Capítulo 21
LA SINCERIDAD
Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación. (1 Pedro 2:1-2)
“¡Hipócrita!”
Ningún grupo en Israel fue tan criticado por el Salvador de una manera tan severa como lo fueron los hipócritas. Incluso los publícanos que eran tan odiados en aquel tiempo, este grupo de judíos que recaudaban los impuestos de sus compatriotas por cuenta de los romanos, gozaron de la gran simpatía y benevolencia de Jesús. Escogió uno de ellos como apóstol (Mateo) y citó otro como ejemplo de humildad en una hermosa parábola (Lucas 18). Pero en ninguna parte encontramos una expresión de simpatía o de aprobación por el hipócrita. Sería instructivo repasar lo que el Salvador ha dicho concerniente a la hipocresía, considerar el sentido y la influencia que sus palabras pueden tener en nuestra vida.
Jesús criticó el hecho de que ciertas personas hacen muchas de sus acciones “para ser vistos de los hombres,” y nos pone en guardia contra una actitud parecida.
Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación. (Marcos 12:38-40)
Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. (Mateo 23:4-7)
En su Sermón del Monte, Jesús condenó enérgicamente el deseo demasiado humano de “ser vistos de los hombres,” sobre todo en los tres aspectos de la vida religiosa, las ofrendas, las oraciones y el ayuno.
Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. (Mateo 6:2)
Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. (Mateo 6:5)
Cuando ayunáis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. (Mateo 6:16)
Otra clase de hipocresía, un tanto diferente pero estrechamente relacionada con los ejemplos arriba citados, consiste en no conformar la conducta a las opiniones. Jesús observó esto en muchas personas, en infinidad de ocasiones.
A los fariseos que criticaban a los discípulos de Jesús porque comían pan sin lavarse las manos, les dijo: “Bien profetizó de vosotros Isaías, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (S. Marcos 7:6)
Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! .porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad. (Mateo 23:1-4, 25-28)
En cierta ocasión… los fariseos consultaron cómo le tomarían en alguna palabra,” y de una manera capciosa le dijeron:
Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? (Mateo 22:15-18)
El significado de la palabra hipócrita
La palabra hipócrita es la versión española de un vocablo griego que significa actor, el que finge un papel, y etimológicamente el actor que llevaba una máscara en el teatro griego para representar toda clase de papeles, incluso los femeninos, ya que no se permitían mujeres en la escena griega. Es por lo tanto alguien que asume una personalidad que no es la suya, ni presenta su verdadero yo a los demás. Su conducta estará, pues, llena de subterfugios, vanagloria, y de engaño y falsedad.
En la atmósfera artificial del teatro, sabemos que los actores fingen que son otras personas. Esto lo admitimos plausiblemente, ya que sabemos que no hay nada deshonesto o ilegítimo en representar personajes diferentes sobre una escena. Generalmente, los actores merecen nuestros aplausos por su trabajo. Pero en la vida cotidiana, tenemos derecho de esperar que la gente se muestre tal como es, que se comporte de una manera sincera y honrada.
La hipocresía es particularmente nociva en la religión; es de una composición sutil y no es fácil de reconocer. Se cubre bajo el manto del santo nombre de Dios, y esto añade la blasfemia al engaño propiamente dicho. La hipocresía trata de engañar a los hijos de Dios en las cosas más vitales para ellos y para El. Y sucede a menudo que el hipócrita acaba por creer en la realidad de su papel, y que su hipocresía constituye verdadera bondad.
Jesús no deseaba esto en la religión; quería una vida sincera y que los hombres fuesen francos para con el Padre, para con los demás hombres, y para consigo mismos, con pureza de corazón, con una convicción sincera. “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía,” dijo una vez a sus discípulos.
En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos, primeramente: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse. (Lucas 12:1-2)
Comportarse con unidad de propósito
Jesús escogió a Felipe para que fuese uno de los Doce, y Felipe fue a hablar del Salvador a Natanael, con el asombro y el entusiasmo que es de imaginar. “Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas, a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.”
Y Natanael, sencilla y francamente, le dijo: “¿De Nazaret puede venir algo bueno?” y Felipe repuso: “Ven y ve.”
Entonces Jesús hizo a Natanael un hermoso cumplido: “He aquí un verdadero israelita, en el cual no hay engaño.” (Léase Juan 1:43-47)
La palabra que en la versión Valera tenemos traducida como engaño, en el original griego, y en los tiempos clásicos parece ser que significaba señuelo. Ahora bien, el señuelo es algo que usan los pescadores para engañar a los peces. Detrás o debajo de la mosca o del gusano usados corno señuelo, se esconde el anzuelo que desgarrará las entrañas del pez que lo muerda. Un pescador, pues, tiene dolo, tiene engaño con relación a un pez. Natanael no tenía nada que esconder. Su vida era clara como un vaso de agua pura, honrada totalmente, y Jesús le hizo formar parte de sus doce apóstoles.
