Capítulo 23
LA HUMILDAD
Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. (S. Mateo 5:3)
La interpretación que generalmente se le da a esta bienaventuranza es que significa la necesidad de ser humildes. Jesús hizo de ésta la primera de las bienaventuranzas, indicando con ello que la humildad es el principio y la base de las demás virtudes que iba a mencionar a continuación. Durante toda su vida, repetidas veces, enseñó la humildad a sus oyentes, quizás tanto como el amor. En su vida y enseñanzas ambas virtudes fueron inseparables. En nuestras oraciones o en nuestros discursos usamos a menudo la palabra humildad; pero, ¿qué significa ésta exactamente? Consideremos lo que dicen a este respecto el Salvador y sus discípulos para poder comprender mejor y apreciar aún más esta virtud que constituye la fuente principal de la que mana la vida cristiana. Encontraremos en sus vidas y en sus enseñanzas los ejemplos de varias cosas que caracterizan a una persona humilde.
El significado de la humildad
1. Según las Escrituras, una persona humilde es aquella que posee el sentimiento de que en todo depende de Dios. Godspead, el gran erudito americano de la Biblia, traduce esta primera bienaventuranza del modo siguiente: “Bienaventurados los que sienten su necesidad espiritual.” Cuando siente esta necesidad, la persona humilde ora al Padre, le reconoce como a tal y le adora, y trata de conocer y cumplir con los requisitos de su voluntad.
En la misma vida de Cristo, observamos el amor que éste sentía por el Padre y la supremacía que en su mente ocupaba la voluntad del Padre:
Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Más si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. (Mateo 19:16,17)
Más a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba. Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado? Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia. (Juan 7:14-18)
Diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. (Lucas 22:42)
Jesús no estuvo nunca obligado a someter su voluntad a la del Padre, de la misma manera en que un esclavo se ve coaccionado a someterse a su amo. Su humildad ante Dios provenía de su reverencia y de su amor. La humildad no puede ocasionarse exteriormente, sino interiormente. Es la expresión natural del amor que uno siente por Dios.
2. Una persona humilde es dócil; tiene hambre y sed de justicia y de verdad. Esta clase de persona tiene gozo, pero no está llena de propia estimación. Ama la justicia, pero no se cree justa por ello. Dándose cuenta de sus necesidades espirituales, conserva su mente y su corazón abiertos. Sus conocimientos no le son nunca suficientes, su copa de virtudes no está nunca rebosante. Depende de Dios y de sus semejantes para incrementar sus conocimientos y su sabiduría.
Jesús contó dos parábolas que describen este aspecto de la humildad. La primera demuestra los muchos defectos que en realidad posee la persona que se cree justa. La segunda enseña que, aun después que hayamos hecho todo lo que podamos, continuamos siendo servidores “inútiles.” Nuestro deber es hacer más de lo que se nos ha mandado. Nuestro deber es acrecentar el caudal de nuestra rectitud.
A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Más el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido. (Lucas 18:9-14)
¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos. (Lucas 17:7-10)
En el Sermón del Monte, Jesús dijo:
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Mateo 7:7,8)
Este mandamiento causa sincera alegría a la persona humilde. Forma parte de su vida. La oración, el estudio y la observación son alimento para su alma.
3. Una persona humilde no se ensalza por encima de sus hermanos. El mismo Jesucristo fue el servidor de todos.
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. (Mateo 11: 28,29)
Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos. Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. (Mateo 20:24-28)
De igual modo, el Salvador frecuentó a menudo con hombres de todas clases, ricos, y pobres, pecadores y publícanos, centuriones y gentes del bajo pueblo. Porque El pertenecía al pueblo y lo amaba. Jesús censuraba a los fariseos porque estos buscaban con ahínco el obtener los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes, y por su bien les aconsejó que mirasen de obtener otros menos principales.
En resumen, si somos humildes, sentiremos que en todo dependemos del Señor. Tendremos hambre y sed de conocer y de cumplir con su voluntad continuamente, y a pesar que continuaremos siendo “siervos inútiles,” y no estaremos tristes a causa de ello. Si somos humildes, ocuparemos el lugar que nos corresponda, y que nos convenga más en el banquete de la vida, sin sentimos ensalzados por nuestro propio orgullo, ni apocarnos indebidamente por nuestra falta de confianza en nosotros mismos. Como niños en aquella época maravillosa de la vida en que aún no se ha llegado al pleno uso de la razón, sin haber podido aun ser malcriados por los familiares o amigos, estamos en libertad de vivir sin el peso de nuestro orgullo o de nuestra pretendida bajeza.
¿Cómo podemos determinar nuestro grado de humildad?
Hace ya varios años, el autor y algunos amigos suyos oyeron el sermón de un cierto hombre en el transcurso del cual dijo repetidas veces: “Porque soy humilde sé que esto o lo de más allá es verdad. . . ” Quedamos agradablemente impresionados por su sinceridad y su testimonio y así lo manifestamos a otras personas después de finalizada la reunión. Una de ellas replicó: “Sí, todo lo que dijo estaba muy bien, pero su humildad no era cierta.” Ahora bien, el orador afirmaba que era humilde, y algunos de sus oyentes decían que no lo era en absoluto. ¿Cómo podemos, pues, determinar el grado de humildad que posee una persona? Haremos algunas sugestiones prácticas al respecto.
