Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 41
UNA IGLESIA LAICA

Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. (Hechos 6:3)

Según el Nuevo Testamento, la Iglesia primitiva de Cristo era una iglesia laica. No tenía ministerio profesional. No había distinción entre miembros y directores, entre el oyente y el predicador* Los directores de aquella primera iglesia no fueron escogidos porque tenían preparación profesional. Eran gente común: pescadores, un cobrador de impuestos, un comerciante. Los apóstoles, llamados de esta manera, escogieron otros que igualmente estaban sin preparación profesional para servir en la causa.

Vamos a examinar detenidamente el carácter laico de la iglesia primitiva. Entonces la compararemos con la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Quizá nos resultará benéfica esta comparación.

Jesucristo no era ministro profesional

Un día de sábado Jesús entró en una sinagoga en su propio país y comenzó a enseñar en la sinagoga:

… y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. (Marcos 6:2, 3)

Más a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba. Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado? (Juan 7:15)

Jesús no entraba en la categoría de rabinos y escribas profesionales. Para ellos y la gente era un rabino laico. Esto perturbaba a los profesionales y asombraba al pueblo.

Los Doce y otros también eran ministros laicos

Jesús vivió en una época en que los escribas y los rabinos profesionales gozaban de algún prestigio en Israel. El estudio de la ley llegó a ser una empresa muy popular. El laico sincero dependía en gran manera en que los escribas lo orientaran. Algunos de estos eran hombres de gran devoción y mucho entendimiento.

Debe haber sido causa de asombro para Pedro, Andrés, Santiago y Juan el que Jesús les haya dicho a ellos, más bien que a algunos de los escribas: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.” No obstante, lo siguieron. Hasta donde se sabe Pablo fue la única excepción entre los apóstoles, ya que él entró en el ministerio con extensa preparación. Esta preparación le sirvió de mucho. Sin embargo, no fue por esta razón por lo único que fue llamado; y bajo la influencia de la orientación divina, como apóstol de Jesucristo, abandonó muchas de sus ideas tradicionales, al paso que crecía la iglesia cristiana eran llamados otros convertidos laicos para ayudar en la obra.

Lo que se requería para ser un director laico

Los directores de la iglesia primitiva no tenían preparación académica ni profesional. Sin embargo esto no quiere decir que no estaban capacitados. Para poder ser efectivo, el servicio en la iglesia de Cristo exigía habilidad, preparación y recursos, aparte de directores. Consideremos algunas de las calificaciones que se mencionan en el Nuevo Testamento. Veremos qué clase de hombres fueron escogidos para servir en la iglesia.

1. En ningún sentido eran perfectos. Cometían errores. Santiago y Juan buscaban posición y gloria, y los otros estaban interesados en sus propios deseos. Jesús dijo a Pedro: “Quítate de delante de mí, Satanás.” (S. Mateo 16:23) Y también: “En esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces me negarás tres veces.” (S. Marcos 14:80) Jesús también dijo a sus discípulos: “Hombres de poca fe.” Judas le resultó traidor. Sin embargo, Jesús escogió a estos mismos hombres por lo que eran, y también por lo que, bajo su influencia, y más tarde la influencia del Consolador, podrían llegar a ser.

2. Eran hombres de convicción y lealtad. Pedro era impetuoso, pero su impetuosidad procedía de su amor por el Salvador y por su deseo de servir. Fue Pedro quién se dirigió a Jesús andando sobre las aguas, quien corrió al sepulcro para convencerse de la resurrección y fue el mismo que predicó al Cristo tan intrépidamente el día de Pentecostés, y desde ese día en adelante, Pedro proclamó la divinidad del Salvador, diciendo: “Tú eres el Cristo.” (S. Mateo 16)

Igualmente valiente e inmutable en su devoción a Cristo fue el apóstol Pablo. Después de su conversión, ninguna dificultad o peligro le impidió llevar a cabo su obra. Con el mismo gozo dio su vida por el Maestro. Leamos la despedida de Pablo de los santos en Éfeso, que se halla en el capítulo 20 de los Hechos, de la cual citamos lo siguiente:

Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. Ahora, he aquí, ligado yo en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonió del evangelio de la gracia de Dios. Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro. (Hechos 20:18-25

3. Las virtudes cristianas y el fruto del Espíritu eran requisitos esenciales para la obra del ministerio. Pablo explica las cualidades de carácter que debe tener el obispo:

Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo, retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen. (Tito 1:7-9)

Estos versículos también revelan el conocimiento práctico de Pablo, su sentido común y la necesidad de estas virtudes en el carácter del obispo.

