Capítulo 22
«. . . SI, SI; NO, NO»
… Porque de la abundancia del corazón habla la boca. (S. Mateo 12:34)
El interés que Cristo mostró por la manera de hablar
Cristo ha dicho cosas memorables con respecto a la manera de hablar. Nos ha amonestado contra el hecho de hablar simplemente para que se nos escuche.
Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. (Mateo 6:7)
Condenó la actitud de los escribas y los fariseos que gustaban de oír palabras halagadoras, y las salutaciones en las plazas, y ser llamados por los hombres Rabí, Rabí. (Véase Mateo 23:6-12)
Nos recomendó que evitásemos la blasfemia o la palabra soez, y que al contrario nos expresásemos de manera franca y sencilla.
Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. (Mateo 5:33-37)
Es evidente, según se desprende de las escrituras que acabamos de citar, que el Maestro no se interesaba en la manera de expresarse bajo un punto de vista retórico. No le importaba mucho el arte de dicción en sí mismo. Lo que le interesaba era el individuo que hablaba, la entereza de alma del orador. Recomendaba la sencillez y la sinceridad en las locuciones porque deseaba que estas cualidades existiesen en el alma de los que las pronunciaban. La palabra de un hombre es el espejo de su alma.
“¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.” (S. Mateo 12:34)
El lenguaje del Salvador
El lenguaje de Jesús se caracteriza por su sencillez, sobre todo tal como nos ha sido conservado en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. (En el de Juan las palabras tienen, en verdad, el sello característico de la sencillez, pero los pensamientos que las motivan son muy a menudo alegóricas, como por ejemplo: “Yo soy el pan de vida,” “yo soy el camino, la verdad y la vida,” etc.) Por regla general Jesús nunca emplea un lenguaje abstracto. Ilustra sus ideas, por el contrario, con ejemplos concretos.
Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; (Mateo 6:28)
¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? (Lucas 15:4)
Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales, le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. (Lucas 10:30)
No encontramos en sus palabras ni embellecimientos ficticios, ni vanas repeticiones, ni excesos de ninguna clase. El Salvador es franco, sincero y directo en sus palabras. Su estilo es sencillo y las ideas que contiene son profundas. Sus palabras evidencian el amor que existe en su alma y la pureza de su corazón. Esta clase de estilo se presta de modo admirable a la parábola y al proverbio, y en este sentido nadie le igualó jamás. Sus enseñanzas religiosas deben ser aceptadas literalmente, nunca alegóricamente, pero su lenguaje es el de un poeta y un miembro de la raza hebrea.
Hay una cualidad del lenguaje de Jesús que ha sido mal comprendida muy a menudo. Nosotros, al par que sus contemporáneos, a veces intentamos tomar literalmente palabras suyas que debieran ser únicamente consideradas como alegoría. A menudo es simbólico y está lleno de metáforas, y por consiguiente, sus efectos son impresionantes. Por ejemplo, Jesús dijo a Nicodemo: “que a menos que un hombre naciere de nuevo, no podría entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:1-6) Nicodemo al principio interpretó lo que le había dicho de una manera literal, y el sentido religioso que quedaba envuelto en sus palabras se le escapó por completo. Pero, ¿alguno de ustedes supone que, en todo el tiempo que siguió a esta conversación, Nicodemo llegó a olvidar las enseñanzas de Jesús a este respecto? El Salvador dijo a sus discípulos: “Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.” Pensaron que se refería al pan que se habían olvidado de tomar, cuando en realidad les estaba hablando de las doctrinas farisaicas y saduceas. (Véase S. Mateo 16:5-12) Dijo a sus discípulos también: “Vosotros sois la sal de la tierra.” “Vosotros sois la luz del mundo.” En todas estas metáforas, Jesús es absolutamente sincero. Sus ejemplos, en la mayoría de los casos, son muy sencillos y se inspiran en cosas concretas de la vida cotidiana.
