Capítulo 27
EL VALOR MORAL
… El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre. (Hebreos 13:6)
Lo que significa el valor
El valor es una cualidad del corazón y de la mente, que incita a un individuo a enfrentarse con un peligro o a correr un riesgo voluntariamente. El valor implica siempre un cierto riesgo. El que obra con valor se da plena cuenta de que puede perder algo, ser herido, o fracasar en su intento. La persona valerosa se olvida de su propia seguridad y sacrifica su propia comodidad para alcanzar un propósito que estima superior a todas las demás cosas. La acción valerosa es voluntaria. Cuando uno está en la alternativa de escoger entre la lucha o la muerte, puede hacer demostrar su valor personal. Pero, sin embargo, este puede ser la causa del desespero, un valor motivado por algo externo. El valor es más verdadero cuando hay varias alternativas entre las cuales escoger. El voluntario en tiempo de guerra es ciertamente mucho más valiente que el que espera a que le movilicen para ir.
El valor moral tiene muchas cosas en común con las otras formas de valor. También es voluntario e implica riesgos y peligros. Pero el valor moral se caracteriza por el hecho de que se manifiesta en situaciones que implican una elección entre el bien y el mal, la justicia y la injusticia. Nace de la convicción moral, de un propósito moral. Los actos de valor que se manifiestan en lo físico, tales como las hazañas deportivas, las de las aventuras, o las guerreras, provocan la aprobación de la gente. Un boxeador o un luchador valiente, o un soldado en el frente, es un héroe, incluso si pierde la batalla. Pero no sucede lo mismo con el valor moral. El riesgo, en este caso es la censura de los hombres, la deshonra social y a veces incluso la muerte. Los grandes héroes morales de la raza humana no han, en su mayoría, gozado nunca de la estima y la alabanza del público en el transcurso de sus vidas. Amos y Jeremías, Jesús y Pablo, Martín Lutero y Juan Huss, Abraham Lincoln y José Smith provocaron más odio que aprobación. Sus virtudes tan sólo fueron reconocidas después de su muerte.
El Nuevo Testamento es la historia de hombres de gran valor moral. Jesús, Pedro, Pablo, Juan, Santiago, Esteban, manifestaron gran valor y así enseñaron a los demás.
El valor moral en la vida y las enseñanzas de Jesucristo
Jesús tuvo el valor de discrepar de las opiniones de otros. Poco valor moral se necesita para estar en desacuerdo con una minoría o un solo grupo influyente. Pero Jesús, en sus interpretaciones religiosas, se opuso a todas las autoridades de su país, y a la gran mayoría del pueblo. Llamó a los fariseos “hipócritas y sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos y toda inmundicia.” Criticó, no ya únicamente sus opiniones, sino también sus acciones, y esto delante de todo el mundo. (No tenemos necesidad de pormenorizar en ello, ya que lo hemos discutido a saciedad en otras lecciones precedentes.) El hecho de expulsar a los cambistas del templo fue un ejemplo extraordinario de valor moral por parte de Jesús que comportaba igualmente un cierto riesgo físico. Pero toda la vida del Salvador fue un ejemplo magnífico de valor moral. Resueltamente, prosiguió adelante con su propósito de hacer la voluntad del Padre, aun sabiendo a todo momento que el resultado final sería la crucifixión. Traicionado por uno de los Doce, negado por otro, y abandonado a última hora por un grupo de discípulos atemorizados, compareció ante los sumos sacerdotes, Pilatos y la muchedumbre que gritaba con dignidad y entereza de alma, porque sabía que estaba llevando a cabo el propósito de Dios.
Fue constante en su lealtad a los ideales trazados. Su valor le hizo posible el tratar de modo imparcial a los poderosos y a los humildes, a judíos y a gentiles, a ricos y a pobres. Su intención no era salvaguardar su propia seguridad, sino cumplir intacta la voluntad de Dios, luchar por la verdad y la justicia. Dijo a Pilato:
… Y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad;… (S. Juan 18:37)
La verdad a veces es difícil de oír. Toca nuestros corazones y nos hiere en nuestro orgullo, nuestra comodidad, nuestra seguridad y nuestra posición en la vida. Es por ello que siempre habrá personas que odien la verdad y que tratarán de destruir, de una manera o de otra, a todo aquel que la proclame. Jesús tuvo que pagar el precio de su franqueza.
