Capítulos 11 y 12
“NACER DEL ESPIRITU”
Y verá toda carne la salvación de Dios. (Lucas 3:6)
A todos aquellos que tengan fe en Cristo, que se arrepientan y den testimonio de su fe por el bautismo, Pedro les promete este gran don:
Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. (Hechos 2:38, 39)
Lo que sabemos acerca del Espíritu Santo
En el Nuevo Testamento, especialmente en el Evangelio de Juan, en los Hechos, y en las Epístolas de Pablo a los Romanos y a los Hebreos, se menciona con frecuencia al Espíritu Santo. Nuestro modo de comprender la naturaleza y la misión del Espíritu Santo, Nuestro modo de comprender la naturaleza y la misión del Espíritu Santo, tal como se desprende de estos pasajes, ofrece ciertas dificultades. (1) En primer lugar, las funciones de los miembros de la Trinidad—Padre, Hijo y Espíritu Santo—parecen confundirse. Los tres son una fuente de inspiración y de revelación. Los tres inducen al hombre a hacer el bien. Cuál sea exactamente la parte de la obra que corresponde a cada uno, en relación con el hombre, no nos ha sido revelado en detalle. (2) A nuestra manera de ver, los autores de la Escritura, en su mayor parte no se molestaron en hacer distinciones teológicas muy definidas, sino que más bien quisieron persuadir a la humanidad a que creyera en Cristo e hiciera su voluntad. Bajo este punto de vista, no es difícil hacer uso alternativamente del Espíritu Santo y del Espíritu de Dios, en ciertas ocasiones. Nosotros mismos lo hacemos cuando oramos o predicamos. (3) Sin duda alguna que los traductores de la Biblia no comprendieron la naturaleza de la Divinidad. En la mayor parte de las traducciones en lenguas europeas, tan sólo hay un término que sirve para designar tanto al Espíritu Santo como al Espíritu de Dios.
Este año no vamos a interesamos en la teología abstracta o en hacer un estudio detallado de ciertas cuestiones teológicas. Es por ello que nos contentaremos con hacer un breve resumen de nuestros conocimientos concernientes al Espíritu Santo. Y luego intentaremos comprender el papel que desempeña el Espíritu Santo en muestra vida cotidiana. Esta última frase del asunto es la que debe interesarnos primordialmente.
1. El Espíritu Santo es un miembro de la Trinidad, distinto del Padre y del Hijo. Creemos que el Nuevo Testamento deja establecido, sin lugar a dudas, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno en sus propósitos, pero que son distintos en cuanto a su personalidad. (Rechazamos el concepto trinitario de los credos cristianos tanto por antiescritural como ambiguo.) La distinción entre los miembros de la Divinidad está claramente indicada en la fórmula bautismal:
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; (Mateo 28:19)
Asimismo, podemos ver una distinción neta entre cada uno de ellos en el evangelio de Juan:
Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros . . . Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. (Juan 14:16, 17, 26)
3. El bautismo “en Espíritu Santo y en fuego” sigue al bautismo en agua. Como Mateo lo expresa:
Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. (Mateo 3:11)
Encontramos el mismo orden de sucesión en el sermón de Pedro citado al principio de la lección.
El caso de Comelio es la única excepción aparente de este orden que encontramos en el Nuevo Testamento. (Léase Hechos, capítulo 10) Pedro se dió cuenta de que el Espíritu Santo había descendido sobre Cornelio, el gentil, antes de su bautismo. Probablemente que esto fué así con el fin de dar a Pedro la certeza de que el evangelio también iba a ser predicado a los gentiles. Además, el Espíritu Santo esparce su influencia también sobre los que no han sido bautizados. No obstante, creemos que el don del Espíritu Santo en tanto que compañero constante y consolador, está reservado a los que se preparan a recibir el Espíritu Santo mediante la fe en Cristo, un arrepentimiento sincero y el bautismo.
