Capítulo 29
EL DESARROLLO
Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará. (Lucas 8:18)
Jesús crecía y se instruía
Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. (Lucas 2:40)
Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres. (Lucas 2:52)
Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. (Hebreos 5:8-10)
Aunque era el Hijo de Dios, y que hablaba con autoridad y convicción en su ministerio, a pesar de todo ello, el Salvador, como queda indicado en los pasajes citados más arriba, creció en gracia viviendo y trabajando. Su vida tuvo realidad: fue tentado, sintió emociones, y sus sufrimientos fueron grandes. Su misión había sido preordinada, pero aun así la cumplió de buena voluntad, aunque no sin tribulaciones y triunfos. Mateo, Marcos y Lucas dan, los tres, testimonio de que Jesús suplicó al Padre, “. . . si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (S. Lucas 22:42) (Véase también S. Mateo 36:39 y S. Marcos 14:36) El libro de Doctrinas y Convenios confirma asimismo el desarrollo del Señor mediante la gracia de Dios:
Y yo, Juan, doy testimonio de que vi su gloria, como la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, aun el Espíritu de verdad, que vino y moró en la carne, y vivió entre nosotros. Y yo, Juan, vi que no recibió de la plenitud al principio, más recibía gracia por gracia; y no recibió de la plenitud al principio, más progresó de gracia en gracia, hasta que recibió la plenitud; y por esto fue llamado el Hijo de Dios, porque no recibió de la plenitud al principio. Y yo, Juan, doy testimonio; y, he aquí los cielos fueron abiertos, y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma, y reposó sobre él; y vino una voz del cielo, que decía: Este es mi Hijo Amado. Y yo, Juan, testifico que recibió la plenitud de la gloria del Padre; y recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra, y la gloria del Padre fue con él, porque moró en él. (Doc. y Con. 93:11-17)
La realidad de los esfuerzos y de la tentación de Jesús queda afirmada en Hebreos:
Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros. (Hebreos 1:9)
Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. (Hebreos 2:17-18)
Jesús nos enseñó cómo desarrollarnos y dar frutos en la vida religiosa
Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. (S. Mateo 5:20)
Había muchas cosas en la religión de los fariseos que a Jesús no le gustaba. Estaba llena de hipocresía y se circunscribía a la letra de la ley. Era también demasiado negativa, demasiado estática. Hemos estudiado ya el carácter positivo de las enseñanzas del Maestro. Pero ahora pasaremos a considerar otra cualidad que le está emparentada. Para él la vida religiosa significaba crecer en espiritualidad y en moralidad. En la vida de los hombres, la religión debe germinar y aparecer como una flor y dar frutos como un árbol. Una religión que no se desarrolla es como un árbol estéril, que el propietario arranca y quema.
Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no la halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? El entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después. (Lucas 13:6-9)
La parábola del sembrador ilustra sencilla y eficazmente el espíritu con el que debemos recibir la palabra de Dios. Sus mandamientos no deben ser olvidados por las tentaciones, ni
… ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto. Más la que cayó en buena tierra, éstas son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia. (Lucas 8:14,15)
En la parábola de los talentos, Jesús nos enseña igualmente que debemos desarrollarnos en nuestra vida religiosa. (Véase Mateo 25:14-30 y Lucas 19:12-26) No debemos enterrar la religión como si fuese un tesoro. Demos adquirir y emplear el conocimiento y los dones que el Señor nos ha dado para edificar el reino, si no queremos que el Señor nos rechace a su vuelta.
Una idea parecida existe en la parábola de los servidores a quienes se les recomienda que estén preparados para la vuelta del amo y que no se duerman.
Muchas veces Jesús repite la idea en los evangelios de que a quien se le ha dado mucho, mucho se le volverá a pedir, y que a aquel que ha recibido mucho, mucho se le añadirá.
