Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 36
“SIN ESCANDALIZAR A NADIE”

Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra,
éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. (Santiago 3:2)

Cristo se preocupaba por los demás

Según los evangelios, Jesús hablaba lisa y llanamente cuando la ocasión lo requería. Revelaba la hipocresía y la mentira en la mente de los hombres, a veces públicamente, ante su creciente cólera y quizás también ante su vergüenza. Sus propios discípulos no quedaron a salvo de esto y recibieron reproches parecidos cuando así lo merecieron. Palabras tales como: “Oh, hombres de poca fe,” o “Apártate de mí, Satanás, “debieron herirlos profundamente. Por otro lado, era también amable y considerado, y estaba pronto a proteger a aquellos a los cuales la sociedad oprimía y ofendía. Como ya lo hemos mostrado en una lección precedente, se preocupaba por las necesidades de los demás, dando consuelo a los pobres, devolviendo la esperanza y el respeto de sí mismos a los publícanos y pecadores, y alabando al centurión y al samaritano.

De manera sobresaliente y memorable, Jesús enseñó a sus discípulos que no escandalizaran a los niños en su fe. Los discípulos se estaban preguntando quién sería escogido para ser el mayor en el reino de los cielos. Jesús llamó a un niño,

. . . De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos… Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!… Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en cielos. (Mateo 18:3, 6, 7, 10)

Jesús no tenía deseo alguno de escandalizar a nadie inútilmente o por gusto. Otro incidente de su vida lo indica bien claramente:

Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron. ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? Él dijo: Sí, Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que te saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por tí. (Mateo 17:24-27)

Jesús, aunque era Hijo de Dios, pagaba el tributo, y si hemos de creer lo que se desprende del diálogo entre Pedro y los recaudadores, lo hacía regularmente. No quería escandalizar inútilmente a la gente y apartarles así del reino de su Padre.

El tacto y la prudencia de Pablo en las relaciones humanas

Todo aquel que asume una posición de mando en la que está íntimamente asociado con seres humanos, tiene que hacer frente a un cierto número de problemas referentes a las relaciones humanas. Pablo no fue una excepción. En realidad, sus problemas estaban multiplicados y acentuados por las diferencias raciales, religiosas y culturales que existían entre los miembros de la Iglesia primitiva. Pablo, judío, trataba con judíos y gentiles. Y los judíos y gentiles convertidos eran únicamente una minoría en mitad de una cultura pagana.

En corinto, surgió la cuestión de saber si los santos podían comer carne que había sido sacrificada a los ídolos. Aparentemente, la mayor parte de los alimentos consumidos por el público, en aquella época, habían sido preparados como sacrificio para los ídolos. La respuesta que Pablo dio a esta pregunta es interesante. (Léase I Corintios 8) “. . . sabemos que el ídolo nada es en el mundo, y que no hay más de un Dios…” y “la vianda no nos hace más adeptos a Dios: porque ni que comamos, seremos mejores, ni que no comamos seremos peores.” (Versículo 8) Pablo se había librado de la preocupación de las reglas complicadas del judaísmo, o de todo otra fe y cultura, referentes a los alimentos. Es la fe en Cristo practicada con amor la que salva al hombre, y no lo que éste come o bebe. Es así que concebía El la religión. Se sentía libre de comer lo que quería porque no rendía honores al hacerlo, ya que un ídolo no era nada para él. No obstante, muy atinadamente, relacionó la cuestión de comer viandas sacrificadas a los ídolos con otra cosa más fundamental que los alimentos. ¿Cómo puede afectar este tema la vida y la fe de las personas? Este es el punto vital para él, y recomienda la mayor consideración con respecto a aquellos que son débiles en la fe, a fin de que no se escandalicen.

Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina. Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más ni porque no comamos, seremos menos. Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos, e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano. (1 Corintios 8:7-13)

En el capítulo 9 de la misma epístola, Pablo continúa demostrando, esta vez en mayor escala, que, en todos los aspectos de nuestra vida, debemos considerar la fe y los sentimientos de los demás y hacer de manera que podamos compartir el evangelio de Cristo con todo el mundo.

