Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 8
FE EN EL SEÑOR JESUCRISTO

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20)

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos hace una emocionante narración de la Iglesia de Cristo en sus primeros días. Al leer el libro, vemos a Pedro, a Pablo, y a otros, convertir a mucha gente a la fe de Cristo. Sentimos y comprendemos lo que es el cristianismo, y vemos que el libro muestra muy claramente cómo puede uno convertirse en cristiano.

Fundamentos de la vida cristiana

En el día de Pentecostés, después de la ascensión del Señor, los apóstoles se reunieron.

Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu que les daba que hablasen. (Hechos 2:2-4)

Los judíos que se encontraban allí, venidos de varias naciones que hablaban lenguas diferentes, se asombraron del poder de estos hombres y del hecho de que podían todos comprenderlos al mismo tiempo, a pesar de la diversidad de lenguas. Algunos pensaron que los apóstoles estaban borrachos de mosto.

Pedro aprovechó la ocasión para predicarles, con toda la profundidad de su convicción, a este Jesucristo, este Hombre que ellos habían “… crucificado, hecho morir por mano de inicuos.” (Hechos 2:28)

Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotras crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. (Hechos 2:36)

Gracias al poder del Espíritu Santo, Pedro fue tan persuasivo que unas tres mil almas “fueron compungidos de corazón” y preguntaron: “Varones hermanos, ¿qué haremos?”

En su respuesta, Pedro indicó los fundamentales de la vida cristiana. A estas personas que manifestaron creencia y fe, él dijo:

Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. (Hechos 2:38)

La fe, el arrepentimiento, el bautismo, y el don del Espíritu Santo, he aquí los principios y ordenanzas que hacen que una persona entre en la Iglesia cristiana y forme parte de su sociedad. En muchos sitios las Escrituras son muy explícitas al respecto. Léase, por ejemplo, la historia de Felipe y el etíope (Hechos 8:2540), y obsérvese como Pablo, a pesar de que había recibido una visión de Cristo y había sido llamado a ser apóstol por el Señor mismo, recibió también el bautismo y el don del Espíritu Santo de manos de Ananías. (Véase Hechos 9:10-19) Cornelio, que era un hombre piadoso y que temía a Dios junto con toda su casa, tuvo que ir a ver a Pedro para ser bautizado por él. (Véase Hechos 10)

Estos cuatro principios y ordenanzas son para la persona convertida; es el camino que ésta tiene que seguir para entrar en la fe cristiana. Sin embargo, esto no es todo. Continúan siendo después el fundamento de la vida cristiana para los miembros de la Iglesia. Hoy, para nosotros que somos ya miembros de la Iglesia, necesitamos edificar nuestra vida sobre las bases de la fe, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo tanto o más que el recién convertido.

El propósito de esta lección y de las que seguirán va a ser el de mostrar cuál es el significado de estos principios y ordenanzas en nuestra vida actual. Cada uno de ellos puede ser de vital importancia; y cada uno de ellos está basado en los que lo preceden. Juntos, forman los cimientos de la vida cristiana toda entera.

El significado de la fe

Las Escrituras nos dan dos definiciones de lo que es fe. (Que sepamos, todas las demás referencias a la fe son ora exhortaciones a tener fe, ora ejemplos de fe.)

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. (Hebreos 11:1)

Y como decía concerniente a la fe: Fe no es tener un concepto perfecto de las cosas; de modo que si tenéis fe, tenéis esperanza en cosas que no se ven, y que son verdaderas. (Alma 32:21)

Fe no es “tener un perfecto conocimiento”. Fundamentalmente hablando, la fe no es algo racional, es decir, el producto del pensar y del razonar, aunque la mente esté siempre trabajando con experimentos en los que la fe toma parte, y que una fe sana esté siempre basada en conocimiento y en experiencia. Pero, en materia de fe, siempre esperamos en cosas que no se ven. Vamos más allá de nuestras experiencias, de nuestro conocimiento, cuando vivimos por fe. William James ha dicho: “El estado en el que la fe se hace manifiesta es aquél en el que lo posible sobrepuja lo real.”

