Respuestas a Preguntas del Evangelio Volumen 4

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¿Cuál Fue la Naturaleza del Pecado de
Pablo en la Lapidación de Esteban?


Pregunta: “En nuestra Escuela Dominical se discutió la cuestión de la naturaleza y el alcance del pecado de Pablo en el martirio de Esteban. Hubo una gran divergencia de opiniones en la clase. Algunos sintieron que él estaba justificado por las enseñanzas y políticas de la ley judía. Sin embargo, otros sintieron que actuó en desafío de la ley romana, que era suprema en aquel tiempo. ¿Podría ayudarnos a llegar a una conclusión correcta?”

Respuesta: Pablo nos informa que fue criado en estricta conformidad con la ley israelita. Había sido instruido por el renombrado Gamaliel, quien era conocido por su gran sabiduría y conocimiento de la ley hebrea. Conviene recordar que, hasta donde sabemos, Pablo no tomó parte en la decisión que condenó a Esteban y, afortunadamente, tampoco participó en la lapidación que le costó la vida. Que estaba completamente de acuerdo con lo que se hizo, bien podemos creerlo, y por lo tanto estuvo dispuesto a cuidar las ropas de aquellos que participaron en aquella terrible tragedia. Es probable que aprobara la acción. También es cierto que, en su celo mal dirigido, estaba decidido a llevar a juicio a todos los creyentes en Jesús y hacer que fueran castigados, quizás hasta perder la vida, por la violación de lo que sinceramente creía que estaba plenamente de acuerdo con el mandamiento del Señor dado a Moisés en relación con aquellos que abandonaban la verdad y se volvían a la adoración de otros dioses.

LOS MANDAMIENTOS DADOS AL ANTIGUO ISRAEL CONSIDERADOS

Al considerar esto, refirámonos a uno o dos pasajes de los mandamientos dados a Israel cuando entraron en la tierra prometida para heredarla.

Y habló Jehová a Moisés, diciendo:

Saca al blasfemo fuera del campamento; y todos los que le oyeron pongan sus manos sobre su cabeza, y apedréelo toda la congregación. . . .

Y el que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto; toda la congregación ciertamente lo apedreará; así el extranjero como el natural del país, si blasfemare el nombre de Jehová, morirá. (Levítico 24:13–14, 16.)

Si te incitare tu hermano, hijo de tu madre, o tu hijo, o tu hija, o la mujer de tu seno, o tu amigo íntimo, diciendo en secreto: Vamos y sirvamos a dioses ajenos, que ni tú ni tus padres conocisteis;

A los dioses de los pueblos que están en vuestros alrededores, cerca de ti o lejos de ti, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo de ella;

No consentirás con él, ni le escucharás; ni tu ojo le compadecerá, ni le perdonarás, ni le encubrirás;

Sino que ciertamente le matarás; tu mano será la primera contra él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo. (Deuteronomio 13:6–9.)

Cuando nos detenemos a considerar que Pablo fue criado en este ambiente y que era un fariseo muy estricto y devoto, podemos comprender cómo, en su ignorancia, estuvo dispuesto a encargarse de las ropas de aquellos que apedrearon a Esteban. Para él, evidentemente, era un mandamiento del Señor.

LA LEY HEBREA APLICADA CONTRA ESTEBAN

Si bien es cierto que los romanos estaban en control y hacían cumplir su ley, no siempre interferían con la ley hebrea ni con la aplicación de sus disposiciones según eran entendidas por los judíos. De hecho, debe recordarse que Pilato se lavó las manos y entregó a Jesús a lo que él consideraba la ley hebrea. Además, no debemos perder de vista el hecho de que Esteban fue juzgado ante un concilio de los judíos. (Hechos 6:12.) Su condenación a muerte no fue necesariamente obra de una turba, sino la acción del concilio; y Esteban, al igual que nuestro Señor, fue supuestamente entregado para ser tratado de acuerdo con la ley hebrea.

En esta condenación de Esteban, como ocurrió con Jesús, fueron presentados falsos testigos que declararon bajo juramento que Esteban había hablado “… palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”. (Hechos 6:11.) Y cuando Esteban declaró enfáticamente en su presencia que había visto los cielos abiertos y al Hijo del Hombre, o sea Jesús, de pie a la diestra de Dios, aquello fue más de lo que estos malvados jueces pudieron soportar. Entonces pronunciaron sentencia contra él, y la multitud clamó contra él, lo sacó fuera de la ciudad y lo apedreó.

Afortunadamente, Pablo no participó en esto, excepto en encargarse de las ropas de los culpables asesinos. Que simpatizaba con ellos es cierto. Después de este ataque homicida, procuró obtener autorizaciones para salir arrestando a cualquiera que profesara el nombre de Jesús y llevarlo ante lo que él consideraba justicia. Debemos conceder que, en todo lo que hizo, Pablo sintió que estaba haciendo lo que el Señor había mandado a Moisés en la ley.

PABLO CONSIDERABA JUSTIFICADAS SUS ACCIONES

Bajo todas las circunstancias, actuaba con celo religioso, según suponía, para poner fin a un movimiento contrario al mandamiento dado por el Señor a Moisés. En este celo equivocado salió adelante y “… asolaba la iglesia, entrando casa por casa; y arrastrando a hombres y mujeres, los entregaba en la cárcel”. (Hechos 8:3.)

Para llevar su labor a una conclusión completa, procuró obtener autorizaciones para ir a otras partes del mundo; y en su camino a Damasco recibió su gran visión del Hijo de Dios, la cual lo apartó de su amargura y de su celo equivocado para convertirlo en un hombre de igual celo y determinación, pero desde entonces dedicado a llevar almas a Cristo.

Considerando todos los elementos relacionados con su vida, debemos decir de Pablo que lo que hizo, lo hizo honestamente en esta obra de destrucción, sintiendo que estaba cumpliendo la voluntad del Padre Eterno. Estaba equivocado, y fue necesaria una medida drástica para detenerlo en su desenfrenado curso y volverlo a la defensa de la verdad. Cualquiera que haya sido el mal que pesara sobre él, pagó plenamente el precio mediante un celo y una perseverancia aún mayores para deshacer todo lo que anteriormente había hecho y llevar almas a Cristo. Finalmente, también se le exigió que entregara su vida en el martirio en defensa del Hijo de Dios, a quien anteriormente había perseguido.

Ciertamente, Pablo es digno de nuestra simpatía por las cosas incorrectas que hizo, y de nuestro amor por su vida de celo, la cual fue intensificada, sin duda alguna, debido a sus malas obras realizadas en ignorancia.

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