Más el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco; porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá. (Lucas 12:48)
Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; más al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. (Lucas 19:26) (Véase también Lucas 8:18)
La naturaleza dinámica del reino de Dios queda descrita un poco más adelante en dos parábolas:
Y dijo: ¿A qué es semejante el reino de Dios, y con qué lo compararé? Es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su huerto; y creció, y se hizo árbol grande, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Y volvió a decir: ¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura, que una mujer tomó y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo hubo fermentado. (Lucas 3:18-21)
El tema entero de las enseñanzas del Maestro nos incitan a fructificar… a buscar, a pedir y a hallar,” “a tener hambre y sed de verdad,” a ser pacíficos, humildes, a tener fe, a dar, a amar. La vida cristiana es dinámica significa el desarrollo del individuo y del reino, desarrollo espiritual en bondad y en verdad.
Los discípulos enseñaron el desarrollo
1. Juan el Bautista, en su manera franca tan característica, advirtió a sus oyentes que no creyesen que iban a ser salvos por el mero hecho de ser descendientes de Abrahán.
… porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego. (Lucas 3:8,9
El arrepentimiento tenía que ser sincero, profundo y producir frutos.
2. En las epístolas de Pedro, los santos reciben la exhortación de estudiar la palabra de Dios.
Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocrecía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor. (1 Pedro 2:1-3)
Y se les dice que se fortifiquen contra el error y los caminos de los malvados para poder así desarrollarse continuamente:
Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén. (2 Pedro 3:18)
3. Pablo exhortaba frecuentemente a los santos a que creciesen en la fe, en la justicia y en su conocimiento de Dios. Les puso sobre todo en guardia contra el hecho de enorgullecerse de sus conocimientos. Demasiado bien sabía él mismo los límites que posee el saber humano. Es preferible ser grande por el amor que el creerse grande por los muchos conocimientos.
En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él. (1 Corintios 8:1-3)
Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; más cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, jugaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo oscuramente; más entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido. (1 Corintios 13:9-12)
Y, de manera muy positiva, Pablo exhorta a los filipenses a pensar en todo lo que de bueno tiene la vida.
Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. (Filipenses 4:8)
El dinamismo del evangelio restaurado
El evangelio restaurado de Jesucristo ha llegado hasta nosotros con la misma fuerza y el mismo dinamismo tan característico de los tiempos apostólicos. Las viejas creencias erróneas fueron barridas por la fuerza del Espíritu y nunca jamás fueron reemplazadas por un nuevo sistema igualmente corrupto. La religión nos fue enviada como un arroyo puro y claro, constantemente alimentado por “el agua viva” que mana de los cielos.
Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría; pues a quien reciba, daré más; y a los que digan: Tenemos ya bastante, les será quitado aun lo que tuvieren. (2 Nefi 28:30)
…Y no supongáis que porque hablé una palabra, no puedo hablar otra; porque aún no he concluido mi obra, ni se acabará hasta el fin del hombre, ni desde entonces para siempre jamás. (2 Nefi 29:9)
Nuestro último artículo de fe, en lugar de cerrarle las puertas, las deja abiertas de par en par, a todo aquello que es “virtuoso, amable, o de buena reputación o digno de alabanza,” y, como Pablo, nos exhorta a “procurarnos todas estas cosas.”
De cierto os digo, los hombres deberían estar anhelosamente consagrados a una causa justa, haciendo muchas cosas de su propia voluntad, y efectuando mucha justicia; Porque el poder está en ellos, por lo que vienen a ser sus propios agentes. Y si los hombres hacen lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa. (Doc. y Con. 58:27,28)
Ocasiones de desarrollarse en la religión
No es únicamente la responsabilidad de la Iglesia sola, como cuerpo organizado, el saber cuál es lo voluntad de Dios y cumplirla, sino que cada miembro, individualmente, debe crecer en conocimientos y en justicia.
