Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 24
LA MANSEDUMBRE

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. (Mateo 5:5)

Lo que la mansedumbre implica

“Bienaventurados los mansos,” he aquí la bienaventuranza menos comprendida de todas. Para la mayoría de la gente, la mansedumbre implica una cierta moción de debilidad y de pasividad. Tal interpretación es absolutamente gratuita y no hay nada en realidad que la cimente. Si bien Jesucristo era “manso y humilde de corazón,” nadie ha podido igualarle en su fe, su entereza moral, su amor de la verdad, su desarrollo mental, y su capacidad de soportar las penas y el sufrimiento. La mansedumbre no es sinónimo de debilidad, ciertamente.

Sin embargo, podemos comparar la mansedumbre a la humildad, con más probabilidades de acercamos a la verdad. Como es la tercera bienaventuranza, según el orden en que Jesús mismo las colocó, presupone e incluye la humildad como virtud primordial. Sin humildad, no hay lugar para la mansedumbre. No obstante, esta tercera bienaventuranza debe ser en algo diferente de la que propugna la humildad, de otro modo, ¿por qué le habría dado el Salvador un lugar aparte, bien particular, entre las otras virtudes fundamentales? Veamos si es que no podemos descubrir ciertos significados especificativos a los cuales el Salvador asoció la idea de mansedumbre. Si bien, no poseemos la respuesta precisa, podemos, cuando menos, sugerir ciertas ideas.

La palabra manso está estrechamente emparentada con los vocablos apacibilidad y tranquilidad. Las personas mansas son aquellas que no son arrogantes, altaneras u orgullosas ni guardan celosamente sus propios derechos y prerrogativas. No se ofenden fácilmente ni se preocupan demasiado de sí mismas. Los mansos viven en paz consigo mismos y, por consiguiente, su preocupación primordial nunca la constituyen ellos mismos. Nunca se inmiscuyen en controversias acaloradas, aunque retienen y hacen uso de su derecho a considerar las cosas de una manera objetiva. Henry G. King, en su libro “La Ética de Jesús,” indica que la mansedumbre consiste en el dominio de uno mismo desarrollado al grado máximo de progreso. El manso no se vuelve nunca envidioso, celoso, suspicaz o rencoroso, sino que bien al contrario prosigue con toda calma el curso de vida que a sí mismo se ha trazado en dirección de la rectitud y la verdad. Su propio yo, bajo control, hace posible la existencia de su “hambre y sed de justicia” y la de todas virtudes mencionadas en las bienaventuranzas que siguen a éstas.

Con estos breves comentarios sobre la naturaleza de la mansedumbre, pasemos ahora a considerar las enseñanzas del Nuevo Testamento que nos ayudarán a esclarecer de una manera más extensa el significado de la palabra que nos ocupa.

La mansedumbre en la persona de Cristo

Jesús nació de María, que era mansa y humilde de corazón. En el transcurso de su visita a su prima Elisabet, antes del nacimiento de Jesucristo, apreciando infinitamente el gran privilegio que se la había concedido, María entonó, un canto de acción de gracias:

Engrandece mi alma al Señor… Porque ha mirado la bajeza de su sierva;

… Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. (Lucas 1:46, 48,51, 52)

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre. . . . (Lucas 2:7)

Y se proclamó el nacimiento de Jesús, no con gran pompa ni tampoco con ceremonias aparatosas, sino con

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! (Lucas 2:14)

El Salvador no hizo su advenimiento en todo el esplendor mesiánico que las tradiciones rabínicas habían hecho anticipar al pueblo judío. No se ensalzó a sí mismo ni se vanaglorió de su poder ante los hombres. Nadie pudo nunca persuadirle a obrar un milagro como señal de su poder o de su divinidad. Curaba a las gentes por compasión, y no para complacer su propia satisfacción personal. Con frecuencia instaba a aquellos que había curado que no contasen a nadie lo sucedido. (Véase Mateo 8:1-4)

El hecho de que no era egocéntrico en sus pensamientos y en sus intentos, lo hallamos hermosamente demostrado en un incidente que aconteció en Samaría. Había enviado mensajeros a una aldea cercana para que preparasen su llegada, pero los habitantes de la aldea rehusaron acogerle.

Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? Entonces volviéndose él, los reprendió,… y se fueron a otra aldea. (Lucas 9:54-56)

Cuando pensamos en los métodos que usaba, ciertamente que no nos imaginamos a un dictador, el brazo en alto, la barbilla firme, los ojos fijos como envidiados, el pecho lleno de decoraciones de todas clases, y rodeado constantemente por una nube de subordinados simiescos. Cuando predicaba, sus palabras eran dulces y sus maneras tan apacibles que invitaban a seguirle incondicionalmente.

Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar… porque mi yugo es fácil y ligera mi carga. (Mateo 11:27-30)

Su entrada final en Jerusalén no tuvo nada de ostentosa. “Decid a la hija de Sion: He aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno. . . .” S. Mateo 21:5)

Durante todo el tiempo que duraron su juicio y su crucifixión, el Señor dio pruebas del más completo dominio de sí mismo. No protestó de los malos tratos que le infligieron, ni mintió, ni se dejó arrebatar por la ira o por la tentación de jactarse de su fortaleza de ánimo en aquellos duros momentos. Con la mayor dignidad y la mayor resolución, se enfrentó con aquellos en cuyas manos el traidor Judas le había entregado: el sumo sacerdote, Pilatos y la multitud cegada por la furia. Incluso en los instantes cruciales de su agonía, manifestó de manera sublime la lealtad que le unía al Padre: “Hágase tu voluntad, y no la mía.”

Las enseñanzas de los discípulos

1. Pablo sabía lo que implicaba el don de mansedumbre, porque ésta era la principal y decisiva virtud que su fe en Cristo y el don del Espíritu Santo había hecho nacer en él. Desde el día de su conversión en adelante se glorió, no ya en sí mismo, sino en la obra del Señor y en el bienestar de los demás.

Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradamos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí. (Romanos 15:1-3)

Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. (Efesios 4:1-3)

Así que le envío con mayor solicitud, para que al verle de nuevo, os gocéis, y yo esté con menos tristeza. (Filipenses 2:28)

Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien Dios alaba. (2 Corintios 10:18)

El dominio de uno mismo y el desvelo por el bienestar de los demás ejercidos bajo la influencia del Espíritu de Cristo podría decirse que constituyen el resumen del aspecto práctico de la religión que Pablo propugnó. Constituyen asimismo los fundamentos de la mansedumbre cristiana.

2. Santiago, en aquel capítulo tan interesante que escribió referente al dominio que deberíamos ejercer sobre nuestra lengua, nos ha dejado este hermoso pasaje sobre la mansedumbre que “proviene de lo alto.”

¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muéstrese por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz. (Santiago 3:12-18)

En qué manera podemos ejercer la mansedumbre en nuestra vida cotidiana

En la época actual necesitamos, más que nunca, la fuerza que proporciona la mansedumbre. El hecho de que ésta nos falta es la causa de muchos conflictos sociales y personales. Cuando los hombres luchan entre sí, no hacen sino aumentar la confusión que reina ya en sus propios problemas, al propio tiempo que dañan a los demás. Un padre altanero y que es poco dueño de sí mismo, es incapaz de poder respetar la personalidad de sus hijos; es de todo punto imposible que el objetivo principal de sus actos sea la felicidad y el bienestar de sus hijos. Es imposible que este hombre pueda satisfacer a la vez su ambición personal y la causa que tiene el deber de propugnar. “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” Parafraseando las palabras del Salvador, nadie puede servir a su propio orgullo y cualquier otra causa al mismo tiempo. Tan sólo los mansos—aquellos que no son orgullosos ni están dominados por la ambición de lograr su propio bienestar—pueden darse con entera libertad al servicio de Dios y de sus semejantes, al servicio de la justicia y de la verdad. Los orgullosos tienen que luchar entre dos ideas opuestas. Sin el don de la mansedumbre, el hombre perderá “su propia alma” y no alcanzará a realizar las esperanzas que sus semejantes han depositado en él.