En el capítulo 6 de Mateo Jesús no tan sólo condena la hipocresía, sino que nos enseña la sinceridad. Lo esencial de la sinceridad es la pureza de intención, del propósito de nuestras acciones, de manera que la acción y el pensamiento no hacen más que uno. Nadie puede llamarse a engaño. La vida es honrada. Sed sinceros en vuestras dádivas.
Cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto te premiará. (S. Mateo 6:3-4)
Dad por el amor de la dádiva; dad libre, espontáneamente sin calcular el costo o la recompensa, si no dais enteramente, falta vosotros mismas, y hacéis la buena obra simplemente para ser alabados por los hombres y para gozaros en vuestra pretendida bondad.
Orad a Dios, y no a los hombres. Orad sencilla y sinceramente “… no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.” (S. Mateo 6:7)
Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. (Mateo 6:6)
El ayuno se presta fácilmente a la falta de sinceridad. Sin el verdadero deseo, uno ayuna por deber y por sentimiento del deber. Es fácil tratar de obtener con ello la simpatía o la admiración de otros. Y pronto el ayuno se convierte en una cuestión de la letra, pero no del espíritu. Para evitar esto, deberíamos seguir la amonestación del Salvador:
Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. (Mateo 6:17-18)
En una revelación moderna, se nos ha dicho que deberíamos ayunar con el mismo espíritu que Jesús dijo se debería ayunar en su Sermón del Monte.
Y en este día no harás ninguna otra cosa, sino preparar tus alimentos con sencillez de corazón, a fin de que tus ayunos sean perfectos, o, en otras palabras, que tu gozo sea cabal. He aquí, esto es ayunar y orar, o, en otras palabras, regocijar y orar. Y si hacéis estas cosas con acción de gracias, con corazones y semblantes alegres, no con mucha risa, porque esto es pecado, sino con corazones felices y semblantes alegres. (Doctrinas y Convenios 59: 13-15)
Si ayunásemos como se nos sugiere aquí, nuestro ayuno sería más verdadero, más religioso.
El significado y el valor de la sinceridad
La palabra sincero, tal como se usa en el Antiguo Testamento, es la traducción de varios vocablos hebreos que significan “perfecto, entero, completo y sencillo.” En el Nuevo Testamento, la palabra sincero es la traducción de una voz griega que significa “sin fraude, puro, verdadero, auténtico, sin mancilla, incorrupto.”
Una persona sincera habla, piensa y obra con todo su corazón, de una manera natural, espontánea, franca, sencilla y directa. Esta persona no tiene el defecto de mentir; no embellece ni exagera con la intención de engañar.
Confucio ha dejado escrito: “Sed sinceros y francos en todo lo que digáis y sinceramente honrados en todo lo que hagáis.” Llamaba la sinceridad la madre de todas las otras virtudes, y así, es con razón que, conjuntamente con Cristo, hace mayor hincapié que en cualquier otra cosa en esta cualidad capital. Sin ella, efectivamente, ¿qué otra virtud podría existir en la vida de una persona? ¿Es que acaso una persona que no es sincera puede ser honrada, misericordiosa, amante, humilde, pura de corazón y pacífica? ¿Por ventura tal persona puede hacer nunca muestra de buena voluntad?
Sin una buena medida de sinceridad, la vida moral de un individuo es imposible. Le es imposible vivir en paz consigo mismo o ser constante en sus relaciones con otros. Su vida se pierde en los dédalos de la mentira. Tengamos conmiseración del hombre que es incapaz de descubrir su alma y dominarla.
Los discípulos enseñan la sinceridad
Pablo:
Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros. Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Sí, pues, el incircunciso guardare las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la circuncisión eres transgresor de la ley. Pues no es judío el que lo es exterior-mente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios. (Romanos 2:21-29)
Santiago:
Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. (Sant. 3:17)
La hipocresía y la sinceridad en nuestra vida actual
No es infrecuente oír calificar a ciertas personas, sobre todo las religiosas, con el no envidiable adjetivo de hipócritas. Hay hipócritas entre nosotros, y, ciertamente, una cierta dosis de hipocresía en cada uno de nosotros. Ya que ninguno de nosotros puede echar la primera piedra sobre los demás, ni podemos juzgar a nadie de nuestro propio pecado, que cometemos en grado mayor o menor, como es natural, no nos pongamos a considerar ciertas personas determinadas, sino atengámonos al principio en sí cuando discutamos el papel que desempeña la hipocresía en nuestra vida moderna.
Preguntas.
- ¿Qué cosas hacemos (o bien dejamos de hacer) “para ser vistos de los hombres”:
- a) ¿En nuestra vida moral?
- b) ¿En nuestro trabajo en la Iglesia?
- c) ¿En nuestras relaciones con Dios?
- ¿En qué no van paralelos nuestra conducta con nuestras enseñanzas, nuestras predicaciones y nuestra profesión de fe?
- ¿Por qué obramos de manera hipócrita?
- Sugiéranse varios medios mediante los cuales podemos eliminar la hipocresía en nuestra vida. (En el capítulo siguiente, sugeriremos un método para hacer aumentar en nosotros la virtud de la sinceridad.)
























