Capítulo 31
«AMARAS AL SEÑOR TU DIOS»
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma,
y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. (Mateo 22: 37, 38)
Jesús afirmó que el segundo mandamiento—“amarás a tu prójimo como a ti mismo”—era semejante al primero. Es por ello que nos sentimos inclinados muy a menudo a reunir estos dos grandes mandamientos en uno solo: el amor del prójimo. Aunque estos dos mandamientos abarcan el amor verdadero y se refuerzan el uno al otro, como los hilos de una trama, son bien diferentes los dos. Cada uno de por sí posee un significado particular y su propio valor. El amor de Dios no queda enteramente incluido en el amor al prójimo. Es algo diferente.
Nuestro propósito, en este capítulo, será de discutir cómo podemos amar a Dios. Esto significa amar también al prójimo, pero al propio tiempo algo más que eso.
Guardar los mandamientos
¿Cómo tenemos que amar a Dios? La respuesta más simple que está absolutamente conforme con las escrituras, es ésta, guardando sus mandamientos. Jesús mismo demostró el amor que sentía por su Padre en esta misma manera.
Más para que el mundo conozca que amo al Padre, y como el Padre me mandó, así hago. . . (Juan 14:31)
Como el Señor había dado a conocer a sus discípulos la voluntad de Dios, pudo decirles:
Si me amáis, guardad mis mandamientos… El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. (Juan 14:15, 21)
Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. (Juan 15:10)
La misma idea la encontramos en la primera epístola de Juan: “Pero el que guarda su palabra, en ése la caridad de Dios es verdaderamente perfecta. …” (1 Juan 2:5)
Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado. (1 Juan 3:24)
Guardar los mandamientos de Dios es una manera indispensable de mostrar nuestro amor por Dios. No obstante, esto, por sí mismo, no basta. El espíritu con el cual guardamos los mandamientos también es importante. Hay que tener en cuenta la relación que establecemos entre estos mandamientos y nuestro Padre Celestial. Expliquémoslo más claramente.
Los esclavos se ven obligados a obedecer. Los pueblos oprimidos se someten a las leyes de los dictadores, pero no con amor. La obediencia a los mandamientos de Dios no puede ser una expresión de amor verdadero si entra en ella el menor elemento de servidumbre. Para que sea amor, es preciso que sea una obediencia libre, voluntaria, hecha con toda el alma y sin egoísmo.
Puede suceder también que una persona observe un gran número de mandamientos de Dios sin tener fe en El y sin sentir un sentimiento de relación estrecha con Él. Esta especie de relación estrictamente legal con la voluntad de Dios nace de la letra y no del espíritu de la ley. Hay muy poco amor en una actitud como esta.
Es posible, sin embargo, observar los mandamientos de una manera personal, de una manera que nos acerca más a Dios. Se puede tener hambre y sed, no solamente de justicia, sino también de la presencia de un Padre amante y justo, que ya se ha manifestado en su Hijo.
Maneras de amar a Dios
1. El amor de Dios puede ser personal y directo. Hay muchas experiencias en esta vida que llenan nuestro corazón de gratitud y de amor. ¿Cuáles son algunas de ellas? Varían según la persona. Para mí, son la caricia de un niño, un paseo en el bosque después de una lluvia refrescante, la salida del sol en junio, el olor del heno recién cortado o de la tierra acabada de labrar, las flores de los melocotoneros en el mes de mayo, las flores silvestres en lo alto de las montañas, la belleza de la vida de una persona que se ha arrepentido de sus pecados, o la entereza de alma de un ser humano, que ha sufrido sin quejarse o que se ha puesto a defender lo justo sin temer la opinión ajena o los reproches que se le puedan hacer. Y muchas más otras cosas por el estilo.
Si tenemos fe en Dios, nuestro Padre y Creador, hay muchas cosas que nos hacen alabarle y darle gracias. Dios es el Creador de la naturaleza y el hombre. El amor que debemos sentir por El cómo Creador no queda enteramente incluido en el amor que podamos sentir por nuestros semejantes. Es en este sentido que el amor de Dios se diferencia del amor humano.
El amor de Dios se expresa en la oración y en el culto, y surge no tan sólo de las fuentes de nuestra propia gratitud y de nuestras aspiraciones, sino también de la inspiración que otros han tenido, tanto puede ser una poesía como una hermosa melodía. La música de Mendelssohn, basada en esta letra, “Si de todo corazón me buscas sinceramente, ciertamente me encontrarás.—dice el Señor nuestro Dios,” cuando se canta con sinceridad y belleza, nos acerca a Dios.
Hay ocasiones, cuando estudiamos o meditamos, o también cuando estamos en el culto, en que estamos conscientes de la grandeza y de la bondad del Padre. Le amamos como si fuese una persona, como es en realidad. Estamos contentos por su bondad, su constancia, su conocimiento, su misericordia y su amor.
Le amamos porque he enviado a su Hijo al mundo para hacernos conocer su propia naturaleza y su voluntad. En la vida de Jesús de Nazaret, podemos ver la bondad y la grandeza del Padre, su entereza, su ternura y su compasión. Porque amamos al Hijo, del que conocemos ya la palabra, y que vivió entre los hombres, no nos es difícil amar al Padre que le envió.