En términos de cada día y en términos científicos, consideramos el conocimiento como una noción de la realidad obtenida gracias a experiencias repetidas y verificadas. Tal conocimiento puede adquirirse simplemente mediante una observación eficaz de los fenómenos que nos rodean. El conocimiento es algo que pertenece al dominio de todos, y puede comunicarse muy fácilmente, verificarse y compartirse. El conocimiento es algo que proviene del pasado; conocemos a causa de nuestras experiencias anteriores.

La fe pertenece al porvenir; se dirige hacia lo desconocido o hacia aquellas cosas que sólo parcialmente se conocen. Cada vez que queremos ir más allá de nuestras experiencias conocidas y de nuestros conocimientos, o, en otras palabras, vivir en el presente y explorar lo por venir, la fe entra en liza. Incluso el sabio que va en busca de nuevos conocimientos, proponiendo hipótesis para explicarse hechos que no se explican de sí mismos, vive también por la fe.

La fe, al revés de la creencia y del conocimiento, es esencialmente un sentimiento, un sentimiento que, según sea su fuerza, está situado entre la esperanza y la certeza. Es un sentimiento de seguridad o de confianza que poseemos en que aquello que no podemos ver o saber es real o verdadero, o bien llegará a ser real o verdadero. Cuando vivimos por fe, vivimos como si lo que no es otra cosa que una posibilidad racional fuese real o pudiese llegar a ser real, o cierto. Permítanme que les dé el siguiente ejemplo:

Una pareja joven está pensando en casarse. Aunque hace ya tres años que se conocen, les es imposible, racional o científicamente, saber si su matrimonio va a ir bien, ya que ninguno de los dos ha tenido experiencia conyugal. Las estadísticas indican que sus probabilidades de ser realmente felices son más o menos un cincuenta por ciento o quizás un poco más. Su matrimonio, como todo matrimonio sincero, es una aventura cuya base la constituye la fe. La pareja se casa con la fe en que su matrimonio les traerá la felicidad.

Las grandes cuestiones de la vida, tales como: ¿Es que Dios existe? ¿Es el hombre inmortal? ¿Tiene la vida un propósito? ¿Qué cosas son las más importantes? ¿Era Cristo realmente el Hijo de Dios?, no pueden recibir una respuesta razonada, científica o filosófica que pueda satisfacemos. Al igual que el casamiento es siempre una obra de fe, la vida también es una obra de fe, en sus aspectos más vitales e importantes.

James E. Talmage ha escrito lo siguiente: “La fe es la causa motriz de toda acción.” En las relaciones humanas, en la vida intelectual, moral y espiritual, la fe es la gran causa motriz de toda acción. La fe es algo dinámico y creativo. Si queremos dar un significado a nuestra vida, debemos andar por fe. No tenemos otra alternativa, porque “aquellos que dudan nunca llegan a hacer nada; los escépticos no producen nada; los cínicos no crean nada.” (Calvin Coolidge)

Nuestra naturaleza misma—nuestra curiosidad, nuestra necesidad de hacer alguna cosa, de crear, nuestra noción del tiempo, viviendo en el presente y pensando en lo que haremos en el porvenir, nuestra necesidad de dar o de encontrar un propósito o un significado a nuestra vida—hace que sea esencial el que andemos por fe.

Nuestra fe la sostiene y la vivifica la Divinidad. Es un don de Dios, aunque esté en nuestro poder el cultivarlo.

Y la luz que brilla, que os alumbra, viene de aquel que ilumina vuestros ojos, que es la misma luz que vivifica vuestros entendimientos, la cual procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio—la luz que existe en todas las cosas, la que da vida a todas las cosas, la ley por la cual se gobiernan todas las cosas, aun el poder de Dios, quien se sienta sobre su trono y existe en el seno de la eternidad, y en medio de todas las cosas. (Doctrinas y Convenios 88:11-13) Léase también Moroni 7.

