Capítulo 20
LAS COSAS DE MAYOR VALOR
Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? (Mateo 16:26)
Jesucristo hizo de la voluntad del Padre su propia voluntad
Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. (Juan 4:31-34)
No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre. (Juan 5:30)
Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. (Juan 6:38-40)
Desde la edad de quince años, hasta el día de su muerte, Cristo, según la narración de los evangelios, se consagró en cuerpo y alma a la voluntad del Padre. No se preocupaba por las comodidades de la vida; su seguridad no consistía en bienes materiales, ni dependía de las alabanzas o de la admiración de los hombres. Cuando un escriba dijo a Jesús que le seguiría doquiera que fuese, Jesús le dijo:
Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; más el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza. (Mateo 8:20)
Cristo era el Hijo de Dios. Toda su misión consistió en traer la salvación a los hombres. Todo lo que podamos imaginamos de El queda resumido en sus propias palabras: “Padre, que se haga tu voluntad y no la mía.”
Es extraño que pida al resto de la humanidad que se confía en la voluntad del Padre, nosotros que no somos ni Hijos de Dios ni Salvadores del mundo en el mismo sentido en que Él lo fue. Porque somos hijos de la tierra, y setenta años es aproximadamente el tiempo que vivimos. Tenemos que pensar en nuestras esposas, nuestros maridos, nuestros hijos, las enfermedades y la vejez. Sin embargo, Jesús hace tanto hincapié en que sigamos lo mismo que hizo El como si se tratase de su propia vida.
“Buscad primeramente el Reino de Dios”
En el Sermón del Monte y en muchas otras partes de sus enseñanzas, Cristo nos exhorta a allegamos tesoros en los cielos más bien que en esta tierra, a amar más bien las cosas de Dios que las que los hombres parecen apreciar tanto. Y nos asegura que tenemos que escoger, porque no podemos servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo. Léase cuidadosamente el siguiente pasaje:
No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas? Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. (Mateo 6:19-24)
Cuando los fariseos oyeron estas cosas, se burlaron de Él, pero Jesús se volvió y les dijo:
Entonces les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación. (Lucas 16:15)
Un hombre vino al encuentro de Jesús y le pidió que convenciera a su hermano para que éste compartiera su herencia con él. Le dijo Jesús:
Mirad, y guardaos de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en las abundancia de los bienes que posee. (S. Lucas 12:15)
Entonces Jesús contó la parábola del hombre rico cuyas tierras habían producido abundantemente. Aquel hombre hizo demoler sus graneros y se hizo construir otros más grandes, para poder tener más seguridad en el futuro.
“Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será? Así será el que atesora para sí no es rico ante Dios.” (S. Lucas 12:20-21) (Véase S. Lucas 12:13-21)
En varias ocasiones, Jesús estableció el contraste que existe entre las cosas de esta tierra y las cosas de Dios y nos exhortó a procurar estas últimas. A la samaritana del pozo de Jacob, le dijo:
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (Juan 4:13-14)
A la multitud que le seguía, les decía:
Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. (Juan 6:27)
Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. (Juan 6:35)
Los discípulos de Cristo dan el mismo consejo
En su primera epístola Juan nos escribe un hermoso pasaje que está completamente en armonía con los ideales del Maestro:
No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. (1 Juan 2:15-17)
En el capítulo 3 de la primera epístola de Pedro, encontramos estas palabras, dirigidas a las mujeres, pero cuya conclusión se aplica a todo el mundo:
Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos^ lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios. (1 Pedro 3:3-4)
El apóstol Pablo recomendó a los hombres que fuesen diligentes, sobrios y laboriosos y que se preocupasen de la subsistencia de sus familias; pero también les amonestó contra la avidez y les exhortó que buscasen las cosas superiores.
Disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales. Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. (1 Timoteo 6:5-8)
Sí, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (Colosenses 3:1-3)
La lucha entre las cosas de valor espiritual y las cosas de valor material en nuestras vidas
El hombre es una criatura de deseos insaciables. Sus necesidades crecen fácilmente y raramente quedan satisfechos. A menudo, cuanto más tiene, más desea. Pero los bienes materiales no son otra cosa que un medio por el cual se puede conseguir un fin. Las necesidades esenciales del hombre son la paz del alma y una vida feliz. Piensa llegar a este resultado mediante las alabanzas de los hombres y la riqueza. Por esto, según las enseñanzas del Señor y de sus discípulos, es un grave error. El hombre es algo más que un animal. Las cosas del cuerpo, las cosas que placen a los ojos, no bastan para satisfacer su naturaleza intelectual, estética, moral y espiritual. El hombre es hijo de Dios y sus satisfacciones más completas y más durables, en esta vida y en el más allá, le vienen de las cosas del espíritu. Un antiguo proverbio tibetano pone esta idea bien en relieve:
En el comer, el beber, el temor y la copulación, los hombres y las bestias se parecen; el hombre se eleva por encima de la bestia practicando la religión.