El valor de los discípulos
Cuando el Señor envió a sus discípulos a predicar al mundo, no les prometió precisamente los años más felices de su vida. Al contrario, les predijo la misma clase de trato que Él había recibido. Y no dejó de cumplirse su promesa.
He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles. Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; más el que persevere hasta el fin, éste será salvo. (S. Mateo 10:16-18, 22)
Los apóstoles, fortalecidos por su conocimiento de la resurrección y el testimonio del Consolador, dieron muestras de la misma clase de valor que habían tanto admirado en la vida de su Maestro. El libro de los Hechos es la historia del valor de este grupo de hombres, desde que empieza hasta que acaba.
La curación del cojo en la puerta del templo de Jerusalén, que Pedro y Juan realizaron, en nombre de Cristo, suscitó la cólera del sumo sacerdote y de sus amigos. Pedro y Juan pertenecían ahora a la misma clase de personas que Cristo, al que habían crucificado, y recibieron la orden de no hablar más en su nombre, ni mucho menos de obrar como por mandato suyo. Pedro y Juan, teniendo aún bien presente todo lo que le había sucedido a su Señor, dijeron:
… Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. (Hecho 4:19,20)
Poco tiempo después, dieron cuenta a sus camaradas, los otros discípulos, de los sucesos de este día memorable. Y juntos, se maravillaron de la oposición que se le hacía a la causa de Jesucristo, pero no demostraron en ello ninguna especie de cobardía, ni mencionaron su seguridad personal, sino que simplemente se pusieron a orar para poder tener el valor que iba a hacerles falta.
Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron lleno del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios. (Hechos 4:29-31)
Entre los discípulos de Cristo, a nuestro entender, nadie demostró nunca poseer tanto valor como Pablo. Se diría que esperaba con gozo los riesgos que iba a tener que correr y la muerte sufrida a causa del nombre de Cristo. Hasta recibiría uno la impresión que salía al encuentro del peligro más de lo que era necesario. ¿Quién no se siente conmovido al leer su despedida de los efesios?
Porque Pablo se había propuesto pasar de largo a Éfeso, para no detenerse en Asia, pues se apresuraba por estar el día de Pentecostés, si le fuese posible, en Jerusalén. Enviando, pues, desde Mileto a Éfeso, hizo llamar a los ancianos de la iglesia. Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros sabéis cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas, y pruebas que me han venido por las asechanzas de los judíos; y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando ¡a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. Ahora, he aquí, ligado y en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me ha de acontecer; salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio, diciendo que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. (Hechos 20:16-24)
Los discípulos enseñan el valor
No era cosa fácil ser cristiano en tiempos de los apóstoles. Los conversos que Pablo hizo en las ciudades del imperio romano tuvieron que hacer prueba de un gran valor moral para resistir a las tentaciones de una cultura pagana. Las epístolas de Pablo dan frecuentes testimonios de las luchas que tuvieron que sostener. Una persecución encarnizada tuvo lugar ya desde el primer siglo. Particularmente en la primera epístola de Pedro y en la de los Hebreos, se amonesta a los santos a mantenerse firmes en la fe y a sufrir por ella lo que el Señor había sufrido. Esto exigía el grado máximo de valor cristiano. (Véase sobre todo 1 Pedro 3 y 4:12-19)
Recursos de valor
El valor que se manifiesta en los deportes, la guerra, las aventuras y los negocios, es generalmente un atributo de la juventud. Parece ser el producto natural de la vitalidad física y del espíritu creador. Con la edad y la experiencia, los hombres se vuelven generalmente más prudentes y más conservadores, menos despreocupados e irreflexivos. Es muy natural que sea así, aunque puede ser tanto bueno como malo. Si es el resultado de la sabiduría a que los años pueden traer, es bueno; si es la expresión del temor de sacrificar la comodidad y la seguridad a un interés superior, es debilidad, y por consiguiente está mal.
Jesús era joven. Ejerció su ministerio de los treinta a los treinta y tres años de su vida. La edad de sus apóstoles nos es desconocida. Pero de una cosa estamos seguros, y es que, tal como sabemos por el Nuevo Testamento, conservaron su valor y su atrevimiento hasta el fin. Esto se pone en evidencia de una manera especial en la vida de Pablo. ¿Cuál fue la base de este valor moral que poseían Jesús, Pedro y Pablo? Era la convicción. Había cosas que preferían a su comodidad, su seguridad y su reputación. Su valor provenía de su fe en Dios, en sus propósitos, en ideales y en principios. Era una fe que llevaba a cabo una obra de amor.
