Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 9
“FE PARA ARREPENTIRSE”

Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. (Mateo 3:8,9)

El arrepentimiento en las enseñanzas del Nuevo Testamento

Juan el Bautista preparó el camino del Señor predicando el arrepentimiento, y nada más que el bautismo de arrepentimiento para remisión de pecados. (Véase Marcos 1; Lucas 3; Mateo 3; y Juan 1)

Jesús, según el evangelio de Marcos, dijo:

El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentios, y creed en el evangelio. (Marcos 1:15)

El arrepentimiento es un tema antiguo, tan familiar que no causa mucho interés ya. No obstante, es algo tan importante que se le ha llamado el segundo principio del evangelio, y es la base de todas las predicaciones que han hecho los profetas, desde Adán hasta David O. McKay. No intentaremos hacer un análisis completo de este principio en esta lección. Nuestro interés va a concentrarse en el arrepentimiento tal como se enseña en el Nuevo Testamento. Particularmente nos dedicaremos a la cuestión siguiente: ¿Qué papel juega Cristo en nuestro arrepentimiento?

El significado del arrepentimiento

Muchos de nosotros, cuando meditamos nuestros pecados y núes tras flaquezas, pensamos en efectuar un cambio de una cierta parte de nuestra conducta. Y así tomamos la determinación de vencer la costumbre de fumar, o de blasfemar, o de mentir, o bien estamos determinados desde aquel momento an adelante, a cumplir con nuestros deberes de maestros visitantes, o de pagar los diezmos o de hacer otras tareas específicas en la Iglesia. Cuando leemos el Nuevo Testamento, comprendemos que el arrepentimiento acarrea consigo mucho más que todo esto.

El término arrepentimiento, tal como se usa en el Nuevo Testamento, viene de una raíz griega, sea del verbo metaneo, que significa “tener otra idea” o metanoia que significa “cambiar de opinión.” No se trata aquí de una flaqueza o de un vicio particular, sino de un cambio completo de modo de pensar, una nueva voluntad.

Un antiguo filósofo chino, Lao Tse, dijo que no se podía conseguir que un arroyuelo fuese más limpio con sólo sacarle los maderos que flotaban encima; que era preciso ir a las fuentes de que provenía para purificarlo. Asimismo, el principio cristiano del arrepentimiento no consiste solamente en cesar una mala costumbre; significa un cambio de opinión, de deseo, de voluntad, un nuevo corazón.

Es por esta razón que en el Nuevo Testamento no se enseña el arrepentimiento como un principio aislado e independiente, sino que siempre se le relaciona con la fe y, de manera implicada, con el evangelio todo entero. El autor se acuerda de haber oído una vez a un maestro bein intencionado que afirmaba que el arrepentimiento es simplemente un principio de ir en busca de la verdad por medio de repetidas tentativas de errors cometidos. Aprendemos por experiencia lo que es bueno y lo que es malo, y practicamos el arrepentimiento cuando rehusamos hacer el mal y hacemos el bien. Cuando me lo explicaron así, me pareció una idea muy práctica, excelente y de una sencillez luminosa. Y a la verdad esta es “la letra de la ley” del arrepentimiento. Pero el verdadero arrepentimiento, tanto en espíritu como en la letra, considera al hombre por entero, y exige la renovación de su corazón.

Jesús pensaba sin duda en algo más que en los pecados individuales cuando se sentó para comer con los publícanos y la gente de mala vida. Cuando los fariseos murmuraron, Jesús les dijo:

Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. (Lucas 5:29-32)

Pedro relacionaba el arrepentimiento con la conversión, la cual abarca todos los conceptos de un hombre:

Así que, arrepentios y convertios, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio. (Hechos 3:19)

El arrepentimiento viene por la fe, y luego queda reforzado por el bautismo y el don del Espíritu Santo, como vamos a verlo en el transcurso de las discusiones que seguirán.

