Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 35
EL PERDON

Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale.
Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día
volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale. (Lucas 17:3, 4)

Cristo perdonó generosamente

Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad. Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.

Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema. Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? Porqué, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa. (Mateo 9:1-6)

Jesús había recibido el poder de perdonar los pecados en esta tierra. Hizo uso de este poder en varias ocasiones, ante la consternación de los fariseos, el asombro de la multitud, y el gran gozo y consuelo del pecador. El incidente que hemos mencionado ya en un capítulo precedente, en el curso del cual Jesús perdonó a una pecadora porque había amado mucho, y le dijo luego: “Tu fe te ha salvado, ve en paz,” es uno de los más bellos y de los más interesantes. (Véase S. Lucas 37-50) Al perdonar a la gente, Jesús hacía algo más que provocar a los fariseos. Perdonaba a los hombres porque les amaba, y se compadecía de ellos. Y de los que le odiaban, que se burlaban de Él, que le escupieron en la cara, y que le clavaron en una cruz entre dos ladrones, dijo Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (S. Lucas 23:24)

Este caso nos hace ver el verdadero significado del perdón. La prueba por la que pasa nuestro sentimiento de perdón es la misma tanto con respecto a la clemencia como con respecto al amor. “Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? No hacen esto también los publícanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los gentiles?” (S. Mateo 5:46, 47)

Amar únicamente a los que nos aman puede que no sea amor en absoluto, sino sólo reciprocidad o un sentimiento de justicia. Perdonar a los que nos han pedido perdón y que han reparado sus faltas puede que no sea amor tampoco, y sí simplemente la satisfacción del vencedor cuyos derechos han sido al fin reconocidos. Pero amar a los que nos odian es la mejor prueba de nuestro interés altruista y de nuestra buena voluntad para con los demás. Perdonar a alguien que está lleno de odio y que no quiere arrepentirse es una prueba indiscutible de nuestro amor por él. Es la clase de amor que Cristo poseía. Suplicó al Padre que perdonara a la humanidad, incluso cuando estos estaban llenos de odio y cometían mala acción tras mala acción. Como ha quedado indicado en los capítulos 7 y 9, los pecadores no podían recibir completamente su perdón sin arrepentirse y sin aligerar su conciencia. Sin embargo, Cristo perdonó generosamente a los que le había tratado tan ignominiosamente.

La clemencia de Cristo no provenía solamente de su amor para con los hombres, sino también del hecho que había sufrido por ellos y con ellos. Conocía sus tentaciones. Podía justipreciar sus aflicciones y sus penas. Su vida, al igual que la de ellos, fue real, estuvo llena de alegrías y de tragedias. Se podía dar plena cuenta de las esperanzas y temores, debilidad y fuerza de los hombres. Vino a la tierra como Hijo de Dios, pero al mismo tiempo, nació de María, una madre mortal. La vida de los hombres no le era desconocida.

Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. (Hebreos 5:7-9)

Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos. (Hebreos 2:11)

La clemencia nace de la comprensión, de los sufrimientos, lo mismo que del amor. No podemos perdonar, en la verdadera acepción de la palabra, sin simpatía, sin compasión, sin conocimiento de causa y sin comprensión. Cristo perdonó generosamente porque comprendía a la humanidad, porque amaba mucho, y porque había sufrido por el hombre y con el hombre. El perdón, como el amor, está lleno de abnegación. Cuando es sincero, está exento de orgullo, de fatuidad y de egoísmo, y únicamente conoce la misericordia y el amor.

Jesús nos enseñó a perdonar

El perdón, bajo una forma u otra, constituye una parte importante del sermón del monte. La reconciliación que, de ordinario, acarrea consigo el perdón, es una condición que se requiere antes de que uno pueda estar en comunión con el Padre.

Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estáis con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante. (Mateo 5:23-26)

… Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. (Mateo 6:12, 14, 15)

La frase, tan a menudo citada, en la que el Señor aconsejó el presentar la otra mejilla al que nos hubiere herido en una, en otras palabras, el no ofrecer resistencia al mal, no quiere decir aceptar pasivamente los tormentos que nos inflijan. Significa vencer al mal con el bien. Y únicamente un corazón amante y clemente puede hacerlo.

Pero yo os digo; No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado no se lo rehúses. (Mateo 5:39-42. Léase hasta el fin del capítulo)

Consideremos la conversación que tuvo lugar entre Pedro y Jesús:

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete veces, sino aun setenta veces siete. (S. Mateo 18:21, 22)

Para dar un ejemplo del mandamiento que el Señor nos dio de perdonamos los unos a los otros, consideremos la parábola que nos dio, del servidor ingrato: un amo perdonó a un servidor suyo una deuda de 10.000 talentos en lugar de venderlo como a esclavo junto con su esposa e hijos para sufragar la deuda. Pero el mismo sirviente mandó a la cárcel a otro sirviente que le debía cien denarios, en lugar de ser misericordioso con él. Cuando su amo se enteró de lo que había hecho, dijo a su ingrato sirviente:

. . . Siervo malvado, toda aquella deuda te perdone, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas. (Mateo 18:32-35)

Los discípulos practicaron y enseñaron el perdón

La historia de Esteban, varón lleno de gracia y de virtud, tiene gran interés para nosotros, sobre todo en el pasaje en el que implora que el Señor perdone a sus verdugos, diciendo: “Señor, no les imputes este pecado.” (Léase Hechos, capítulo 7)

Pablo, en un hermoso pasaje de la epístola a los colosenses, les exhortó a perdonarse los unos a los otros, y les mostró la relación íntima que existe entre la clemencia, la misericordia y las otras virtudes, tales como la humildad, la bondad y la caridad.