La fe en el Señor Jesucristo

La cuestión que se nos presenta, no es acaso: ¿debemos tener fe?

Tenemos que tenerla para vivir. La única parte de la cuestión que nos queda es entonces: ¿en quién debemos tener fe? Necesitamos tener fe, no en cosas vagas, sino en cosas definidas, en cosas importantes.

Todas las religiones grandes se basan en la fe. El mahometismo tiene la fe en Allah y en Mahoma su profeta; el judaísmo en el siguiente versículo: “Oye, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el solo Señor.” (Deuteronomio 6:4); el budismo en la iluminación de Buda, sus cuatro nobles verdades.

La fe del Nuevo Testamento es la fe en Jesucristo. Por ello nuestro cuarto artículo de fe afirma que nuestro primer principio no es únicamente tener fe, sino tener fe en él Señor Jesucristo. La fe en Jesucristo no perjudica en nada la fe que se pueda tener en Dios, o en otras cosas importantes. No quiere decir que damos más importancia a Jesucristo que a Dios, el Padre. Simplemente significa que es en él y por él que podemos llegar a conocer al Padre y el pleno significado de la vida religiosa. Consideremos lo que significa nuestra fe en el Señor Jesucristo.

Tener una fe vaga e indeterminada en Jesucristo no significa gran cosa. El valor de nuestra fe en Cristo depende de la respuesta que demos a esta pregunta: “Si tengo fe en Cristo, ¿en qué debo tener fe ?’’ O, para decirlo de una manera más positiva: “Si tengo fe en Cristo, tengo fe en. . . .” (En esta lección echaremos simplemente un vistazo sobre el significado de nuestra fe en Cristo. En las lecciones siguientes, desarrollaremos en forma más completa estas ideas que no haremos más que mencionar aquí).

1. Si tengo fe en Cristo, tengo fe en la inmortalidad del hombre. Tengo fe en el testimonio de Juan, que cita estas palabras de Jesús:

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. (Juan 11: 25, 26)

Puedo decir con Pablo, si tengo fe:

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1Corintios 15:55)

2. Si tengo fe en Cristo, tengo fe en un Dios que vive, en un Dios personal, un Padre justo, misericordioso, inteligente y amante, cuya naturaleza y cuya voluntad nos fueron revelados en la vida y las enseñanzas de su Hijo.

Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. (Juan 14: 7-11)

3. Si tengo fe en Cristo, deseo y puedo llegar a arrepentirme.

Por tanto, traerá salvación a cuantos creyeren en su nombre; pues el propósito de este último sacrificio es poner por obra la misericordia, que sobrepuja la justicia y provee a los hombres la manera de poder tener fe para arrepentirse. (Alma 34:15)

4. Si tengo fe en Cristo, tengo fe en que, mediante un verdadero arrepentimiento y el bautismo, puedo ser redimido de mis pecados. Si creo, que vino. . . .

… para redimir a su pueblo… pero no para… redimirlos en sus pecados, sino para redimirlos de ellos. (Helamán 5:10)

5. Si tengo fe en Cristo, tengo fe en la vida, fe en que fue El un gran maestro y el ejemplo viviente de verdades y de valencias que los hombres deberían tratar de trasplantar en sus vidas y encontrar así paz en esta vida y gozo sempiterno.

Yo soy el camino, y la verdad la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6)

La senda de verdad marcó, con toda claridad; la luz y vida que sin fin, reflejan la verdad. (Eliza R. Snow)

Para concluir, repitamos que la fe en Jesucristo no es algo que únicamente la persona que se convierte tiene que considerar. Cada uno de nosotros tiene la necesidad cada vez mayor de esclarecer y de edificar una fe viva en el Señor Jesucristo. La fe en Cristo es algo que nunca podremos agotar o sobrepasar. La fe en Jesús implica fe en la inmortalidad, en un Padre personal, en la redención y en sus enseñanzas y sus ideales.

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