Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 30
EL SIGNIFICADO DEL AMOR

En esto conocerán todos que sois mis discípulos,
si tuviereis amor los unos con los otros.
(Juan 13:35)

El lugar que ocupa el amor en el evangelio de Jesucristo

El evangelio de Jesucristo comprende muchos principios maravillosos, los cuales forman un todo muy homogéneo. Ningún principio, sin los restantes, está completo; y todos están incompletos cuando uno solo falta. Como lo hemos hecho observar, la sinceridad, como la fe y la humildad, es un principio que precede e introduce todos los demás. No obstante, hay un principio del evangelio que constituye la base de la vida cristiana. Jesús, Juan y Pablo le dan la preeminencia entre todos los otros principios del evangelio; este principio es el amor. El propósito del presente capítulo será el de considerar el hincapié que en este principio se hace en el Nuevo Testamento, y explorar y examinar detenidamente su significado.

Según Jesús, todo depende del amor

Se acordarán ustedes que cuando un doctor de la ley preguntó a Jesús cuál era el mayor mandamiento.

Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante; Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. (Mateo 22:37-40)

El Antiguo Testamento, tal como lo conocemos actualmente, está dividido en tres partes para los usos de la sinagoga judaica: la Ley de Moisés, los Profetas y los Escritos, tales como los Proverbios, los Salmos, el libro de Job, el Eclesiastés. En los tiempos de Jesús, los escritos aún no habían entrado a formar parte del canon de las escrituras, y es por ello que no se les daba la misma importancia que a la ley y a los profetas. Cuando Jesús afirmó que todo en la ley y en los profetas se basaba en el amor de Dios y del prójimo, quería decir que todo aquello que sus oyentes consideraban como la palabra de Dios dependía de estos dos grandes mandamientos.

No tan sólo toda la ley y los profetas dependen del amor, sino también todo lo que el mismo Jesús enseñó. Todas las bienaventuranzas van íntimamente ligadas al amor, que es su substancia y su alimento. La humildad es más profunda si tiene su origen en el amor de Dios. También la mansedumbre proviene del amor de Dios, del prójimo y de la verdad. Los misericordiosos, los de puro corazón y los que sufren persecución por la justicia no lo son por completo si no tienen un amor sincero por todos sus semejantes.

Hacia el final de su ministerio, cuando había acabado de enseñarles lo que era la humildad lavándoles los pies, Jesús dijo a sus discípulos:

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. (Juan 13:34, 35)

Habría podido mencionar otras virtudes que forman parte de la vida cristiana. La humildad, la sinceridad, el valor moral, la fe, el arrepentimiento, la misericordia, no importa cuál de estas virtudes merecía ser mencionada. Pero el hecho es que escogió el amor, porque es el único principio que comprende e inspira a todos los demás.

La relación entre el amor y la fe, el arrepentimiento y la misericordia queda bien marcada en un incidente que nos cuenta Lucas     en su evangelio. Un fariseo, de nombre Simón, invitó a Jesús a comer en su casa. Una mujer, a la que todos conocían como a pecadora, habiendo sabido que Jesús se encontraba allí, trajo un vaso de perfume. Lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, los secó con sus cabellos, y los ungió con el perfume que había traído.

Simón se quedó muy molesto por el hecho de que Jesús había permitido a una pecadora que lo tocase. El Señor contó una parábola para demostrarle que el hecho de perdonar mucho es señal de un gran amor. Entonces dijo esto con respecto a la mujer:

Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; más aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz. (Lucas 7:47-50)

El amor, como la fe, es también una fuerza que incita a la acción. El amor engendra la fe. La fe conduce al arrepentimiento. Y la misericordia llama a sí al que se arrepiente.