Por lo cual siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él. (1 Corintios 9:19-23)

En su propia adaptación de la fe al entendimiento de sus oyentes, Pablo, estamos seguros, no comprometía su fe en Cristo ni su fidelidad para con Él. Tenía demasiado valor y convicción para obrar de tal modo. No obstante, hacía adaptaciones de menor importancia para evitar discusiones inútiles y para salvaguardar la paz. Vemos esto de modo muy claro en el libro de los Hechos.

Quiso Pablo que éste fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego. … Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su casa; y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados. . . Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y se hallaban reunidos todos los ancianos; a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. Cuando ellos lo oyeron glorificaron a Dios, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres. ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto. Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación. Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres, y al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, para anunciar el cumplimiento de los días de la purificación, cuando había de presentarse la ofrenda por cada uno de ellos. (Hechos 16:3; 18:8; 21:17-26)

En 1 Corintios, capítulo 10, Pablo predica nuevamente la tolerancia y la consideración con respecto a los demás, en el ejercicio de nuestra propia libertad:

Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro. De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia. Más si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de con ciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud. La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro? Y si yo con agradecimiento participo ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias? Sí, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios; como también yo en todas las cosas agnado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos. (1 Corintios 10:23-33)

En Romanos, capítulos 14 y 15:1, 2, Pablo exhorta a los santos a que sean tolerantes. Que todos, sea que coman esto o aquello, lo hagan con acción de gracias al Señor.

Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradamos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. (Romanos 15:1,2)

Amonestó a los corintios a que siempre tuvieran presente en todo lo que hicieran de su responsabilidad con respecto a los demás, a fin de que la gente tuviese interés en acercarse a la Iglesia, y no que se apartaran de ella por culpa de lo que hacían los santos.

No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado; antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias. (2 Cor. 6:3, 4) (Léase hasta el versículo 10.)

Seamos ejemplos de humildad

En la primera epístola de Pedro, se enseñó a los santos a que sirvieran al Señor, no cada uno a su manera simplemente, sino más bien haciendo prueba de sentimientos cristianos y de consideración para los demás.

Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria. Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. (1 Pedro 5:1-5) (Léase también 1 Pedro 2:13-16)

Y Santiago escribió:

Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. (Santiago 3:2)

Cómo evitar los escándalos en la actualidad

Es imposible vivir una vida sincera, expresar nuestras convicciones, sin ofender a alguien. Deberíamos formar nuestro juicio de una persona, no tan sólo por sus amigos, sino por el carácter de aquellos que hablan mal de él. Su opinión al respecto puede ser una alabanza para él, en realidad.

Al igual que Jesús, debemos tener una convicción moral y religiosa y el valor de oponemos al mal cuando lo exige la ocasión. Y, al igual que Pablo, tenemos que sentimos libres, en nuestra propia vida religiosa y moral, de obrar según nuestras creencias. Debemos mantener bien alto nuestra propia antorcha y no andar en la sombra de las opiniones y los prejuicios de nuestros semejantes. Sin embargo, lo mismo que Jesús y todas las otras grandes figuras del Nuevo Testamento, no debemos, como cristianos, vivir nuestra religión en una torre de marfil. Los derechos y los sentimientos de los demás, y la influencia de nuestra vida y de nuestros pensamientos sobre ellos, deben también guiar nuestra vida moral y religiosa. La libertad personal y la responsabilidad social deben, cada una de ellas, recibir lo que les pertenece si es que de verdad somos discípulos de Cristo. Las enseñanzas y el Espíritu del Salvador nos incitan a obrar de esta manera.

Demos unos cuantos ejemplos de la manera en que podemos evitar el escandalizar inútilmente a nuestros semejantes en nuestra vida religiosa.

