Dios ni formular un concepto que justifique el sufrimiento humano. La oración a tal Dios parece una burla”.

Respuesta: Quien sostiene tal pensamiento carece de comprensión en relación con el propósito de la vida mortal. No fuimos enviados aquí para tener una vida meramente de placer, libre de pruebas, enfermedades, algunos dolores físicos y desilusiones. El verdadero propósito de la mortalidad es doble: primero, obtener tabernáculos de carne y huesos; segundo, obtener experiencias que solo podrían adquirirse en la mortalidad.

El simple hecho es que vinimos aquí para participar tanto de lo amargo como de lo dulce, para adquirir conocimiento y sabiduría mediante las experiencias que brinda la mortalidad y que nos prepararían para regresar y avanzar hacia la perfección eterna.

En la vida mortal estamos en una escuela donde estamos siendo entrenados mediante todas las experiencias necesarias que nos prepararán para la vida eterna. Por lo tanto, algo de dolor, algo de tristeza y quizá desilusiones son esenciales para prepararnos para regresar como hijos e hijas de nuestro Padre Eterno, así como también lo son las cosas agradables de la vida en nuestra preparación para las bendiciones de la vida eterna. Así nos preparamos para la vida venidera. Aquí estamos en una escuela siendo capacitados con toda la preparación necesaria para la existencia futura. Por consiguiente, es esencial que entremos en contacto con algunas cosas amargas para que podamos apreciar las dulces y para que nuestra educación terrenal sea completa. Si no tuviéramos acceso a estas condiciones, nuestro entrenamiento mortal sería defectuoso y carecería de muchos aspectos esenciales para la exaltación que nos espera si somos fieles y veraces.

LA MORTALIDAD ES UNA ESCUELA

Si hubiéramos nacido en esta vida únicamente con el propósito de obtener placer, todo el propósito de la vida fracasaría. La mortalidad es, en todos los aspectos, una escuela necesaria: una escuela donde somos instruidos y recibimos conocimiento y experiencia que no podrían llegarnos de ninguna otra manera.

Un antiguo profeta del hemisferio americano nos dio un maravilloso consejo al enseñar a su hijo acerca del propósito de esta vida mortal:

Porque es necesario que haya una oposición en todas las cosas. De otro modo, hijo mío, primogénito en el desierto, no se podría llevar a efecto la rectitud, ni tampoco la iniquidad, ni la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal. Por tanto, todas las cosas necesariamente tendrían que ser un solo conjunto; por lo que, si fuese un solo cuerpo, tendría que permanecer como muerto, sin vida ni muerte, ni corrupción ni incorrupción, felicidad ni miseria, ni sensibilidad ni insensibilidad.
“Por tanto, habría sido creado para una cosa inútil; por consiguiente, no habría habido propósito en el fin de su creación. Por tanto, esto tendría que destruir la sabiduría de Dios y sus eternos propósitos, así como también el poder, la misericordia y la justicia de Dios”. (2 Nefi 2:11–12).

Nunca olvidemos que ninguna persona mortal sufrió jamás tan intensamente como nuestro divino Salvador Jesucristo. Toda Su vida en la mortalidad estuvo llena de tristeza, así como también del gozo que la vida proporciona. Su descripción de Su sufrimiento está registrada en Doctrina y Convenios con las siguientes palabras:

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
Pero si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
Padecimiento que hizo que yo, Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu; y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar;
Sin embargo, gloria sea al Padre, y participé y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres. (D. y C. 19:16–19).

UNA DECLARACIÓN DEL HIJO DE DIOS

Aquí, mi joven hermano, tenemos una declaración del Hijo de Dios acerca de cómo tomó sobre Sí el sufrimiento, ¿y por quién? Por ti y por mí, por toda otra alma que se arrepienta y reciba Su evangelio. ¿Y por qué este gran sufrimiento? Para que nosotros, los hijos de Dios, pudiéramos obtener la resurrección y, si somos fieles a los mandamientos del Padre, un lugar de salvación y exaltación en el reino de nuestro Padre.

