Capítulo 33
“BIENAVENTURADOS LOS MISERICORDIOSOS”
Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque
estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. (Mateo 9:36)
Jesús era compasivo
Cuando Jesús supo que Juan el Bautista había sido decapitado, se fue al desierto en busca de la soledad. La multitud, que sabía en donde se encontraba, le siguió y lo descubrió. “Al desembarcar vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ella, y curó a todos sus enfermos.” (S. Mateo 14:14)
Los discípulos viendo que era ya de noche, sugirieron al Salvador que enviase a la gente a comprar en los pueblos de alrededor. Pero Jesús dijo: “No tiene necesidad de irse; dadles vosotros de comer.” (Mateo 14:16) Y entonces hizo el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, no para darse gloria, sino porque tuvo compasión de la multitud que tenían hambre.
En una ocasión parecida, después de haber devuelto el habla a los mudos, la vista a los ciegos, y haber hecho otras curaciones entre las multitudes que le seguían, dijo a sus discípulos:
Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que desmayen en el camino. (Véase Mateo 15:31-32)
El corazón del Salvador sufría por todos aquellos que sufrían también. Cuando veía a los ciegos, “tenía misericordia de ellos y les tocaba los ojos.” (S. Mateo 20:34) A la mujer descubierta en adulterio, la trató muy compasivamente. (Véase S. Juan 8:1-11) Incluso dio más dignidad a la vida de los publícanos y pecadores que se sentían avergonzados en su presencia. (Véase S. Lucas 15) Cuando vio que sacaban a un muerto de la casa de su madre viuda,”… compadecióse de ella, y le dijo: ‘No llores’ Y acercándose, tocó el féretro, y dijo: ‘Mancebo, a ti te lo digo, levántate.’ Y lo devolvió a la vida.” (S. Lucas 7:12-14) Sin duda que Jesús fue muy tierno, compasivo y misericordioso con los hijos de los hombres. Cualquiera que haya leído los evangelios, puede cantar con gran sinceridad uno de los himnos de Sion que dice así:
Asombro me da, el amor que me da Jesús,
Confuso estoy por su gracia y por su luz;
Y tiemblo al ver que por mí él su vida dio,
Por mí, tan indigno, su sangre se derramó.
Cuán asombroso es que él amárame y rescatárame.
Oh sí, asombro es, siempre para mí.
(Del himno No. 46 “Asombro me Da.”)
Cristo enseñó a los hombres a ser misericordiosos
Conocemos por lo menos cuatro ocasiones específicas en las que Jesús dio gran importancia a la misericordia en sus enseñanzas. (1) Consagró una bienaventuranza a la misericordia, dándole así el mismo rango que las otras grandes virtudes fundamentales del cristianismo. (2) Dos veces, en el evangelio de Mateo, el Salvador cita a Oseas 6:6 para recordar a los fariseos que la misericordia vale más que los sacrificios. Cuando le criticaron porque comía con los publícanos y los pecadores, replicó: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificio. . .” (S. Mateo 9:13)
Cuando los fariseos se quejaron de que sus discípulos comían espigas que habían cogido con sus manos en el día de reposo, les dijo Jesús: “Si supieseis qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes.” (S. Mateo 12:7)
El dar mayor importancia a los principios morales y religiosos que a los sacrificios cruentos constituyó la gran enseñanza de los profetas del Antiguo Testamento. Empezando por Samuel que dijo a Saúl: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios; y el prestar atención que el sebo de los carneros.” (1 Samuel 15:22), la idea recibe su más poderosa expresión con los profetas Amos, Oseas, Miqueas, Isaías y Jeremías. Jesús conocía bien la ley y los profetas y por ello dio también mayor importancia a la misericordia que a las demás cosas menores.
Criticó severamente a los escribas y fariseos que se preocupaban más de las cosas intrincadas de la ley, pero que descuidaban lo más importante de su religión:
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. (Mateo 23:23. Véase también Miqueas 6:6-8).
(3) En la famosa parábola del buen samaritano (S. Lucas 10: 25-27), el Señor hace decir al doctor de la ley cuál es el “prójimo de aquél que cayó entre ladrones”: “Es aquel que usó con él de misericordia.” Y Jesús replicó al doctor de la ley: “Ve, y haz tú lo mismo.”