3. El Esíritu Santo es “un personaje de Espíritu.”
El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino que es un personaje de espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros. (Doc. y Con. 130:22)
La misión del Espíritu Santo
Con estas ideas frescas en nuestra memoria, dediquemos ahora nuestra atención a considerar la misión del Espíritu Santo. Con referencia a este punto, las Escrituras son muy explícitas y realmente inspiradoras. Para facilitar el estudio de la misión del Espíritu Santo, convendrá dividirla en tres distintas funciones que, desde luego, se hallan sobrepuestas unas en otras.
A. El Espíritu Santo es una fuente de revelación.
A través de las edades, los profetas han hablado en el nombre del Señor bajo la influencia del Espíritu Santo, canal de la revelación divina. Unas pocas referencias de la Escritura aclaran esta función:
Porque nunca la profecía fué traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. (2 Pedro 1:21)
Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo. (Marcos 13:11)
B. El Espíritu Santo da testimonio del Padre, del Hijo, de la verdad, y de la justicia.
Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. (Juan 16:7-14) (Véase también 1 Corintios 2:9-17)
Es por la influencia del Espíritu Santo que uno puede saber con certeza que Dios vive y que Jesús es el Cristo. Es por esta razón que la blasfemia contra el Espíritu Santo es el único pecado que no es perdonable.
Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; péro al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero. (Mateo 12:31, 32) (Véase también Marcos 3:28,29; y Lucas 12: 10-12)
La razón de esto queda indicada en la Epístola a los Hebreos. Aquel que ha conocido las verdades eternas por el poder del Espíritu Santo, y que luego las reniega, pierde la facultad de arrepentirse. Y como consecuencia no puede ser perdonado.
Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. (Hebreos 6:4-6) (Véase también Alma, capítulos 12 y 13)
C. El Espíritu Santo es el foco del que dimanan todos los dones espirituales del evangelio.
Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres. (Romanos 14:17,18) (Véase también Romanos 5:1-5)
Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos. Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.
Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fué dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio, del cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de los gentiles. Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día. Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros. (2 Timoteo 1:6-14) (Véase también 1 Corintios 12, 13, 14; Moroni 10:1-18; Doctrinas y Convenios 46:7-33)
Necesidad del Espíritu Santo en nuestra vida moderna
El don del Espíritu Santo no está limitado a los profetas ni a aquellos que vivieron en tiempos pasados. “Porque para vosotros es esta promesa, y para vuestros hijos, y para todos los de lejos, cuantos llamare a sí el Señor, Dios nuestro.” (Véase Hechos 2:3739) Cualquiera que haya sido bautizado dignamente en la Iglesia de Cristo tiene derecho de recibir el don del Espíritu Santo. En realidad, el miembro individual de la Iglesia tiene tanto derecho y responsabilidad de saber que el profeta que le habla está inspirado por Dios, como el profeta tiene el derecho y la responsabilidad de estar inspirado cuando habla.
En nuestra época, tenemos una necesidad especial de estar guiados por el Espíritu Santo. Nuestra vida moderna es compleja, y está caracterizada por la diversidad de cosas y de cambios, Tenemos acceso a casi todas las virtudes y a todos los vicios, a todas las verdades y a todos los errores, a toda clase de belleza y a toda suerte de fealdad, a toda justicia y a los pecados de todas las edades y de todas las civilizaciones. Cuando Elias se estuvo sobre el monte Carmelo, dijo a Israel que se había congregado allí:
¿Hasta, cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra. (1 Reyes 18:21)
¿Y por qué deberían responder? Había enunciado claramente la alternativa de la época: Baal o Jehová, negro o blanco. Era una época en la que las decisiones que había que tomar eran grandes, pero sencillas y claras.
