Capítulo 15
LA GRACIA DIVINA (continuación)
Y sabemos que la justificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera; y también sabemos que la santificación por la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es justa y verdadera, para con todos los que aman y sirven a Dios con toda su alma, mente y fuerza. (Doctrinas y Convenios 20:30, 31)
La creencia de los Santos de los Últimos Días en la gracia divina
Para nosotros, Dios es un Padre lleno de gracia de verdad, amante, misericordioso y generoso al mismo tiempo que justo. Es lo que Jesús nos ha revelado por su vida y por sus enseñanzas. Creemos que una gran parte de la gracia del Padre nos viene a través de su Hijo.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (Juan 3:16,17)
Muchos son los dones que recibimos de la Divinidad.
1. El Padre y el Hijo nos han dado la oportunidad de vivir por causa de la abundancia de su amor, y no por causa de nuestros méritos. Que sepamos, no hemos contribuido en nada a nuestra creación. El Padre nos creó como espíritus en la preexistencia. Mediante Jesucristo nos ha preparado esta vida terrestre. Y Jesucristo nos ha traído la resurrección, a fin de que “espíritu y elemento, inseparablemente unidos,” reciban “una plenitud de gozo.” (Véase Doctrinas y Convenios 93:33-35)
2. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nos han dado revelaciones a través de los siglos, para guiarnos individualmente o por mediación de los profetas.
Y la luz que brilla, que os alumbra, viene de aquel que ilumina vuestros ojos, que es la misma luz que vivifica vuestros entendimientos, la cual procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio—la luz que existe en todas las cosas, la que da vida a todas las cosas, la ley por la cual se gobiernan todas las cosas, aun el poder de Dios, que se sienta sobre su trono y existe en el seno de la eternidad, y en medio de todas las cosas. (Doctrinas y Convenios 88:11-13)
Nuestra Iglesia tuvo su comienzo con una revelación del Padre y del Hijo. Jesucristo mismo estableció sus cimientos. Y el don del Espíritu Santo, como hemos visto ya, es algo muy real y está al alcance de todos aquellos que sean dignos de él. A pesar de que uno tenga que desear recibir una revelación y ser dignos de ella para recibirla, cuando esto sucede nunca deja de ser un don de Dios, una manifestación de su amor por el hombre. Las enseñanzas del evangelio son un don que Dios nos hace, el fruto de sus experiencias y las de su Hijo. El sacerdocio también es un don que Dios ha hecho al hombre, una expresión de su gracia.
En resumen, podemos decir también, juntamente con Pablo, que la salvación viene por la gracia y por Jesucristo. Es en él que somos salvos de la muerte, de la ignorancia y del pecado, que debemos superar para reconciliamos con Dios y gozar de la vida abundante que Cristo vino a ofrecernos.
Los Santos de los Últimos Días rechazan algunos puntos de vista tradicionales sobre la gracia
Las tendencias principales del pensamiento en la historia cristiana, sobre todo en la historia protestante, han llegado a extremos en lo que a la doctrina de la gracia se refiere. El calvinismo y el luteranismo enseñan que el hombre, por la caída de Adán, ha perdido completamente la gracia y no puede contribuir a su propia salvación por sus méritos individuales. En las enseñanzas de Calvino, la salvación de los que tienen que ser salvos y la condenación del resto de la humanidad son una cuestión de predestinación. El asunto queda enteramente en las manos de Dios. Según el catolicismo, se salvan únicamente aquellos que han recibido suficiente gracia divina, y se condenan aquellos que no han recibido bastante. Al revés de lo que sucede con Calvino, en el catolicismo los que se condenan no han sido predestinados por el Señor para ser condenados, pero se condenan porque Dios no es bastante clemente con ellos. Al fin y al cabo viene a ser lo mismo. Esto nos deja todo confusos. ¿Por qué es que un Padre justo y amante no daría gracia suficiente a todos los hombres si es que éstos dependiesen únicamente de su gracia para salvarse?