Sin amor no somos nada, dice Pablo

El apóstol Pablo sabía las cosas que Jesús había pensado. Por ello hizo que el amor fuera también el tema central del evangelio. Escribió a los gálatas:

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Gálatas 5:13,14)

Escribió algo parecido a los romanos, mostrándoles de qué manera comprende el amor los mandamientos de la ley:

No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor. (Romanos 13:8-10)

Y dijo también a los colosenses:

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.

Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (Colosenses 3:12-14)

La descripción más clara y más elocuente del amor en el Nuevo Testamento se encuentra en el capítulo 13 de la primera epístola a los corintios. La palabra que emplean algunas versiones modernas es caridad, que nosotros hemos llegado a considerar como amor puro, parecido al de Cristo; según el profeta Mormón:

Pero la caridad es el amor puro de Cristo, y permanece para siempre; y a quien lo posea en el postrer día, le irá bien. (Moroni 7:47)

Veamos lo que escribió Pablo con respecto a este amor puro de Cristo, que debe llenar el corazón de sus discípulos:

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. (1 Corintios 13:1-3)

Esto quiere decir para nosotros, que nos llamamos discípulos de Cristo, que poco importa lo que creamos, lo mucho que podamos dar, o la fuerza de nuestro testimonio, si no tenemos en el corazón el amor puro de Cristo y si no lo manifestamos en nuestra vida no seremos más que un metal que resuena o un címbalo que retiñe, o puede que nada en absoluto.

El amor, tema favorito de Juan

En el evangelio de Juan y en su primera epístola, el amor constituye el tema principal. Juan identifica a Dios con el amor.

Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. (1 Juan 4:7, 8)

Ciertos cristianos se han basado en este pasaje para deducir que Dios es simplemente el gran ideal y el poder del amor en el mundo. Su error es manifiesto: el amor no crea mundos, ni lleva a cabo ninguna de las funciones que se le atribuyen a Dios en las escrituras. Juan no escribía un tratado sistemático de teología cuando dijo: “Dios es amor.” Expresó más bien su convicción religiosa y su conocimiento del hecho que Dios es un personaje lleno de amor.

El amor es la esencia de su naturaleza toda entera. Si debemos nacer de nuevo en El y conocerle, debemos igualmente cultivar el amor que sentimos por nuestros semejantes.

Signos característicos del amor

El verbo amar o la palabra amor se emplean con frecuencia y de manera negligente en todas las lenguas que conocemos. Un niño ama a su perro, a su mamá, a su amiguita de al lado, y muchas otras cosas y personas. En este capítulo, vamos a limitar el significado de amar a lo que pensamos que Jesús quería decir cuando nos exhortó a amar a Dios y a nuestro prójimo. No podemos agotar los significados que la palabra amor tiene, por lo tanto nos contentaremos con algunas sugestiones. Nos contentaremos dando algunos rasgos característicos del amor cristiano sin intentar siquiera definirlo de una manera concreta. Jesús y sus discípulos nos han dejado frases maravillosas que nos indican ciertas cualidades importantes del amor. Estas cualidades tienen una relación muy estrecha entre sí, y trataremos de dividirlas con el propósito de hacerlas más claras. En la vida práctica, todas constituyen una sola cosa.

1. El amor exige toda nuestra alma. Abarca toda la persona entera, todo su ser, toda su mente y todo su corazón. No consiste en una manera parcial de darse a sí mismo. Cuando uno ama, es con un amor puro y ferviente, sin mezclas de ninguna clase.

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. (Mateo 22:37)

Es por esta razón que el amor no conoce el temor.

Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él. En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino, que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el dolor. (1 Juan 4:16-18)

El amor no es simplemente una regla de acción que tenemos para ciertas ocasiones. Consiste en una disposición amante, engendrada por el Espíritu de Dios y de Cristo, una filosofía completa de la vida. El amor atrae al Espíritu de Dios y se sostiene por él.

Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrar-noblemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. (1 Pedro 1:22,23)

Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amamos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros. (1 Juan 4:7-12)

El amor es un sentimiento, una actitud. Pero el amor es también acción. Al igual que la fe, produce obras; tiene necesidad de hacerse manifiesto; implica acciones.

Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. (1 Juan 3:18)

2. El amor no es egoísta. El amor no gira en tomo de sí mismo, sino que se adelanta hacia otros. Un amor egoísta es una contradicción en sí mismo. El amor está lleno de abnegación, y no se basa en sí mismo. Busca el bienestar y la felicidad de los demás.

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; es indecoroso, no busca lo suyo, no se irrita no guarda rencor. (1 Corintios 13:4,5)

3. El amor llega hasta el sacrificio.

Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, quo uno ponga su vida por sus amigos. (Juan 15:12-13)

El que ama a sus semejantes está contento de poder consagrar sus propia persona, sus medios, sus talentos, su tiempo y todas sus fuerzas al bienestar de los demás. Amar es dar. Amar es actuar. Esta es la clase de amor que nuestro Padre Celestial siente por nosotros, sus hijos.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él, cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. (Juan 3:16-17)

4. El amor es imparcial. El amor físico es parcial. Un hombre no siente esta clase de sentimiento por todas las mujeres, y viceversa. En nuestra sociedad, un amor así sería desastroso para todo el mundo. En el amor físico, mantenemos a propósito y guardamos un sentimiento de amor muy especial por una persona en particular, la esposa o el esposo. El carácter sagrado y la belleza del amor físico, tal como lo conocemos en el matrimonio, se basan, en gran manera, en su naturaleza única, en este sentimiento muy especial de confianza, de lealtad y de éxtasis que existe continuamente entre dos personas. En el amor familiar, sucede algo parecido. Gracias a nuestros muchos años de contacto con nuestros padres, o nuestros parientes lejanos o cercanos, y gracias a los lazos de sangre que nos unen, podemos sentir por ellos un amor muy especial. El amor cristiano no conoce esta clase de diferencias. Es un sentimiento que sentimos por todo el mundo. El amor de Dios posee esta clase de imparcialidad.

… que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos.

Y qué mejor prueba podemos tener de la pureza y de la sinceridad del corazón de una persona que el hecho de que puede amar a sus enemigos y a aquellos que la persiguen. Porque si amamos únicamente a nuestros amigos, ¿cómo podremos saber que nuestro amor es puro, y está lleno de abnegación y de sacrificio?

Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publícanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed pues vosotros perfectos, como vuestros Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:433-48)

Jesús fue imparcial en su amor. Era bueno y misericordioso para par con los pecadores. Pidió al Padre que perdonara a aquellos que lo habían crucificado. Amaba a los niños y se complacía de los pobres, de los enfermos y de los afligidos, y fue varias veces el huésped de honor de los ricos y de los publícanos, Murió para que todos los hombres viniesen hacia él.

 Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo ciertamente linaje de Abraham sois y herederos según la promesa. (Gálatas 3:26-29)

El amor profundo e imparcial del Salvador para todos los hombres queda bien expresado en el Libro de Mormón.

Porque he aquí, amados hermanos míos, os digo que el Señor no obra en la obscuridad. El no hace nada a menos que sea para el beneficio del mundo, porque ama tanto al mundo, que dio su propia vida para llevar a todos los hombres a él. Por tanto, a nadie manda no participar de su salvación. ¿Acaso dice él a alguien: Apártate de mí? He aquí, os digo que no; antes dice: Venid a mí, vosotros, todos los extremos de la tierra, comprad leche y miel sin dinero y sin precio. He aquí, ¿ha mandado él a alguien que no participe de su salvación? He aquí, os digo que no, sino que la ha dado libremente a todos los hombres; y ha mandado a su pueblo que persuada a todos los hombres a que se arrepientan. He aquí, ¿ha mandado el Señor a alguien que no participe de su bondad? He aquí, os digno que no; más un hombre tiene tanto privilegio como otro, y nadie es vedado. (2 Nefi 26:23-28)

