Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 5
DIOS COMO NUESTRO PADRE

. . Padre nuestro que estás en los cielos. . .”

En la vida de Cristo

La palabra “Padre” con una “P” mayúscula se encuentra en los evangelios y en el tercer libro de Nefi, en donde el Salvador habla, más que en cualquier otro libro de la Escritura. El Salvador habla de “mi Padre, vuestro Padre, tu Padre, nuestro Padre, el Padre,” y en la oración simplemente: Padre. En una ocasión amonestando a sus discípulos contra el deseo de los honores de este mundo, reservó el nombre de “Padre” para Dios únicamente. (Véase Mateo 23:1-11)

“De la abundancia del corazón habla la boca.” El Salvador empleó el nombre de “Padre” no sólo por respeto por los otros títulos que posee la Divinidad, sino también porque sabía que su Creador era su Padre y el Padre de todos los hombres.

Aún más interesante que el empleo del nombre es la manera en que la idea de la paternidad de Dios se refleja en las relaciones del Salvador con los hijos de los hombres. Realmente trató a los hombres como a hijos de un mismo Padre Celestial. Su ojo penetraba a través de todas las distinciones y clasificaciones comunes entre los hombres. Judíos y gentiles, ricos y pobres, pecadores y publí­canos, hombres y mujeres, hermanos y hermanas, para él pertene­cían a una misma familia: la casa de su Padre. La prueba de ello la encontramos en la imparcialidad, el respeto y el amor con que trató a personas de todas las posiciones y condiciones sociales.

Si Dios es nuestro Padre, entonces todos los hombres somos sus hijos. Todos tienen derecho a la justicia y la misericordia del Padre. Jesús lo sabía bien y nos reveló en su propia vida todos estos atri­butos divinos en sus relaciones con los hijos de los hombres. Con­siderémoslos:

Jesús era imparcial. Cuando el centurión le pidió que curara a su servidor con sólo decir una palabra, Jesús exclamó: Ni aun en Israel he hallado tanta fe.” Luego añadió que muchos vendrían “del oriente y del occidente” y se sentarían en el reino de los cielos, mientras que “los hijos del reino serían echados a las tinieblas de afuera.” (Mateo 8:5-13) Este incidente ilustra la fe de Cristo en la operación imparcial de las leyes divinas. Por la fe, el centurión, un gentil, participó, en los beneficios del poder de Cristo. Los israe­litas incrédulos de Capernaum, su propio pueblo, iban a ser echados fuera del reino a causa de su poca fe.

Parece ser que los israelitas tenían gran dificultad en comprender la imparcialidad del Padre. Lo mismo que Jonás y la gente de su época no comprendieron que el arrepentimiento y el perdón causa­ban los mismos efectos con los habitantes de Nínive que con el pueblo de Israel, así también los contemporáneos de Jesús pensaban que su posición era más favorable ante el Señor que la de los gen­tiles. Por eso le dijeron a Jesús: “Abrahán es nuestro padre.” Y como a Jesús no le gustara el favoritismo que estas palabras implica­ban, les respondió: “Si fuerais hijos de Abrahán, las obras de Abra­hán haríais.” (Juan 8:38,39)

Es curioso observar el gran interés y el respeto que Cristo sentía por los seres humanos de toda clase, especialmente por aquellos que todos los demás despreciaban. Los niños de tierna edad recibían sus bendiciones y les presentó como modelos de ciertas virtudes; los pecadores y los publicanos “se acercaban… para escucharle.” A un publicano llamado Mateo, le dijo: “Sígueme.” (Mateo 9:9) Para dar respuesta a la pregunta, “¿Quién es mi prójimo?” deliberada­mente tomó como ejemplo al despreciado samaritano. Dio de comer a la muchedumbre y se compadeció de los cojos, de los paralíticos, de los ciegos y de los leprosos. Reconfortó a los pobres.