Los psicólogos y psiquiatras hablan mucho últimamente de la “madurez emotiva,” que parece es una condición esencial para el éxito de los matrimonios y la vida familiar en general y al mismo tiempo sinónimo de buena salud mental. Es bastante difícil de definir este término de “madurez emocional.” Es todo lo contrario de la puerilidad. Jesús nos exhortó a ser puros y dóciles como niños. Sin duda lo que quería decir era que imitásemos estas virtudes que -poseen los niños, y no que fuésemos pueriles. Porque un niño es humilde y perdona fácilmente, pero en cambio es egoísta y no sabe dominarse a sí mismo. Dice más a menudo: “Yo,” “mí,” “mis cosas,” que “vosotros,” “nosotros,” “vuestras cosas.” A causa de su poca paciencia, su humor no es siempre constante. Tiene dificultad en dejar para más tarde el placer que un momento determinado puede depararle—un cucurucho de helado, una sesión de cine—por un bien mayor, un gozo más duradero que otros pueden proporcionarle en aquel preciso instante.

Las gentes que gozan de esta “madurez emotiva” son dueños de sí mismos. Pueden resignarse a cambiar sus deseos personales con el propósito de servir un interés superior. De igual modo, pueden decir un “no” enfático a aquellas cosas que aportan una satisfacción momentánea, pero que más tarde, a la larga, constituyen una causa de preocupaciones. Y de la misma manera pueden también decir “sí” a las cosas que de momento parecen difíciles de obtener, pero que a la larga resultan dar un buen rendimiento. Fuera de ellos mismos y de nuestro pequeño mundo egocéntrico, estas personas son capaces de encontrar intereses superiores a los cuales darse enteramente. Les es fácil amar al prójimo y perseverar en una causa justa. La crítica mal intencionada no puede tocarles muy profundamente, y no se toman a sí mismos demasiado en serio.

Esta “madurez emotiva,” tan importante en sociología moderna, psicología y psiquiatría, no es ni más ni menos que el antiguo y siempre nuevo principio cristiano de la mansedumbre. La ciencia ha llegado a descubrir la naturaleza y la importancia de la “madurez emotiva” observando cuidadosamente la naturaleza humana, en especial las personas que tienen dificultad en tomar sobre sí el yugo de la sociedad. La importancia de la mansedumbre en las relaciones se hace sentir también de manera muy patente en aquellos casos en que brilla totalmente por su ausencia. Cuando uno conduce un automóvil, a menudo tiene ocasión de ofenderse a causa del poco cuidado o la descortés violación del código de carreteras por parte de otro conductor. Cuando hay uno que conduce su coche sobre las líneas que separan un lado de la carretera del otro, uno que insiste en tener sus derechos respetados continuará conduciendo sobre su lado sin apartarse, hasta que los dos inevitablemente acabarán por chocar. Una persona que posea la virtud de la mansedumbre, lo que hará será ponerse en la división de su derecha y aún dará gracias por haber podido salvar su vida.

Hay ocasiones en las que podemos y debemos censurar el mal, combatir la injusticia, desmentir las afirmaciones de un adversario. Jesús lo hizo también. Pero hay quizás muchas más ocasiones en las que nuestro deber sería mostramos humildes, benignos, tolerantes, compasivos; ocasiones en las que debemos conceder a la gente el principio de no considerarles culpables hasta que todas las pruebas se hayan acumulado de que no son inocentes; ocasiones en las que deberíamos olvidarnos de nuestro orgullo, dedicando toda nuestra atención a la verdad y la ayuda al prójimo. Esta era la manera de Jesús. El evangelio de Jesucristo, si lo practicamos en nuestras vidas, puede volvemos mansos. La fe en Cristo, el arrepentimiento y el bautismo sinceros aportan la mansedumbre y la humildad de corazón; “y por motivo de la mansedumbre-y la humildad de corazón, viene la visitación del Espíritu Santo, el Consolador que llena de esperanza y de amor perfecto….” (Moroni 8:26)

Todos hemos tenido el privilegio de conocer a Santos de los Últimos Días que poseían el espíritu de mansedumbre en grado sumo, y lo aplicaban en sus vidas con todo su vigor y fortaleza. Dos jóvenes misioneros que acababan de volver de la misión tuvieron una vez el privilegio de charlar durante una hora entera con el difunto apóstol Alonzo A. Hinckley. Como hacía pocos días que volvían del campo misionero y poseían cierta experiencia en la preparación de misioneros para el trabajo en las misiones extranjeras, élder Hinckley les invitó a presentar algunas sugestiones que quizás fuesen interesantes para la preparación de futuros misioneros en la Casa de la Misión.