4. Hombres “llenos del Espíritu Santo”. Es interesante el lenguaje con que se expresa San Lucas, al describir el llamamiento de los siete hombres que iban a ayudar a los Doce. “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones, de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría…” (Hechos 6:3) La razón principal porque se escogió a estos hombres fue para que atendiesen a las viudas de la Iglesia y “sirvieren a las mesas.” Sin embargo aún para este llamamiento “humilde”, se requería que tuviesen fe, integridad y sabiduría, y que fuesen llenos del Espíritu Santo. Se efectuó esta selección con cuidado y conforme a los ideales y propósitos cristianos. En una palabra, los director es de la iglesia cristiana de aquella época eran hombres laicos, humanos ciertamente, pero inspirados de Dios, hombres que se habían convertido, que eran leales y que iban aumentando en virtudes cristianas.

Una iglesia laica en una edad profesional

La Iglesia de los Santos de los Últimos Días está constituida según el modelo de la iglesia primitiva. Es también una iglesia laica. Sin embargo, se distingue de la iglesia primitiva en el hecho de que ahora estamos obrando en una edad profesional. Vivimos en una época de profesores, médicos, obreros sociales, directores de recreo, directores culturales, ministros—y todos han recibido extensa preparación para su respectiva profesión. Para algunos jóvenes, y aun adultos, el programa de la Iglesia parece ser preparado por profesionales. Hay ocasiones en que los grupos profesionales, ya directa, ya indirectamente, ayudan a proyectar el programa de la Iglesia. Esto sucede principalmente en las actividades educativas y culturales. Por otra parte las formas de recreo profesionales y comerciales buscan el interés de la gente, y a veces los desvían de actividades más benéficas y religiosas.

Siempre se están haciendo comparaciones entre el programa de la Iglesia y otros programas. El mismo joven que asiste a una clase de la Escuela Dominical el domingo recibe instrucción de uno que es maestro por profesión durante la semana. El mismo joven que oye los predicadores durante el servicio sacramental recibe las enseñanzas de profesores en la universidad. La misma señorita que asiste a un drama presentado por la Mutual también va al cine. La misma mujer que asiste a la Iglesia de los Santos de los Últimos Días es la que visita la iglesia de una amiga suya que no es de su fe. A menos que los directores de nuestra iglesia puedan ser comparados favorablemente con directores profesionales y laicos en otras partes, la gente perderá el interés en la obra de la Iglesia. Esto se ve mayormente en la juventud.

Una de las fuerzas mayores de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días consiste en su naturaleza laica. Nos complace. Nos da mayor amistad, hermandad, democracia; trae el desarrollo a muchos por medio de la participación, así como por compartir del conocimiento e intereses de muchos. Debería activar la participación sincera en la obra de la Iglesia ya que es voluntaria y sin paga.

También hay debilidades en la Iglesia por motivo de su naturaleza laica

Examinemos estas limitaciones de una manera práctica y honrada. Así podremos conservarnos humildes, y cada cual hará su parte para eliminarlas o disminuirlas. En primer lugar, se trata de una obra voluntaria y mucha de la obra voluntaria se lleva a cabo a ratos perdidos. Esto significa que después de haber ganado su subsistencia durante el día, o bien haberse cuidado de su familia, los miembros toman parte en el trabajo de la de la Iglesia.

Los servicios que se prestan en una iglesia laica no son profesionales. Sucede a menudo que se pide a una persona que enseñe una clase, cuando esta persona no ha tenido nunca experiencia en la educación, o no comprende de manera adecuada la naturaleza humana, o incluso desconoce absolutamente el tema que se le hace enseñar. Estos son obstáculos bastante grandes, ya que la naturaleza humana es lo que es, y las leyes de saber son lo que son. El evangelio es algo que debemos conocer profundamente y comprenderlo bien. Lo que ocurre con los maestros ocurre también con los demás oficios o posiciones de la Iglesia. Se pide a personas de experiencia limitada que dirijan las actividades culturales y creativas de la juventud, etc. Ciertos hombres con más buena voluntad que información, reciben el llamamiento para trazar los planes de los programas de sacerdocio y de las demás organizaciones auxiliares, y a encargarse de la ejecución de estos programas.

En ninguna otra parte, en nuestra época, excepto en la Iglesia toleraríamos empleados que no conociesen bien su trabajo. ¿Haría usted que un campesino inexperto le pusiera medias suelas? ¿Haría usted que un chófer de taxi reparara su radio? No obstante, en nuestra Iglesia, vamos al obispo o al presidente de la rama o del distrito y le pedimos consejos, sabiendo perfectamente que no ha recibido una educación especial para ello. Confiamos nuestros hijos a personas que tienen conocimiento como nosotros, con la esperanza que ellos lograrán desarrollar su carácter y su espiritualidad. Los resultados que esperamos no aparecen muchas veces. Pero es imposible que alguien inculque moralidad y espiritualidad en otro, si antes no la posee él mismo.

