Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 25
«SEÑOR, ENSEÑANOS A ORAR»

Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados.
La oración eficaz del justo puede mucho. (Santiago 5:16)

Jesús oraba a menudo

El ministerio del Salvador comenzó y acabó con una oración. Oró mientras estaba en el desierto y oró mientras estaba en el suplicio de la cruz. Entre estos dos acontecimientos le podemos ver orando frecuentemente a su Padre, levantándose temprano antes de la salida del sol, o por la tarde, cierta vez en que había dado de comer a una inmensa multitud, se fue sólo a una montaña para orar. ¿Por qué sería que Jesús, que estaba tan seguro de sí mismo, y que hablaba con tal autoridad y convicción, se retiraba con tanta frecuencia para orar? Hay, según lo vemos nosotros, dos respuestas plausibles para esta pregunta. Se daba cuenta de sus necesidades espirituales, y amaba a su Padre Celestial y deseaba estar en comunión con Él.

El hecho de que el Salvador se diese cuenta de sus propias necesidades espirituales queda demostrado por las ocasiones en que le vemos dedicado a la oración. Los cuarenta días de ayuno en el desierto sin duda alguna que estuvieron acompañados por oraciones frecuentes, a fin de recibir las fuerzas necesarias para prepararle a llevar a buen fin la obra de su ministerio. (Véase Lucas 4 y Mateo 3.) A medida que su fama fue en aumento y que multitudes cada vez mayores le seguían y aclaraban, su necesidad de recibir ayuda de la fuente de su fuerza espiritual fue aún mayor, “y se apartaba a los desiertos, y oraba.” (Lucas 5:16) Antes de hacer la elección de los Doce, y luego durante una hora crítica en la que muchas personas estaban locas de furor en contra de Él, “fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.” (Lucas 6:12) En la noche misma de la última cena,

Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron… Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya… Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. (Lucas 22:39, 41, 42, 44)

La segunda razón por la cual Jesús oraba tan a menudo era el intenso amor que sentía por Dios. Este era para Él el primer y gran mandamiento. Gracias a su fe y a su amor, gozaba de relaciones muy íntimas con el Padre. La oración era una manera natural de expresar esta intimidad.

Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo. (Juan 16:28, 32)

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que tú me enviaste. Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos. (Juan 17:25,26)

Las enseñanzas que Jesús dio referentes a la oración

Jesús enseñó muchas cosas con respecto a la oración. Tan sólo mencionaremos unas pocas de aquellas que nos parezcan de más vital importancia.

1. Nos enseñó a orar con sinceridad—no como los hipócritas que lo hacen para ser oídos de los hombres; no mediante el uso de vanas repeticiones, sino de una manera sencilla, porque ‘Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.” (Véase S. Mateo 6:5-8).

2. Nos enseñó a ser humildes y a dejarnos penetrar por el espíritu de contrición en nuestras oraciones—no como el fariseo que… en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. (Lucas 18:11,12)

sino más bien a semejanza del publicano que… estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. (Lucas 18:13)

3. Nos enseñó a orar constantemente. Tal como hace observar Branscomb en su libro titulado The Teachings of Jesús, en el capítulo XVII, Jesús se sirvió de dos parábolas para demostrarnos bien claramente que debemos perseverar en la oración. (Véase S. Lucas 18:18 y 11:5-8). En ellas muestra cómo los hombres hacen favores a otros no por amistad para con ellos, sino para que no se les moleste más, y hace resaltar el hecho de que el Padre Celestial escucha nuestras oraciones incesantemente. Por tanto

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará en escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lucas 11:19-23)

4. Nos enseñó a tener presentes tres cosas en la oración: nuestras propias necesidades, las necesidades de los demás, y, sobre todo, nuestro Padre Celestial. El ejemplo mejor que de ello tenemos se encuentra en el “Padrenuestro”, que podemos dividir de la siguiente forma:

Oración Personal: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas,… Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal….

Oración por los demás: . . . como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (y en otro pasaje del Sermón del Monte—Y orad por los que os maldicen y persiguen;…).

