Capítulo 44
EL RESULTADO DE VIVIR
SEGUN EL EVANGELIO
Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan
higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. (Lucas 6:44)
El hombre está interesado en el fruto o resultado de su trabajo. Sembramos para recoger, plantamos para cosechar, trabajamos para ganar dinero, estudiamos para aprender, buscamos el recreo para divertimos. Potencialmente, la vida es rica y abundante. Las cosas que ofrece son diversas y muchas. Debemos pasar nuestros días sobre la tierra benéficamente.
Si la religión va a ser de importancia, debe ser más que un pasatiempo, más que una diversión de los interesados principales.: Jesús la consideró de importancia primaria. Para él, era la matriz y la flor de la vida moral y espiritual del hombre.
Quizá valdrá la pena, en este último capítulo, considerar los frutos que vienen de vivir de acuerdo con el evangelio de Jesucristo, Esta consideración puede ser útil de varias maneras. (1) No prometemos a nuestros hijos e investigadores el fruto incorrecto ni nosotros mismos lo buscaremos. Con esto se evitará la desilusión y la pérdida de una fe mal fundada. (2) Si sabemos cuáles son los frutos verdaderos que se recogen por ser discípulos de Jesucristo, podremos mejor medir la calidad de nuestra propia vida religiosa. Si faltan estos frutos, quizá será porque nuestra devoción al evangelio no es lo que pensábamos que era. Quizá estemos dedicándonos a las cosas erróneas, o por lo menos, tal vez habremos pasado por alto muchas cosas preciosas de las enseñanzas de Cristo.
Los frutos que Jesús no prometió
A la conclusión de su Sermón del Monte, en el cual había presentado tantas de sus enseñanzas, Jesús refirió una parábola que se relaciona directamente con el tema de este capítulo;
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. (Mateo 7:24-27)
Esta parábola indica que el evangelio de Cristo no tiene por objeto proveer una salida o escape de las duras realidades de la vida. Como lo expresa el Predicador:
Todo acontece de la misma manera a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que sacrifica, y al que no sacrifica; como al bueno, así al que peca; al que jura, como al que teme el juramento. (Eclesiastés 9:2)
“Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos” y combatieron no sólo la casa que estaba edificada sobre la arena, sino también la otra que se construyó sobre la peña. Tanto la persona que sigue a Cristo como la persona que se burla de Él viven en el mundo entre los mismos hombres y donde las mismas leyes de la naturaleza operan.
Son muchas las cosas que sobrevienen tanto al que es santo, como al que es pecador. El cáncer se desarrolla en el cuerpo humano sin considerar lo que vale la persona espiritual o moralmente. Se debe a ciertas condiciones fisiológicas que aún no podemos entender. Ataca a los niños inocentes, y no se han librado de sus crueles ataques muchos nobles cristianos que hemos conocido.
Parece que en cuanto a la muerte tampoco hay discriminación. Un joven cristiano que lleva una vida limpia cae en el campo de batalla junto con aquel que blasfema a Dios. En un hogar se lleva a un joven y querido esposo y padre, y en otro deja vivo a un esposo y padre cruel para que siga maltratando a su esposa e hijos. En los accidentes, la muerte se lleva al negligente, al que se duerme mientras está manejando su automóvil, así como a las víctimas inocentes sin distinción, sea que asistan a la Iglesia o no, paguen o no sus diezmos o amen o no al prójimo.
Los malvados prosperan igual que los justos, y a veces con mayor rapidez. La prosperidad individual no es prueba de que se está llevando una vida cristiana; ni tampoco lo es la pobreza. Cierto banco se declaró en quiebra durante la crisis de 1930. Acabó con los ahorros de un buen vecino mío, ahorros que habían sido diezmados y que eran reconocidos como un don de Dios. Nunca los recobró. Una de las razones porque tuvo que declararse en quiebra el banco, fue que uno de los empleados desfalcó una fuerte cantidad de dinero; más por este acto jamás fue juzgado.
En la experiencia humana hemos visto repetida la historia de Job muchas veces. El sufrimiento físico no es evidencia de la iniquidad; no constituye un castigo por el pecado. La adversidad no es prueba de que se está pecando contra las leyes morales; tampoco es castigo por el pecado. El Sermón del Monte no sólo justifica esta opinión, sino también otras enseñanzas del Salvador.
