Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 26
“A LIBERTAD HABEIS SIDO LLAMADOS”

Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres,
y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. (Gálatas 5:1)

El anhelo humano de libertad

Las personas son más felices cuando pueden vivir en una atmósfera de gran libertad, cuando pueden dirigir y controlar sus vidas de acuerdo con propósitos buenos que se han escogido ellos mismos. Podemos comprobar la existencia de este deseo en el ser humano, desde los albores de su vida hasta la edad más avanzada. Un bebé protesta cuando se le coge demasiado fuerte de tal manera que su libertad de movimientos queda restringida. Los niños criados bajo la férula de la adolescencia, tienen gran cantidad de problemas y complejos, más que la mayoría de los demás. Muchos de ellos nunca pueden acostumbrarse a vivir en compañía de otros. La adolescencia es la edad en la que la juventud intenta hacerse independiente.

De igual manera, los adultos se rebelan contra la autocracia y la dictadura. La historia de la humanidad consiste, más que nada, en la lucha que los pueblos han tenido que sostener contra la tiranía política y la dictadura. La batalla continúa aún en nuestros días, tan real y tan encarnizada como siempre.

Este deseo es innato en el hombre. El hombre nació para llevar a cabo algo. Desea que se le respete como persona, y necesita ocupar un lugar en el engranaje de la sociedad. Su libre albedrío le incita a buscar la libertad. El hombre es hijo de un Padre Eterno, uno de cuyos atributos es ciertamente la libertad de pensar, de obrar y de escoger por sí mismo.

A menudo se considera a la religión como una restricción de nuestra libertad. Muchos jóvenes se rebelan contra la fe de sus padres para poder ser libres y vivir su propia vida. Muchos adultos abandonan la religión para poder vivir según les plazca. Un hombre de unos sesenta años, instruido y que había tenido éxito en su profesión, dijo un día a un grupo de amigos, con toda seriedad: “Mi religión ha sido la causa que me ha impedido realizar muchas cosas que siempre deseé hacer durante toda mi vida.”

Una señorita de veintiún años, estudiante universitaria, nos dijo un día: “Ojalá que no creyese en el mormonismo.” “¿Por qué me dice esto?” le pregunté. “Pues porque si no lo creyese —, me divertiría de lo lindo. Pero siempre tengo el temor de que sea verdadero.”

¿Es que la religión es un obstáculo que se alza contra la libertad del individuo? ¿O bien, al contrario, acrecienta en él su amor por la libertad? Esta cuestión posee muchas diferentes facetas, y sin duda no podríamos discutirlas todas en esta lección Jesucristo y sus apóstoles han dado una respuesta al problema que es la que va a ocuparnos en nuestro estudio.

Cristo prometió la libertad

Jesús hizo y dijo muchas cosas con el fin de que la humanidad disfrutase de mayor libertad. (Véase la lección que trató del carácter positivo de su religión.) Según nos cuenta Lucas, comenzó su ministerio citando las palabras de Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; (Lucas 4:18)

Su religión no tenía que ser un yugo duro de llevar, o una carga pesada:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga. (Mateo 11:28-30)

A muchos que creyeron en El, les dijo:

… Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. (Juan 8:31,32)

Pablo encuentra la libertad a través de Cristo

Jesús prometió la libertad a sus discípulos. Pablo se dio plena cuenta de ello. Para él, la vida cristiana era una vida de absoluta libertad. En nuestras lecciones sobre la gracia divina, hemos empezado a discutir las enseñanzas de Pablo sobre la libertad. Vamos a considerarla ahora un poquito más de cerca, bajo un aspecto un poco distinto. ¿De qué manera hizo Cristo que Pablo fuera más libre?

1. Cristo libró a Pablo del temor de la muerte. La fe en Cristo significa fe en una inmortalidad personal y gloriosa.

Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial…. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. (1 Corintios 15:49, 54)

No tan sólo Pablo perdió su temor de la muerte, sino que ya no se torturó más el alma pensando en la cólera divina y el día del juicio. Cristo le hizo comprender el amor que el Padre siente por sus hijos. Y se dio cuenta también del gran amor que sentía por el Padre y el Hijo. En su nueva fe, ya no tenía miedo de que Dios pudiese castigarle en el futuro. Era libre y podía gozar libremente de sus relaciones con Dios.

2. Gracias a Jesucristo, Pablo logró quebrar el yugo del pecado. Jamás bajo la ley mosaica, pudo Pablo verse libre de la carga del pecado y de la culpabilidad. Ahora, se había convertido en una nueva criatura en Cristo Jesús. Según podemos ver en la epístola de Pablo a los Gálatas, los primeros cristianos interpretaron erróneamente la concepción que Pablo tenía de la liberación del pecado mediante el Salvador. Algunos se imaginaron que, ahora, tenían ya la libertad de hacer todo lo que quisieran, que podían soltar las riendas de la carne y sin embargo salvarse gracias al sacrificio expiatorio de Cristo. No había nada más lejos del pensamiento del apóstol.