Cristo y el arrepentimiento

En los pensamientos y en las enseñanzas de Pedro, de Juan y de Pablo, la fe en Jesucristo es la fuerza motriz que engendra el arrepentimiento en el hombre. Su amor para con el hombre y la fe del hombre en él son los factores que determinan este cambio de sentimientos, esta nueva mente. El intentar arrepentirse sin el poder espiritual de la fe y del amor equivaldría a mirar de hacer funcionar un auto sin batería y sin gasolina, empujándolo simplemente con las manos. Necesitamos un motivo para desear arrepentimos, y una fuerza que nos ayude a hacerlo. Por más que lo intentemos nunca podremos levantamos a nosotros mismos tirándonos para arriba con los cordones de los zapatos. Cristo nos ofrece esta fuerza motriz que necesitamos para arrepentimos. Vemos, pues, que el arrepentimiento—este cambio completo de la vida de una persona— va íntimamente ligado con nuestra fe en Jesucristo en los escritos del Nuevo Testamento.

La referencia que tomaremos de Pablo concerniente al abandono de los pecados particulares, va precedida y luego seguida, por una declaración admirable sobre la influencia de Cristo en el hombre como un todo. Léanlo ciudadosamente pensando continuamente en el arrepentimiento:

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, reciba su crecimiento para ir edificándose en amor.

Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corázón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza. Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús.

En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestios del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.

Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo. El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. (Efesios 4:11-32)

Este pasaje ejemplifica bien el poder que se puede hacer surgir uniendo la religión, es decir, la fe en Dios, la devoción a Cristo, y la unión y la fraternidad cristianas, a la moralidad.

Los pasajes siguientes de la Primera Epístola de Pedro describen el arrepentimiento como fruto de la conversión a Cristo:

Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios. Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba, la hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre.

Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada. (1 Pedro 1:18-25)

Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor. (1 Pedro 2:1-3)

Juan sabía también el poder del arrepentimiento que recibe aquel que conoce a Cristo. Obsérvese la manera admirable en que se expresa:

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él…Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido… Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. (1 Juan 3:1, 6, 9)

Pablo dijo, en una carta que escribió a Timoteo:

Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Crista. Pero en una casa grande, no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos, y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra. Huye también de las pasiones juveniles, y sigue la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor. (2Timoteo 2:19-22)

La parte que toma Cristo en nuestro propio arrepentimiento

Hemos conocido personas en las misiones que encontraron una fe cierta y suficiente en Cristo gracias a las enseñanzas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Esta nueva fe en Cristo fué la verdadera fuerza que contribuyó a su arrepentimiento, y entraron en la Iglesia, buscando en ella el sostén espiritual de su nueva fe cristiana.

En cuanto a algunos de nosotros, que nacimos y hemos sido educados en la Iglesia, Cristo a veces no toma más que una parte muy insignificante en nuestro arrepentimiento. Muy a menudo miramos de combatir nuestros pecados en nuestra propia mente, y, a veces, miramos de obtener la ayuda del Padre mediante la oración. Pero, ¿cuántos de nosotros sabemos que Jesús es el medio más poderoso para poder resistir al mal y vencerlo con el arrepentimiento? Consideremos algunos modos por los que podemos hacer que Cristo tome una parte más activa en nuestro arrepentimiento, ya que estamos seguros de que ninguno de nosotros rehusaría llegar a tener más éxisto en sus esfuerzos por arrepentirse.

1. Cristo esclarece nuestros pecados. El paso más importante que nos conduce al arrepentimiento, es el de darnos cuenta de lo que es el bien, y con la ayuda de este conocimiento inmediatamente podemos reconocer el mal. Un estudio regular y una meditación concienzuda de las enseñanzas y la vida del Maestro hacen que nuestra mente se incline siempre hacia el bien. Su comportamiento y sus palabras son tan persuasivos y tienen tanta inspiración que conmueven nuestro corazón; incrementan nuestra fe y nuestro entendimiento. El conocimiento del bien tiene un poder innegable. Pero hay poco poder que valga sin entendimiento.

Tolstoy nos da un buen ejemplo de la importancia y del valor que tiene la lectura de los evangelios en su cuento clásico del zapatero desolado que se puso a leer el Nuevo Testamento. (“Doquiera que hay amor, allí está Dios también”)

2. Cristo puede ser nuestro ideal. A uno de nuestros estudiantes, que es amable, considerado, amistoso, desinteresado, servicial y abnegado, y que parece no darse cuenta de sus propias virtudes, le preguntaron: “¿ Qué es lo que te sirve de guía cuando tienes que escoger entre el bien y el mal?” Respondió: “Me pregunto a mí mismo qué es lo que haría Cristo si estuviera en mi lugar, y luego trato de hacer lo que me parece a mí que El haría. Pero no se forme una falsa opinión de mí—se apresuró a añadir—hago todo lo posible, pero sólo consigo hacerlo bien en parte y de vez en cuando, ni tampoco me doy demasiada importancia. Simplemente, pienso en él muy a menudo, mucho más que antes tenía costumbre de hacerlo.”