Así, pues, ¿por qué no decir que el hombre sin religión es igual a una bestia? (Ballou, Bible of the World, pág. 342)
Consideremos la valía y las limitaciones de las cosas espirituales y de las materiales. Por cosas materiales queremos decir dinero y las cosas que podemos comprarnos con él, tales como casas, automóviles, radios, muebles, alfombras, vestidos, joyas, y todo lo que se le parezca. Por cosas espirituales queremos decir, en el sentido amplio de la palabra, las conversaciones que tienen un interés intelectual, la creación y el amor de las artes, la amistad, y, sobre todo, los valores espirituales que Jesucristo enseñó: la humildad, la justicia, la misericordia, el amor, la libertad, la adoración de Dios, la fe y la ayuda a los demás.
Las cosas materiales
1. ¿Cuál es el valor de los bienes materiales? Es de una cierta cuantía. Primero de todo procuran una satisfacción inmediata. En nuestro tipo de civilización son muy fáciles de obtener. Pueden ser vistos por todo el mundo, y, puesto que comúnmente identificamos nuestros bienes con nosotros mismos, tenemos la sensación de que es nuestro propio progreso el que se admira. Constituyen también un poder en las relaciones humanas. La gente aprecia mucho los bienes materiales, y nos ayudarán y homenajearán para participar de lo que tenemos. Y, hasta cierto punto, los bienes materiales son esenciales para conservar la salud, la fuerza, la vitalidad, y para tener una sensación de seguridad y de legítimo orgullo.
2. ¿Cuáles son los límites de los bienes materiales? Disminuyen si uno los comparte con los demás. Dad a alguien la mitad de vuestros bienes y sólo os quedará la mitad a vosotros. Es por razón que muy a menudo los bienes materiales son causa de envidia, de disputa y de animadversión entre los hombres, y más dividen que unen a la humanidad. Más bien incitan al robo, a la guerra, a la conquista, que a otra cosa. La mayor parte se consumen y pierden su valor con el tiempo, “el orín los corroe.” Los bienes materiales no están íntimamente ligados a la naturaleza psíquica y espiritual del hombre.
Las cosas espirituales¿Cuál es el valor de los bienes espirituales? Los bienes espirituales—las ideas, la música, la fe, la entereza de carácter, la confianza, el amor—florecen y aumentan cuando uno los comparte. Es imposible dar éstas cosas sin recibir algo en cambio. En la vida espiritual la escasez no constituye una base de la prosperidad, como sucede en el sentido económico. La abundancia de ellas no produce la crisis. Las cosas de valor espiritual de la mente y del corazón satisfacen al hombre interior, al hombre todo entero en los que tiene de más elevado. (Véase Alma 32:41-42) Las cosas espirituales satisfacen especialmente cuando uno ha llegado a los últimos años de su vida, cuando los apetitos de la vida han desaparecido ya y las vanidades de la vida han explotado como burbujas de jabón. En su mayoría, las cosas espirituales traspasan todas las barreras de razas y de civilizaciones y hacen hermanos de todos los hombres. Las grandes verdades y las grandes obras maestras de arte son el patrimonio de la humanidad entera. Se elevan con nosotros en la inmortalidad mientras que todas las ganancias materiales quedan aquí.
Cualquier principia de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por motivo de su diligencia y obediencia hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero. (Doc. y Con. 130: 18-19)
Los principios del evangelio de Jesucristo son morales y espirituales a la vez. Constituyen lo más importante de la vida. Cuando buscamos primeramente estas cosas, cuando les damos el lugar de mayor importancia en nuestra vida, entonces vivimos conforme a nuestras aspiraciones mayores, conforme al bienestar de todos los hombres y de acuerdo con la voluntad de nuestro Padre Celestial. Este es el testimonio de Cristo, de Pedro, de Pablo, de Juan, de Alma, de Amos, y de todos los profetas. Y es también el testimonio que nos da la misma vida. Es lo que nos dice de manera poderosa Chuang-Tze, un filósofo chino del siglo tercero antes de Cristo.
Aquellos que hacen de la riqueza lo más importante de sus vidas, no pueden soportar las pérdidas financieras. Aquellos que hacen de la gloria lo más importante de sus vidas, no pueden soportar la pérdida de su reputación. Aquellos que aman el poder no confiarán autoridad a otros. Llenos de ansiedad cuando poseen bienes, desconsolados si los pierden, no escuchan sin embargo las advertencias del pasado y no se dan nunca cuenta de la locura de sus esfuerzos. Tales hombres están malditos de Dios. (Bible of the World, compilada por Ballou, pág. 532)
El deseo inmediato y dominante del hombre parece radicar en las cosas de la carne, las que placen a los ojos; pero las necesidades supremas y eternas del hombre residen en las cosas del espíritu. Esto es tan cierto para esta vida como para la vida eterna.
