En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitaban en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. (Lucas 13:1-5)
El pasaje tantas veces citado en estas lecciones, que dice que el Padre “hace que su sol salga sobre malos y buenos,” reitera la imparcialidad de la ley de la naturaleza en su operación en las vidas de los hombres. (Nótese S. Mateo 5:43-48).
Debe decirse una vez más, y subrayarse, que por vivir de acuerdo con el evangelio de Jesucristo no necesariamente recibe uno salud física, protección contra los accidentes y las desgracias, protección contra el dolor y el sufrimiento, ni la prosperidad y una vida larga. De hecho, algunos de los que han obedecido el evangelio con mayor devoción han acortado sus vidas y traído sobre sí mismos muchos sufrimientos. Así pasó con el Salvador, y lo mismo se puede decir de Abinadí, de Santiago, Pedro, Pablo, Jeremías, José Smith y su hermano Hyrum y los miles de miembros de nuestra Iglesia que empujando o tirando de sus pequeños carros de mano, resistieron los helados vientos y fuertes nevadas de invierno en su viaje a través de las llanuras.
Los frutos de la religión que Jesús prometió
1. La religión de Jesús no promete que escaparemos de la tribulación, pero sí fortifica el espíritu del hombre para aceptarla y hacerle frente cuando llegare. La casa edificada sobre la roca resiste el viento y la tormenta. La vida fundada en el evangelio puede sufrir con paciencia, puede hacer frente a la adversidad con esperanza, puede tolerar la maldad con perdón, puede recompensar el odio con amor y puede enfrentarse a la muerte con serenidad. La persona religiosa, teniendo completas sus facultades mentales, difícilmente se halla en una circunstancia en la que su religión no les es un manantial de fuerza. En su debilidad conoce la fuente de su fuerza; en su fuerza permanece humilde; en la pobreza sabe cuáles son sus riquezas; en la prosperidad se acuerda de sus hermanos con ternura; en salud se siente agradecido; en la enfermedad ejerce la fe.
Indirectamente la religión también puede contribuir en gran manera hacia esas cosas que no garantiza. La persona que obedece la Palabra de Sabiduría hasta donde su conocimiento se lo permite, debe disfrutar, por lo regular, de mejor salud y vivir más años que aquel que no lo hace. La salud “física” depende mucho de la salud mental. La persona que puede vivir sin temor u odio, y con fe y amor, tendrá, en igualdad de circunstancias, mejor salud corporal e infinitamente mejor salud emocional y mental que aquel que es víctima del temor. La enfermedad mental no siempre viene como consecuencia de la falta de religión, y menos en la vida del enfermo. Por otra parte, si pudiéramos vivir de acuerdo con los principios fundamentales que Jesús enseñó, y criáramos a nuestros hijos en un ambiente de amor cristiano y respeto a la personalidad, enseñándoles a dar y prestar servicio habría menos aflicciones mentales y emocionales entre los que componen nuestra sociedad. Muchos de los principios de la ciencia social moderna no son sino antiguos principios de religión expresados en términos nuevos. El psicólogo habla de la necesidad que tenemos de pertenecer a un grupo de conocidos íntimos; Jesús habló del amor que satisface esta necesidad.
La religión también fomenta el bienestar económico. El cristiano verdadero se halla contento con menos número de las cosas de esta vida. Su alimento es hacer la voluntad de aquel que envió al Salvador. Es próspero, y sin embargo, tiene mucho menos. Por tanto, gasta menos de sus ingresos para satisfacer sus intereses y sus propios gustos. La fe cristiana impulsa la honradez y la constancia; y estas “virtudes económicas” producen la estabilidad en un empleado o en un negocio.
Y lo que sucede con el individuo sucede con la nación. Las promesas de prosperidad que el Antiguo Testamento y el Libro de Mormón extienden como galardón por vivir rectamente parecen dirigirse al pueblo en general. La adversidad económica puede venir sobre un individuo aún en su justicia, pero una nación justa, en la cual los hombres ejercen la justicia y la misericordia, y cooperan con buena voluntad en la vida económica, tiene que prosperar. Como recordaremos, esto se repitió varias veces entre los nefitas. No es sino lógico que una nación, más todavía, que todas las naciones prosperen, si viven de acuerdo con los ideales cristianos. Pensemos en la cantidad y porcentaje de los ingresos del pueblo que se gastan para la defensa de una nación grande.
