Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 34
«BIENAVENTURADOS LOS DE LIMPIO CORAZON»

Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios. (S. Mateo 5:8)

“Más yo os digo’’

“Los de limpio corazón” es una expresión que puede significar que aquellos a los que se alude son honrados, sinceros, humildes y amantes, o bien puede significar que son castos. O bien puede significar igualmente la castidad de pensamiento y de acción en las relaciones entre personas del sexo opuesto. A decir verdad, no sabemos exactamente qué es lo que quiso decir el Salvador con esta expresión. Pero, dado que, en otras lecciones discutiremos otras virtudes concernientes a la pureza de corazón, nos limitaremos, en esta, a la castidad. Haremos observar, no obstante, que la pureza de corazón, en este sentido más limitado, no puede adquirirse sino con la ayuda de muchas otras virtudes que Jesús asimismo enseñó.

“No cometerás adulterio,” fue uno de los mandamientos más importantes de la ley de Dios. En los proverbios, los salmos y el capítulo 31 de Job, y en los profetas también, muchas cosas se han escrito en favor de este mandamiento. Jesús repitió esta ley antigua de una manera nueva, en su sermón del monte.

Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. (Mat. 5:27, 28)

“El pensamiento es la madre de la acción.” La inmoralidad comienza con el deseo y con la intención. Al igual que las otras bienaventuranzas, la pureza de corazón es una condición interior del hombre, de la cual provienen sus acciones cristianas.

Jesús dijo muy poco con respecto al adulterio, por lo menos de una manera específica. Pero lo que dijo no dejaba lugar a equivocaciones. En la vida cristiana la concupiscencia de la carne y la vida licenciosa no tiene cabida. El carácter mismo de Jesús es suficiente prueba de ello. Sus más encarnizados enemigos, que le llamaron blasfemo, enemigo de la ley, “comilón, y bebedor de vino, amigo de publícanos y de pecadores” (Lucas 7:34), no le acusaron nunca de cometer impurezas.

“Las obras de la carne» contra “los frutos del espíritu»

En los escritos que Pablo dirigió a los santos que vivían en el mundo greco-romano, encontramos frecuentes referencias al principio de la castidad. El nivel de la moral era muy bajo en el mundo pagano. Hacerse cristiano significaba cambiar radicalmente su moralidad personal. El hecho de que muchos santos encontraban esto muy difícil de cumplir es evidente en las epístolas de Pablo. Reconocía la existencia de una lucha constante y encarnada entre la carne y el espíritu. Jesús había inmortalizado ya esta lucha con sus célebres palabras: “El espíritu a la verdad está presto, más la carne es débil.” (S. Mateo 26:41) Pero el apóstol habló más extensamente del asunto:

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servios por amor los unos a los otros. . . . Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disenciones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones benignidad, bondad fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay y deseos. (Gálatas 5:13, 16-24)

Pablo condena los deseos de la carne tan severamente que muchos creyentes, a través de los siglos, inspirándose en sus palabras, han considerado el instinto de reproducción humano como algo fundamentalmente malo, y han rechazado el privilegio y las responsabilidades del matrimonio para entrar en el mundo de la monasticidad y del celibato. Los escritos de Pablo, si se les examina versículo por versículo, aislado del tema y del contexto, podrían considerarse como una condenación del matrimonio y de las relaciones sexuales. En I Corintios, capítulo 7, por ejemplo, Pablo estima que el celibato es superior al matrimonio y habla del matrimonio como de una condición necesaria a ciertas personas para evitar el que degeneren en la inmoralidad. Pero Pablo nos da a conocer su punto de vista, sin hacer de ello una orden, simplemente, porque ésta es su opinión personal (versículos 6 y 7). Esto provenía, en gran parte, del deseo que le dominaba de consagrar toda su atención y toda su energía a la obra del ministerio.

Pero esto digo, hermanos: que el tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no los disfrutasen; porque la apariencia de este mundo se pasa. (1 Corintios 7:29-31)

En otras partes de sus epístolas, Pablo propugna el casamiento y condena a aquellos que lo prohíben.

Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios. (1 Corintios 11:11, 12)

Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad. (1 Timoteo 4:1-3)

Queda claro que el capítulo siete de la primera epístola de Pablo a los corintios no debe considerarse como la única opinión de Pablo con respecto al matrimonio ni mucho menos la doctrina de la Iglesia primitiva. Jesús mismo volvió a afirmar la aprobación divina del matrimonio. Hablando contra los cambios efectuados en la Ley de Moisés concernientes al divorcio, declaró:

Pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. (Marcos 10:6-8)

El matrimonio es bueno y el Señor lo aprueba si se practica de acuerdo con sus propósitos. La fornicación, el adulterio y la concupiscencia de la carne son pecados. Es lo que repiten a menudo los autores del Nuevo Testamento. (Véase 1Pedro 3:1-7; Hebreos 13:4; Efesios 4:17-19 y 5:22-23; 1Corintios 5 :l-5 y 1Tesalonicenses 4:3-7 para citar tan sólo unas pocas referencias al respecto.)

En nuestra época, al igual que en la de Pablo, hay una lucha entre la carne y el espíritu. Casi podríamos llegar a creer que la incontinencia va en aumento en el mundo cristiano en general, e incluso entre los Santos de los Últimos Días. En una época de excesiva libertad, de mayores conocimientos respecto a las relaciones sexuales, de matrimonios llevados a cabo en una edad más tardía, de tentaciones más numerosas, más y más personas van sucumbiendo a la incontinencia. Si nosotros y nuestros hijos debemos tener un corazón puro, tal como nos lo recomendó Jesucristo, debemos dar más importancia a este problema. No se puede forzar a nadie a que tenga un corazón puro; las amenazas, el temor, los consejos no sirven para nada, si una persona no comprende la vida tal como es en realidad y no siente dentro de su alma el deseo de ser fiel a los principios que nos enseñó Jesús.

Maneras de adquirir una mayor pureza de corazón

1. Debemos comprender mejor nuestra propia naturaleza. En la vida, la mayor parte de las cosas son amorales, ni buenas ni malas en y por sí mismas. Se vuelven buenas o malas según la manera en que nos afectan o que las empleamos. El agua, generalmente algo beneficioso, y siempre indispensable para vivir, trajo una inundación tan calamitosa en Holanda el 1 de febrero de 1953, que se llevó mil vidas humanes, dejó otras cuarenta mil sin casa y causó trescientos millones de dólares de perjuicios. Y esto que ocurre con el agua, que puede causar bien o mal, ocurre igualmente con el sol, la morfina, un cuchillo, el dinero y muchas otras cosas.

La sexualidad es algo extremamente poderoso que puede causar tanto mal como bien. Es una causa para bien cuando origina un amor más grande entre el marido y la esposa y engendra una familia de hijos sanos y felices. Puede ser una causa de mal cuando se le considera como un fin en sí mismo, sin tener en cuenta las consecuencias que tal abuso puede traer en la vida personal y social. Es siempre algo bueno cuando está bajo el control de un espíritu inteligente y de un corazón puro; es siempre malo—dentro de los lazos del matrimonio, o fuera de ellos—cuando es la expresión de un espíritu vulgar y de un corazón impuro. Incluso el matrimonio no santifica las relaciones sexuales, si estas no se llevan a cabo de acuerdo con los propósitos del matrimonio.

2. Debemos recordar que el mal no tiene poder, y que debemos vencer al mal con el bien. Lo mejor que podemos hacer no es combatir nuestros malos pensamientos cada vez que estamos en la tentación. No hay fuerza alguna en la debilidad, ni nada de bueno en el mal. La pureza de corazón no se adquiere pensando en el mal, sino al contrario. La oración, la lectura de buenos libros, el trabajo sincero en la Iglesia, una vida sana, actividades sanas y la comprensión y el amor de los que nos rodean, nos ayudan a vencer nuestros malos pensamientos. Se vence al mal, pensando en el bien, y haciendo buenas obras.

