Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 37
PACIENCIA POR AMOR DEL BIEN

Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas. (S. Lucas 21:19)

Jesucristo fue rechazado

Hay un aspecto de la vida de Cristo al que, hasta ahora, no nos hemos referido más que de paso. Aunque hubo muchedumbres que le seguían y muchos le amaban, pocos le comprendieron, y ni aun hoy hay muchos que le comprenden. En cierto sentido, estuvo siempre sólo, con la excepción del Espíritu del Padre y del Consolador que no le abandonaron nunca. Sus enseñanzas eran demasiado elevadas para la humanidad. Por esto acabaron deformando sus enseñanzas a la imagen de su propia naturaleza ignorante y egoísta. Le imputaron una jactancia y unos deseos egoístas que nunca fueron suyos, sino los de los hombres que los inventaron.

Jesús enseñó la verdad. Puso al desnudo la hipocresía, la avidez y el egoísmo del hombre. Esta clase de verdad hiere profundamente. Cuando los hombres oyeron estas verdades, como no querían arrepentirse, se volvieron contra aquel que los había ofendido diciéndoselas y se vengaron de Él crucificándole. Creían así escapar a la vergüenza de lo que les había dicho.

Jesús sabía lo que le esperaba. Predijo su muerte a los apóstoles. Tenía que morir.

Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. Esto les decía claramente. (Marcos 8:31, 32)

Los hombres querían matarle porque les había mostrado sus pecados. No sabían que la muerte de Jesús, en los siglos venideros, iba a ser la causa de que muchos pecadores vencieran al mal y recibieran el perdón divino. Pero esto es otra historia.

Por fin, Jesús cayó en manos de los malvados y fue ejecutado. Durante todo su ministerio fue objeto de sospechas y de ataques. Tenía enemigos que intentaban deformar el sentido de sus palabras y de hacerle caer en una trampa. Finalmente estas personas amonestaron a la muchedumbre irresponsable en contra suya. Es interesante, al par que trágico, el ver al Hijo de Dios, cuyo corazón estaba lleno de amor y de compasión por todos los hombres, que amaba tanto la verdad y la justicia, que era la revelación misma de Dios al hombre, sufrir una muerte tan ignominiosa.

Estaba en la sabiduría de Dios que su Hijo muriera para llevar a cabo la resurrección y la redención de los hombres. Pero los hombres no estaban predestinados a crucificar al Salvador. Lo hicieron libremente, por las razones que ya hemos sugerido. Vemos claramente, en las páginas de la historia, que muchos hombres han sido perseguidos y asesinados por el amor del bien y de la verdad. Jesús y Sócrates son ejemplos clásicos, aunque no son, ni de lejos, los únicos que desgraciadamente han sufrido esta suerte. Esteban, Santiago, Pedro, Pablo, y muchos otros.

Jesús predijo a sus discípulos que sufrirían

Cuando Jesús llamó a sus discípulos para ayudarle a establecer su obra entre los hijos de los hombres, les prometió grandes bendiciones:

Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. (Marcos 10:28-30)

Les prometió, al igual que a todos aquellos que fuesen hacia Él, las maravillosas bendiciones contenidas en las bienaventuranzas. Prometió a la samaritana que y nunca más tendría sed si bebía el agua de vida que Él le daría. (Juan 4)

Jesús afirmó también a aquellos que le siguiesen como discípulos, que sufrirían mucho. Cuando Santiago y Juan pidieron: “Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu diestra y el otro a tu siniestra,” Jesús les respondió:

Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado. (Marcos 10:38-40)

Cuando Jesús los envió a predicar su palabra, les predijo grandes persecuciones:

He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles. . Y seréis aborrecidos, de todos por causa de mi nombre; más el que persevere has el fin, éste será salvo. Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre. … Y no temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar; tened más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno. . . . No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. (Mateo 10:16-18, 22, 23, 28, 34-36)

La última de sus bienaventuranzas implica la persecución y los sufrimientos para aquellos que creen en El:

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros. (Mateo 5:10-12)

Los apóstoles sufrieron por el amor de Cristo

Ciertamente, los apóstoles no quedaron desilusionados con las predicciones del Señor concernientes a la suerte que les esperaba. Las persecuciones comenzaron inmediatamente, (Véase Hechos 4) y continuaron hasta su muerte. Conocemos pocos detalles al respecto, pero las persecuciones sufridas por Pablo han sido descritas de manera emocionante en el libro de Hechos. Lo echaron de las ciudades, le apedrearon y le pegaron hasta que creyeron que estaba muerto. (Hechos 14) En Macedonia Pablo curó a una pitonisa, con lo que puso fin al comercio con que ciertas gentes explotaban las supersticiones de la plebe. Estos “comerciantes” llevaron a Pablo ante el magistrado, dando falso testimonio en contra suya y en contra de Silas.

Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas. Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. (Hechos 16:22-24)

Los discípulos enseñaron la paciencia en los sufrimientos

Como ya lo hemos observar, la persecución de los cristianos en el primer siglo continuamente fue una amenaza. La condición de miembro de la iglesia primitiva de Cristo era un peligro permanente y mortal. No obstante, todos los discípulos enseñaron la paciencia y la magnanimidad en nombre de la fe en Jesucristo. Pablo escribió lo siguiente:

Gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración. (Romanos 12:12)

Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos; llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte actúa en nosotros, y en vosotros la vida. Pero teniendo el mismo espíritu de fe, conforme a lo que está escrito: Creí, por lo cual hablé, nosotros también creemos, por lo cual también hablamos, sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros. Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros, para que abundando la gracia por medio de muchos la acción de gracias sobreabunde para gloria de Dios. Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día. Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. (2 Corintios 4:8-18)

No damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado; antes bien, nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabra de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, más he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, más poseyéndolo todo. (2 Cor. 6:3-10)

Pero tú has seguido mi doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia, persecuciones, padecimientos, como los que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra, persecuciones que he sufrido, y de todas me ha librado el Señor. Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución; más los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido: y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. (2 Timoteo 3:10-17)

En la Primera Epístola de Pedro, se aconseja a los santos de mirar que sus sufrimientos sean el amor del bien, y no por haber hecho el mal. “¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?” (1 Pedro 3:13) (Véase también 3:18 y 4:12-19)

Y en Hebreos, se dice a los cristianos que

. . . puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado. (Hebreos 12:2-4)

Y luego, citando el Antiguo Testamento en su enseñanza de que “el Señor al que ama castiga”, dice que nuestros propios padres nos castigaban en la carne, “como a ellos les parecía, pero El (Dios) nos castiga para lo que nos es provechoso, para que participemos en su santidad.”

Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado. Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:11-14)

Santiago, conocía el valor de las aflicciones y de las tentaciones, y nos exhortó a tener paciencia:

Persecuciones modernas

En el siglo diecinueve los Santos de los Últimos Días sufrieron grandes persecuciones. Al igual que la Iglesia primitiva de Cristo, tuvieron también sus mártires. Ahora las cosas han cambiado. Con excepción de aquellos países en los que hay poca o ninguna libertad religiosa, los Santos de los Últimos Días adoran a Dios sin ataques violentos o físicos. La prosperidad de la Iglesia y una publicidad favorable hacen más fácil el ser miembros de ella.

Un cierto número de factores han contribuido a este cambio. La libertad religiosa es un hecho en los países del occidente que son realmente libres. Los pueblos se han acostumbrado a tolerarse los unos a los otros, y la mayor facilidad de comunicaciones ha facilitado el intercambio de ideas. Una segunda razón por la ausencia de persecución puede ser la indiferencia religiosa. De todos los que profesan ser cristianos hoy en día, quizás más de la mitad lo son únicamente de nombre. Hay poca convicción religiosa en el mundo moderno. Y de ello viene una actitud de indiferencia con respecto a las ideas y convicciones de los demás. Una tercera fuente de tolerancia para los Santos de los Últimos Días ya no constituyen un pueblo diferente, ni tratan de edificarse una nueva sociedad separada de la cultura que les rodea. En América del Norte, sobre todo, poco se puede distinguir a uno de ellos del resto de sus compatriotas, excepto en el hecho de que no fuma ni bebe, y de que va a la Iglesia con mayor regularidad.

Esta ausencia de persecución, con el sufrimiento que ahorra, puede ser muy bueno. Ciertamente, de nada serviría el atraer sobre nosotros las persecuciones sin necesidad. A veces atraemos el odio y la animosidad de los demás por nuestra propia culpa y por nuestra falta de humildad y de amor al prójimo.

