Raquel y Lea  ̶  Mujeres del Génesis


Parte XII
Esposas

Capítulo 31


Hubo otra boda en el campamento de Padán-aram, apenas una semana después de la primera. Esta vez el esposo colocó él mismo el velo sobre el rostro de la novia. No había duda sobre con quién se estaba casando.

Esta vez la novia no tembló. Se mantuvo firme para beber de la copa y pronunciar las palabras que debía decir, y cuando caminó alrededor de su esposo, lo hizo no tres veces, sino siete.

En el banquete, Jacob sacó a su nueva esposa para que los invitados la vitorearan, y lo hicieron con entusiasmo. Hubo algunos intentos de humor grosero, pero su hermano Choraz dejó claro que no habría más de eso, y así fue.

Esa noche, Jacob fue él mismo a buscar a Raquel a la tienda de su padre, y cuando entraron en su propia tienda, mantuvo una lámpara encendida.

“Sé que eres tímida”, dijo. “Pero tengo que verte”.

“Antes tenía miedo”, respondió Raquel. “Pero entonces aprendí que había algo que temía más que casarme contigo”.

“¿Qué era?”

“No casarme contigo”, dijo Raquel.

Para la mañana siguiente había aprendido cuán mentirosa era Hassaweh.

Esa noche su hermana Lea durmió muy poco. Pero no fue por celos. Nunca habría resentido a Raquel el amor de Jacob—le pertenecía a Raquel desde el momento de aquel primer beso junto al pozo, y Lea nunca había aspirado a reemplazar a su hermana.

No, Lea estaba despierta porque pasó la noche en oración. Pues esa mañana había despertado sintiéndose nauseabunda y no había podido retener ningún alimento hasta entrada la tarde.

Sabía que quizá no fuera más que la turbulencia de sus sentimientos por la boda de su esposo ese día—seguramente los chismosos del campamento estarían especulando que Lea había provocado el vómito como excusa para no asistir a la boda de Raquel. Que hablaran. Lea sabía más que ellos.

Oró para que su náusea significara lo que ella deseaba desesperadamente que significara. Que hubiera un niño en su vientre que la hiciera sentirse así—pues sabía que algunas mujeres se enferman desde el momento en que la semilla de su esposo empieza a echar raíces en el vientre.

“Oh Señor”, oró, “mira mi aflicción. Déjame darle un hijo. Entonces mi esposo me amará.”

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