Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 1

LA PERSPECTIVA
DEL NUEVO TESTAMENTO

Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. (Juan 5:39)

¿Por qué estudiar el Nuevo Testamento?

Muchos miembros de la clase de Doctrina del Evangelio podrán pensar que ya están bien familiarizados con este pequeño libro que ha estado con nosotros desde el principio de nuestra historia. Pero aun cuando ya lo han estudiado en otros lugares y oca­siones, todavía hay suficientes y buenas razones para volver a estudiarlo este año. Mencionaremos algunas de dichas razones:

1. El contenido del Nuevo Testamento es cuantioso y variado. Abunda en detalles que se asocian íntimamente con la vida humana; nos revela la vida y cultura de pueblos antiguos; contiene hermosas expresiones literarias y presenta enseñanzas morales, religiosas y teológicas que son a la vez interesantes e inspiradoras. No importa cuántas veces lea uno el libro, jamás podrá captar ni retener su significado completo.

Además, cada vez que leemos un libro de tan rico contenido, y lo hacemos con un nuevo propósito, se convierte en obra nueva. Descubrimos en él cosas que en otras ocasiones habíamos pasado por alto. No es que las palabras del libro hayan cambiado, sino más bien se debe a que le aplicamos un nuevo punto de vista, un interés que ha nacido de la nueva experiencia que nuestra vida diaria nos va dando. El leer un libro es como ir de viaje. Uno puede visitar un país y pasar rápidamente por sus ciudades principales, visitando las atracciones turísticas más importantes en unos cuantos días, o puede visitar dicho país con un interés particular en el pueblo: su idioma, arte, religión, política, vida económica o su vida diaria. Cada vez que viajamos con un nuevo interés, aunque sea por el mismo territorio, vemos un mundo nuevo.

Lo mismo sucede con un libro bueno. Podemos leerlo y re­leerlo, y cada vez con un interés nuevo. Un sabio maestro dijo en cierta ocasión: “Un libro no debe leerse solamente. Escríbanse algunas preguntas que tengan que ver con la materia del libro. Entonces búsquense las respuestas según se lee. De esta manera se lee con cierto objeto, y de ello resultará mayor interés y significado.” Este año estudiaremos el Nuevo Testamento con un propósito único, vital y renovado para muchos de nosotros. Pro­curaremos hacer de él un libro “nuevo.” (Expondremos nuestro objeto en el Capítulo 2.)

2. La segunda razón para volver a estudiar el Nuevo Testamento es que cambiamos nuestras metas de un año para el otro. La vida es dinámica. Pasamos por épocas de tempestad y calma, alegría y tristeza, éxito y fracaso, paz y guerra, temor y esperanza. Surgen nuevas preguntas en nuestros pensamientos. Hacemos frente a la vida con nuevos temores y nuevas afirmaciones. Nos suceden cosas. Nos casamos, engendramos niños y los criamos. Llegamos a ser abuelos. Nuestros hijos son llamados a la guerra. Emprendemos negocios, compramos y vendemos. Un hombre nos defrauda o, en un momento de debilidad, defraudamos a otro. Compramos o alquilamos una casa y nos mudamos o otra vecin­dad. Llega a nuestra casa la radio y la televisión. Acepta­mos un nuevo cargo en la Iglesia. Todas estas cosas ensanchan nuestro punto de vista, hacen surgir preguntas y problemas, y nos hacen comprender la necesidad de una fe firme y de un medio o manera de reconocer lo bueno y lo malo.

El estudio que de la religión hicimos hace diez años, o hace cinco años o aun el año pasado no es suficiente. De modo que nos volvemos a uno de nuestros libros clásicos (el Nuevo Testamento) con la mente despejada, un corazón nuevo y una visión más amplia de lo que necesitamos saber. El libro no ha cambiado. Las ideas son las mismas, pero nosotros hemos cambiado. Como dijo el gran poeta alemán, Goethe, “Uno ve lo que lleva en su propio corazón.” Si a nuestro estudio del Nuevo Testamento este año traemos un juicio más maduro, humildad de espíritu, buen respeto por las opiniones de otros, más fe en Dios y el deseo de ser guiados por el Espíritu Santo en su interpretación, resultare­mos grandemente recompensados. Nuestro estudio de este libro antiguo será vivificante y productivo.

3. La tercera razón para volver al Nuevo Testamento es que constituye la fuente más abundante de nuestro conocimiento de la vida y ministerio del Señor Jesucristo. Con excepción de algunos aditamentos selectos que se hallan en el libro de Tercer Nefi, solamente en el Nuevo Testamento podemos ver la vida de Cristo a través de los ojos de sus contemporáneos.