La sinceridad en el lenguaje de sus discípulos
La corta obrita de Santiago está escrita de manera sencilla y solemne. Su estilo es claro y persuasivo. Santiago nos amonesta de la manera siguiente:
Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación. (Santiago 5:12)
La primera epístola de Juan tiene la belleza, la sencillez, el lenguaje sincero de los evangelios. Por ejemplo, el siguiente versículo:
Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. (1 Juan 3:18)
El apóstol Pablo trató problemas nuevos y hasta difíciles en sus obras. Por temperamento, tenía una tendencia al éxtasis. Estos dos factores hacen que algunos de sus escritos, muy profundos en cuanto a ideas, sean complicados, y difíciles de leer; esta dificultad queda multiplicada aún más, si cabe, por la mayor parte de las traducciones que de él se han hecho. No obstante, de manera general, y sobre todo cuando da instrucciones prácticas, Pablo posee un estilo directo y lleno de franqueza. Siempre es sincero en sus expresiones y se diría que, aún hoy, exige de sus lectores que lo sean también. Tómense como ejemplos los siguientes pasajes:
Más os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos. (Romanos 16:17,18)
Así que, hermanos, cuando fue a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1 Corintios 2:1-5)
Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean prudentes; presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad, palabra sana e irreprochable, de modo que el adversario se avergüence, y no tenga nada malo que decir de vosotros. (Tito 2:6-8)
Aberraciones de la sinceridad en nuestro lenguaje moderno
La palabra no es tan sólo el espejo del alma humana, sino también constituye el molde que forma al hombre. La sencillez y la sinceridad producen un lenguaje del mismo género; y, por otro lado, si tenemos cuidado en hablar siempre con sinceridad, esto nos ayudará en ser más francos y más sinceros en nuestros sentimientos y en nuestro modo de pensar.
¿Cuáles son los modos de expresión que no son sinceros, y que, por consiguiente, destruyen los cimientos de un verdadero carácter cristiano?
1. El juramento—Esta forma de expresión que, afortunadamente en el habla española, a diferencia de otras lenguas modernas, tiende a desaparecer a medida que pasa el tiempo, se presenta bajo diversas formas. El tomar a Dios por testigo de nuestra veracidad que, seguramente, fue lo que el Señor tenía presente cuando pronunció el Sermón del Monte, en verdad no tiene cabida alguna en la vida de una persona sincera. ¿Por qué no decir la verdad sencillamente, y ahorrarse así la ofensa de tomar el nombre de Dios en vano? El tener que jurar por los cielos o por la tierra, o sobre una Biblia en ocasiones especiales implica que de ordinario uno no dice la verdad.
2. La blasfemia y la palabra soez. Estas dos formas de expresión, plaga de nuestra habla moderna, son asimismo una desviación de la sencillez y sinceridad de lenguaje. El uso de lenguaje blasfemo o bien soez llega a ser una costumbre desprovista de sentido para muchos. Simplemente, y en pocas palabras, su uso tiene su origen en el deseo poco inteligente de hacerse ver, de destacarse; por otro lado, en la mayoría de los casos constituye una evidencia patente de la ausencia de cultura idiomática, que obliga al blasfemo a usar expresiones que de otro modo no emplearía, evitando cobardemente los pensamientos francos y claros.
3. La jerigonza. Según la definición del diccionario de la Academia de la Lengua Española, “jerigonza o jerga es un lenguaje especial de mal gusto, complicado o incomprensible.” El jesuita español Baltasar Gracián dijo que “lo bueno, si breve, dos veces bueno: más valen quintaesencias que fárragos.” La ausencia de claridad puede ser causa de que a menudo se interpreten mal nuestros motivos y nuestra verdadera personalidad. Un gran general alemán, el conde de Moltke, decía siempre a sus oficiales: “recuerden, caballeros, que órdenes que puedan ser mal interpretadas serán mal interpretadas.”