Naturalmente, para amar a Dios, una persona debe tener fe en su existencia. Y luego, tiene que arreglar su vida para poder hallar a Dios en toda la bondad y toda la belleza manifestadas en la naturaleza y en la vida. El amor de Dios significa más que una creencia, más que una obediencia; significa gratitud, culto y comunión con Él.
2. Podemos amar a Dios amando sus atributos. ¿Cuáles son sus atributos? Es justo, imparcial, misericordioso, y amante. Su persona está hecha de integridad y de verdad. Es inteligente y creador. Si creemos en su existencia, y que estas cosas forman parte de su naturaleza, la lealtad a estas virtudes corresponde a una lealtad personal a Dios.
Cuando una persona religiosa trabaja en favor de la justicia entre los hombres, no está luchando solamente por un ideal y por sus semejantes, sino que al mismo tiempo, siente que ama al Padre. Y al mismo tiempo hace también prueba de lealtad y de fidelidad hacia el Padre. Y lo mismo sucede cuando amamos a alguien, o perdonamos, etc. . . .; todo ello significa obrar en armonía con la naturaleza de Dios, mostrarle fidelidad.
Crear, hacer alguna cosa nueva según la imagen que de ella nos hacemos en nuestra mente y nuestro corazón, aporta una gran satisfacción al alma humana. Teniendo fe en Dios, esta misma experiencia creadora nos acerca a Él. La madre profundamente religiosa goza de una experiencia espiritual al poner un hijo en el mundo. Contribuye a la obra creatriz de Dios, que tiene por propósito el llevar a cabo “la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” El predicador, el misionero, el maestro o el dirigente en la Iglesia de Cristo, se siente muy cerca del Padre y del Hijo, porque su obra es también la obra de Dios.
Amar la verdad es amar a Dios; amar a Dios es amar la verdad. Podríamos parafrasear las escrituras, y decir: “Si alguno dice, Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (Véase 1 Juan 4:20)
Si no amamos los atributos de Dios, los grandes principios morales que Él pone en práctica y que enseña al mundo, como son la justicia y la misericordia, nuestro amor por Él es muy poco profundo. Esto equivaldría a decir: “Amo a mi esposa, pero aborrezco lo que hace, lo que piensa y los ideales según los cuales vive.” Nuestro amor por otro tiene que incluir lo que constituye su individualidad, sus pensamientos, sus sentimientos, sus acciones, sus esperanzas y sus deseos. Nuestro amor por Dios incluye igualmente el amor por todo lo que El representa, su verdad y su justicia.
Miqueas nos dice cómo debemos presentamos ante el Señor, con inspiradoras palabras:
… y qué pide de ti Jehová: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios. (Miqueas 6:8)
El profeta junta así la espiritualidad y la moralidad, andar humildemente con Dios comprende poner en práctica los principios de justicia y amar la misericordia entre los hombres. Y poner en práctica los principios de justicia y amar la misericordia es el medio seguro para poder andar con Dios humildemente, bajo la protección de su poder, de su influencia y su amor.
Nefi ha dicho: “Porque he aquí, amados hermanos míos, os digo que el Señor no obra en la obscuridad.” (2 Nefi 26:23) Conocemos dos clases de tinieblas, la ignorancia y el pecado. Andar por estos senderos desviados no es andar con Dios o amarle.
Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Más el que practica la verdad viene a la luz para que sea manifestado que sus obras son hechas en Dios. (Juan 3:20, 21)
3. Podemos amar a Dios amando su obra. Su obra consiste en llevar a cabo la vida eterna del hombre. Por lo tanto todo lo que hacemos con amor para contribuir al cumplimiento de los designios de Dios con respecto a los hombres, es, al mismo tiempo, la expresión del amor que sentimos por Él. A nuestro entender ésta es la razón por la cual Jesús dijo que el segundo mandamiento era semejante al primero. Por esto dijo Jesús, en respuesta a la triple afirmación de Pedro de que éste amaba a su Maestro: “Apacienta mis corderos.” “Apacienta mis ovejas.” “Apacienta mis ovejas.” (Léase Juan 21:15-17)
En su descripción del día del juicio, Jesús pinta con vivos colores el contraste entre los que le aman y los que no. Hace uno del amor que se siente por Él y el que se siente por los hombres. (En otros pasajes de las Escrituras ya había hecho palabras sinónimas del amor que se tiene por Él y el amor que se siente por el Padre.)
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. (Mateo 25:34-40) (Léase Mat. 25:31-46)
Juan declara con palabras enérgicas, la relación que existe entre el amor de Dios y el amor de los hombres:
Sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo, que es verdadero en él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra. El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas y anda en tinieblas, y no sabe a dónde va, porque las tinieblas le han cegado os ojos. (1 Juan 2:8-11)
Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano permanece en muerte. Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él. (1 Juan 3:14, 15)
Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de el: El que ama a Dios, ame también a su hermano. (1 Juan 4:20,21)
