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros, si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestidos de amor, que es el vínculo perfecto. (Col. 3: 12-14)

Escribió a los Efesios:

Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a. otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. (Efesios 4:31, 32)

Y a los gálatas:

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros y cumplid así la ley de Cristo. (Gálatas 6:1,2)

El perdón en su vida y en la mía

Siempre tenemos ocasiones para perdonar. La gente comete errores, sucumben a ciertas flaquezas, y nos ofenden todos los días, o poco menos. Nuestra vida moderna es nerviosa y agitada, nuestros nervios sufren continua presión y nuestra lengua es difícil de dominar y hiere fácilmente. Nuestra energía no está en relación con nuestra ambición, por ello pasamos la mayor parte de nuestro tiempo cerca de la fatiga total. Vivimos una vida rutinaria, en las oficinas, los talleres, o en nuestras propias casas.

Cristo nos enseñó a perdonar porque esto es una expresión de amor. Sin amor no podemos conocer a Dios, ni podemos pertenecer verdaderamente a su reino. Una revelación moderna confirma el antiguo mandamiento de perdonamos los unos a los otros:

Mis discípulos en los días antiguos, buscaron motivo el uno contra el otro, y no se perdonaron los unos a los otros en sus corazones; y por este mal fueron gravemente afligidos y castigados. Por lo tanto, os digo debéis perdonaros los unos a los otros; porque el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor; porque en él permanece el pecado mayor. Yo, el Señor, perdonaré al que quisiere perdonar, más a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres. (Doc. y Con. 64:8-10)

El perdonar es algo más que un mandamiento arbitrario. Como cualquier otro mandamiento, es un principio de vida creativa. Al igual que su virtud hermana, la misericordia, la clemencia trae bendiciones a la persona que perdona como a la que es el objeto del perdón.

El perdón aporta a la persona arrepentida una sensación de reposo espiritual, que es la culminación de su arrepentimiento. Ahora, se siente en paz consigo misma y está lista a recomenzar una nueva vida, libre de los lazos de la culpabilidad y del fracaso, libre de toda sensación de vergüenza, y se siente más cerca de sus semejantes y de Dios.

El perdón acarrea bendiciones igualmente a la persona que perdona: la libra de las cadenas del odio y le devuelve la libertad de amar. La vida es demasiado preciosa para malgastarla en rencores.

¿Debemos siempre perdonar? ¿Debemos perdonar al que no se arrepiente? He aquí lo que el Señor ha dicho al respecto:

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Más si no te oyere, toma aun contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. (Mateo 18:15-17)

Lo que quizás podemos hacer es omitir la forma exterior del perdón para con aquel que no se arrepiente, pero nada impide que perdonemos a esta persona en el interior de nuestro corazón. Podemos reprender a esta persona, regañarla por su propio bien, e incluso acusarla en la cara, si es necesario, pero debemos perdonarla en el fondo de nuestro corazón. Esto es lo que hizo Jesús, y lo que hizo Esteban.

¿Cómo podemos desarrollar un espíritu clemente?

El sentido común debe decimos que el no perdonar a los demás es una absoluta insensatez. La ausencia de clemencia en nuestra alma es un mal casi tan grave como él no arrepentirse del mal que se hace. El no perdonar no hace desaparecer la injuria.

Un espíritu de inclemencia es el producto del egoísmo. A veces es también una manera de echar la culpa a otros de los defectos que vemos existen en nosotros. Un antiguo adagio dice que “Comprender es perdonar, y el perdonar es divino.” Lo importante de la cuestión es comprender el punto de vista de otros; intentar comprender, con simpatía, las razones profundas de sus actos, de llegar hasta la causa de sus acciones. Perdonar también significa curar; es poner el dedo en la llaga, y curarla. Por lo tanto, el amor del prójimo es la fuerza motriz de nuestra clemencia por los demás. El origen de la clemencia es más profundo que la razón y el sentido común. La clemencia y la inclemencia reflejan un sentimiento y una actitud más bien que una manera de pensar. El hombre, para perdonar, debe cambiar sus sentimientos con respecto a la persona que es objeto de su perdón. Debe aceptarla y amarla; tiene que interesarse en su bienestar antes que pensar en el suyo propio. Una vida orientada hacia la felicidad de los demás debe estar llena del espíritu de perdón.

Jesucristo dio buen ejemplo de esta manera de ser. Empezar a amar como Él amó, tener misericordia como El la tuvo, interesarse en los demás como Él se interesó, y tenerle siempre a Él como ideal, mirando de guardar consigo a su Espíritu estas cosas crearán en nosotros una nueva manera de ser y nos harán más difícil el ofendernos y estaremos más prontos para el perdón.

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