“El estilo es el alma,” decía Romain Rolland, y aconsejaba a todo el mundo que escribiesen tal como sentían y pensaban. Don Miguel de Unamuno, cuando llegaba el caso en que debía repetir una idea, y sólo se acordaba de una palabra para expresarla, ni siquiera se tomaba la molestia de levantarse de la mesa en que estaba escribiendo para consultar el diccionario de sinónimos. Su idea era que cuanto más franca y menos rebuscada en palabras era una obra, tanto mejor era el resultado. Una razón muy común por la que las personas no logran ser explícitas es que lo que quieren expresar no está claro ni para sí mismas. Sólo poseen impresiones confusas, ideas vagas e indistintas. El resultado es que sus mentes no pueden trabajar eficazmente en medio de esta niebla mental, ni más ni menos que una cámara fotográfica no puede trabajar en medio de una niebla física. La lectura frecuente de los grandes autores de nuestra lengua, o bien buenas traducciones de Shakespeare, Goethe, Churchill e incluso los discursos de nuestro presidente J. Reuben Clark, para citar tan sólo unos pocos, nos convencerá de lo nocivo que es un lenguaje oscuro. En realidad, todo abuso de nuestra lengua en este sentido tiene por ulterior resultado el engañar o el dar una falsa impresión.
4. La adulación. La adulación a menudo es peor que la mentira y, a causa de que generalmente es más sutil y agradable, es imposible descubrirla tan de prisa como sucede con una mentira. La adulación engendra, en la persona que es el objeto de ella, una falsa impresión de sí misma. El adulador, por lo general, llega a convencerse a sí mismo que está diciendo la verdad. Y su adulación, por antítesis, llega a ser sincera.
Jesús sentía aun profundo disgusto por la adulación. Aunque amaba mucho a sus semejantes, no por ello dejaba de reprenderles. Nunca intentó complacer a todo el mundo, sobre todo aquellos con los que no estaba de acuerdo. Por eso nos dijo:
¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas. (Lucas 6:26)
5. La mentira. El Nuevo Testamento, como todas las Escrituras, condena la mentira, la calumnia y la maledicencia. (Consagraremos un capítulo entero a la consideración de esta clase de lenguaje.)
¿Cómo podemos desarrollar una mayor sinceridad de expresión?
El lenguaje es una costumbre. Un lenguaje desprovisto de sinceridad podrá corregirse en gran parte si llegamos a descubrir la causa que lo motiva y le ponemos remedio. Vale la pena de analizar nuestra elocución y discutir nuestro lenguaje y las relaciones que pueda tener con nuestra manera de ser.
Una religión india, el jainismo, nos indica porqué mentimos. Los adherentes de esta religión toman cinco votos, uno de los cuales consiste en renunciar a toda mentira “en pensamiento, palabra y cuerpo.” La mentira, dicen las escrituras que poseen esta religión, proviene de “la cólera, de la avidez, del miedo, o de la alegría.”
Estos filósofos orientales aprendieron por experiencia que a causa de la cólera, la avidez, el miedo o la alegría, cogemos el hábito de mentir. (Si bien el humor no contiene en sí los elementos distintivos del engaño, ya que de sí mismo no induce a falsedad porque el fin que se busca con una broma o un chiste no es la mentira, sino el provocar la risa del que escucha, que sabe también a qué atenerse.) Ciertamente, buena parte de las maneras viciosas de expresión que hemos discutido en este capítulo provienen de la cólera, de la avidez (incluyendo también el orgullo), y el temor. Si pudiésemos corregir estos defectos, nuestro lenguaje percibiría la influencia inmediatamente y sería poco a poco más sincero, mejorando sin lugar a dudas.
El lenguaje sincero, sin excluir el buen humor, es un resultado natural de la práctica del cristianismo verdadero. La fe en Cristo, el amor de la verdad, el amor del prójimo, el amor de Dios—“si tenemos todas estas cosas en abundancia”—no tendremos razón alguna para justificar la mentira, la adulación, los juramentos, las blasfemias, o la vana repetición. Nuestro sí tiene que ser sí, y nuestro no, ha de ser no. Y entonces estaremos en paz con nosotros mismos.
La sinceridad es el producto de la convicción. El convertirnos a Cristo nos ayuda de manera especial en ser sinceros, porque su vida es un ejemplo sublime de sinceridad y de sencillez. Es lo mismo que también exigió de sus discípulos.

