1. Deberíamos enseñar y predicar teniendo en cuenta el carácter y la educación de nuestros alumnos o de nuestros oyentes. El presidente McKay me dijo, hace unos años, en una conversación privada: “Acuérdese usted de que las palabras no tienen tanto significado como lo que pueden sugerir.” Nuestras palabras, siempre son interpretadas, no a la luz de lo que estábamos pensando cuando las pronunciamos, sino según los pensamientos de la persona que las escuchaba. Esto quiere decir que debemos acercarnos a la gente tal como son, y luego, a partir de ahí, conducirlos hacia una mejor comprensión de los principios del evangelio, hablando a los laicos el lenguaje de los laicos, y a los niños el lenguaje de los niños. Esto significa que todas nuestras palabras deben tener por motivo el edificar la fe y la vida de los que nos escuchan.

2. En la vida cotidiana, debemos tener en cuenta la naturaleza y la educación de los demás, para evitar el escandalizarlos por negligencia o por descuido. Debemos ser más considerados con los sentimientos de ciertos grupos raciales que estén en minoría entre nosotros. Generalmente, merecen más de lo que creemos nuestro respeto y nuestra admiración. Por otro lado, se les ha ofendido tantas veces que viven a la defensiva, y sus sentimientos pueden herirse con facilidad. Debemos, por ende, ir doblemente con cuidado, y por otro lado, quién sabe si en otros países no nos veríamos nosotros en minoría y resentiríamos quizás bromas que se nos habrían podido hacer sin mala intención. A los negros, por ejemplo, no les gusta mucho que se les llame así. Prefieren que se les llame morenos, o bien gente de color. Y se enfadan fácilmente cuando se hacen bromas con sus características raciales, bromas que debemos evitar si tenemos el más mínimo respeto cristiano por sus sentimientos. Igualmente, los españoles no son “cachupines” o “gallegos,” ni los estadounidenses son “gringos,” ni los franceses “franchutes,” sino que todos los pueblos del mundo, sean cuales fueren, tienen sus nombres legítimos, aceptables y normales. Llamarles usando motes o apodos que generalmente tienen un deje despectivo, es apartarles de la fe que profesamos y degradamos a nosotros mismos al creer que son menos que nuestros otros hermanos, hijo como todos del Padre Celestial.

Incluso los niños se dan cuenta de las diferencias de clase que establecen los padres, y son el reflejo de los prejuicios de los adultos. De qué barrio de la ciudad provienen, qué clase de casas tienen, el acento de provincias que pueden poseer. Todo ello es muy importante para los niños, que lo han aprendido de sus mayores, y que con la memoria de su tierna edad no han olvidado una observación hecha al descuido por el padre o por la madre. Nosotros, como Santos de los Últimos Días, no deberíamos hablar nunca mal de nadie, ni catalogar a la gente como se hace con libros o cosas inanimadas.

Recuerdo siempre con placer los consejos que una señora muy rica dio a su hija, estudiante en una de nuestras grandes universidades, que compartía su habitación con otra señorita de condición más modesta. Le decía la madre: “Te aconsejo que mires de restringir considerablemente tus gastos para que tu compañera no se sienta molesta, y sea de menos al vivir contigo.” Una excelente aplicación del cristianismo a la vida económica.

Cuanto más estudio tiene una persona, más debería ser humilde, y tratar de penetrar en el corazón y en el alma de los que la rodean y hacerles beneficiar de sus conocimientos. Mayores son los talentos de alguien, menos debería éste ponerlos en evidencia a fin de que la gente menos afortunada no se sintiera envidiosa o se sintiese poca cosa ante su superioridad, sino que pudiesen sacar provecho de sus talentos. El evangelio de Jesucristo quiere que sintamos respeto por las diferencias individuales, tolerancia para con las debilidades de otros, y respeto del valor intrínseco y la dignidad de cada individuo. Nuestra libertad—y a veces nuestro orgullo—no nos permiten herir los sentimientos de nuestros semejantes, sea cual fuere nuestra raza, nuestro color o nuestra fe. Nuestro deseo es propagar la paz, la buena voluntad y la fraternidad entre los hombres.

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