Tan sólo los hipócritas, los falsos devotos, y los agentes de cambio recibieron el castigo de su lengua y los azotes de su látigo. E incluso a estos mismos, que comparó a “sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos y de toda suciedad,” gustosamente los hubiese juntado a su alrededor “como la gallina junta sus pollos debajo de las alas. . .” (Mateo 23:37)

La imparcialidad y la amistad que el Salvador tenía para con todos los hombres quedan mejor ejemplificadas en un incidente poco común:

Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y fe quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quienes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre. (Mateo 12:46-50)

Ciertamente el Salvador sentía un gran amor por su madre. El día de la crucifixión no la olvidó, cuando volviéndose de cara al discípulo que amaba, le dijo: “He aquí a tu madre.” (Léase Juan 19:26, 27) Pero el parentesco que nos une con nuestro Padre Celes­tial y nuestra obediencia a su voluntad nos hacen hermanos de una manera tan real como si fuésemos hermanos camales.

Además, Cristo reveló la paternidad de Dios, su justicia y su misericordia para todos los hombres, en pasajes tales como éstos:

Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. (Lucas 6:36)

Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldi­cen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. (Mateo 5:44-45)

Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. (Marcos 16:15)

En la vida de Pedro

En los primeros capítulos del libro de los Hechos, hallamos la historia de la expansión de la Iglesia en Palestina bajo la dirección de Pedro. El capítulo 10 nos cuenta, de manera dramática e intere­sante, como Pedro llegó a darse cuenta de que el evangelio era también para los gentiles al igual que para los judíos. En una visión le ordenaron que “a ningún hombre llame común o inmundo” (versículo 28) Y proclamó esta gran verdad:

En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia, (versículos 34,35)

En la controversia que luego tuvo lugar sobre si se aceptaría a los gentiles en la Iglesia, Pedro reiteró su posición de que los gen­tiles debían recibir la palabra de Dios y creer en ella, y de que el Padre “ninguna diferencia hizo entre ellos y nosotros, purificando con la fe sus corazones.” (Véase Hechos 15:9)

En la vida de Pablo

Fue el apóstol Pablo el que predicó con gran fortaleza y apasio­namiento las enseñanzas de Cristo con respecto a la paternidad de Dios y su corolario evidente, la fraternidad de los hombres.

Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos y en todos. (Efesios 4:6)

Una y otra vez, en sus escritos, comprende a judíos y a gentiles en una sola clase de gente, iguales y aceptables ante el Padre por medio de la fe en Cristo. Su discurso en el Areópago de Atenas es de una gran belleza y está lleno de significado:

Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos; porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos. Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. (Hechos 17:22-29)

En el capítulo 2 de la Epístola a los Romanos podemos ver cuán vigorosamente proclamaba la justicia y la imparcialidad del Padre. Bastará con citar unos cuantos versículos:

Más sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad. Tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios, (versículos 2, 9, 11)

Y de nuevo, en la misma epístola a los Romanos, en el capítulo 10, Pablo proclama la igualdad de los hombres ante el Señor:

Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo, (versículos 12,13)

Para Pablo la fraternidad de los hombres encontró más completa realización en la persona de Jesucristo. Entre aquellos que tienen la verdadera fe y que están unidos en El, ya no existen las clasifi­caciones, y todos están revestidos del “hombre nuevo”.

Y revestido de nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos. (Colosenses 3:10, 11)

Lo que significa la paternidad de Dios para nosotros en esta época

¿Qué es lo que esto implica para nosotros, en los tiempos actua­les? ¿Cómo puede afectar esta doctrina nuestras actitudes y nuestra vida cotidiana? Permítasenos hacer unas pocas sugestiones referentes a estas preguntas.

1. Como que Dios es justo e imparcial, no deberíamos pedirle favores especiales para nosotros mismos.

Dios nos ama porque somos hijos suyos, pero no nos ama más que a los judíos y a los gentiles (católicos, presbiterianos, metodis­tas, budistas) Estos también son hijos suyos, los objetos de su gran amor. También ellos viven sometidos a las mismas fuerzas de la naturaleza y a las mismas leyes morales.

Vivimos en un mundo dirigido por leyes y en el que el orden de la naturaleza predomina.

Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque se obedece aquella ley sobre la cual se basa. (Doctrinas y Convenios 130:20,21)

No tenemos derecho de esperar favores especiales del Señor por el mero hecho de que creamos en su nombre, o bien porque seamos miembros de su Iglesia. Si deseamos gozar de una buena salud, debemos aprender y obedecer las leyes sobre las cuales se basa el disfrute de una buena salud. Si deseamos tener felicidad en la familia, debemos cultivar la fe, el amor, la justicia, la misericordia y la bondad en nuestro hogar. Si queremos que nuestro país disfrute de libertad, debemos aprender y aplicar los principios de la demo­cracia. Si queremos que la paz reine en la tierra, debemos aprender a desarrollar el amor y la buena voluntad en las relaciones humanas y también entre las naciones. Si anhelamos poseer la salvación en el reino de los cielos, debemos aprender a vivir según las leyes de este reino.

2. Como que todos los hombres son hijos del mismo Padre, debemos fomentar la igualdad entre ellos.

Con ello no queremos decir que los hombres son iguales en inteligencia, o que las riquezas de este mundo deben ir repartidas equitativamente entre todos los hombres, o que debemos vivir en una sociedad organizada según los cánones comunistas o socialistas. Lo que queremos decir es que, siendo como somos los hijos de un mismo Padre Eterno, debemos considerar a cada hombre sobre la tierra como a un hijo de Dios, dotado, como nosotros, de libre albedrío, con la misma necesidad de desarrollarse en su vida moral y espiritual.

A pesar de las diferencias de razas, de lenguas, de color, de capacidad intelectual, de cultura y de educación, todos los hombres son hijos de la misma tierra y del mismo Dios.

Cada uno de nosotros es de igual valor ante sus propios ojos y ante los ojos de su Padre Celestial. Cada uno de nosotros siente iguales necesidades elementales de alimentos, de bebida, de vestidos, de amor, de respeto, de libertad, de vida social, de una buena vida moral y del evangelio de Jesucristo.

Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos? Hermanos míos, amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros? Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. (Santiago 2:1-9)

3. Tenemos necesidad de aprender a tratar a la gente, no como funciones, como medios con los que satisfacer nuestros propios fines, sino como seres humanos.

Jesús afirmó esto cuando dijo: “Así que, todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.” ¿En qué forma afecta a otros nuestra conducta? El carnicero no sólo me vende carne, sino, igual que yo, es también esposo y padre, debe cuentas, tiene temores, esperanzas y aspiracio­nes. Necesita la misma clase de amistad, encomio, respeto y con­fianza que yo necesito. ¿Lo trato como a quien me vende carne o como a persona igual que yo? Jesús nos recomienda que tratemos a otros como personas, que velemos sus intereses, al obrar, como velamos por los nuestros.

4. Con el concepto que tenemos de la paternidad de Dios, es menester que aumente nuestro interés en las relaciones humanas.

La religión personal—la oración en privado, el estudio, la pureza de pensamiento y de lenguaje, la caridad privada, la amabilidad para los que nos rodean, la templanza—todo esto está muy bien, pero no es bastante si uno desea ser un discípulo de Cristo. Es preciso también estar directa y activamente interesado en relaciones humanas de mayor envergadura.

Tenemos vecinos. Hay casos de urgencia que reclaman nuestra ayuda. Se les puede dar comida, un poco de ayuda en el trabajo, unas palabras de ánimo o de amistad. Los vecinos a veces tienen niños. A veces estos niños desean hacerse independientes de sus propias familias, lo que en ciertas circunstancias es un deseo normal de la juventud. A menudo un amigo o un vecino, alguien de fuera de la familia, puede ofrecer a estos niños la amistad y los consejos que los padres no pueden dar ellos mismos. Los vecinos deben considerarse unos a otros como seres humanos, pensar en sus necesi­dades respectivas y a los medios de ayudarles en satisfacerlas.

Vivimos en una comunidad. Un gran número de problemas personales y familiares pueden resolverse mediante el esfuerzo común de los miembros de una comunidad. En un pueblo de Utah, en el que la mayor parte de la población era mormona, había bailes públicos que tenían lugar regularmente bajo una atmósfera de con­siderable alboroto y borracheras. La orquesta era buena y los jóvenes de la comunidad tenían por costumbre asistir a estos bailes. El padre que deseaba apartar a su hijo o a su hija de tamaña influen­cia, se encontraba en una situación difícil, ya que tenía que inter­poner su autoridad contra la necesidad y el deseo de su hijo de hacer vida social, aparentemente necesaria en su comunidad. Ade­más era manifiestamente imposible que el padre pudiera organizar un baile para su hijo únicamente.