Cristo no había venido para dar a los hombres la libertad del pecado ni para salvarlos en sus pecados. Había venido para mostrarles la naturaleza del pecado, y para darles la fe necesaria para arrepentirse y obtener la victoria sobre el pecado. Por la fe en el Salvador, toda la naturaleza del hombre sufre una total transformación. Su innata disposición al pecado desaparece. El Espíritu de Cristo y el Consolador llenan la vida del creyente. Las reglas y las consecuencias que siguen a la violación de ellas, ya no constituyen una carga para él, puesto que, gracias al Espíritu de Cristo, obedece a la ley viviendo conforme al principio del amor. Pablo explica esto de una manera magnífica en su epístola a los gálatas:

Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino serbios por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a éstas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. (Gal. 5:13,14,16-25)

No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; más el que siembre para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna…. ni la circuncisión sino una nueva creación. (Gálatas 6:7, 8,15)

La persona que trate de observar la ley por entero, letra por letra, regla por regla, fracasará con toda certeza. Pero la fe en Jesucristo engendra en nuestra vida una fuerza dinámica que nos hace arrepentir de nuestro mal obrar y nos eleva por encima del pecado. El “fruto del Espíritu” subyuga a las “concupiscencias de la carne.” La persona que vive en la fe de Cristo, queda libre, cada vez más completamente, de las cadenas del pecado.

3. Jesús cambió por completo la actitud que tenía Pablo respecto de la religión. Antes de su conversión, la religión había consistido en una especie de contrato entre el Creador y él. El rasgo sobresaliente, en esta clase de religión, era la obediencia. El Señor era un legislador y un juez, para él. Pablo obedecía a los mandamientos para evitar el castigo y recibir la recompensa. Pablo sentía el peso de la ley y del juicio divino, y el hecho de que no conseguía obedecer a toda la ley por completo lo dejaba deprimido, le pesaba, le ataba las manos por completo. (Aunque esto no significa que éste fuese el sentimiento de todos los judíos de aquel entonces. Muchos de ellos amaban la ley y se complacían en ella.)

Después de su conversión, Pablo supo que lo más importante de la religión no era el calcular las recompensas y los castigos, ni el llevar a cabo todo los ritos, sino el vivir de una manera justa y libremente por el amor y mediante la fe en Jesucristo.

Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuneisión, sino la fe que obra por amor, (Galatas 5:6)

Según Pablo, el Espíritu de Cristo nos permite vivir en libertad y en paz.

Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Colosenses 3 .15-17)

Santiago halló la libertad en el evangelio

Santiago descubrió que la obediencia a todos los mandamientos del evangelio acrecentaba nuestra libertad. Dio testimonio de ello en términos tan sencillos como elocuentes:

Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas. Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Más el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace. (Sant. 1:21-25)

Nuestra libertad en Jesucristo

Preguntas:

  1. ¿Sentimos alguna vez envidia de aquella persona que, porque no es miembro de la Iglesia, parece tener más libertad de gozar de las cosas buenas que la vida tiene para ofrecemos? Dense ejemplos de ello.
  2. ¿En qué maneras puede parecemos que el ser discípulo de Cristo constituye una carga para nosotros?
  3. ¿En qué manera nos hace libres el evangelio, y nos da más libertad que la que tendríamos a no ser por él?

Uno no es libre por el simple deseo de serlo. Las personas que están en la cárcel, los alcoholizados y los que viven bajo una dictadura desean continuamente el poseer la libertad. La libertad de escoger depende de numerosas condiciones de orden exterior e interior. Puede crecer o disminuir; podemos alcanzarla y también perderla.

Incluso nuestro libre albedrío no nos hace completamente libres. El libre albedrío significa que somos libres en potencia y que podemos desear el poseer la libertad, pero no que tengamos los conocimientos, la inteligencia y la habilidad que se precisan para hacer real este deseo. Nuestro libre albedrío tiene que pasar por una especie de entrenamiento antes de que pueda ayudamos a ser libres. La libertad es siempre algo por lo que el individuo o la sociedad tienen que luchar; y en ambos casos, sólo se obtiene a gran precio y a través de muchos esfuerzos.

Compartimos la creencia que tenía Pablo que Jesucristo vino para damos la libertad. “A libertad hemos sido llamados.” Vamos a considerar algunos medios por los que podemos ampliar nuestra libertad siguiendo los pasos del Salvador.