Los Santos de los Últimos Días rechazan estas creencias. Conceptos parecidos dejan caer una sombra bien lastimosa tanto sobre el carácter de Dios como sobre la dignidad y el valor del hombre, y niegan la sustancia misma de las enseñanzas de amor de Jesucristo. Creemos que Dios es justo, imparcial y misericordioso. Creemos también que todos los hombres son objeto de su amor. Creemos también que el hombre puede contribuir a su propia salvación o bien a su condenación. La revelación moderna justifica que el hombre es capaz de hacer el bien:
Porque, he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque aquel que es compelido en todo, es un siervo flojo y no sabio; por lo tanto, no recibe ningún galardón. De cierto os digo, los hombres deberían estar anhelosamente consagrados a una causa justa, haciendo muchas cosas de su propia voluntad, y efectuando mucha justicia; porque el poder está en ellos, por lo que vienen a ser sus propios agentes. Y si los hombres hacen lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa. (Doctrinas y Convenios 58:26-28)
Los Santos de los Últimos Días creen que la salvación es el producto de la gracia y del mérito individual conjuntamente
En cualquier sentido pleno de la palabra, la salvación no puede efectuarse sin estas dos cosas. Es un don y al propio tiempo también es algo que uno tiene que lograr. De la divinidad recibimos la vida misma y sobre todo la vida eterna; recibimos la tendencia a creer en el bien y practicarlo; recibimos inspiración, perdón y misericordia. Pero para participar plenamente a todos estos dones o a uno de ellos, el hombre tiene que ejercer su libre albedrío y su iniciativa. Tiene que desear y buscar la verdad, amar a Dios y a su prójimo, aceptar la voluntad de Dios, y hacer buen uso de los dones que Dios le haya otorgado. Porque el hombre no está básicamente corrompido. Puede hacer el bien lo mismo que puede hacer el mal; puede amar la luz lo mismo que puede amar las tinieblas. Su libertad es inherente a su misma naturaleza eterna y le viene también de Dios. (Véase Doc. y Con. 93:29-31)
Para los Santos de los Últimos Días, la salvación es una meta positiva. La muerte y el pecado son únicamente factores negativos en un plan positivo. La salvación significa aprender a vivir como nuestro Padre Celestial y su Hijo viven; llegar a parecemos más a ellos en nuestra manera de ser y en nuestras obras; significa aprender a conformarse a las leyes celestiales, a crecer en conocimiento, en sabiduría, en integridad, en libertad y en amor. Significa ayudar a Dios en “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” Las escrituras confirman este concepto de la salvación. Jesucristo y los escritores del Nuevo Testamento ponen su confianza en el hombre haciéndole responsable de sus propios actos. Para ellos la salvación depende del arrepentimiento y de las buenas obras. Asumen el libre albedrío del hombre y su responsabilidad moral ante Dios y sus semejantes.
La responsabilidad que tiene el hombre con respecto a su propia salvación tiene sentido si la examinamos a la luz de la razón y de nuestra propia experiencia. ¿Quién puede aprender sin pensar, ser hábil en algo sin hacer práctica, llegar a ser virtuoso sin hacer acciones virtuosas? Uno no puede ponerse encima la espiritualidad y la moralidad como lo haría con un sobretodo. Dios nos muestra el camino a seguir y nos exhorta y nos ayuda a seguirlo. Tenemos que desempeñar nuestro papel como hijos libres, morales e inteligentes de Dios.
La gracia no se nos da una vez por todas en una cantidad fija. La gracia de Dios está siempre a nuestra disposición. El papel que desempeña en nuestra vida depende de nosotros, en gran parte. Más esfuerzos hagamos, más la mereceremos, y más la recibiremos por consiguiente. Tenemos que crecer en gracia…. Un hermoso pasaje de las Doctrinas y Convenios nos revela esta relación íntima entre la gracia y el mérito individual. Incluso Jesús pudo crecer en gracia, lo que indica su propia participación y su propio mérito.
Y yo, Juan, doy testimonio de que vi su gloria, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, que vino y moró en la carne, y vivió entre nosotros. Y yo, Juan, vi que no recibió de la plenitud al principio, más recibía gracia por gracia; y no recibió de la plenitud al principio, más progresó de gracia en gracia, hasta que recibió la plenitud; y por esto fue llamado el Hijo de Dios, porque no recibió de la plenitud al principio. Y yo, Juan, doy testimonio; y, he aquí, los cielos fueron abiertos, y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma, y reposó sobre él; y vino una voz del cielo que decía: Este es mi Hijo Amado.
