Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 10
“NACER DEL AGUA”

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. (Juan 3:3)

Nicodemo, principal entre los judíos, vino de noche a Jesús porque sabía que había venido como “Maestro de la parte de Dios.” Se sorprendió mucho cuando el Maestro le dijo que para tener la vida eterna le era preciso nacer de nuevo. Tomando sus palabras a la letra, replicó:

¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. (Juan 3:4, 5)

Todos los misioneros de los Santos de los Ultimos Días han usado este pasaje para probar que el bautismo y el don del Espíritu Santo son requisitos indispensables para ser miembros de la Iglesia de Cristo. Y realmente, estas ordenanzas son esenciales: bautismo por inmersión y la imposición de manos para recibir el don del Espíritu Santo de aquellos que tienen la autoridad necesaria. Esto es evidente si uno se toma la molestia de considerar todos los pasajes del Nuevo Testamento concernientes al asunto.

A veces, sin embargo, a pesar de que insistimos en la necesidad de estas ordenanzas del evangelio, nos olvidamos de considerar todo lo que significan. Debemos considerar el significado de esta frase de Cristo: “El que no naciere otra vez”. El bautismo es mucho más que una ceremonia por sí sola. Es el signo exterior de algo que tiene, lugar en la vida interior de una persona. Forma parte integrante del proceso completo que hace que una persona se convierta en discípula de Cristo y lo continué siendo.

El significado del bautismo de Cristo

Mateo nos dice que, cuando Jesús fué a presentarse a Juan para ser bautizado por él,

. . . Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. (Mateo 3:13-15)

Cuando pensamos en el bautismo simplemente como ordenanza del evangelio mediante la cual el interesado recibe la remisión de sus pecados y se le prepara para la confirmación y el don del Espíritu Santo, es difícil comprender porqué el Señor tuvo necesidad de bautizarse. La respuesta que siempre se da es la siguiente: Cristo no tenía necesidad de la remisión de pecados. Se hizo bautizar para que no tuviéramos excusa ninguna para no serlo nosotros mismos, y también para damos un ejemplo de obediencia a la voluntad del Padre. Cristo obedeció los mandamientos del Padre, y por este mismo acto, nos mostró el ejemplo que debíamos seguir. Pero su bautismo significaba más que esto todavía. No era tan sólo por causa de nosotros que lo recibió, sino también por la suya propia. Es Nefi que nos hace saber que Jesús quiso ser bautizado porque lo necesitaba, al mismo tiempo que nos señalaba el camino a seguir. Pregunta Nefi:

Y ahora, quisiera preguntaros, amados hermanos míos, ¿cómo cumplió el Cordero de Dios con toda justicia bautizándose en el agua? (2 Nefi 31:6)

Y da la respuesta a su propia pregunta:

¿ Acaso no sabéis que era santo ? Mas no obstante su santidad, él muestra a los hijos de los hombres que, según la carne, se humilla ante el Padre, testificándole que le sería obediente en la observancia de sus mandamientos. (2 Nefi 31:7)

Y dijo a los hijos de los hombres: Seguidme, por tanto, mis amados hermanos, ¿podemos seguir a Jesús, a menos que estemos dispuestos a guardar los mandamientos del Padre? (2 Nefi 31:10)

“Cumplir con toda justicia” significa hacer la voluntad del Padre. Indudablemente su voluntad es justa y abarca todo lo que es justo. Cristo quería bautizarse, para dar testimonio por sí mismo al Padre y a toda la humanidad que estaba dispuesto a hacer la voluntad de su Padre Eterno. Este fué el supremo propósito de su vida y de su muerte.

El significado de nuestro bautismo

El bautismo debería significar más, para nosotros, que la remisión de pecados, nuestra entrada en la Iglesia y el don del Espíritu Santo. Todas estas cosas son importantes, cierto, pero tan sólo representan la mitad de lo que realmente significa el bautismo. Estas son las cosas que recibimos de Dios, si participamos de ellas dignamente. La otra mitad de lo que representa el bautismo es lo que contribuimos. En el bautismo, no recibimos beneficios espirituales, a menos que también demos algo de nuestra parte. Nuestro bautismo por sí mismo no es eficaz a menos que Jesús nos enseñó a vivir. Esta enseñanza la encontramos de forma más clara en el Libro de Mormón que en la Biblia.

Así pues, amados hermanos míos, sé que si seguís al Hijo con íntegro propósito de corazón, sin acción hipócrita o engaño ante Dios, sino con verdadera intención, arrepintiéndoos de vuestros pecados, testificando al Padre que deseáis tomar sobre vosotros el nombre de Cristo por medio del bautismo, sí, siguiendo a vuestro Señor y Salvador al agua, según su palabra, he aquí, entonces recibiréis al Espíritu Santo; sí, entonces sigue el bautismo de fuego y del Espíritu Santo; y entonces podréis hablar en lenguas de ángeles y prorrumpir en alabanzas al Santo de Israel. (2 Nefi 31:13)

Pablo habla de nuestro nuevo nacimiento a través del bautismo, sirviéndose del símbolo de la muerte y de la resurrección: enterramos al hombre viejo (el pecador) en las aguas del bautismo y resucitamos a una nueva vida espiritual.