Es poco el tiempo de estudio que concedemos a la vida y enseñanzas del Salvador, aunque somos miembros de su Iglesia. Profesamos como el primer principio de nuestra religión “la fe en el Señor Jesucristo.” En medio de los problemas y afanes de la vida contemporánea, incluso aún la actividad en la Iglesia, se precisa que volvamos con más frecuencia y más pausadamente a la fuente de nuestra fe, a saber, el Señor Jesucristo. Necesitamos hacemos preguntas como éstas: Debido a nuestra fe en Cristo, ¿en qué tenemos fe? ¿Qué hacemos en la vida diaria por motivo de nuestra fe en Él? ¿Qué fueron para Cristo las cosas de impor­tancia mayor? ¿Qué son, para nosotros, las cosas de mayor valor?

Vivimos en un mundo que se halla gravemente enfermo porque rechaza en gran manera la fe, amor y sabiduría que Jesús le trajo. Fue restablecida la Iglesia a fin de que “también se aumente la fe en la tierra.” (D. y C. 1:21) No basta con que nosotros, los Santos de los Últimos Días, llevemos su nombre y hablemos acerca de su misión en términos teológicos. Necesitamos sentir diaria y profundamente el compañerismo de su Espíritu. Se pre­cisa expresarlo en nuestras relaciones como esposos y esposas y como padres e hijos; en el taller, la oficina, en los asuntos de la comunidad y la nación y en los problemas internacionales. Nos ha llamado para revelar al género humano el significado de la fe y vida cristianas. Los Santos de los Últimos Días son, sobre todo lo demás, cristianos. Tenemos la clase de doctrina que, de entenderse y cumplirse, permitiría al género humano ver y conocer el poder y realidad de la vida cristiana. Ese es nuestro llamamiento, convertir a los hijos de los hombres al verdadero evangelio del Señor Jesucristo. Únicamente cuando disfrutamos de este Espíritu de Cristo en nuestras propias vidas, y solamente lo conocemos a Él y sus enseñanzas, podemos cumplir con ese llamamiento.

El Nuevo Testamento con toda su diversidad de estilo, autores, personalidades y lo que parecen ser contradicciones, tiene un tema principal: la fe en Jesucristo y el amor por Él. Los apóstoles Pedro, Pablo, Santiago y Juan conocieron y amaron al mismo Señor. Cada uno, según su manera particular y profunda, relata sus enseñanzas, su persuasión, su exhortación a tener fe en Jesucristo porque esta­ban verdadera y profundamente convertidos al Salvador y su misión. Tal vez el estudio del Nuevo Testamento este año despertará y edificará en nosotros la fe cristiana, y nos ayudará a ser, como Pablo en la antigüedad, “nueva criatura en Cristo Jesús.”

Vista panorámica del Nuevo Testamento

El Nuevo Testamento será nuestro libro de texto este año. Aunque no vamos a estudiarlo libro por libro ni versículo por versículo, convendría que todo maestro y todo miembro de la clase lo lea completamente durante el año. Para facilitar esta lectura, detengámonos para darle un vistazo. No nos ocupare­mos en puntos controvertibles ni técnicos, sino haremos senci­llamente un breve bosquejo para hacer más interesante nuestra lectura.

Los Libros del Nuevo Testamento

Igual que el Antiguo Testamento, el Nuevo no es un libro, sino varios. Se compone de veintisiete libros, algunos de los cuales sumamente cortos. Cada uno de los libros fue escrito sepa­radamente, con un propósito determinado y probablemente sin pensar en que algún día llegaría a formar parte de una obra mayor. Por lo general, los libros del Nuevo Testamento se clasifican de la siguiente manera:

Los Evangelios

Mateo

Marcos

Lucas

Estos     tres se llaman los evangelios sinópticos, porque están dispuestos según el mismo orden, y cada uno de ellos narra la historia de la vida y ministerio de Cristo, desde su humilde origen hasta su resu­rrección triunfal. El de S. Mateo es el más sistemático, y el que da el Sermón del Monte en su totalidad; el de S. Marcos es el más corto; y el de S. Lucas se dis­tingue especialmente por sus parábolas y porque era aceptado así por los judíos como por los gentiles.

Juan

Este evangelio difiere de los otros tres porque da principio declarando hermosa­mente la posición de Cristo en la pre­existencia como Creador e Hijo de Dios, y en cada una de sus páginas hallamos apoyo para este tema. La narración de la vida de Cristo es de interés secundario porque para el autor lo primordial es su poder y gloria como Hijo de Dios. El lenguaje de Juan es hermoso, a veces simbólico, pero siempre reverente.