2. Los frutos de la religión que Jesús prometió son esencialmente espirituales. Enseñó, que todo árbol produce fruto según su propia especie: “Porque cada árbol por su fruto es conocido: que no cogen higos de los espinos, ni vendimian uvas de las zarzas.” (S. Lucas 6:44) Las enseñanzas de Cristo no se concretaban esencialmente a la salud del cuerpo, los años que se viven en la tierra ni el tamaño o lugar de la casa que uno habita. “No temáis a los que matan al cuerpo, más al alma no pueden matar: temed antes a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.” (S. Mateo 10:28) Las Bienaventuranzas son expresiones de cualidades morales y espirituales, y las bendiciones acompañantes son esencialmente las mismas. A la mujer samaritana que encontró en el pozo de Jacob, Jesús dijo:
. . . Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás: sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. (Juan 4:13, 14)
La misma idea se expresa más detalladamente en el capítulo 82 de Alma:
Y a causa de vuestra diligencia, vuestra fe y paciencia en cultivar la palabra, para que eche raíz en vosotros, he aquí que con el tiempo recogeréis su fruto, el cual es sumamente precioso y más dulce que todo lo dulce, y más blanco que todo lo blanco, sí, y más puro que todo lo puro; y comeréis de este fruto hasta quedar satisfechos, y no tendréis hambre ni sed. (Alma 32:42)
Jesús dijo:
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos. Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido. (Juan 15:7-11)
El ser discípulo de Jesús apaga la sed que uno tiene de conocer el significado de las cosas y calma el hambre de satisfacción que hay en uno. La vida cristiana conoce la fuerza de la integridad, el gozo de servir con amor, la fuerza dinámica de la fe. La vida tiene mayor significado y propósito; tiene más luz, menos obscuridad y más pocas sombras.
La lámpara del cuerpo es el ojo, cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas. Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor. (Lucas 11:34-36)
El cristiano se libra de mucho sufrimiento: de todo el sufrimiento que viene de la lascivia, la avaricia, el odio, la envidia, los celos, los sentimientos ofendidos y la vida sin propósito. También causa menos sufrimiento a otros que aquel que abriga estas pasiones que Cristo censuró. El cristianismo surge por causa de la tragedia de la vida, especialmente por razón de la inhumanidad del hombre para con sus semejantes. Mas no tendrá que beber la amarga copa. Su fe y amor lo librarán de la desesperación. Aprenderá a tener gozo en la aflicción, porque conocerá el poder que hay en el evangelio de Jesucristo para calmar el dolor y el sufrimiento. Cumplirá con su parte.
3. Jesús prometió a los fieles la vida eterna con Él. A sus fieles discípulos declaró lo siguiente:
… De cierto os digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o padres, o hermanos, o mujer, o hijos, por el reino de Dios, que no haya de recibir, mucho más en este tiempo y el en siglo venidero la vida eterna. (Lucas 18:29, 30)
No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os los hubiera dicho; voy pues, a preparar lugar para vosotros. (Juan 14:1, 2)
En las Doctrinas y Convenios leemos: “Aprended, más bien, que el que hiciere obras justas recibirá su galardón, aun la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero” (Doc y Con. 59:23; véase también Doc. y Con. 76:1-10)
Los discípulos prometen los mismos frutos
Según Pablo, el “fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza,” (Gálatas 5:22-23); y a Timoteo dice: “Tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo eres llamado.” (1 Timoteo 6:11-12)
Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. (Filipenses 4:4, 7)
En la Segunda Epístola de Pedro leemos:
Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. (2 Pedro 1:5-8)
Juan nos dice:
Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justica es justo, como él es justo. (1 Juan 3:6, 7)
Y Santiago, en lenguaje bien claro escribe ciertos atributos que debe tener el hombre religioso:
Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; … Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana. (Santiago 1:19, 26)
Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía. Y el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz. (Santiago 3:17, 18)
El Salmo 73
En el Salmo 73 se expresa claramente el pensamiento de este capítulo. El autor había visto la prosperidad de los malvados, y la había comparado con su propio castigo. Estaba muy perturbado hasta que pudo entender la condición del inicuo y al mismo tiempo comprendió que Dios, no obstante los sufrimientos personales del hombre, era todavía “la roca de su corazón.”
Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán; tú destruirás a todo aquel que de ti se aparta. Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he presto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras. (Salmo 73:23-28. Léase todo el Salmo)
Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna. (Santiago 1:2-4)
