En la enseñanza del Nuevo Testamento, el amor es la virtud más importante, y la misericordia constituye una de sus manifestaciones. Ser misericordioso significa ser amante. La misericordia tiene también un significado especial. En las escrituras, generalmente se iguala misericordia con compasión. Compasión según el diccionario se compone de dos palabras latinas “com” que significa con o junto con y “passio” que significa sentir. Por consiguiente compasión quiere decir sentir algo conjuntamente con otro. Pasión es la palabra más fuerte que existe en español para designar un sentimiento. Los misericordiosos sienten lo que sucede en la vida íntima de sus semejantes.
Otra palabra, menos conocida en esta acepción, pero también estrechamente emparentada, es la palabra española compunción, que significa “participación en el dolor ajeno.” Esto es lo que se precisa para poner en práctica la Regla de Oro.
La simpatía y la compasión por los demás son la base del amor, del perdón y de la paz.
Razones por las cuales no debemos juzgar a los demás
Las ocasiones que se nos presentan para poder ser misericordiosos son legión. Un acto de bondad, una palabra amable, una cortesía sincera y espontánea, el tener cuidado de no herir los sentimientos de los demás, toda acción benévola, todo esto pertenece a la misericordia. En esta lección limitaremos la discusión de la misericordia a una cosa a la que se atribuye cierta importancia en el Nuevo Testamento y a la cual, hasta ahora, hemos prestado poca atención en nuestro estudio : “No juzguéis, para no que no seáis, juzgados.” (S. Mateo 7:1)
Si hay algo en lo que nos mostramos menos misericordiosos que en otras cosas, es ciertamente nuestra facilidad en hablar mal de los demás. Si realmente necesitamos misericordia es para no juzgar a los demás y atacarles cuando no están presentes para poder defenderse. Los autores del Nuevo Testamento nos dan varias razones por las cuales deberíamos ser más misericordiosos y no juzgamos los unos a los otros.
1. No tenemos derecho de juzgar a nuestros semejantes. Porque no tienen que dar cuentas a nosotros, sino al Señor. Es nuestro Creador y nuestro legislador, y solo Él tiene derecho a juzgamos. Pablo, en su Epístola a los Romanos, dijo:
Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven. Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros. . . . Romanos 14:8-13)
Y Santiago, que estaba siempre pronto a ser misericordioso con aquellos que estaban necesitados, nos suplica:
Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para juzgar a otro? (Santiago 4:12)
Hay ciertas personas en nuestra sociedad que tienen que juzgar a sus semejantes por el bien general de todos. Entre ellos, se encuentran los jueces de paz y los presidentes de rama, de misión, etc. El presidente de una rama o de una misión no juzga sino en aquellas cosas que son necesarias para asegurar la buena marcha de la obra de la Iglesia y el progreso del individuo. Pero ni el uno ni el otro pueden ocupar el lugar de Dios juzgando a los demás. Un patrón puede juzgar el rendimiento o el trabajo de sus empleados, pero no tiene derecho alguno a juzgarles en su vida moral, en su vida privada.
2. No somos capaces de juzgar acertadamente. Siempre estamos cegados por la viga en nuestro ojo.
¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano. (Mateo 7:3-5)
A menudo somos culpables de las mismas flaquezas o errores que criticamos en los demás, como Pablo sabía muy bien:
Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo. Más sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? . . . porque no hay acepción de personas para con Dios. (Romanos 2:1, 2, 3, 11)
Nadie conoce a otro lo bastante bien para poder juzgarle. La vida de cada persona es de tal manera compleja, debido a su ambiente y a su temperamento, que únicamente Dios puede juzgar al ser humano de una manera justa.
Me contaron el otro día la historia de un hombre del que todos los vecinos se reían siempre porque andaba con la lentitud de un caracol. Un día, tuvo que correr para tomar un tren que se le escapaba, y cayó muerto de un ataque cardíaco. Nadie había sabido hasta entonces con qué valor sobrehumano había trabajado para mantener a su familia, sufriendo de una enfermedad tan grave durante tantos años. Y las burlas reemplazaron el respeto en el juicio de sus vecinos.
Somos sumamente prestos para juzgar a nuestros semejantes, individualmente o en grupos, por culpa de nuestra inteligencia limitada. Cuando hacemos esto, merecemos la reprimenda que el Señor dio a Job:
¿Quién es ése que oscurece el consejo con palabras sin sabiduría? (Job 38:2)
3. Cuando juzgamos a nuestro prójimo en su ausencia, no le amamos. No nos estamos interesando por su bienestar. Si amamos la persona que criticamos, le daríamos, en nuestras observaciones, el beneficio de la duda, o mejor aún, guardaríamos silencio. Encontramos un consejo lleno de sabiduría en la primera epístola de Pedro:
Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición. Porque: el que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz y sígala. (1 Pedro 3:8-11)
Todo el mundo tiene derecho a defenderse. ¡Cuán injusto y desconsiderado es desacreditar a una persona hablando por él sin su permiso cuando no está presente! ¿A cuántas personas daríamos plenos poderes para exponer nuestro punto de vista ante un tribunal? No obstante, muchas personas, durante toda su vida, hablan de sus semejantes de una manera en la que no quisieran que sus semejantes hablasen de ellos.