Es lo que Pablo ha expresado en estas palabras: “No seas vencido de lo malo; más vence con el bien el mal.” (Romanos 12:21) Jesús expresó lo mismo con otras palabras, cuando exhortó a sus discípulos: “Levantaos y orad que no entréis en tentación.” (S. Lucas 22:46) (Véase también Mateo 26:41) Y es lo que Alma dijo a su hijo Helamán que enseñara al pueblo:

Predícales el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo; enséñales a humillarse, y a ser mansos y humildes de corazón; enséñales a resistir toda tentación del diablo, con su fe en el Señor Jesucristo. Enséñales a no cansarse nunca de las buenas obras, sino a ser mansos y humildes de corazón; porque éstos hallarán descanso para sus almas. ¡Oh recuerda, hijo mío, y aprende sabiduría en tu juventud; sí, aprende en tu juventud a guardar los mandamientos de Dios! Sí, y pide a Dios todo tu sostén; sí, sean todos tus hechos en el Señor, y dondequiera que fueres, sea en el Señor; sí, dirige al Señor tus pensamientos; sí, deposita para siempre en el Señor el afecto de tu corazón. Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien; sí, cuando te acuestes por la noche, acuéstate en el Señor, para que él te cuide mientras duermes; y cuando te levantes en la mañana, rebose tu corazón de gratitud hacia Dios; y si haces estas cosas, serás exaltado en el postrer día. (Alma 37:33-37)

3. Debemos recordar que una vida cristiana positiva produce la pureza de corazón. La inmoralidad es, muy a menudo, el fruto de la soledad, de decepciones o de fracasos. La inmoralidad, lo mismo que el alcohol, es las más de las veces un esfuerzo insensato y fútil por parte de una persona para evadirse del aspecto fútil y vano de su vida. Una vida constructiva y creativa en el hogar, en la Iglesia, en la fábrica o en la oficina, satisface las necesidades espirituales y morales del ser humano y le deja muchas menos razones a causa de las cuales pierde la verdadera perspectiva de la vida y sucumbe a una mala expresión o manifestación de su energía creatriz. Podemos hacer que nuestra vida esté llena de buenos amigos y de acciones honrosas, a tal punto que ya no quede cabida en nuestra mente para pensamientos impuros.

4. Tenemos que acordarnos que la comunión con Cristo engendra la pureza de corazón. Si amamos a Jesús y queremos estar más cerca de Él, debemos leer la historia de su ministerio, meditar sus enseñanzas, tomar la Santa Cena en memoria suya y de su sacrificio, y como testimonio de que queremos tomar sobre nosotros su nombre, debemos trabajar en su Iglesia, orar en su nombre y hacer su voluntad cada día de nuestra vida. Y estas cosas nos ponen en comunión con Él; su presencia, invisible, pero real, purifica nuestros sentimientos y nuestro concepto de la vida. Aprendemos gradualmente a vencer la concupiscencia de la carne y todo lo que va con ella —la avidez, el egoísmo, el odio, la envidia y los celos—sintiendo, más y más respeto, bondad, misericordia, y amor por nuestros semejantes. Y de esta forma el Salvador se convierte en una fuerza en nuestra vida que nos conduce a la pureza moral. No es cuestión de unos pocos días solamente, o incluso de un año, o hasta de varios años. A veces cosas innobles e indecentes pasan alrededor nuestro o bien atraviesan por nuestro pensamiento. Pero si somos fieles a los principios de Cristo, tales impresiones no harán más que pasar rápidamente por nuestra mente y se desvanecerán sin dejar rastro. Y el poder que Dios nos ha dado de crear hijos, con el amor y la fidelidad que deben reinar entre marido y mujer, servirá su propósito constructivo y divino en nuestra vida. Es con razón que podemos orar y cantar con el salmista:

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. (Salmos 51:10)

¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño. (Salmos 24:3, 4)

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