Oración dedicada al Padre: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. (Véase S, Mateo 6:9-13)

Los discípulos enseñan también a orar

Siguiendo el ejemplo de su Señor, los discípulos continuaron perseverando en la oración, como podemos ver en los Hechos y muy especialmente en las epístolas de Pablo., Orad sin cesar— escribe Pablo—dad gracias en todo; porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” 1 Tesalonicenses 5:17, 18)

Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos. (Efesios 6:18)

Las palabras sencillas y fervientes de Santiago fueron la causa exterior que motivó la restauración del evangelio en el siglo pasado. (Santiago 1:5-8) Santiago enseña también la oración en favor de otros:

¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras^ ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. (Santiago 5:13-16)

La oración en nuestra época

Nuestra civilización actual no contribuye a la costumbre de orar. Nuestra vida es demasiado compleja, estamos todos demasiado ocupados, los mil ruidos de la vida actual nos impiden desarrollar un alto nivel espiritual. Innumerables son las invenciones de los hombres que se alzan entre nosotros y Dios, y entre nosotros y Sus obras en la naturaleza. Los hombres de otras épocas casi siempre han hallado a Dios en lugares lejanos de los grandes centros urbanos: Moisés en el Monte de Sinaí, Amos en las colinas de Judea pastoreando a sus rebaños, Jesús en la soledad del Monte de los Olivos, y José en el bosquecillo.

Como no podemos cambiar en nada nuestra civilización en lo que al aspecto material se refiere, si queremos vivir una verdadera vida, bendecida por la oración lo menos que tendremos que hacer por nuestra parte será darle un poco más de atención, o de otro modo va a desaparecer bajo muchas cosas que parecen oponerse a ella. Guiados por la vida y las enseñanzas de Cristo, vamos a considerar algunas ideas que quizás nos ayuden a orar de una manera más eficaz y también más aceptable.

1. Esforcémonos en ser sencillos. A los Santos de los Últimos Días les gusta orar empleando sus propias palabras según lo que la ocasión y el espíritu les inspiren. No tenemos ninguna clase de oraciones fijas, con las únicas excepciones de la que usamos para el bautismo y la que usamos para la Santa Cena. No obstante, nuestras oraciones, sea en público o en privado, llegan a convertirse en una simple rutina para nosotros y para los que nos escuchan, y les falta indiscutiblemente la convicción que sólo el alma sincera de una persona puede poner en una oración.

Inspirándonos en los ejemplos del Salvador, tales como la oración del publicano, quizás lleguemos a simplificar nuestras oraciones. En lugar de mencionar una de ellas. Una de las más hermosas oraciones que hayamos nunca oído tan sólo contenían expresiones de gratitud para con Dios en el nombre del Hijo. No había en ella nada que pudiese ser tachado de egoísta, no se hablaba para nada de los defectos de otras personas; únicamente había agradecimiento ferviente a nuestro Padre Celestial. Una verdadera oración totalmente apropiada para el día del reposo. Mientras la íbamos siguiendo mentalmente, nuestros pensamientos subían hacia Dios libres de toda otra suerte de ideas, libres sobre todo de egoísmo.

¡Cuán sincera y llena de satisfacción es la oración del hombre arrepentido! Cuando un hombre se ve humillado por sus fracasos, sus errores y sus pecados, y que reconoce todo esto, se acerca al Señor con un espíritu contrito y un corazón humilde, buscando únicamente el perdón y la reconciliación.

Hay ocasiones públicas en las que todo un grupo siente una necesidad en particular. ¿Por qué no hacer de ello la base de nuestra oración—sea la necesidad de ser humildes, de tener amor, de estar unidos o de ser prudentes—siempre dentro de un espíritu de gratitud y en el nombre del Hijo?

2. En lugar de reemplazarla, las oraciones deben crear en nosotros una vida religiosa y moral. Un estudiante nos dijo un día: “No acabo de ver la necesidad de orar cada día. Cada vez le pido al Señor las mismas cosas: ‘bendice a mi padre, a mi madre, a mi hermana, a mi hermanito pequeño, y a mí, y también a los pobres y necesitados, a los enfermos y afligidos, y así sucesivamente/ Tengo la impresión de que el Señor bendice a todas estas personas, de todas maneras, sin necesidad de que yo tenga que pedírselo cada día.” La sincera perplejidad de este joven indicaba, en primer lugar, que sus oraciones eran más bien una cuestión de rutina ya que no formaban parte integrante de su vida, tanto en lo que hacía antes como en lo que pudiese hacer después de ella. Su oración era una especie de callejón sin salida que no llevaba a ninguna parte, y por el que ya había en muchas otras ocasiones.