La espiritualidad y la moralidad no son cosas que uno hereda. En los que respecta a la mente y al corazón, las palabras de Goethe siempre son ciertas: “Lo que te proviene de la herencia que te dejó tu padre, gánalo de nuevo para que realmente sea tuyo,” y “Sólo merece su libertad y su existencia el que las conquista de nuevo cada día.” Cada individuo en la Iglesia, como cada generación de Santos de los Últimos Días, tiene que aprender lo que su fe significa. Con la ayuda de Dios, tiene que ganar y merecer sus dones y privilegios. Nuestros padres nos han legado únicamente el privilegio de gozar del evangelio de Jesucristo.
El hecho de poseer algo nos impide a veces el apreciarlo como deberíamos. El creer que poseemos la verdad es posible que nos haga perder nuestra hambre y sed de ella. Quedamos quizás satisfechos con una comprensión artificial del evangelio que nos hacemos nosotros mismos.
El evangelio de Jesucristo podría compararse a un arroyo que baja de la montaña. Sus aguas puras manan siempre, accesibles a todos. Pero únicamente podemos probarlas cuando subimos a lo alto de la montaña y llegamos a este arroyo y somos lo bastante humildes para arrodillarnos y beber. Y aunque nuestra sed quede calmada, ello no quiere decir que el manantial ha acabado de existir, siempre está allí, nunca se seca. Continúa estando allí, aunque no le prestemos atención. Y es para nosotros en cualquier momento que deseemos beber de él.
Los principios del evangelio son algo más que palabras. Las palabras son únicamente símbolos del poder, de los sentimientos, de la experiencia que hay en la humildad, el amor y la fe. Ninguno de nosotros conoce todo el significado de no importa qué principio del evangelio. Siempre nos falta algo; somos como niños recién nacidos en nuestro entendimiento, si lo comparamos al que podríamos tener y al que ahora posee Dios.
El amor representa una cosa para Jesucristo, y mucho menos para nosotros. Tenemos necesidad de desarrollamos en el sentido de Su interpretación del término. Y esto es verdadero en todo lo que concierne al evangelio. Jesús conocía al Padre y lo amaba con un amor puro; el conocimiento que dé El tenemos es muy limitado y nuestro amor está muy mezclado con egoísmo.
Es inútil perder el tiempo discutiendo misterios o considerando lo que nos es desconocido. Es más provechoso y más religioso el profundizar los grandes principios fundamentales en los que Cristo y los profetas han hecho hincapié. Tenemos necesidad de más fe en Dios y en la inmortalidad, en la paternidad de Dios y la fraternidad del hombre; necesitamos más arrepentimiento, una humildad más profunda, más amor, más sinceridad, más misericordia.
Vosotros también poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. (2 Pedro 1:5-8)
Lo que precisamos es aplicar estos principios en nuestra vida cotidiana. ¿Qué significa cada uno de los principios del evangelio en cada una de las fases de la vida? ¿Qué significa la misericordia en la vida de familia, en los negocios, en las relaciones internacionales?
Un ejemplo negativo de una de las grandes flaquezas de los Santos de los Últimos Días en la actualidad, es nuestra falta de respeto y de reverencia tocante a las cosas de Dios y las que llevan su nombre, como son las salas de reunión, las capillas, y las ordenanzas, tales como la Santa Cena. Conozco ciertas personas que se convertirían a la Iglesia si lograsen reconciliar nuestra profesión de fe en un Dios personal con la falta de respeto que demostramos con respecto a lo que es Suyo o lleva Su nombre.
¿Nos desarrollamos en justicia y en honestidad? ¿Crecemos en virtud y en castidad? ¿Nos volvemos más respetuosos de la ley? ¿Somos más sencillos, más dados a la devoción, a meditar, al estudio? ¿Somos mejores vecinos? ¿Se desarrolla nuestra diligencia en la Iglesia? ¿Realizamos la visión de nuestro poeta, Parley P. Pratt?
El alba rompe de verdad y en Sion se deja ver.
Tras noche de obscuridad, tras noche de obscuridad,
Bendito día renacer.
























