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Los bautismos nefitas y
el don del Espíritu Santo
Pregunta: “Jesús dijo a los nefitas que él bautizaría con fuego y con el Espíritu Santo, pero la declaración parece indicar que tal bautismo se efectuaba sin la imposición de manos. En el Libro de Mormón se indica que Jesús bautizó a los lamanitas de manera semejante y les ministró, pero aun así no se menciona la práctica de imponer las manos para conferir el Espíritu Santo. Nosotros siempre imponemos las manos para conferir el Espíritu Santo y, a pesar de esta regla, el Salvador dijo a Nefi: ‘Yo os bautizaré con fuego y con el Espíritu Santo’. ¿Tendría la bondad de darnos una explicación de esto?”
Respuesta: Es cierto que el Señor dio el mandamiento a José Smith de que quienes fueran bautizados para la remisión de los pecados recibieran el don del Espíritu Santo mediante la imposición de manos, y esta es la práctica en la Iglesia. Sin embargo, esto no prueba que el don del Espíritu Santo no pueda recibirse sin la imposición de manos, aunque suponemos que esta era la costumbre general de la Iglesia en los días antiguos.
Cuando ciertos discípulos fueron llevados ante Pablo en Corinto y afirmaron haber sido bautizados, él les hizo esta pregunta: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” Su respuesta fue: “Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.” Entonces Pablo preguntó: “¿En qué, pues, fuisteis bautizados?” Ellos respondieron: “En el bautismo de Juan.” Pablo comprendió por esta respuesta que había algo incorrecto; por lo tanto, los hizo bautizar nuevamente, después de lo cual les impuso las manos y les confirió el Espíritu Santo. (Véase Hechos 19:2–6.) Sin embargo, esta puede no haber sido la práctica universal a través de las edades.
Cuando Jesús estaba con sus discípulos, poco antes de su crucifixión, les dijo:
Si me amáis, guardad mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre;
El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros. (Juan 14:15–17.)
Pero cuando venga él, el Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. (Juan 16:13.)
LA PROMESA DEL SEÑOR A SUS DISCÍPULOS
Con estas palabras el Salvador prometió a sus discípulos que serían bendecidos con el don del Espíritu Santo cuando él se apartara de ellos; y antes de partir, el registro declara que él: “… sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.” (Juan 20:22.)
Evidentemente, esto fue tan eficaz como si les hubiera impuesto las manos.
Descubrimos al leer las Escrituras que el Señor confirió autoridad a algunos de sus siervos escogidos y les dio poderes extraordinarios sin la imposición de manos, sino simplemente por su decreto verbal. De esta manera Elías obtuvo las llaves del poder del sacerdocio para resucitar muertos, sanar enfermos, cerrar los cielos para que no lloviera solamente por su palabra, y durante más de tres años no hubo lluvia; además, tuvo el poder de hacer descender fuego del cielo para destruir a los enemigos de la Iglesia.
Hablando de esto, Santiago dijo:
Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese; y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. (Santiago 5:17.)
EL SEÑOR PUEDE CONFERIR EL DON POR OTROS MEDIOS
El Señor dio una autoridad semejante a Nefi, hijo de Helamán, quien igualmente tuvo autoridad para cerrar los cielos y realizar otras obras poderosas, simplemente por su fe y por el mandamiento del Señor. (Helamán 10:7.) Este maravilloso poder ha sido conferido solamente a unos pocos de los siervos del Señor.
Podemos creer correctamente que el Señor puede conferir el don del Espíritu Santo por otros medios además de la imposición de manos, si las circunstancias lo requieren. Aunque la práctica establecida es imponer las manos, hay muchos incidentes registrados en las Escrituras en los que la autoridad divina fue conferida por decreto divino a los profetas. En el caso de la multitud reunida cerca del templo en el momento de la aparición del Señor, también leemos que los ángeles descendieron, rodearon a los niños pequeños y les ministraron.
Ahora bien, una lectura cuidadosa de los primeros capítulos de 3 Nefi nos revela que Nefi, nieto de Helamán, junto con otros hermanos fieles, trabajó diligentemente entre el pueblo antes de la crucifixión del Señor. Bautizaban a todos los que se humillaban y se arrepentían de sus pecados. Tenían poder para confirmar, sanar e incluso resucitar muertos; pero después de la crucifixión del Salvador vino un nuevo orden de cosas. La ley de Moisés llegó a su fin y con ella cesaron los sacrificios de animales, y se introdujo la plenitud del evangelio. Por lo tanto, en este nuevo orden fue necesario que todos aquellos que habían sido bautizados anteriormente fueran bautizados de nuevo.
LOS NEFITAS TENÍAN AUTORIDAD PARA OFICIAR
Nefi y sus consiervos habían sido, sin duda, bautizados y confirmados; de otro modo no habrían podido servir con la autoridad del sacerdocio ni realizar los milagros que habían efectuado. La condición entre los nefitas y los lamanitas era exactamente la misma que existía poco antes de la organización de la Iglesia en abril de 1830. Un buen número de hermanos y hermanas habían sido bautizados, incluyendo, por supuesto, a José Smith y a Oliver Cowdery, quienes fueron bautizados bajo la dirección y el mandamiento de Juan el Bautista antes de que existiera una Iglesia organizada. El bautismo es también la entrada a la Iglesia, además de ser para la remisión de los pecados. Por consiguiente, en el nuevo orden, Jesús mandó a Nefi que fuese bautizado, así como a los demás hermanos de los Doce. Después de esto, todo el pueblo fue bautizado. La concesión del don del Espíritu Santo seguiría naturalmente, excepto en el caso de aquellos que ya habían sido bautizados y confirmados previamente.
Podemos estar seguros de que Jesús no pasó por alto una ordenanza necesaria cuando visitó a los hijos de Lehi después de su resurrección. Su visita a este pueblo fue una ocasión gloriosa, y aprendemos por lo que está escrito que las personas de aquella generación permanecieron fieles y verdaderas todos los días de su vida, andando con espíritu de fe y humildad, y siendo guiadas por las bendiciones que vienen por medio del don del Espíritu Santo.

