Hoy en día tenemos los escritos de todos los jefes religiosos, de todos los poetas, filósofos y sabios que nos han precedido. Podemos escoger entre lo blanco y lo negro, y todas las gamas intermedias entre la verdad y el error, el bien y el mal. Y estas cosas se nos ofrecen sin ton ni son. Parece como si se nos bombardease con ellas todos los días, en la prensa, la radio, la televisión, el cine, el teatro, las bibliotecas, las aulas universitarias, la tribuna y el pùlpito. Cada uno de nosotros tiene que hacer frente a un verdadero laberinto inextricable, en el que le es preciso encontrar el verdadero significado y el verdadero valor de la vida. En nuestra época complicada forzosamente nos vemos obligados a confiamos en la autoridad y el saber de otros : el médico, el abogado, el ingeniero, el químico,… etc. Pero en materia de moralidad y religión, sin embargo, no podemos dar a otro nuestra responsabilidad. Cada uno de nosotros tiene que aprender por sí mismo la verdad y la rectitud.
¿Cómo podremos conocer la verdad, o la rectitud?
Hay tres medios tradicionales empleados para conocer la verdad y la justicia: la razón, la experiencia y la intuición. Estos medios no se excluyen mutuamente. Los tres pueden usarse en la vida. Cada uno de ellos puede servir para verificar los otros. Considerémoslos brevemente a cada uno de ellos.
1. La Razón. (Racionalismo.)—Algunos filósofos han creído que la razón es una fuente independiente de conocimiento, que la mente puede conocer algunas cosas sin la experiencia sensorial. El racionalismo es la creencia que sostiene que la mente posee ciertas ideas por intuición, gracias a las cuales se pueden conocer muchas otras por deducción.
2. La Experiencia. (Empirismo.)—El segundo medio de obtener conocimiento es mediante la experiencia sensorial. Este método niega que tengamos ideas innatas (racionalismo) y afirma que aprendemos por la observación, la experiencia y la verificación de las percepciones de nuestros sentidos. El empirismo es al método que sirve de base a todas las ciencias. En éste método empezamos a investigar por los hechos y tratamos de llegar a conclusiones (inducción). En el racionalismo, empezamos por las ideas de acuerdo con las cuales intentamos explicar el mundo que nos rodea, (deducción) .
3. La Intuición.—Un tercer método de conocimiento es mediante la percepción inmediata y directa de una idea o de un principio, o bien con la ayuda de un sentimiento. La persona que cree en la intuición afirma que puede conocer las cosas inmediatamente sin el rodeo a que se ven forzados los que usan el pensar abstracto o sin las percepciones engañosas de los sentidos. Los racionalistas y los empiristas no le dan mucha importancia al conocimiento que se pueda obtener por intuición. Para ellos es algo demasiado subjetivo, demasiado personal, y demasiado privado para que pueda verificarse.
No existe una manera única de conocer la verdad. Cada uno de estos tres métodos tiene sus limitaciones. Como Goethe ha dicho, “La vida, dividida por la razón humana, deja un resto.” El razonamiento puro no revela con certeza los significados o valores de la vida. Ni basta tampoco para damos la comprensión de los cauces por los que la vida corre. La razón ha tenido más éxito desde que se ha aliado al método experimental de la ciencia moderna. No obstante, todas las ciencias del mundo juntas no han bastado para revelarnos ni el significado ni los valores de la vida. Su propósito y su método describen el universo y el proceso vital mejor que no importa qué otro método, pero nos dejan en la incertidumbre con respecto a las cuestiones más vitales del propósito, del significado, del valor y de la moralidad de nuestra vida. La intuición es subjetiva y personal, y se basa en corazonadas; puede muy fácilmente equivocarse y confundirnos.
Estas maneras de llegar al conocimiento son todas igual de buenas y deberíamos usarlas cada vez que puedan damos un resultado eficaz. Cada uno de estos métodos debe servir para verificar los demás, en la medida de lo posible, y cada uno debe emplearse en aquellos casos en que los demás, no irían bien. Necesitamos la perspectiva crítica de las cosas que posee la razón, la verificación por la experiencia y la prudencia de la intuición, sobre todo cuando todos los demás métodos nos fallan.
Creemos que el Espíritu Santo nos es dado para guiamos en nuestra búsqueda de la verdad, en nuestro discernimiento de la rectitud. En nuestros razonamientos, en nuestras experiencias, en nuestras intuiciones, el Espíritu Santo puede guiar nuestras mentes y verificar o no nuestras ideas. El Espíritu Santo emplea las corazonadas, las intuiciones, quizás más que ningún otro medio. Cuando nuestras mentes están iluminadas por el poder del Espíritu Santo, sentimos que nuestras ideas son buenas y están inspiradas por Dios.