Nuestras oraciones deben ir estrechamente ligadas a nuestra vida. Nuestra forma de vivir cotidiana revela nuestra falta de prudencia, nuestra escasez de fuerza para resistir al mal y vencer nuestras debilidades, la necesidad que tenemos de vivir más en armonía con nuestros seres queridos, la necesidad de comprender los problemas de los demás y ayudarles a resolverlos, la necesidad de hacer decisiones justas y más la precisión que tenemos de recibir la ayuda de Dios y de conformamos a su voluntad. Si nuestras oraciones estuviesen dictadas por estas necesidades, entonces, cuando nos levantaríamos después de haber orado, nos enfrentaríamos con la vida y haríamos la voluntad divina con una visión más clara de las cosas y una nueva fuerza. Toda otra especie de oración, por sincera que sea, no basta para satisfacer al alma. El gran santo medieval, Francisco de Asís, ha legado al mundo una oración que formaba parte de su vida diaria:

Señor, hazme un instrumento de tu paz;
Que allí donde haya odio, yo engendre el amor;
Que allí donde haya ofensas, yo aporte el perdón;
Que suscite la unión en lugar de la discordia,
La verdad para reemplazar al error,
La fe allí donde había dudas,
La esperanza en lugar del desespero,
La luz allí donde reinaban las tinieblas,
El gozo en vez de tristeza,
Haz que desee, no tanto el ser amado,
Como el amar yo mismo,
Ayúdame a que aprenda que al dar
Yo me puedo beneficiar
Y que olvidándome a mí mismo, pueda alcanzar la vida eterna.

Este discípulo del Maestro en los tiempos medievales pasó toda su vida amando y sirviendo a sus semejantes. Su oración le preparaba para ello, porque estaba inspirada en el Espíritu de Aquel Maestro que Francisco amaba tanto.

En el libro de Alma hallamos una idea inspiradora de Amulek sobre la relación entre la oración y la vida cristiana. Incita a los hombres a orar constantemente por sus propias necesidades—por “todos los de vuestra casa. . . por las cosechas de vuestros campos. . . por los rebaños de vuestros campos. . .” y para que “vuestros corazones rebosen, orando constantemente por vuestro propio bienestar así como por el bienestar de los que os rodean.” (Alma 34:21-27) Y a continuación nos dice, en términos enérgicos, que la oración tiene que ir acoplada a una vida de amor al prójimo, de cristianismo positivo.

Y he aquí, amados hermanos míos, os digo que no creáis que esto es todo; porque si después de haber hecho todas estas cosas, despreciáis al indigente y al desnudo y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración será en vano y no os valdrá nada, más seréis como los hipócritas que niegan la fe. Por tanto, si no os acordáis de ser caritativos, sois como la escoria que los refinadores desechan (por no tener valor), y es hollada de los hombres. (Alma 34:28, 29)

3. Nuestras oraciones deben ser una ocasión para que podamos dar culto y agradecer sus bondades a nuestro Padre Celestial. Jesús, hablando de la oración del fariseo, dice que oraba consigo. Es decir, que lo único que le preocupaba era su pretendida religiosidad. Nosotros también, a veces, nos preocupamos únicamente de nuestras necesidades personales, y solamente pedimos bendiciones para nosotros. La oración tiene que ser un momento de retiro en el cual debemos acordamos del Señor, honrarle, darle gracias y alabarle. Un colega nuestro dice que ha aprendido a orar empezando por guardar silencio y así poder escuchar al Señor y gozar de la comunión con Él.