Los Hechos

Esta obra tiene por autor a Lucas, y es una continuación de su evangelio. Nos relata el crecimiento y desarrollo de la Iglesia Cristiana bajo la dirección de Pedro en Palestina (caps. 1 a 12), y bajo la dirección de Pablo entre los gentiles (caps. 13 a 28). Es una historia conmovedora, inspirada y triunfante, y nos revela de una manera clara el carácter de la Iglesia primitiva.

Las Epístolas de Pablo

I. A las Ramas de la Iglesia.

Primera y Segunda a los Tesalonicenses; Galatas;

Primera y Segunda a los Corintios;

Colosenses;

Efesios;

Filipenses;

Romanos.

Fueron escritas a determinadas ramas de la Iglesia para animar, reprender, corregir e instruir, de acuerdo con las noticias recibidas por Pabló y según la inspira­ción que recibía. La Epístola a los Roma­nos es la más sistemática y unificada. (Pablo todavía no conocía a Roma cuando escribió su epístola.)

II. A individuos (pastorales).

Primera y Segunda a Timoteo, Tito, Filemón.   

Las tres primeras contienen instrucciones a Timoteo y Tito respecto de sus deberes en el ministerio. La otra es una recomendación enviada por conducto de un siervo (Onésimo) a su amo (Filemón) de que entre ellos, y en su relación de amo y siervo, se manifestase el espíritu cristia­no.

A los Hebres (tradicionalmente atribuida a S. Pablo).

Esta es diferente a sus otras epístolas en estilo, lenguaje y objeto. Se escribió para alentar la fe en Cristo a fin de forta­lecer a los santos en la persecución que estaban sufriendo.

Epístolas Generales

Primera, y Segunda de S. Pedro, Judas, Santiago, Primera, Segunda y Tercera de Juan.

Estas cartas fueron escritas a la Iglesia en general, y su estilo y mensaje es muy variado. Cada una de ellas debe leerse como libro separado. La Epístola de Santia­go y Primera de Juan tienen aplicación especial a la vida religiosa en la actualidad.

Apocalipsis

Este libro es único en el Nuevo Testa­mento. Es simbólico y no siempre fácil de entender. Anima a los cristianos de toda época a resistir la persecución por medio de su fe triunfal en la victoria de Cristo y Dios sobre todos sus enemigos.

Formación del canon de las Escrituras

Los libros del Nuevo Testamento, escritos separadamente al principio, fueron gradualmente recopilados y empleados como nor­mas por los obispos en los primeros días de la Iglesia Cristiana. La formación de los escritos del Nuevo Testamento en un solo grupo principió hacia el fin del primer siglo. Durante el segundo siglo recibió un gran impulso porque estaban surgiendo las herejías en la Iglesia. Se descubrió que el mejor modo de hacerlas cesar era aplicarles la norma de las enseñanzas y escritos de los apóstoles y discípulos de Cristo. Se hicieron varias recopilaciones, que en el siglo  IV llegaron a tener la forma que hoy conocemos. En el año 367 se          autorizó el canon de Atanasio, y en el año 405 la Vulgata latina de Jerónimo. Sin embargo, los Santos de los Últimos Días no aceptan los libros apócrifos que se hallan en la Vulgata.

La Iglesia Cristiana de aquellos primeros siglos, teniendo como objeto acabar con las herejías, preservó el Nuevo Testamento para las generaciones futuras. Desgraciadamente, lo convirtió en un libro cerrado, afirmando que en él estaba comprendido todo cuanto Dios había de revelar, negando de esta manera el espíritu mismo de revelación profètica que lo había producido.

Nosotros, como Santos de los Últimos Días, junto con muchos protestantes, estamos agradecidos por estas Escrituras. Debe­mos llegar a conocerlo y amarlo por lo que es: un libro de mucho valor, aunque no constituye la revelación final de Dios y Cristo a los hombres.

Es el fruto, no la fuente de la Iglesia

Ni la Iglesia primitiva ni el evangelio de Cristo fueron esta­blecidos sobre un libro. El Nuevo Testamento no existía en los días de Jesús, Pedro y Pablo. Se enseñaba el evangelio de Cristo según los hombres eran inspirados por el Espíritu Santo, y la Iglesia quedó establecida por el mismo espíritu y en virtud de la autoridad de los hombres que tenían el sacerdocio y recibían la inspiración de Dios. El Nuevo Testamento no es la fuente del movimiento cristiano sino el fruto. Es una maravillosa relación del evangelio y la Iglesia de Cristo, pero a la vez, compendiada, breve y variada.

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