Este sistema está claramente descrito en una revelación concedida a Oliverio Cówdery. Este había pedido el privilegio de poder traducir. Después de repetidas peticiones, se le concedió. Obsérvese bien lo que sucedió. Se creyó que el Espíritu Santo obraba sin que él tuviera que hacer nada por su parte, pensar o trabajar. Este fue el error que cometió, y la causa de que fracasara en su intento.
He aquí, no has entendido: has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en preguntarme. Pero, he aquí, te digo que tienes que estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien: y si así fuere, causaré que arda tu pecho dentro de ti; por lo tanto, no puedes escribir lo que sea sagrado a no ser que te lo diga yo. (Doctrinas y Convenios 9:7-9)
Cuando el Espíritu Santo ilumina la mente, la mente siente un “ardor”, una sensación que la escritura compara al fuego. Bajo la influencia del Espíritu Santo, sabemos y sentimos que hemos encontrado lo que es verdadero y justo. El Espíritu Santo no desecha la razón, la experiencia o la intuición, antes al contrario, se sirve de estas tres cosas, obrando con ellas y por medio de ellas. Pero podemos preguntamos lo siguiente: ¿Cómo puede uno saber si está inspirado por el Espíritu Santo? Pregunta difícil, pero de capital importancia. Merece por ello nuestra profunda consideración, incluso si no la podemos contestar a nuestra entera satisfacción.
Maneras de comprobar la inspiración del Espíritu Santo
El Espíritu Santo es veraz. No puede engañarnos. El problema se encuentra en la capacidad del hombre en obtener su inspiración y en saber en qué momento la posee. Una persona bien intencionada puede equivocarse y confundir los deseos que tiene de recibirla con la inspiración del Espíritu Santo propiamente dicha. Es difícil, si no imposible, el describir esta clase de sensación. Es preciso haberla experimentado ya para reconocerla. No obstante, haremos todo lo posible para dar una idea de lo que representa.
Un joven misionero se encontraba desde hacía un año en la misión alemana. Un día, habiendo decidido tener una reunión en una aldea, arregló para tener, como predicadores, al presidente del distrito y a un miembro del sacerdocio local. El mismo día en que la reunión debía tener lugar, los misioneros se enteraron de que ninguno de los predicadores previstos podía asistir a la reunión. Así que la responsabilidad de predicar quedó en las manos del misionero en cuestión y su compañero, que hacía sólo siete semanas había desembarcado en Alemania. Se arrodillaron los dos y oraron juntos y el resto del día lo pasaron ayunando. Al anochecer, cesaron el ayuno, y orando en sus corazones se fueron en bicicleta a la aldea en cuestión.
El más nuevo de los dos misioneros dio el discurso de dos minutos que se había aprendido de memoria. El otro misionero comenzó entonces su sermón, en el que quería demostrar que la idea de la revelación permanente era razonable y que el evangelio había sido restaurado. Fue siguiendo la idea de su discurso, pero algo maravilloso sucedió: olvidó completamente las dificultades que tenía con la lengua alemana, y nuevas ideas, en las que ni siquiera había pensado aquel día, le vinieron a la mente, encuadrando perfectamente en el discurso que había planeado. Una sensación maravillosa de paz y de fuerza le invadió el corazón y la mente. Sabía que estaba hablando por el poder de Dios. Cuando hubo terminado, tenía la impresión de que había estado hablando unos diez o quince minutos, pero, ante su sorpresa, descubrió que había estado hablando durante cuarenta y cinco minutos. Una hermana, inteligente y fiel le dijo: “Hermano Brown, es la primera vez que le oigo hablar así.”