¿Qué derecho tenemos nosotros, que somos tan grandemente bendecidos, de quejarnos porque el mundo en que vivimos está sujeto al dolor, la enfermedad y la tristeza cuando cometemos pecado? ¿Ha requerido nuestro Padre Eterno más de nosotros de lo que Él mismo sufrió en algún momento? ¿Has pensado alguna vez en el sufrimiento de Su Amado Hijo que, según se nos informa, fue tan grande que Su cuerpo tembló de dolor y la sangre brotó de cada poro de Su cuerpo? ¿Y por quién sufrió? No por Sí mismo, sino por toda alma viviente que se arrepienta y acepte Su evangelio. ¡Esa fue una manifestación de Su gran amor por todos nosotros, seres mortales!

Sí, nuestro Redentor hizo todo esto por ti y por mí, y por toda otra criatura que recibe vida mortal en este mundo. Cuán agradecidos deberíamos estar por esta manifestación de Su gran amor hacia nosotros. Porque por este medio podemos obtener la resurrección de entre los muertos y, si somos fieles a Sus mandamientos, la exaltación en el reino del Padre.

UNA IDEA EQUIVOCADA E INSENSATA

Es una idea equivocada e insensata pensar que la mortalidad debería ser un lugar para los hijos de nuestro Padre Eterno libre de todo dolor, enfermedad o prueba de nuestra fe, y finalmente de la muerte mortal. Vinimos aquí precisamente para enfrentar el dolor además del placer, la enfermedad además de la felicidad y la salud, y finalmente la muerte; vinimos aquí expresamente para obtener estas experiencias. Ellas serán esenciales para nuestro progreso en el mundo venidero, progreso que habría sido retardado si hubiéramos sido librados de todas estas cosas. Es absolutamente esencial que toda alma participe de estas experiencias. Ellas ayudan a hacernos fuertes.

Consideremos una comparación. Aquí hay dos hombres, ambos de la misma estatura y peso. Uno de ellos ejercita sus músculos mediante el trabajo y el ejercicio diario; el otro no hace nada más que sentarse o permanecer acostado. Uno cultiva su mente mediante el estudio; el otro no puede encontrar tiempo para hacer el esfuerzo de aprender. ¿Cuál deseas ser: el hombre ocupado y estudioso o el hombre perezoso y cómodo? En un caso, el hombre es activo, vigoroso y fuerte. El otro se vuelve débil, enfermizo y una carga para sí mismo y para los demás.

EL EJEMPLO DE OTROS DOS HOMBRES

Aquí hay otros dos hombres. Uno es estudioso, humilde y dado a la oración. Tiene la guía del Espíritu del Señor porque está dispuesto a guardar los mandamientos de Dios. Ha recibido, mediante su humildad y fe, el conocimiento de que Dios, su Padre Eterno, vive y de que Su Hijo Jesucristo es el Redentor del mundo. Es feliz y ama a sus semejantes.

El otro está sin esperanza. No tiene ninguna seguridad de salvación en el reino venidero. El futuro es para él un abismo, un lugar de oscuridad perpetua. Está sin esperanza ni seguridad de una vida eterna que finalmente llegará. ¡La muerte del cuerpo mortal no es el fin!

Sí, nuestro Señor y Redentor vino aquí y sufrió como ningún otro ser humano jamás fue llamado a sufrir, y pasó por esta terrible experiencia por ti y por mí, y por toda criatura viviente sobre la faz de la tierra, e incluso por la tierra misma, para que todos puedan obtener la resurrección y vivir de nuevo donde no hay muerte.

Si esto es verdad, ¿no deberíamos nosotros, los mortales sobre la tierra, amarlo, aprender a guardar Sus mandamientos y demostrar nuestra gratitud y amor por todo lo que hizo por nosotros?