El valor moral es el producto del idealismo. Sin ideales elevados y un propósito bien cimentado, el valor moral asomará su cabeza, pero tímidamente, como un ratón sale de su agujero. Si los hombres se aman más a sí mismos que a ninguna otra cosa, no harán sacrificio ninguno ni correrán ningún riesgo por el amor de la justicia y de la verdad.
El valor moral recibe sostén igualmente de parte del Espíritu de Dios. Una persona que se esfuerza valerosamente en defender o establecer un principio de verdad, recibe la ayuda del Espíritu de Dios que la anima, la reconforta y la fortifica. Cuando hacemos su voluntad, está obligado a acompañamos. Esto se ve bien claro en el intercambio de cartas que tuvo lugar entre el general Moroni y el juez supremo Pahoran, en el Libro de Mormón. Moroni y Pahoran luchaban para proteger a los nefitas de la esclavitud en manos de los lamanitas. Pahoran escribió lo siguiente a Moroni:
Así pues, ven rápidamente con unos cuantos de tus hombres, y deja el resto al mando de Lehi y de Teáncum; dales facultad para conducir la guerra en esa parte del país, según el Espíritu de Dios, que también es el espíritu de libertad que está en ellos. (Alma 61:15)
Ocasiones en las que se puede manifestar valor moral en la actualidad
Cuando nos ponemos a pensar en el valor moral, a menudo nuestros pensamientos, van hacia las grandes figuras del pasado, pero en la vida cotidiana de la gente común, el valor moral se manifiesta frecuentemente. Consideremos algunas ocasiones que pueden presentarse a cada uno de nosotros en las que es posible hacer prueba de valor moral.
1. Es preciso tener valor para mostrarse fuertes en la adversidad. Una vez estuve empleado en casa de un hombre que en otros tiempos había sido un coloso de las finanzas, rey de las praderas y del ganado, pero que se arruinó financieramente por su propia temeridad y la inflación que siguió en la postguerra. A pesar de ello, a la edad de cincuenta y cinco, y sufriendo terriblemente de una enfermedad física, empezó a trabajar por otros, luego fue aumentando su capital, porque tenía la obligación de alimentar y mantener una familia algo numerosa, y quería ser independiente de los demás. Murió en su intento, pero su propia tenacidad y perseverancia fueron siempre muchísimo más fuertes que ningún otro de los jóvenes empleados que lo rodeaban y que, siguiendo con la corriente de los medios financieros, querían subir aprisa.
En la vida privada hay hombres y mujeres que no abandonan nunca la lucha, aun en medio de muchas dificultades, sino que con toda sencillez llevan su propia carga y la de los demás, sin ruido ni quejas. Estos deberían contarse entre los grandes héroes de la humanidad. Y hay legiones de ellos, sobre todo entre las madres y las esposas.
2. Es preciso tener valor para admitir nuestros errores, nuestros fracasos y nuestros pecados. Hemos podido observar que el verdadero arrepentimiento es más bien algo muy poco corriente. La mayor parte de nosotros intentamos disimular o justificar nuestras flaquezas, sea ante los demás, o ante nuestros propios ojos. Raramente confesamos nuestras ofensas a aquellos a los que hemos ofendido.
Dice así en Doctrinas y Convenios: “Pero recuerda que en éste, el día del Señor, ofrecerás tus ofrendas y tus sacramentos al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos, y ante él Señor.” (Doc. y Conv. 59:12)
La confesión de los pecados en público tiene que ser voluntaria, espontánea, y expresada con discreción. En estas condiciones, la confesión tiene un cierto valor, porque proviene de un corazón humillado y de un espíritu contrito. Es preciso tener mucho valor moral para confesar nuestros pecados.
El autor tan sólo puede recordar, después de cuarenta años de asistencia regular a las reuniones de testimonios, un sólo caso de una persona que confesara sus pecados en público. Fue un hermano que se levantó, y que poco más o menos, nos dijo lo siguiente:
Hermanos y hermanas, no soy digno de estar aquí hoy entre ustedes. He estado muy lejos de vivir en comunión con su espíritu. Mientras nuestro obispo estaba allí en el parlamento del estado votando por la ley seca en nuestro estado, yo estaba en una taberna tratando de conseguir que el estado se quedara sin alcohol, bebiéndolo todo yo mismo…. No sé cómo confesar mi vergüenza Espero que me perdonen.