No hay manera de poder demostrar a otro que aquel joven estuvo hablando por el poder del Espíritu Santo, pero él estaba seguro de ello. Y como que el Espíritu Santo nos testifica personalmente, tanto en sensaciones como en pensamiento, creemos que la inspiración del Espíritu Santo tiene que ser verificada con otros medios. Presentamos a continuación unas cuantas preguntas por las que podemos saber si nosotros, o bien otras personas, estamos inspirados por el Espíritu Santo.
1. ¿Está de acuerdo está inspiración con los grandes principios fundamentales del evangelio de Jesucristo? Sin duda que no podemos imaginamos al Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo y que está encargado de guiamos a toda verdad, inspirando a persona alguna con enseñanzas que no estén en armonías con el verdadero concepto de Dios, del hombre, y de la misión de Cristo. El Espíritu Santo no enseña doctrinas falsas, tales como la predestinación, el pecado original, o la parcialidad y la injusticia de Dios, Todo Santo de los Últimos Días tendría que aprender las doctrinas fundamentales de la Iglesia y acordarse de ellas, comparando su inspiración o la de otra persona con los grandes principios fundamentales de la religión que una y otra vez le han sido revelados al hombre y que resuenan en nuestro corazón y en nuestra mente con los acentos de la verdad. Principios tan fundamentales como la justicia, la misericordia y al amor de Dios; el libre albedrío, la fraternidad, el propósito de la vida y la progresión eterna del hombre, y el hecho de que la salvación es un esfuerzo cooperativo de Dios y los hombres, el uno proporcionando la gracia y los otros los méritos individuales.
2. ¿Concuerda esta inspiración con el Espíritu y el carácter de Cristo? Jesucristo envió al Consolador. Este mismo Consolador tiene que dar testimonio de Cristo. Cuando uno se comporta de una manera poco cristiana, y se deja llevar por el odio, la avidez, el egoísmo, la dureza de corazón, la concupiscencia o la injusticia, podemos estar seguros de que no goza de la inspiración del Espíritu Santo. Es verdad que a veces uno puede “reprender con severidad,” pero, incluso en este caso, tiene que ser con un sentimiento de amor y de misericordia.
Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener, en virtud del sacerdocio, sino por persuasión, longanimidad, benignidad y mansedumbre, y por amor sincero; por bondad y conocimiento puro, lo que ennoblecerá grandemente el alma sin hipocresía y sin malicia: reprendiendo a veces con severidad, cuando lo induzca el Espíritu Santo, y entonces demostrando amor crecido hacia aquél que has reprendido, no sea que te estime como su enemigo; y para que sepa que tu fidelidad es más fuerte que el vínculo de la muerte.
Deja que tus entrañas se hinchan de caridad hacia todos los hombres y hacia la casa de fe, y que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios, y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo. El Espíritu Santo será tu compañero constante; tu cetro será un cetro inmutable de justicia y de verdad; tu dominio, un dominio eterno, y sin ser obligado correrá hacia ti para siempre jamás. (Doctrinas y Convenios 121:41-46)
Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz. (Santiago 3:14-18)
El espíritu de rencilla y de contienda, de maledicencia, de ira y de envidia, no es el espíritu de Cristo, ni está inspirado por el Espíritu Santo.
Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino del diablo que es el padre de las contenciones, e irrita los corazones de los hombres, para que contiendan unos contra otros con ira.
He aquí, no es mi doctrina agitar con ira el corazón de los hombres, uno contra el otro; sino que ésta es mi doctrina: que tales cosas cesen. (3 Nefi 11:29, 30)
3. ¿Esta inspiración engendra el bien, la virtud, el conocimiento el amor y la buena voluntad en nuestra vida? Dicen de un padre de familia que un día se sintió inspirado por el Espíritu Santo a ejercer su autoridad en su propio hogar. Resultado: una esposa humillada, y desconsolada, y todos sus hijos fuera de la Iglesia y llenos de rencor hacia la religión. Hay también un misionero, que, basándose en su propia inspiración, excomulgó a treinta y dos miembros en una rama. Esto sucedió en la época que las comunicaciones eran muy difíciles y el contacto con las autoridades de la misión se establecía sólo de tarde en tarde, y por ello la supervisión de una rama quedaba mayormente en manos de los misioneros locales. El resultado: familias divididas, niños llenos de amargura, matrimonios deshechos, maldecir entre los santos, y la sospecha mutua que amenazaba con destruir la rama.
Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. No nos hagamos vanagloriosos, irritándonos unos a otros, envidiándonos unos a otros. (Gálatas 5:22-26).
4. ¿Están otros de acuerdo con esta inspiración? La inspiración del Espíritu Santo generalmente se manifiesta a un solo individuo, aunque, en ciertas públicas ocasiones, varias personas a la vez pueden experimentarla. Si una persona se siente inspirada por el Espíritu Santo, debe también estar dispuesta a comparar gustosamente lo que le haya sido inspirado con lo que otros hayan podido recibir en inspiración. Hay personas alrededor nuestro, especialmente el obispo o el presidente de la rama, el presidente de la estaca o de la misión, nuestros padres, etc…, que también poseen el don de revelación. Aunque estamos libres de aceptar sus consejos o no, por lo menos tenemos el deber de escucharles. Tenemos que comparar nuestra inspiración con los consejos de los que han recibido el llamamiento de presidir sobre nosotros y de los que, por su naturaleza y discernimiento, merecen toda nuestra confianza.
5. ¿Tengo yo derecho a recibir inspiración en un asunto en particular? Durante la crisis económica que siguió al año 1930, una señorita muy religiosa y muy buena, y que gozaba de una buena posición, recibió la visita de un hombre que, poco más o menos, le dijo así:
“Anoche, hermana……………………, el Espíritu Santo me reveló que usted tiene que casarse conmigo.” Un poco ofendida al principio, al poco rato se calmó y pidió tiempo a aquel hombre para pensarlo todo mejor. Como que era una persona fiel y devota, vacilaba en poner en duda una revelación del Espíritu Santo.
Cuando aún estaba preocupada por esta declaración, otro hombre de su misma estaca vino a verla, y le dijo que había tenido un sueño y que el Señor le había dicho que debía casarse con ella. Este concurso de circunstancias era ya demasiado. Se fue a ver a un miembro del Quorum de los Doce Apóstoles para pedirle consejo. Este le respondió bondadosamente: “¿No le parece a usted que, puesto que este asunto le concierne a usted tan grandemente, el Señor no le habría también revelado su voluntad lo mismo que a uno de estos dos hombres ?” Esta respuesta satisfizo a la señorita. Porque, al fin y al cabo, cada uno de nosotros tiene derecho a recibir inspiración según su posición en la Iglesia o su vocación en la vida.
6. Finalmente, ¿se toma uno el tiempo necesario, en un asunto importante, sobre el cual buscamos orientación divina? Muchos problemas en la vida son fértiles en emociones y en sentimientos intensos. Distinguir entre nuestros propios sentimientos y la inspiración del Espíritu Santo en un momento dado puede ser muy difícil. Deberíamos dedicar un poco más de tiempo a la consideración de nuestros problemas, y orar más a menudo para llegar a sentir un sentimiento constante de seguridad, a pesar de la fluctuación de nuestras emociones.
Por ejemplo, la señorita que recibe una declaración de amor al claro de luna no tiene que esperar a recibir la inspiración celestial para saber qué responder en aquel momento maravilloso. Mucho antes ya, después de haber considerado tranquila, cuidadosa y piadosamente la posibilidad de esta declaración, debería de haber estado preparada. Sin haber examinado la cuestión de antemano y cogida de improvisto, ¿cómo podría recibir inspiración en aquel momento?
