Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 5

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¿Por los Pecados de Quiénes se Efectúa la Expiación?


Pregunta: “En nuestra discusión de temas doctrinales surgió la pregunta de si el Salvador, en virtud de su expiación, pagó o no por los pecados de toda la familia humana de Adán, o si sufrió solamente por los pecados de Adán y de aquellos que obedecen el evangelio. Todos entendíamos que la resurrección será universal, de modo que todas las criaturas que vivan en la mortalidad a causa de la caída recibirán la resurrección. Sin embargo, si el sacrificio del Salvador limpió o no a todos los mortales de sus transgresiones era un asunto en disputa. ¿Tendría la bondad de aclararnos este punto?”

Respuesta: La cuestión de la salvación para la humanidad fue respondida claramente por el Redentor en muchos discursos mientras ministraba entre los judíos. Él ofreció paz y descanso en el reino de su Padre a todos los que se arrepintieran y aceptaran las ordenanzas y enseñanzas de su evangelio. Declaró claramente que aquellos que rechazan el plan de salvación no son limpiados de sus pecados. En las maravillosas epístolas de Pedro y Pablo, así como en los numerosos discursos de nuestro Redentor, el plan de salvación se presenta con toda claridad.

EL CONSTANTE RUEGO DE NUESTRO REDENTOR

Este es el constante ruego de nuestro Redentor:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. (Mateo 11:28–29.)

La expiación del Salvador logró dos cosas maravillosas: primero, restauró toda cosa viviente que participa de la vida mortal a la vida eterna; es decir, concede a toda criatura mortal la resurrección y poder eterno sobre la muerte; segundo, proporciona la remisión de los pecados.

En una revelación dada al profeta José Smith en septiembre de 1830, encontramos la siguiente maravillosa y clara explicación de la resurrección y de la naturaleza completa o universal de esta restauración:

Y la grande y abominable iglesia, que es la ramera de toda la tierra, será derribada por fuego devorador, según fue dicho por boca del profeta Ezequiel, quien habló de estas cosas, las cuales no han acontecido todavía, pero ciertamente deben suceder, porque las abominaciones no reinarán.
Y además, de cierto, de cierto os digo que cuando hayan terminado los mil años, y los hombres empiecen de nuevo a negar a su Dios, entonces preservaré la tierra por una pequeña temporada;
Y vendrá el fin, y los cielos y la tierra serán consumidos y pasarán, y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva.
Porque todas las cosas viejas pasarán, y todas las cosas serán hechas nuevas, aun los cielos y la tierra, y toda su plenitud, tanto los hombres como las bestias, las aves del aire y los peces del mar;
Y ni un cabello ni una mota se perderán, porque son la obra de mi mano.
Mas he aquí, de cierto os digo que antes que la tierra pase, Miguel, mi arcángel, tocará su trompeta, y entonces todos los muertos despertarán, porque sus sepulcros serán abiertos, y saldrán; sí, todos. (D. y C. 29:21–26.)

UNA IDEA INCONSISTENTE

Es una idea muy inconsistente la que sostienen algunos, de que la resurrección vendrá solamente para las almas humanas, que los animales y las plantas no tienen espíritu y, por lo tanto, no son redimidos por el sacrificio del Hijo de Dios y, en consecuencia, no tienen derecho a la resurrección.

En una revelación dada al profeta José Smith en 1832, se dio esta respuesta a una pregunta formulada por uno de los hermanos:

¿Qué hemos de entender por los cuatro animales de que se habla en el mismo versículo? (es decir, Apocalipsis 4:6.)

Son expresiones figuradas, usadas por Juan el Revelador al describir el cielo, el paraíso de Dios, la felicidad del hombre, de las bestias, de los reptiles y de las aves del aire; siendo lo espiritual a semejanza de lo temporal, y lo temporal a semejanza de lo espiritual; el espíritu del hombre a semejanza de su persona, y asimismo el espíritu de la bestia y de toda otra criatura que Dios ha creado. (Ibíd., 77:2.)

Por las revelaciones del Señor aprendemos que no hubo muerte en este mundo antes de la transgresión de Adán y Eva. El élder Parley P. Pratt, en su Voz de Amonestación, ha presentado una hermosa descripción de las condiciones que entonces prevalecían. Cuando Adán y Eva participaron del fruto prohibido, trajeron la mortalidad no solo sobre ellos mismos, sino también sobre toda la tierra y sobre todo ser viviente que habitaba en ella, en el aire, en las aguas o sobre la faz de la tierra. Incluso la propia tierra participó de las semillas de la muerte. Desde aquel día, todas las cosas vivientes, incluida la misma tierra, han participado de la existencia mortal.

A pesar de esta restauración universal, los habitantes de la tierra serán recompensados según sus obras. Algunos recibirán la exaltación en el reino de Dios para llegar a ser dioses y recibir las bendiciones del aumento eterno. Algunos serán asignados al reino terrestre para permanecer separados y solos para siempre, y algunos serán arrojados a las “tinieblas de afuera, donde hay lloro y lamento y crujir de dientes”. (Ibíd., 101:91.)

UNA PREGUNTA MUY SERIA

Existe una pregunta muy seria que surge en la mente de muchas personas que procuran comprender el gran sufrimiento y sacrificio del Hijo de Dios: si los miembros de la Iglesia realmente comprenden o no el significado de la expiación del Salvador. Cuando participamos de los emblemas que representan su muerte y sufrimiento, ¿procuramos visualizar, en la medida de nuestras posibilidades, la extrema y terrible prueba por la que pasó nuestro Redentor para que nosotros, mediante la obediencia a sus mandamientos, podamos escapar del tormento de nuestras transgresiones? Él mismo describió en cierta medida esa terrible experiencia, que nosotros los mortales no podemos visualizar plenamente, con las siguientes conmovedoras palabras de la revelación dada al profeta José Smith:

Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
Pero si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
Padecimiento que hizo que yo, Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y sangrara por cada poro, y padeciera tanto en el cuerpo como en el espíritu; y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar;
Sin embargo, gloria sea al Padre, y bebí y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres. (Ibíd., 19:16–19.)

¿Cuántos miembros de la Iglesia, al participar de los emblemas de la Santa Cena, procuran visualizar el extremo sufrimiento del Hijo de Dios mientras atravesaba su agonía en nuestro favor en el Jardín de Getsemaní?