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fué crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido mustificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. (Romanos 6:1-13)

Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. (Colosenses 2:12) (Léase también Colosenses 2:6-17)

Alma, el padre, nos hace quizás la más hermosa declaración concerniente al significado de la expresión “nacer del agua”. Hablaba a doscientas cuatro personas que habían pedido el bautismo, y les dijo:

… Y ya que deseáis entrar en el rebaño de Dios y ser llamados su pueblo, y^ sobrellevar mutuamente el peso de vuestras cargas para que sean ligeras; sí, y si estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y consolar a los que necesitan consuelo, y ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas, y todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte, para que seáis redimidos por Dios, y seáis contados con los de la primera resurrección, para que tengáis vida eterna—Dígoos ahora que si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis hecho convenio con él de servirle y obedecer sus mandamientos, para que pueda derramar su Espíritu más abundantemente sobre vosotros ? (Mosíah 18:8-10)

El simple acto del bautismo, por más que sea el de inmersión y administrado por una persona que posee la autoridad necesaria, no salva a nadie y no prepara a nadie para entrar en el reino de los cielos. El bautismo puede salvarnos del pecado, el bautismo puede prepararnos para entrar en el reino de los cielos—cuando está administrado en la debida forma—cuando este bautismo es también el testimonio exterior de un nacimiento espiritual. Porque sin fe en el Señor Jesucristo, y sin arrepentimiento de todo aquello que es incompatible con esta misma fe, y sin dar testimonio de Dios “a todo tiempo y en todas las cosas y en todo lugar”, nuestro bautismo es vano. Recibir nuestro bautismo sin arrepentimiento equivale a depositar nuestra fe en obras muertas. (Véase Moroni 8:10, 22, 23)

Es verdad que el bautismo es la puerta que da a una nueva vida más abundante, una vida cristiana, y, al mismo tiempo, es un testimonio de nuestra fe, de nuestro arrepentimiento y de nuestro gran deseo de nacer de nuevo espiritualmente, de andar, no según nuestros propios deseos, sino en armonía con la voluntad del Señor con respecto a nosotros. Una sola frase de las Doctrinas y Convenios describe el género de nuevo nacimiento que debe tener lugar en nosotros si el bautismo debe obtenemos la remisión de pecados:

Además, por vía de mandamiento a la iglesia concerniente al bautismo: Todos los que se humillen ante Dios, y deseen bautizarse, y vengan con corazones quebrantados y con espíritus contritos, testificando ante la iglesia que se han arrepentido verdaderamente de todos sus pecados y que están listos para tomar sobre sí el nombre de Jesucristo, con la determinación de servirle hasta el fin, y verdaderamente manifiestan por sus obras que han recibido el Espíritu de Cristo para la remisión de sus pecados, serán recibidos en su iglesia por el bautismo. (Doctrinas y Convenios 20:37)

En esta lección hemos intentado mostrar que la ordenanza del bautismo, cuando se la administra en la forma que es debida, es eficaz únicamente si y cuando la persona nace a una nueva vida por la fe en Cristo. Esta relación entre la vida espiritual de una persona y la ordenanza del bautismo también podemos aclarar un poco más comparándola con el matrimonio.

En nuestra forma de sociedad, un hombre y una mujer no se casan sin celebrar una ceremonia, realizada por una persona que tiene la autoridad para administrarla. Poco importa el tiempo que haga que se conocen o lo mucho que se amen, no pueden casarse sin esta ceremonia, al igual que una persona no se hace miembro de la Iglesia sin el bautismo. Ahora bien, a pesar de que dos personas estén casadas en la debida forma, de acuerdo con las leyes del país e incluso de la Iglesia, si no aportan la amistad, el amor y el deseo sincero de que su matrimonio sea un éxito, de poco sirve la ceremonia. No es la ceremonia del casamiento que hace que un matrimonio sea un éxito. ¿Qué resultado va a tener un matrimonio que no posea las cualidades mencionadas más arriba? El bautismo sin la fe en el Señor Jesús es una farsa tan desprovista de sentido como una ceremonia de casamiento sin estima mutua y sin amor.

El bautismo de los niños

Si el bautismo es el testimonio de un nuevo nacimiento espiritual, ¿por qué bautizamos a los niños a la edad de ocho años? Esta pregunta casi siempre acompaña una discusión concerniente al bautismo. Es un mandamiento del Señor que los niños, cuando han nacido de padres que pertenecen a la fe y que éstos les han enseñado los principios del evangelio, sean bautizados. (Léase Doctrinas y Convenios 68:27)

Este orden de cosas ha sido establecido prudentemente. Un niño de ocho años posee grandes capacidades para poder llegar a ser un discípulo de Jesucristo; tiene fe y confianza; es pronto para el perdón; está deseoso de conocer a Dios y sus mandamientos; y posee la humildad de la infancia. Se encuentra en una buena disposición de espíritu para aprender a hacer lo que Jesús nos ha enseñado. Si el bautismo significara la vida cristiana completa, ¿ quién estaría listo jamás para recibirlo? Y también, además, es muy importante el hecho de pertenecer a la Iglesia, de serle leal, y de empezar a tener responsabilidades durante nuestra más tierna edad. Acordémonos, sin embargo, que incluso para un niño, no sirve de nada depositar nuestra fe en obras muertas. Es preciso que crea en Jesús, que le ame, y que desee seguirle antes de su bautismo.

Cómo llegar a ser hijos de Dios

Todos los hombres son hijos de Dios, porque él es el Padre de nuestros espíritus. Esto, en tanto que sepamos, es una expresión de su divina gracia. Las Escrituras mencionan también el hecho de que podemos llegar a ser hijos de Dios por medio de nuestra fe en Cristo, o, en otras palabras, hijos de Dios en el sentido de que merecemos parentezco con él. Juan lo dice de esta manera:

“Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron dióles poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre.” (Juan 1:11-12)

El rey Benjamín expresa la misma idea relacionándola con Jesucristo. Sus palabras están en armonía con el concepto de un nuevo nacimiento, al cual el verdadero bautismo puede conducir:

Ahora pues, a causa de la alianza que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de él, porque he aquí, hoy os ha engendrado él éspiritualmente; pues decís que vuestros corazones han cambiado por la fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de él y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas. (Mosíah 5:7)

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