La necesidad que tenemos del testimonio del Espíritu
En el tercer capítulo consideramos la religión bajo dos aspectos: la espiritualidad (la relación del hombre con Dios), y la moralidad (algunas de las relaciones del hombre con sus semejantes.). La espiritualidad tal como la definimos pertenece a la religión. Se basa en la fe en Dios. Se la cultiva mediante la adoración, la devoción, la oración, la meditación y la ayuda al prójimo. Sus recompensas son fe, consuelo, solaz, y la seguridad de que uno “no está solo”; la sensación de vivir en armonía con la voluntad y el propósito divino. Todo esto da un propósito y una mayor amplitud a la vida, proporciona el gozo y la paz de espíritu. Y esto lo necesitamos en nuestra vida. Tenemos también necesidad de la ayuda y la inspiración del Espíritu Santo para hacer frente a las responsabilidades específicas de nuestra vida. Consideremos algunas cosas en las que tenemos una necesidad especial de la inspiración del Consolador.
1. Necesitamos el Espíritu Santo para guiarnos en las decisiones más importantes de nuestra vida. Una estudiante universitaria me ha preguntado: “¿Es que una muchacha tendría que considerar el asunto de su matrimonio en oración?” Si uno no puede orar concerniente a una decisión tan llena de consecuencias para su vida y su felicidad como ésta, ¿por qué orar entonces sobre no importa qué otra decisión personal? Tenemos que resolver los grandes problemas de la vida—el matrimonio, la profesión, el lugar de residencia, el bienestar de esposo y esposa, de los niños, los problemas de la comunidad, de la nación o del mundo—a la luz del evangelio de Jesucristo. Nuestras cuestiones y nuestros problemas individuales tienen que considerarse teniendo en cuenta otros fines superiores, tales como nuestro bienestar moral y espiritual, la vida eterna, la voluntad de. Dios. El Espíritu Santo nos proporciona la ayuda que precisamos en estos asuntos.
2. Tenemos que cultivar el testimonio del Espíritu Santo en materia de fe y de testimonio. El hombre no puede saber por sí mismo, con el más mínimo grado de certeza, que Dios vive, que la vida es eterna y que Jesús es el Cristo. La filosofía y la ciencia sólo pueden damos una seguridad limitada en las cuestiones que conciernen la fe. Incluso la vida moral—la justicia y la misericordia entre los hombres—aunque nos da cierta seguridad, no nos convence enteramente de la existencia. Si queremos saber con certeza perdurable y con un sentimiento análogo, este testimonio nos vendrá únicamente de la “voz apacible y delicada” del Espíritu. Esta clase de testimonio tiene una importancia tan vital para nosotros que conviene que, con todas nuestra fuerzas, tratemos de recibir esta seguridad por parte del Espíritu Santo. Con este testimonio podremos experimentar los sentimientos de Pablo y decir con él:
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada os podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:38,39)
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? (Romanos 8:35)
3. Necesitamos el Espíritu Santo en nuestro trabajo en la Iglesia. Esto nos parece evidente a primera vista, pero tenemos necesidad de meditar más a menudo las razones que lo motivan.
Estamos ocupados en la obra de Jesucristo. Se acordarán que cuando Jesús iba a subir de nuevo al Padre, después de su resurrección, dijo a los Doce que no salieran de Jerusalén hasta que les llegara la promesa del Padre.
Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra. (Hechos 1:8) (Léase también Hechos 1:1-8)
Si los Doce, que conocían a Cristo y le habían visto resucitar, recibieron la orden de esperar al Espíritu Santo, ¿no deberíamos nosotros, que trabajamos en la Iglesia, tratar de llegar a obtener la misma influencia? La respuesta la tenemos de manera muy clara en una revelación moderna:
Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibiréis el Espíritu, no enseñaréis. … Y al elevar vuestras voces por el Consolador, hablaréis y profetizaréis conforme a mí me plazca; porque, he aquí, el Consolador sabe todas las cosas, y da testimonio del Padre y del Hijo. (Doctrinas y Convenios 42:14,16,17)
Esto es verdad, no tan sólo para las enseñanzas, sino también para todo trabajo en la Iglesia. En la Iglesia somos gente laica, y no ministros que han recibido una educación especial para dedicamos a la obra eclesiástica. El Señor nos confía su obra asumiendo que la inspiración del cielo compensará nuestras deficiencias humanas. ¡Y cuán de prisa no aparecen éstas cuando se nos deja solos! Por otra parte, ¡cuán grande y hermosa es la obra que produce el Espíritu de la Divinidad que influye en una persona sincera, humilde y amante! Es únicamente con la ayuda del poder que viene de lo alto que toda fase de la vida de nuestra Iglesia puede llevarse a cabo perfectamente y ser eficaz de una manera permanente. Es lo que Pedro comprendió con la organización de la Iglesia primitiva. Se acordarán ustedes que, con la expansión del grupo cristiano, se escogió a siete hombres para que se encargaran del bienestar de las viudas en la Iglesia. Pedro pidió a los miembros que escogieran entre ellos….