Cómo aprovecharse plenamente de la naturaleza laica de la Iglesia

La Iglesia primitiva de Cristo progresó durante cierto tiempo. Fue dinámica y fértil bajo la orientación de directores laicos, al igual que, bajo parecidas condiciones, la Iglesia de los Santos de los Últimos Días ha crecido y llevado a cabo grandes cosas. Nadie negará que su naturaleza laica ha contribuido grandemente a su éxito. Pero la época de gran especialización y de expertos en la que vivimos produce una competencia que la Iglesia de Cristo no conoció nunca. Es también un hecho que no podemos negar. Pero esta competencia quizá sea de beneficio para nosotros. Nos obliga a analizar nuestros problemas y examinamos a nosotros mismos. Pero necesitamos toda la ayuda que podamos obtener. De este examen de la naturaleza laica de la Iglesia de Cristo podemos sacar ciertas indicaciones que nos guiarán en nuestro servicio en la Iglesia.

1. Necesitamos la inspiración del Espíritu Santo y el Espíritu de Cristo. El Consolador puede iluminar nuestra mente y damos sabiduría en nuestros estudios, dar convicción a nuestro trabajo y ayudamos a tocar el corazón de aquellos a quienes enseñamos. Si gozamos de su influencia, puede suplir nuestra falta de instrucción e información, ayudándonos a obtener estas cosas al mismo tiempo que desempeñamos nuestra tarea. Pero el encontrarse sin información y sin inspiración, es una tragedia para todos aquellos que se encuentran en el caso, el maestro y el estudiante, el predicador y el oyente.

2. Tenemos necesidad de una convicción fuerte. Esta convicción proviene del don del Espíritu Santo, de la práctica de los principios del evangelio en nuestra vida cotidiana, y de las buenas obras que llevamos a cabo en la Iglesia. La convicción nos ayudará a vencer la inercia, esta actitud perezosa que muchos sentimos con respecto al trabajo voluntario. Engendrará el interés y el entusiasmo, ambas cosas grandemente contagiosas. Meditemos lo que Jesús dijo a Pedro:

Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. (Lucas 22:31,32)

3. Tenemos necesidad de servir conforme a los principios del evangelio de Cristo. Nos referimos ya a este tema en el capítulo precedente. Las personas necesitan amor, fe y confianza y se sienten atraídas hacia aquellos que les aman. La humildad, el altruismo, la amabilidad, la bondad, el amor, todas éstas son virtudes que nos ayudan a influir en nuestros semejantes, conduciéndolos más cerca de nuestro Creador. Pocas personas pueden resistir el amor. Pocas personas puede resistir a aquellos que los tratan con interés. Sin estas virtudes no somos nada en la obra del Señor. Con ellas, podemos estar seguros del éxito.

4. Necesitamos aumentar nuestra tolerancia y nuestra fidelidad. En la actualidad como en la época de Pedro y de Judas, ni los hombres ni las mujeres son perfectos. Nadie es infalible en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Como un filósofo ha dicho muy acertadamente: “Hay muchos elementos humanos en la naturaleza humana.” La perfección es algo divino. Para los hombres, sigue siendo un ideal, una meta muy lejana a la que es difícil llegar. Aceptémonos a nosotros mismos y a nuestros semejantes tal como somos: Seres humanos imperfectos. Al igual que Cristo, confiemos en los demás. Veamos sus errores y sus flaquezas, pero confiemos en ellos, démosle nuestra lealtad y prodiguémosle nuestras palabras de ánimo, e incluso nuestras críticas cuando sea necesario. Evitemos sobre todo el censurarles con malevolencia, o a espaldas de ellos, ya que nada puede hacer más mal a la Iglesia que la murmuración.

5. Necesitamos aceptar el trabajo en la Iglesia sabiendo exactamente la responsabilidad que tomamos. Tomamos parte en la obra del Señor. Nada hay más importante o más vital. Disciplinémonos a fin de poder llevar a cabo nuestra tarea, ser puntuales, procurando siempre realizar un trabajo bien hecho; esforcémonos en estudiar, observar, mejorarnos, aumentar nuestros talentos y conocimientos; por aceptar la crítica positiva cuando nos llegue.

Pertenecemos a la Iglesia de Jesucristo. Sin El no podemos hacer nada, y esto depende igualmente de nosotros. La Iglesia le pertenece y, teóricamente, es maravillosa. Pero en la práctica nunca podrá ser mejor que los miembros que la componen. Son los miembros que asisten a una reunión sacramental, que le dan el espíritu de reverencia que reina en ella. Una clase se mide por lo que realizan los maestros y alumnos que componen dicha clase. Grandes son las responsabilidades y las ocasiones que cada Santo de los Últimos Días posee, por pertenecer a una iglesia laica, que es también la Iglesia de Jesucristo.

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