Y además, el Señor Dios ha mandado que los hombres no asesinen; que no mientan; que no roben; que no tomen el nombre del Señor su Dios en vano; que no envidien; que no sean maliciosos; que no riñan unos con otros; que no cometan fornicaciones, y que no hagan nada de esto; porque los que lo hacen perecerán. Porque ninguna de estas iniquidades viene del Señor; pues él hace lo que es bueno entre los hijos de los hombres; y nada hace que no sea claro para los hijos de los hombres; y los invita a venir a él, y participar de sus bondades; y a ninguno de los que a él vienen desecha, sean negros o blancos, esclavos o libres, varones o hembras; y se acuerda de los paganos; y todos son iguales ante Dios, tanto los judíos como los gentiles. (2 Nefi 26:32-33)

Santiago, en una amonestación que hace a los ricos, compara la imparcialidad a la ley regia de las escrituras:

Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. (Santiago 2:8-9)

5. El amor es espontáneo. Uno no siente amor por una razón determinada. El amor cristiano es una expresión natural y libre como el sentimiento que sentimos por un amigo. Cuando se siente un amor verdadero, no se calcula la recompensa que se puede recibir, y no se cuentan las pérdidas tampoco. El amor rebosa de un corazón amante. No se ama por mandamiento o por deber, ni se ama tampoco para obtener la gloria celestial. Se ama simplemente por amar. Porque el hombre es un hijo de Dios su naturaleza es amar. Y porque todos los hombres son hijos de Dios, necesitan y son dignos de nuestro amor. Cada una de las grandes virtudes se expresa de una manera más completa cuando se ignora a sí misma, cuando es el resultado de un nuevo nacimiento de la vida de uno, cuando viene de una conversión sincera, del Espíritu de Dios que está en nosotros. Para hacer que este espíritu de amor exista, totalmente desprovisto de egoísmo y de premeditación, Jesús ha dejado dicho:

Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Más cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar pero te será recompensado en la resurrección de los justos. (Lucas 14:12-14)

Debemos orar, no para que la gente sienta amor por nosotros, porque esto ya no sería amor, sino una especie de regateo sutil. Deberíamos amar por amar solamente, de la misma manera que debemos orar en secreto, y dar de manera que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, y mostramos gozosos cuando ayunamos. Porque entonces, y solamente entonces, la vida religiosa es pura, sincera, libre, rica y abundante, tal como Jesús deseaba que fuese.

6. El amor puede aumentar en fuerza. El amor ideal que Jesús nos ha mostrado por medio de su ejemplo y sus enseñanzas nos hace damos cuenta del hecho de que nuestro propio amor no es totalmente puro, que su especie de metal precioso va mezclado con otra especie de metal vil. A veces nuestra religión parece como “metal que resuena o como címbalo que retiñe.” Esto puede desanimamos; pero el hecho de que nos demos cuenta de ello ya es un buen augurio, porque la sinceridad y la humildad son condiciones necesarias y componentes principales del amor.

Debemos aprender a amar, y el período de aprendizaje está siempre lleno de errores, de fracasos y de desilusiones. Pablo nos anima a seguir adelante cuando pide a los santos que se mejoren más y más. Al igual que no importa cuál de las virtudes que componen el evangelio, podemos progresar en la pureza y en la intensidad de nuestro amor.

Y el Señor os haga crecer y abundar en amor irnos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros. (1 Tes. 3:12)

Pero acerca del amor fraternal no tenéis necesidad de que os escriba, porque vosotros mismos habéis aprendido de Dios que os améis unos a otros; y también lo hacéis así con todos los hermanos que están por toda Macedonia. Pero os rogamos hermanos que abundéis en ello más y más. (1 Tes. 4:9-10)

En los dos capítulos que seguirán, consideraremos los medios de expresar y de incrementar nuestro amor por Dios y por nuestros semejantes.

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