. . . siete varones de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. (Hechos 6:3)
4. Necesitamos el Espíritu Santo para ayudamos a resistir la tentación. Mientras que Jesús oraba la noche en que fue entregado, Pedro, Santiago, y Juan cayeron dormidos. Cuando volvió a donde estaban, les dijo estas palabras memorables:
Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. (Marcos 14:38)
No es la tentación la que nos da la fuerza de resistirla. La fuerza tiene que venir de nosotros mismos. Es por esta razón que dijo Pablo: “No te dejes de vencer del mal, antes vence el mal con el bien.” Esto es lo que Alma aconsejo a su hijo Helamán:
Predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo; enséñales a humillarse, y a ser mansos y humildes de corazón; enséñales a resistir toda tentación del diablo, con su fe en el Señor Jesucristo. (Alma 37:33)
“El espíritu está pronto, pero la carne es débil.” “El orgullo precede la caída.” Todos nosotros necesitamos ser fortalecidos con el Consolador para que podamos así continuar en el “sendero estrecho” y evitar el sucumbir a las flaquezas de la carne y los deseos egoístas de la naturaleza humana.
5. Finalmente, y como resumen, necesitamos el Espíritu Santo para que nos ayude a comprender, siempre más y más, todos los principios del evangelio y podamos así llegar a ser verdaderos discípulos del Señor Jesucristo. El Espíritu Santo puede ayudamos. Pedro hace una excelente declaración al respecto en su segunda epístola:
Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra: Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús.
Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. (2 Pedro 1:1-8)
Cómo podemos recibir el testimonio del Espíritu Santo
Dice así en Doctrinas y Convenios:
Un hombre puede recibir el Espíritu Santo, y éste puede descender sobre él y no permanecer con él. (Doctrinas y Convenios 130:23)
No importa lo mucho que podamos necesitar al Espíritu Santo, únicamente podemos recibir su influencia si la virtud reina en nuestra vida y en nuestros pensamientos. El deseo de tener poder y gloria, dinero o lo que el dinero puede proporcionar, el deseo de placer, (no como recreación sino como propósito principal de la vida) son intereses incompatibles con el Espíritu de Cristo que el Espíritu Santo distribuye entre los hombres.
Se nos da el Espíritu Santo a causa de nuestra fe en Cristo, de nuestro arrepentimiento y de nuestro nuevo nacimiento espiritual del que testificamos en nuestro bautismo. Su misión es la de guiarnos a una vida más rica y más elevada, que conviene a los discípulos de Cristo. Para gozar de este don debemos mantener viva la llama de nuestra fe en Cristo. Nuestro arrepentimiento tiene que ser continuo, y nuestro bautismo debe renovarse cada semana cuando tomamos la Santa Cena. Nuestra vida entera tiene que estar orientada de manera constante hacia nuestra fe cristiana, Mejor que cualquier otro autor de que podamos acordarnos, Moroni muestra la relación íntima que existe entre los primeros principios y ordenanzas del evangelio:
Y el primer fruto del arrepentimiento es el bautismo; y el bautismo viene por la fe para cumplir los mandamientos; y el cumplimiento de los mandamientos trae la remisión de los pecados; y de la remisión de los pecados proceden la mansedumbre y la humildad de corazón; y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el Consolador que llena de esperanza y de amor perfecto, amor que se conserva por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos morarán con Dios. (Moroni 8:25-26)
