1. Tener fe en Jesucristo significa tener fe en la inmortalidad. Una verdadera fe en la inmortalidad, sobre todo con el conocimiento que poseemos sobre el propósito de la vida del hombre en esta tierra, de su posibilidad de progresar en compañía de Dios y de sus semejantes, libra al corazón del hombre de buena parte de su temor de la muerte. Con una fe así, la edad avanzada y la vejez misma no quedan ya perturbadas por un sentimiento trágico de decadencia y de fin. Si uno puede vivir con fe y esperanza hasta el final, tendrá más libertad en su modo de tomar la vida.

2. Jesucristo nos ha traído conocimiento. El conocimiento es una condición esencial para la libertad. Mediante el conocimiento, ampliamos nuestra posibilidad de progreso y nos damos más plena cuenta de las muchas cosas a las que nos podemos dedicar. Mientras que la ignorancia es algo ciego en su composición, el conocimiento hace que nuestra vida sea más productiva y fértil porque abre nuestros ojos a otras cosas nuevas.

Jesucristo nos ha traído dos tipos esenciales de conocimiento que contribuyen a nuestra libertad: (a) El conocimiento de Dios, de nuestra relación con El, y de nuestra valía y posición en el orden de las cosas, (b) Un conocimiento creciente de los grandes principios de la vida, tales como la humildad, la imparcialidad, la misericordia, el perdón, la pureza y el amor. Estos principios morales y religiosos nos hacen libres a medida que los vamos comprendiendo y usando. La humildad significa la liberación de la envidia, de los celos, del sentimiento de inferioridad, etc. El amor significa la liberación de la avidez, del odio, de la concupiscencia.

3. Jesucristo nos ha dado la inspiración necesaria para vivir en armonía con la verdad. Dijo Jesús: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:31, 32) El verdadero conocimiento de los principios religiosos tan sólo se adquiere a través de la experiencia. Sin fe, nadie puede saber lo que es fe. Sin amor, nadie puede conocer el amor. Jesús nos ha dado el poder de su vida y de su Espíritu, así como el Consolador, mediante los cuales su palabra se convierte en soplo de vida para nosotros.

“Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.” (1 Corintios 4:20) La fe en Jesucristo es el poder de arrepentirse. El amor de Cristo significa el amor que se necesita para ayudar al prójimo. El arrepentimiento acarrea la paz y la libertad. La ayuda al prójimo resulta infaliblemente en libertad, porque lo que se hace por amor, no da cabida a la coacción.

El arrepentimiento no significa únicamente liberación del castigo después de la muerte, sino también liberación inmediata del fracaso, de la pérdida de nuestro propio respeto, de nuestra debilidad moral, y de nuestro alejamiento de Dios. El arrepentimiento nos aporta inmediatamente la comprensión de nuestra libertad. Esto fue lo que Pablo enseñó, y también lo que Amulek nos enseña en el Libro de Mormón:

Sí, quisiera que vinieseis y no endurecieseis más vuestros corazones; porque he aquí, hoy es el tiempo y el día de vuestra salvación; y por tanto, si os arrepentís y no endurecéis más vuestros corazones, desde luego obrará para vosotros el gran plan de la redención. (Alma 34:31)

4. La fe en Jesucristo es un vínculo de buena voluntad entre los hombres. Si comprendemos su tolerancia, su amor y su abnegación, y si, con la ayuda de su Espíritu, ponemos todas estas cosas en práctica en nuestra propia vida, aprenderemos a vivir con los demás. Es verdad que nos crearemos enemigos de esta forma, como le sucedió a Él, pero, al igual que El, nos crearemos también muchos amigos. Él estaba solo; nosotros somos muchos. En lo que va de su época a la nuestra, la historia de la humanidad ha sido una inmensa tragedia. La gente tienen hambre de buena voluntad.

En el matrimonio, en la vida de familia, entre nuestros vecinos, en la industria, en el gobierno, por todas partes donde haya buena voluntad, habrá libertad. La cooperación multiplica las posibilidades de elección y aumenta nuestro poder y nuestras realizaciones. En donde no hay buena voluntad, no hay libertad. El odio, la desconfianza, el sabotaje y la guerra destruyen la libertad entre los hombres.

No tan sólo nos ayuda Jesucristo a obtener la libertad en las situaciones determinadas que hemos estudiado en este capítulo, sino que también da a la vida moral y religiosa una mayor libertad. El que tiene fe en Cristo no vive ya más en el temor. Sigue los pasos del Maestro “en la fe que obra por el amor.” (Gálatas 5:6)

En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo. En al amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme no ha sido perfeccionado en el amor. (1 Juan 4:17,18)

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