Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 43
LA UNIDAD EN LA IGLESIA

Si es posible, en cuanto dependa de vosotros,
estad en paz con todos los hombres. (Romanos 12:18)

Cristo pidió la unidad

El nacimiento de Cristo fue anunciado con estas bellas palabras: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.” (S. Lucas 2:14) Sin embargo en sus propias relaciones con los hombres durante su ministerio, fue poca la paz que tuvo. No entendieron su mensaje de amor. Fue una persona odiada y amada por sus contemporáneos. Sus ideas chocaron con las ideas y conceptos de las clases importantes sociales, porque las amenazaba. Por último lo mataron.

Cristo no había traído la paz y la buena voluntad entre los hombres en general. Quedaba un recurso más. Algunos creían en El. ¿Podrían ser uno en amor y así continuar su obra entre todos los hombres? Este era el gran deseo del Maestro, y lo que pidió en su oración. Poco antes de su crucifixión, oró a su Padre:

Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son. … Y ya no estoy en el mundo; más éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. . . . Para que todos sean uno; así como nosotros. . . . Para que todos sean uno; como tú, oh Padre en mí, y yo en ti, que también ellos sea uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado. (Juan 1:9,11, 21-23)

En esta misma hora avanzada de su ministerio, Jesús dijo a los Doce:

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. (Juan 13:34-35)

Pablo exhorta a la unidad

Tras la resurrección de Cristo, con la palpable influencia del Espíritu Santo en Pedro y sus compañeros y el entusiasmo que siempre se halla presente al iniciarse un nuevo y grande movimiento, la Iglesia de Jesucristo empezó su historia con grande unidad. “La multitud de los que habían creído eran de un corazón y un alma.” (Hechos 4:32) Su unidad se extendía aun a los asuntos económicos. “Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era en todos ellos.” (Hechos 4:33)

Las epístolas de Pablo y otras nos hacen saber que esta unidad de la Iglesia ni duró mucho ni la hubo en todas partes. Aparte de la controversia judío—gentílica que se describe en el capítulo 15 de los Hechos y el 2 de los Gálatas, surgieron dificultades dentro de las varias ramas de la Iglesia. Muchos de los escritos de Pablo recomiendan la unidad, la conformidad y una vida pacífica entre los santos. Para cuando escribió su epístola a los Romanos vemos que su amonestación va templada con alguna tendencia hacia la realidad. “Si se puede hacer, cuando está en vosotros, tened paz con todos los hombres.” (Romanos 12:18) En Efesios encontramos un vigoroso consejo a favor de la unidad.

Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guarda la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Y el mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error. (Efesios 4:1-6; 11-14)

A los Gálatas Pablo escribió:

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. (Gálatas 3:26-28)

La unidad en la Iglesia hoy día

Con razón los miembros de la Iglesia en Éfeso, Corinto y Galicia tuvieron contiendas. Habiendo sido convertidos del mundo gentil, con poca o ninguna experiencia en cuanto a la democracia, eran reunidos en un redil, que se consideraba aparte de los no creyentes. La historia del cristianismo y toda otra importante fe religiosa, es en parte una historia de divisiones, de reformas, y contra reformas. El mundo cristiano no está unido; el judaísmo no está unido. Ninguna religión del mundo ha permanecido unida.

Dentro de nuestra propia fe de los Santos de los Últimos Días, tampoco somos uno como deberíamos de ser. Desde el principio el profeta José tuvo enemigos, tanto dentro como fuera del redil. Cuando murió, no todos permanecieron fieles. Nacieron varias sectas de la restauración. Actualmente hay mucha unidad en la Iglesia, pero aún permanecen partidos que se han separado de la Iglesia, aun en años recientes. Y dentro de la Iglesia a veces nos ponemos a hablar mal del prójimo. El ideal que Jesús pidió en su oración no se ha realizado. A nosotros, sus discípulos, nos falta mucho para realizar la unidad que quiso que lográsemos.

Examinemos algunas de las escrituras del Nuevo Testamento para ver si podemos hallar conocimiento y orientación en este asunto. Tal vez podremos aprender algunos principios que nos ayudarán a aumentar nuestra unidad.

1. La unidad no significa uniformidad. Permite diferencias individuales y diversidad de funcionamiento y talento. Pablo explica que hay “repartimiento de dones; más el mismo espíritu es.” (1 Corintios 12:4) Con mucho detalle Pablo compara la Iglesia y el cuerpo humano:

Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. Además el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? (1 Corintios 12:12-15)

De esta manera nos ilustra cómo dependemos unos de los otros y la importancia de nuestros distintos dones y talentos, oficios y llamamientos.

Es inconcebible que seamos iguales en cada uno hay un crecimiento particular, aun entre los miembros de la misma familia; cada cual tiene su libre albedrío y la necesidad de desarrollarlo y expresarlo; cada uno de nosotros necesita expresión propia original.

Ningún hombre puede decir que es un ser humano e hijo de un Padre Celestial Creador, y a la vez satisfacer su alma consintiendo en todo como un sello de goma.