Cuando un aficionado a la música escucha un concierto sinfónico, se olvida por completo de sí mismo, y la música renueva y refresca su alma. Cuando nos arrodillemos ante el Señor, en oración, deberíamos también, a veces, olvidamos de nosotros mismos y concentrar en El nuestros pensamientos y nuestros sentidos. Porque El ya conoce todas nuestras necesidades antes de que las formulemos. Más necesidad tenemos de adorarle, de amarle y de darle honra en nuestras oraciones. Que nuestras oraciones, pues, giren en tomo de Dios, y nada más.

4. Necesitamos el Espíritu del Señor si queremos acrecentar nuestra humildad, nuestra mansedumbre y nuestro amor. Sí, mediante la oración, podemos gozar de la presencia de su Espíritu, entonces éste nos ayudará a luchar por nuestros ideales. Nunca nos abandonará en nuestros esfuerzos por obedecer su voluntad. Siempre nos dará el Espíritu Santo que nos es preciso para seguir adelante. Para dar un ejemplo de ello, creemos que bastará con una historia que nos contó un hermano que había servido como presidente de estaca, un hombre humilde, de pocos estudios y medios modestos, pero dotado de un gran amor por sus semejantes.

Durante la crisis económica de a principios de 1930, este presidente de estaca y una miembro de su sumo consejo eran socios de un negocio de automóviles. La marca de automóviles que representaban era más bien cara, y los negocios que hacían eran más bien escasos. Cada venta que hacían representaba un poco más de tiempo que iban a poder continuar en el negocio. Uno de sus colegas, miembro igualmente de la Iglesia, y bastante bien acomodado les prometió que les compraría uno de sus coches en una fecha determinada. Llegada ésta, se lo enviaron con la factura. Pero aquel hermano les dijo que había cambiado de opinión y que ya no quería comprar el coche. Su esposa, en presencia de los dos desconsolados socios, le dijo: “Pero Juan, les prometiste que les comprarías el coche. Yo misma te oí decírselo.” Pero ni aun así volvió sobre sus pasos. Había cambiado de parecer, y deseaba adquirir otra marca de coche.

Los dos hermanos en cuestión se despidieron llenos de pesadumbre, y sin saber exactamente qué decir. Sabían lo que habían perdido por culpa de aquel hermano, y sabían también que en los días venideros iban a tener que colaborar en la Iglesia con aquel hermano que había demostrado tener tan poca palabra. Incluso, en los años futuros, llegaría el día en que se les pediría que levantasen sus manos en señal de aprobación de su trabajo en la Iglesia.

En el camino de vuelta, uno de ellos dijo al otro: “Enrique, estoy muy desilusionado. Nunca hubiese imaginado que nos iba a tratar en esta forma. No creo que nunca pueda perdonárselo.”

El otro le replicó: “Jorge, nuestro deber es perdonarle. La obra del Señor es más importante que la venta de un coche. No podremos hacer bien lo que El espera de nosotros, si tenemos el corazón lleno de rencor.”

Jorge convino con él y aquellos dos sinceros cristianos volvieron otra vez al negocio, y depositaron el coche que no habían podido vender en el garaje. Entretanto, empezaba a ser ya una hora avanzada de la noche. Entraron en su despacho y allí, en la oscuridad, se arrodillaron y oraron, rogando a Dios que les ayudara a perdonar a su hermano e hiciera que aquella desagradable experiencia no destruyera sus deseos de trabajar en la obra de la Iglesia. Se levantaron, libres de todo enfado y nunca más sintieron rencor o malevolencia hacia su otro hermano.

En verdad, “la oración ferviente de un hombre justo” le ayudará a vivir más cerca de Dios, hará que cumpla mejor con sus deberes, y le dará la paz de la mente, tan necesaria en este mundo tan lleno de bullicio y de odio. La vida de Abraham Lincoln es un buen ejemplo de ello. Con la ayuda de Dios, fue capaz de proseguir con su ideal a través de una infinidad de dificultades. Llegó incluso a dominarse a sí mismo de tal modo que pudo llegar a escoger personas que le eran contrarias para posiciones de importancia en el gobierno; tuvo la entereza de espíritu de apoyar principios que sabía eran justos durante una época en que era una blasfemia el sólo mencionarlos. Esta entereza moral y este dominio de sí mismo, productos de una profunda mansedumbre interior, entraron a formar parte de su vida gracias a su constancia en orar a Dios.

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