1. Una persona humilde es aquella que siempre escucha a los demás con atención. No monopoliza la conversación o la discusión, sino que al contrario le place escuchar a los demás. Escucha para aprender en primer lugar, y también por deferencia a sus pensamientos y sus sentimientos. Esto no quiere decir necesariamente, claro está, que todas las personas que son buenos oyentes poseen la virtud de la humildad, sino que todas las personas humildes escuchan siempre con atención lo que los demás tienen que decir.
2. Una persona humilde acepta lo que los otros tienen para enseñarle. Escucha, ya no únicamente a sus superiores y a todos aquellos con quienes tiene la obligación de “quedar bien,” sino también a sus subordinados, sus colegas, a su esposa o a sus hijos. Por el solo hecho de que es en verdad un experto en una materia determinada, no se cree autorizado a pensar que es un experto en todas las cosas. Reconoce los límites de sus propios medios y trata sinceramente de obtener los consejos y la experiencia de hombres o mujeres que poseen tanta o más experiencia en sus intereses determinados que él en el suyo propio.
3. Una persona humilde se alegra por el éxito de los demás.
Aunque éste sea el de sus colegas o el de sus competidores. Juan el Bautista y Pablo nos ofrecen excelentes ejemplos de esta expresión de humildad, por desgracia más bien rara. Refiriéndose a Jesús, cuya creciente popularidad amenazaba acabar con la suya propia, Juan dijo:
Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. (Juan 3:30)
Y Pablo escribió a los corintios:
Por lo cual nos gozamos de que seamos nosotros débiles, y que vosotros estéis fuertes; y aun oramos por vuestra perfección. (2 Corintios 13:9)
4. Una persona humilde reconoce sus errores, sus equivocaciones y sus pecados. No intenta hallar excusas para encubrirlos ni trata de echar la culpa a otros. No siente la necesidad de fabricar sobre bases falsas una imagen incorrecta de sí misma, ni de luchar por conservarla una vez imaginada. En esta persona no existe ni engaño, ni simulación. Como Alma, puede ofrecer la oración siguiente:
… ¡Oh Señor, perdona mi indignidad, y acuérdate de mis hermanos con misericordia! Sí, reconoce tu indignidad ante Dios en todo tiempo. (Alma 38:14)
5. Una persona humilde se conoce a sí misma tal como realmente es. Libre de todos prejuicios ya causados por el orgullo, ya, por la autodegradación, queda en libertad de dedicar toda su mente y esfuerzos a la tarea que tiene que llevar a cabo. Se equivocan aquellos que identifican el temor que sobrecoge al que se encuentra frente al público, con la humildad. La cohibición ante el público bien puede ser falta de humildad, porque refleja preocupación por uno mismo.
6. La persona que es humilde busca la verdad y la justicia. Dándose plena cuenta de la realidad de la gloria de Dios, que se manifiesta en parte por las maravillas de su creación que podemos contemplar, y también por las excelentes cualidades que podemos descubrir en nuestros semejantes, la persona que es humilde va en busca de un más amplio estudio de todas estas cosas y aspira a alcanzar la perfección.
Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si digno de alabanza, en esto pensad. (Filipenses 4:8)
Cómo se puede acrecentar la humildad que poseemos
Al igual que sucede con toda cualidad humana, la humildad no es constante. Puede aumentar en nosotros o disminuir, de un año para otro, como acontece con las cosechas de los campos. Es por ello que al final de esta lección trataremos de responder a la pregunta que surge naturalmente: ¿Cómo podremos incrementar en nosotros la virtud de la humildad?
La humildad es algo difícil de fomentar de modo directo. Lo mismo que una flor es el resultado final de la planta que se cultiva, de igual modo la humildad es el resultado del amor que sentimos por Dios, el amor que sentimos por Jesucristo, y el amor que sentimos por nuestros semejantes. Como queda indicado en una expresión interesante que el tercer libro de Nefi añade a la primera bienaventuranza, en el versículo 3 del capítulo 12:
Sí, bienaventurados los pobres de espíritu que vienen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos. (3 Nefi 12:3)
Y los humildes, que se allegan a Cristo, no tan sólo hallarán el reino de los cielos, sino que también irán progresando en su humildad, puesto que
Y de la remisión de los pecados proceden la mansedumbre y la humildad de corazón; y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el Consolador que llena de esperanza y de amor perfecto… (Moroni 8:26)
Podemos observar, pues, la relación estrecha e íntima que une entre sí todas las virtudes del evangelio de Jesucristo. Cada una de ellas es el resultado de una vida consagrada enteramente al Señor Jesucristo, y guiada por el Espíritu Santo que fue prometido.
