La diversidad de talento da más abundancia a la vida. La diversidad de pensamiento estimula la mente. Hay prudencia en el consejo: “Cuando faltaren las industrias, caerá el pueblo: más en la multitud de consejeros hay salud.” (Proverbios 11:14) Una de las provisiones más sabias que se ha dispuesto en el gobierno de la Iglesia Restaurada es la práctica de darle dos consejeros a cada director, sea de un quorum, de una organización o subdivisión de la organización de la Iglesia. ¿Y qué valor tendría el consejo si todo fuera de la misma clase? Necesitamos hombres y mujeres de diferente cultura, educación y capacidad para que trabajen a favor de una causa común dentro y fuera de la Iglesia.

La diversidad en la unidad se puede ilustrar de una analogía. ¿Qué es más hermoso, o qué se adapta mejor a los talentos de un grupo de hombres: que todos canten la misma parte o que el coro cante a cuatro voces? Pensemos en la orquesta sinfónica cuando toca unidamente bajo la dirección de un excelente maestro. Ningún grupo que toque el mismo instrumento puede compararse con la orquesta completa. En la Iglesia necesitamos apreciar los talentos y fuerza de nuestra individualidad, así como la importancia de cada persona en su propio llamamiento.

2. Las diferencias quedan resueltas cuando los hombres trabajan por un objeto más noble. Es bien sabido entre los hombres que las diferencias no se resuelven por hablar acerca de ellas. Es preciso considerar los problemas a la luz de asuntos y propósitos más importantes, si es que han de ser resueltos. Esto se puede ver en el matrimonio. El hombre y su mujer son muy diferentes en costumbres, naturaleza e intereses. Si cada cual tratara de mantener y satisfacer sus propios intereses egoístas, la relación entre ellos sería una de agitación y contienda, y* no habría manera de reconciliarlos. Una misma meta y lealtad, como la construcción de una casa, la formación de un hogar, la crianza de los hijos, el servicio en la Iglesia, el amor de Dios, el deleitarse en cosas buenas—esto es lo que une al marido y a la mujer en el matrimonio.

Pablo intentó elevar a los primeros cristianos sobre las riñas, la controversia y el pecado, enseñándoles a amar a Cristo. La lealtad suprema hacia el Señor, particularmente con fe y con amor, los haría uno. Así como el arrepentimiento no es sencillamente cambiar este hábito o aquél, sino el resultado de convertirse a Cristo, en igual manera, la unidad viene cuando todos los hombres se olvidan del “yo” en su amor por el Salvador. Esto se declara con fuerza en los siguientes pasajes:

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús. (Gálatas 3:26-28)

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor. Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza. Más vosotros no habéis aprendido así a Cristo. Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente. (Efesios 4:11-23)

Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús. (Filipenses 2:1-5)

Actualmente, así como en la Iglesia Primitiva, necesitamos olvidar diferencias que no conducen a la edificación. Tenemos que dejar atrás los celos sin importancia, la envidia y la calumnia, que provienen de pensar demasiado en uno mismo. Una fe profunda en Cristo, y el amor por su obra y enseñanzas nos ayudarán a elevamos sobre los intereses egoístas. Por motivo de nuestra fe en Cristo, ¿en cuáles cosas tenemos fe? Por motivo de nuestra fe en Cristo, ¿qué deberíamos estar haciendo (1) en el hogar? (2) ¿en la Iglesia? (3) ¿en la comunidad? (4) ¿en el mundo? Estas preguntas nos impulsan a una vida positiva y constructiva. Permiten las diferencias individuales, pero a la vez sugieren unidad y un algo propósito.

3. El verdadero amor cristiano del uno por el otro es la fuerza unificadora más potente del mundo. Esto, según el Salvador, es la prueba final de que somos sus discípulos, que nos amemos el uno al otro, que seamos suyos siendo uno. Así se pueden reconciliar o tolerar las diferencias. Sostenemos que si nuestra vida cristiana fuera suficiente, atraeríamos mucha gente a nosotros; y aun los que no son de nuestra fe compartirían el vínculo de la hermandad con nosotros.

Los jóvenes, particularmente, mientras están tratando de establecer la fe en sí mismos, necesitan sentir el poder unificador del amor fraternal. También tienen necesidad de prestar servicio a Dios, a Jesús y a nuestros semejantes. En una palabra, necesitan sentir el poder vivo del evangelio en sus vidas. Esto los conservará en la fe más bien que cualquier clase de argumentos, debate y regimentación.

Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Colosenses 3:15-17)

La palabra de Dios a los Santos de los Últimos Días en el tiempo actual es la siguiente:

Y estime cada hombre a su hermano como a sí mismo, practicando la virtud y la santidad delante de mí. Y de nuevo os digo, estime cada hombre a su hermano como a sí mismo. ¿Qué hombre de entre vosotros, si teniendo doce hijos que le sirven obedientemente, y no hace acepción de ellos, dijere a uno: Vístete de lujo y siéntate aquí; y al otro: Vístete de harapos y siéntate allí, podrá luego mirarlos y decir soy justo? He aquí, esto os lo he dado por parábola, y es aun como yo soy. Yo os digo: Sed uno; y si no sois uno, no sois míos. (Doc. y Con. 38:24-27)

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