Hubo un grupo de ciudadanos de este pueblo que, dándose cuenta de la gravedad del problema, se reunieron e hicieron planes. No tardaron mucho en organizar bailes respetables, con un conjunto de músicos excelentes, y sin venta de bebidas alcohólicas. Su influen­cia llegó incluso a ejercerse sobre el cine local, y pronto cesó de haber sesiones cinematográficas en domingo.

Prácticamente, todos los problemas de este género que, como individuos, tenemos que afrontar, y más especialmente los padres, tienen que ser resueltos en una escala mucho más vasta que la de los esfuerzos personales únicamente. La educación, la diversión, la salud, la salubridad, el arte, el culto de Dios y la cultura reclaman nuestro esfuerzo común. Cuando cooperamos de esta manera, te­niendo siempre presentes la personalidad, el bienestar y el desarrollo de cada individuo, expresamos nuestra fe en la paternidad de Dios en el nivel social.

Aquellos que afirman que pueden vivir su religión privadamente tan bien como si tomaran parte en las actividades de la Iglesia, no se han dado cuenta de lo que acabamos de demostrar. Se precisan los esfuerzos de un grupo, en este caso la Iglesia, para proporcionar enseñanza, recreo, plan de bienestar, culto y desarrollo de talentos personales a cada uno de los miembros. El esfuerzo individual puede ayudar pero solo es esporádico únicamente. La acción en grupo es más vasta tiene más envergadura y está llena de la prudencia que caracteriza a las deliberaciones hechas en común.

La vida económica es también una esfera de acción en la que también podemos pensar en la paternidad de Dios al mismo tiempo que en nuestras ganancias personales. Esta concepción favoriza el establecimiento de negocios provechosos tanto para el cliente como para el que vende. Significa asimismo el trato justo y misericordioso de los empleados por parte del patrón, y lealtad y un trabajo hon­rado por parte de los empleados. Esto quiere decir que el personal y la dirección deben tratarse el uno al otro como seres humanos y no como un factor de producción o como una firma en el sobre de paga. (Más adelante ya dedicaremos una lección entera sobre la riqueza).

Desde la primera guerra mundial y sobre todo desde la segunda, pensamos más y más en términos internacionales. En términos de transportes, de comunicaciones, y de poder de destrucción militar, vivimos en un mundo empequeñecido. Cada día, nos damos mayor cuenta de la dependencia mutua entre los pueblos de todas las naciones. Sabemos que la esclavitud y la tiranía en no importa qué parte del mundo constituye una amenaza para la paz y la libertad en el resto de los países.

Como cristianos, ¿acaso no deberíamos, una vez y por todas, adoptar esta idea bien establecida: Dios es nuestro Padre y todos los hombres son nuestros hermanos? No somos ya únicamente ciudadanos de México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Ale­mania, Inglaterra o cualquier otro país. Todos somos miembros y ciudadanos de la gran familia de Dios. Si somos cristianos, no podemos, con un gozo perfecto y una conciencia tranquila, comernos una buena comida en América o en Europa, mientras hay millones que se mueren de hambre en Pakistán, en la India o en Indonesia, de la misma manera que no podríamos disfrutar una gran comida en nuestra casa rodeados de nuestros hijos a los que habríamos dejado con sus platos vacíos y mirándonos con ojos hambrientos.

Comenzamos simplemente a estar conscientes de nuestra respon­sabilidad moral para con todos los hombres. Este despertar no debería estar causado únicamente por acontecimientos exteriores— los sucesos amenazadores de un mundo que está pasando por una crisis. Valdría más que su causa proviniera de dentro, de nuestra conciencia, motivado por una mayor fe en la Paternidad de Dios y la fraternidad del hombre. Los principios religiosos tienen que llegar a ser, finalmente, la guía común a la que se han de conformar tanto los seres humanos individualmente como las naciones en general en su vida económica y política.

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