Una de las sugestiones que los jóvenes élderes hicieron fue que los misioneros se dividieran en dos grupos de estudio—uno compuesto de los que más supiesen de las doctrinas de la Iglesia, y el otro de los que menos conocimiento tuvieran. Habían preparado incluso una lista de tópicos que podrían estudiarse en cada uno de ambos grupos. El élder Hinckley, después de haber dado una ojeada a los papeles que le habían tendido los dos misioneros, cuando llegó al tema de la revelación les dijo: “Pónganme en el grupo de los principiantes.” El hombre que había pronunciado estas palabras era apóstol y su vida espiritual era tan rica como fuese de desear, y aun así era tan manso y tan humilde como para creer que su lugar sería con los que poseían menos conocimiento que los demás. Sin saberlo, dio una lección muy profunda a aquellos misioneros, que comprendieron y nunca jamás en su vida olvidaron lo que era la humildad, representada para ellos por un gran hombre que, sin embargo, tenía el espíritu de un niño.

Cierta vez un obispo tuvo que hacer una entrevista de un grupo de muchachos que habían acudido a su oficina con el propósito de prepararse para avanzar del oficio de diácono al de maestro. Todos menos un muchacho estaban ansiosos por recibir el honor de ser ya maestros. El chico en cuestión hacía ya seis meses que había pasado la edad en que hubieran debido ordenarle como maestro, pero no había dicho nada de ello al obispo. Cuando el obispo se enteró de su edad, se excusó ante el muchacho por no haberse cuidado de ir adelante con su ordenación mucho antes y le felicitó por su celo en cumplir fielmente con los deberes que como diácono le incumbían sin sentirse ofendido por el hecho de no haber progresado en el sacerdocio “cuando era su tumo.”

Elías S. Woodruff fue un hombre lleno de mansedumbre. Cuando le llamaron a servir como obispo, nunca se pavoneó del trabajo que hacía. Al contrario, de una manera callada y diligente, se dedicó por entero a ayudar a los demás. Muchos muchachos descarriados se encontraron de nuevo en el camino recto gracias a sus consejos. Cuando se trataba de discutir cualquier asunto con el sacerdocio del barrio, siempre ponía un cuidado especial en presentar los hechos escuetos para la consideración de los miembros, reservando para última hora su opinión personal sobre el modo de solucionarlos. Tanto el diácono como el sumo sacerdote, el miembro rico e influyente en el estado recibían la misma deferencia por parte del obispo Woodruff, cuyo silente intento era el de llevar a cabo los propósitos del Señor en las vidas de los miembros de su barrio.

Cualquiera que conoció en vida a Don B. Colton, conoció a la mansedumbre personificada. Hombre avezado en política, versado en leyes, firme en sus convicciones morales y religiosas, nadie le oyó nunca alzar la voz para alabarse, o demostrar arrogancia. Su habla era suave, sus maneras apacibles, y poseía demasiado buen humor para tomarse a sí mismo demasiado en serio. Y por ello, podía ser un ideal que su familia veneraba, un administrador honorado de los bienes públicos, y un enérgico testigo de la divinidad de Cristo y su evangelio. Para él las bienaventuranzas no estaban escritas únicamente en el capítulo quinto de Mateo, sino también en “las tablas de carne de su corazón…

Un antiguo filósofo chino llamado Lao Tsé, enseño la humildad y la mansedumbre usando términos muy expresivos:

El hombre, cuando está vivo, es blando y tierno; cuando está muerto se vuelve duro y recio. Todos los animales y plantas, mientras tienen vida, son tiernos y frágiles; cuando están muertos, se resecan y se vuelven macilentos. Es por esta razón que está escrito: todo lo que es duro y recio pertenece a la muerte; todo lo que es blando y tierno pertenece a la vida. Es la razón por la cual los soldados, cuando son demasiado duros, no pueden ganar la batalla; por ello también el árbol que es demasiado recio se rompe con más facilidad. La situación de los fuertes y de los grandes de este mundo es inferior, y la situación de los débiles y de los tiernos está muy elevada. (Bible of the World, compilada por Ballou, pág. 503)

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