“Así también la lengua, con ser un miembro pequeño, se atreve a grandes cosas. Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque.” (Santiago 3:5)
4. A veces juzgamos a nuestro prójimo para dar mayor seguridad a nuestro propio yo. Santiago, en el capítulo 4, versículos 11 y 12, nos dice que cuando murmuramos de nuestro prójimo, nos hacemos jueces y no observamos la ley. Y tiene razón. La crítica negativa es perniciosa para todos, para la persona que critica como para la persona criticada. “Desarrollar” a una persona es una manera falsa de dar más importancia a nuestro yo. Esto nos da una falsa sensación de seguridad, y reemplaza en nosotros el trabajo creativo a que deberíamos dedicarnos. Las personas creativas y felices, tienen menos tendencia, generalmente, a criticar a los demás en sus vidas. La maledicencia es un síntoma seguro de fracaso en la vida de la persona que se da a ella.
5. La gente devuelve los golpes que les damos al zaherirlos. Decid bien de una persona y se sentirá obligada a subir al nivel de la estima en que la tenéis. Decid mal una persona, y tratará de justificar el mal que decís de ella. Los niños, más que nadie, tienen necesidad de palabras de ánimo.
Uno de mis mejores amigos, que fue presidente del departamento de educación de la Iglesia durante muchos años, el doctor Franklin L. West, tenía la costumbre de repetir periódicamente a sus subordinados: “Si hay una persona que no os gusta, buscad lo que haya de bueno en ella, y luego hablad bien de esta persona. Pronto aprenderéis a gustar de esta persona. Vuestro respeto por ella aumentará.”
Cuando está permitido reprender
Pero el hecho de que no debemos juzgar a nuestros semejantes no significa que no debemos nunca estar en desacuerdo o en contraposición con ellos, o que no debemos hacer decisiones en los problemas que afectan a la humanidad. Al contrario, Jesús, que era misericordioso, reprendió a los fariseos, los doctores de la ley e incluso contra sus propios discípulos cuando la ocasión lo requería.
Pedro, Esteban, Pablo, Santiago y Juan tomaron posiciones y se alzaron en contra de aquellos que diferían en opinión. Es exactamente lo que necesitamos en nuestra época: opiniones francas, sinceras, en lugar de maledicencia hecha detrás del interesado.
Una mañana, un vecino, ya entrado en años, llamó a la puerta trasera de nuestra casa poco después de la salida del sol. Sin rodeos de ninguna clase, y con el pretexto de dar los buenos días, nos dijo: “Anoche un perro entró en mi gallinero y mató todas mis gallinas. Cuarenta hermosas gallinas listas para la cazuela…. Vine para saber si fue su perro el que lo hizo.”
Le hicimos entrar muy contentos. No tan sólo porque no era nuestro perro el que había causado la pérdida, sino más que nada porque nos preguntó francamente si era culpa nuestra lo sucedido y porque no nos juzgó sin antes no haber hablado con nosotros, y no empezó a sentir rencor basándose en una mera sospecha. Muy apropiado para el caso es lo que dice la Ley de Moisés:
No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová. (Lev. 19:17, 18)
Sed misericordiosos
Incluso Jesús que sabía bastante y que amaba bastante para poder ser un buen juez, no vino para juzgar al mundo, sino para salvarlo.
Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo ; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. (Juan 12:46-48)
Deberíamos, igualmente, consagrar nuestras fuerzas a edificar el reino de Dios, a proclamar la verdad, a combatir en favor de la justicia, y a tratar a nuestros semejantes con bondad y misericordia. Ciertamente, éste es el espíritu del Maestro y las enseñanzas de sus discípulos,
Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey. (1 Pedro 2:17)
Hermanos míos, si alguno de vosotros se extravía de la verdad y otro logra reducirle, sepa que quien convierte a un pecador de su errado camino salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados. (Santiago 5:19, 20)
Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. . . Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracias a los oyentes . . . Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. (Efesios 4:25, 29, 31, 32)
