3. El vivir una vida cristiana nos ayuda también. Uno de nuestros estudiantes nos contó la vida de una señora que vivía en un pueblo mormón; esta señora era viuda y le mataron al único hijo que le quedaba en la segunda guerra mundial. La pesadumbre y la lástima que sentía por su propio caso pronto la hicieron caer gravemente enferma. Por fin, desesperado, su doctor le dijo que lo que tenía que hacer era poner en práctica su fe cristiana, sino pronto no sería más que una carga para ella misma y para sus vecinos. Siguió el consejo del médico y cambió completamente el curso de sus pensamientos y, al pensar menos en sí misma, se puso a pensar en los demás, no de una manera abstracta, sino más bien considerando las necesidades de los demás. Al cabo de poco tiempo ya estaba visitando a los enfermos, consolaba a los afligidos, cuidaba a los niños y en una palabra esparcía la alegría por todas partes. Llegó a hacer todo esto inspirándose en el ejemplo de Cristo, considerándolo como su ideal, su compañero y su guía. Y en verdad llegó a ser muy feliz en su nueva vida de discípula de Jesús.

4. La participación y el trabajo en la Iglesia pueden dar la fuerza necesaria para el arrepentimiento. Un joven, que ahora es élder, me dijo un día en una discusión amistosa que sostuvimos sobre la Santa Cena: “Cuando era sólo presbítero, y sabía que el siguiente domingo iba a tener que bendecir la Santa Cena, los emblemas de la vida del Salvador, este pensamiento me daba mucha fuerza para poder resistir al mal y arrepentirme. Ahora que ya soy élder, lo echo de menos.”

Tomar parte en la Santa Cena debería de haber tenido la misma influencia sobre la vida de esta persona que la que sentía cuando la administraba. En realidad, todas nuestras actividades usuales en la Iglesia, nuestras oraciones, nuestros cantos, nuestros estudios, nuestro culto, nuestro amor y nuestros favores mutuos, deberían de satisfacer de tal manera nuestra mente y nuestro corazón, que deberíamos llegar a sobrepujar, con ayuda del Espíritu de Cristo, las flaquezas de la carne y los males del espíritu a los que tan fácilmente sucumbimos en nuestra vida estrecha y egoísta. (Léase Moroni 5:5-9)

Una vida sinceramente consagrada a Cristo, en cada instante de la vida cotidiana, es la mayor fuerza que podamos poseer para arrepentimos del mal.

No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal. (Romanos 12:21)

Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestios de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. (Efesios 6:10-11)

¿De qué debemos arrepentimos?

Encontramos la respuesta a esta pregunta en el plan del evangelio. Debemos arrepentimos de aquellas cosas que no están conformes con nuestra fe en Jesucristo. Esto implica que debemos conocer el significado de la vida cristiana. (Véase la lección precedente concerniente a la fe en nuestro Señor Jesucristo) En términos concretos y específicos, Cristo es nuestro guía. Así pues, cuando nos damos cuenta de que no vivimos de acuerdo con nuestros ideales de humildad, de honradez, de amor y de fe, tal como Cristo lo enseñó, entonces tenemos una razón manifiesta para “dar vuelta sobre nuestros propios pasos.” Nos arrepentimos. Y Cristo nos ayuda.

En muchas de las lecciones siguientes, nos esforzaremos en poner bien a las claras algunos de los grandes ideales del Salvador. Haciendo esto ampliaremos nuestros horizontes y acrecentaremos nuestro deseo de arrepentimos de todo aquello que es incompatible con nuestra fe en él.

Es interesante el observar, a manera de ejemplo, que los pecados de los que Juan el Bautista pedía al pueblo que se arrepintiera, eran bien específicos y públicos. Las respuestas que ustedes podrían dar, ¿serían lo mismo de específicas y llenas de interés en la comunidad?

Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. Vinieron también unos publícanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? El les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie ni calumniés; y contentaos con vuestro salario. (Lucas 3:11-14)

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