Aún no había acabado de hablar que vecino tras vecino de aquel hombre se fueron levantando y contaron las bondades de aquella persona, las visitas frecuentes que hacía a los enfermos, las caridades que hacía, su bondad para con los ancianos y su amor por los niños. El valor que había tenido aquel hombre en levantarse había aliviado su conciencia, le había dado fortaleza moral y espiritual, y le había hecho ver el amor que sus hermanos sentían por él.
Cierto, mucho valor es lo único que puede hacer que un hombre confiese su fracaso moral y trate de redimirse entre aquellos mismos que conocen su fracaso.
3. Es preciso tener valor moral para continuar siendo honrados ante la tentación de hacer dinero ilícitamente. Tendremos ocasión de hablar de ello más extensamente en un capítulo que seguirá: «Los bienes de este mundo.”
4. Es preciso tener valor para no estar de acuerdo con los demás, para tener ideas propias. Vivimos en una democracia, en la que gozamos de la libertad de expresión, oral o escrita. Demasiado pocos de nosotros tenemos el valor de manifestar nuestro desacuerdo sincero con un amigo, un vecino, un profesor, un patrono o un oficial de la Iglesia. Es más fácil callarse en público y hablar luego, en privado a espaldas de aquellos con los que no convenimos en opinión.
Aun teniendo en cuenta la necesidad de ser diplomáticos, tolerantes, bien educados, y benevolentes, al par que humildes y sinceros, tenemos gran necesidad en nuestra sociedad, de pensar y expresar francamente nuestras opiniones cuando la oportunidad se preste. Esta es la base de la democracia. Es la razón de existencia de una iglesia laica. Pero esto exige un cierto esfuerzo y un valor determinado, porque demasiado a menudo tememos ofender a los demás o incluso no estar en lo cierto en lo que decimos. Con demasiada frecuencia preferimos nuestra comodidad a expresar francamente la verdad y la justicia.
5. Es preciso tener valor para defender una causa justa contra una oposición egoísta organizada. Las personas que tienen ya una cierta experiencia en esta clase de cosas, podrán decimos cuán difícil es luchar contra los intereses viles y sórdidos que se oponen al progreso de las causas justas. Tenemos gran necesidad hoy de poseer un valor como el del profeta Amos. Su censura contra el mal no fue hecha con términos vagos, sino de una manera concreta y específica, para que nadie pudiera llamarse a engaño:
Por tanto, puesto que vejáis al pobre y recibís de él carga de trigo, edificasteis casas de- piedra labrada, mas no las habitaréis; plantasteis hermosas viñas, mas no beberéis el vino de ellas. Porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; sé que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder su causa a los pobres. (Amos 5: 11,12)
¡Ay de los reposados en Sion… Duermen en camas de marfil y reposan sobre sus lechos, y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero. Beben vino en tazones y se ungen con los ungüentos más preciosos; y no se afligen por el quebrantamiento de José. (Amos 6:1, 4,5)
Oíd esto, los que explotáis a los menesterosos, y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo: ¿Cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio, y falsearemos con engaño la balanza, para comprar los pobres por dinero, y los necesitados por un par de zapatos, y venderemos los desechos del trigo? Jehová juró por la gloria de Jacob: No me olvidaré jamás de todas sus obras. (Amos 8:4-7)
6. Es preciso tener valor para defender nuestra fe. Los Santos de los Últimos Días todavía son el objeto del desprecio de algunas personas y el motivo del desdén de mucha gente en todo el mundo. Es preciso tener valor para representar y defender un ideal que no tiene la aprobación pública. Esta oportunidad de ser valientes moralmente se nos presenta todos los días.
Cómo ser buen cristiano
Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró. (Mateo 13: 44-46)
Dios y su Hijo nos piden únicamente que seamos leales por completo. Pero la vida actual no nos deja hacerlo con facilidad. Tan sólo una gran valentía moral, nacida de una fe muy grande y de un amor sublime puede orientar nuestra vida hacia el “reino de Dios y su justicia… Es más fácil el ir mariposeando de un lado para otro, a veces del lado de las riquezas, otras del lado de Dios. Resulta más provechoso económicamente. Pero Jesús nos dijo:
… Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios. (Lucas 9:62)
Tan sólo aquellos que pueden tener la misma fe que Pablo tenía pueden llegar a poseer el mismo valor que él tuvo en luchar por el establecimiento del reino de Dios. “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31)
























