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La Ley Temporal y la Ley Espiritual
Pregunta: Un amigo me pasó un ejemplar del Improvement Era de noviembre, y me intrigó la explicación de Joseph Fielding Smith sobre la ley temporal y la ley espiritual. Él declaró que “todo lo que tenemos que pasar en la mortalidad es parte del plan divino”. ¿Debemos entender por esta afirmación que Dios es responsable de todo el mal y el sufrimiento que hay en el mundo? ¿Que fue el plan del Señor permitir matanzas masivas como las perpetradas por Alejandro, Napoleón y Hitler? Además, ¿que Dios creó todos los microbios, bacilos y virus que causan tanto sufrimiento a la raza humana como algo necesario para un período de aprendizaje, todo lo cual es esencial para nuestro progreso eterno y exaltación?
“Cualquier persona que haya leído Al borde de la selva virgen de Albert Schweitzer y conocido el horrible sufrimiento físico que presenció en su hospital, seguramente se vería obligada a admitir que, si este sufrimiento fuera parte del plan divino, entonces Dios debe ser un monstruo sádico y no un Dios amoroso.”
Respuesta: Después de leer esta carta, me impresionó el poema escrito por Thomas Bracken, titulado “No Comprendido”. La primera estrofa es la siguiente:
No comprendido. Caminamos separados;
Nuestros senderos se ensanchan mientras las estaciones avanzan
A través de los años; nos maravillamos y nos preguntamos
Por qué la vida es como es. Y entonces nos dormimos—
No comprendido.
Es un hecho indiscutible que los seres humanos no vienen a este mundo mortal únicamente para participar de aquello que es agradable, gozoso y libre de dolor y sufrimiento. La mortalidad es parte de nuestra educación eterna. Vinimos aquí para obtener experiencia que no podía conseguirse de ninguna otra manera, experiencia que es esencial para aumentar nuestro conocimiento y comprensión, y para prepararnos en el mundo eterno venidero y capacitarnos para llegar a ser hijos e hijas de nuestro Padre Eterno. Por lo tanto, estamos sujetos a todas las vicisitudes que pertenecen a la mortalidad. Ninguna vida mortal estaría completa si no hubiera habido desilusiones, dolor o incomodidad física, ni sufrimiento. Todas estas experiencias forman parte de nuestra educación eterna. Si algún individuo humano viniera a este mundo mortal y nunca participara de alguna prueba, alguna tristeza, desilusión o dolor físico, habría perdido algunas de las lecciones y experiencias más esenciales que deberían haberse recibido para equilibrar su educación mortal y prepararlo para la vida eterna, donde él, mediante las bendiciones del evangelio y la obediencia a la voluntad divina, está destinado a llegar a ser un hijo de Dios y gobernar y reinar sobre un reino eterno.
LA MAYORÍA NO APRENDE EL VERDADERO PROPÓSITO DE LA VIDA
Es cierto que la mayoría de los seres humanos nunca aprende durante la mortalidad cuál es el verdadero propósito de su existencia en este mundo mortal. La simple verdad es que esto forma una parte esencial del plan divino. La mortalidad es un grado en nuestra progresión eterna que es absolutamente esencial para que el hombre pueda, mediante la obediencia a la voluntad divina, llegar a ser exaltado como hijo de Dios, poseyendo toda autoridad, poder y sabiduría.
Leemos en la Biblia lo siguiente:
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.
“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” (Apocalipsis 3:20–22).
Los miembros de la Iglesia deberían prestar más atención a las palabras de nuestro Redentor, especialmente en relación con su sufrimiento, el cual fue aceptado voluntariamente para que nosotros —todos los que estemos dispuestos a seguirle y guardar sus mandamientos— no tengamos que sufrir. Él pagó el precio de nuestra redención eterna, y todo lo que nos ha pedido es que guardemos sus mandamientos.
A TODOS SE LES ASEGURA LA RESURRECCIÓN DE ENTRE LOS MUERTOS
No importa cuán inicuo llegue a ser un hombre, se le asegura la resurrección de entre los muertos, porque el Redentor pagó el precio aun por los inicuos para que pudieran recibir la resurrección y vivir de nuevo. La resurrección es tan universal como lo fue la caída. Está escrito en las palabras de nuestro Salvador:
“Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
“Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
“Padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor, y sangrara por cada poro, y padeciera tanto en el cuerpo como en el espíritu; y quisiera no tener que beber la amarga copa y desmayar—
“Sin embargo, gloria sea al Padre, y bebí y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.” (D. y C. 19:16–19).
Toda alma mortal debería estar profundamente agradecida al Redentor de este mundo por la manifestación de su gran amor por cada uno de nosotros, amor que se hace evidente en su sufrimiento extremo, el cual nos trae la resurrección de los muertos; no solamente la resurrección de la humanidad, sino también la de la tierra misma y de toda criatura que ha habitado o habitará sobre ella en este estado mortal. Esto ha sido revelado por sus propias palabras al profeta José Smith de la siguiente manera:
“Y además, de cierto, de cierto os digo que cuando los mil años hayan terminado, y los hombres nuevamente empiecen a negar a su Dios, entonces perdonaré la tierra por una breve temporada;
“Y vendrá el fin, y los cielos y la tierra serán consumidos y pasarán, y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva.
“Porque todas las cosas viejas pasarán, y todas las cosas serán hechas nuevas, tanto los cielos como la tierra y toda su plenitud, tanto hombres como bestias, las aves del cielo y los peces del mar;
“Y no se perderá ni un cabello ni una mota, porque es la obra de mis manos.” (Ibíd., 29:22–25).

