Y yo, Juan, testifico que recibió la plenitud de la gloria del Padre; y recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra, y la gloria del Padre fue con él, porque moró en él. Y acontecerá que si sois fieles, recibiréis la plenitud del testimonio de Juan. Os digo estas cosas para que podáis comprender y saber cómo habéis de adorar y a quién; y para que podáis venir al Padre en mi hombre, y en el debido tiempo recibir de su plenitud. Porque si guardáis mis mandamientos, recibiréis de su plenitud, y seréis glorificados en mí, como yo lo soy en el Padre; por lo tanto, os digo, recibiréis gracia por gracia. (Doctrinas y Convenios 93:11-20)
En resumen, los Santos de los Últimos Días creen en la gracia de Dios. Sin ella no podría haber salvación de la muerte y del pecado, ni habría tampoco exaltación en la presencia del Padre y del Hijo. Algunas veces la gracia de la divinidad se da gratuitamente sin haberla ganado. La gracia nos da cosas que seríamos incapaces de obtener por nosotros mismos, tales como la vida, y la resurrección del sepulcro. Otras veces la gracia divina nos es dada únicamente cuando nos preparamos para recibirla, y vamos en busca de ella, como por el ejemplo el perdón, que se recibe únicamente si uno ha “ejercido la fe hasta arrepentirse.” (Véase Alma 34:15-17) Y también la revelación, que se nos da en respuesta a nuestros deseos y necesidades. (Véase Doctrinas y Convenios 1:24-28)
Como hemos dicho más arriba, la revelación y el perdón son una parte de la gracia de Dios cuando los recibimos. La doctrina de los Santos de los Últimos Días se diferencia de las enseñanzas tradicionales del protestantismo en que acepta la creencia de que el hombre tiene poder para escoger o rehusar la gracia de Dios, aceptarla o ignorarla, darle mayor o menor importancia en su vida. Nuestro deber es prepararnos para recibir las manifestaciones de la gracia divina.
La gracia divina en nuestra vida actual
En la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, insistimos de tal manera en el esfuerzo individual como parte integrante de la salvación que a veces perdemos de vista el papel tan importante que la gracia divina desempeña en nuestra vida.
1. Pensemos en lo que Dios ha hecho por nosotros y hablemos de ello. Pasamos días, e incluso meses tan absorbidos por nuestros problemas que nunca nos detenemos un momento a alabar la belleza y las maravillas de la naturaleza. Leemos los pronósticos meteorológicos, pero nunca pensamos en dar gracias por la lluvia que fertiliza nuestros campos, o la luz del sol, o el día y la noche incluso, o la paz que se respira en un hermoso anochecer. Los que vivimos en una ciudad raramente nos levantamos al alba cuando toda la creación de Dios se despierta una vez más a la vida. La fatiga, las enfermedades, un dolor o una contrariedad cualquiera aquí o allá pueden dejamos tan preocupados como para impedimos el que sintamos el gozo que deberíamos sentir por estar vivos y ver y sentir indo lo que nos rodea, y el privilegio de poder pensar o imaginar cosas buenas y bellas. La vida de por sí es uno de los más preciosos dones que el Creador nos haya otorgado. Creyendo en éste y nuestra confianza puesta en El, deberíamos entonar himnos de gratitud en nuestros corazones por la gracia que nos ha dado.
La fe en la vida eterna, la certeza del perdón, la confianza en su bondad, la comprensión del orden que reina en el universo, el sentir que su Espíritu está cerca de nosotros, todas y cada una de estas cosas deberían ayudamos a apreciar cuán grandes cosas ha hecho el Señor por nosotros.
2. Trabajar con otros para obedecer la voluntad del Señor nos ayudará a mejor apreciar la gracia de Dios. La gracia se manifiesta en la bondad que hallamos en nuestros semejantes, en los atributos divinos que vemos que poseen, hasta un cierto punto. La bondad que encontramos en los seres humanos es un reflejo del Creador para los que creemos en El. Además, cuando trabajamos en la obra del Señor de manera conforme, tenemos su Espíritu con nosotros. Sentimos su influencia y su poder que llegan más allá de nuestros propios límites.
