Nuestra necesidad de la paciencia y la perseverancia cristianas

1. La persecución de los santos, en la actualidad, es raramente violenta o física. A menudo reviste una forma más sutil e indirecta. Cierta clase de publicidad astuta, que encontramos en los periódicos y en las revistas, tiene tendencia a corromper a la juventud y a apartarla de la verdadera vida cristiana. Un mundo lleno de prosperidad, que nos ofrece cada minuto de nuestra vida toda suerte de placeres, hace una gran competencia a la fe y al amor, que requieren esfuerzos y sacrificios. Es lo que Nefi predijo respecto a nuestra época:

Y a otros (Satanás) pacificará y los adormecerá con seguridad camal, de modo que dirán: Todo va bien en Sion; sí, Sion prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno. (2 Nefi 28:21)

2. Hoy, como todos los días, los hombres tienen que luchar por conocer la verdad, defenderla y predicarla. Es cada vez más necesario, al paso que nuestras instituciones gubernativas se vuelven más y más grandes, que nuestro país se va poblando más, y que nuestra administración pública se va centralizando más, que la gente ejerza sus derechos y goce de su libertad, que tenga el valor de tomar sus responsabilidades y participar inteligentemente en el trabajo que llevan a cabo estas instituciones. Cuanto menos importante parezca que se vaya convirtiendo el papel que el individuo está llamado a desempeñar, más debe luchar por mantener su importancia. Hemos tenido que luchar para poder obtener nuestra libertad. Y tendremos que luchar para poder conservarla.

3. Tenemos ciertamente necesidad de paciencia y de perseverancia en nuestros esfuerzos por inspirar en nuestros hijos la lealtad y la fidelidad por nuestra fe. Sabemos que no podemos edificar su fe en el amor por las amenazas o el empleo de la fuerza. A veces tenemos que esperar pacientemente, con fe y esperanza en que, después de un cierto tiempo, nuestros seres queridos lleguen a apreciar el evangelio de Jesucristo tanto como nosotros. Esto tiene que ser así tanto entre marido y mujer, como entre padres e hijos, entre amigos, y vecinos y hermanos y hermanas en la fe. Es preciso tener paciencia, humildad, amor, y todavía más paciencia.

¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. (1 Corintios 3:5, 6)

Mencio, famoso discípulo de Confucio, dijo que “Del hombre de Sung que intentaba hacer crecer su trigo más aprisa tirándolo por los tallos, deberíamos aprender que debemos ser pacientes en nuestro desarrollo del carácter.”

En todos los aspectos de la vida, deberíamos tener bastante fe para poder conformarnos a todas las facetas del ideal cristiano. Deberíamos vivir más sencilla, más modestamente, y deberíamos buscar las cosas del espíritu de preferencia a las cosas materiales. “Lo que los hombres tienen por sublime,” dijo Jesús, “delante de Dios es abominación.” Y como Pablo dijo muy bien:

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. (Romanos 12:2)

¿Cuál debe ser nuestra actitud cuando sufrimos injustamente; o bien cuando sufrimos por causa de la justicia?

A menudo, cuando la gente no reciben la comprensión que desearían o que se les trata mal, se ofenden y quedan terriblemente heridos en su amor propio. Caen en la amargura y se apiadan de sí mismos, lo que es una mala costumbre, porque con ella matamos toda nuestra energía. Nunca en su vida conoció Jesús el cinismo o la acritud. Después de cada reprimenda o censura que se vio obligado a hacer, continuó su obra positiva de bondad y de amor. Sus respuestas a los fariseos y a los sumos sacerdotes en los últimos días de su vida estaban tan llenas de sagacidad como desprovistas de odio o de animosidad como lo fueron siempre desde el principio de su ministerio. Grande es, y una verdadera cristiana, la persona que puede soportar el ser ofendida injustamente y conservar la dulzura y la paz de su alma, el sentido justo de valores y conservar su alma limpia de todo mal.

Es lo que hizo el apóstol Pablo. Echado en la cárcel y cargado de cadenas después de haber sido azotado, entonó himnos y oró y convirtió a su carcelero y a toda su familia. No podemos hallar rasgo de acritud o de quejas en la narración que tenemos de este suceso. Cuando, en el transcurso de su viaje a Aoma, el navío amenazaba naufragar, Pablo dijo a los marinos y a los demás que le acompañaban: “Os amonesto a que tengáis buen ánimo.” (Véase Hechos 27.)

Cualesquiera que fueren las cosas que nos veamos obligados a soportar en nuestra vida, soportémoslas con humildad, amor y alegría. Es así que seremos verdaderos discípulos de Jesús. Es así únicamente que podremos “gozamos y alegramos.” (S. Mateo 5:12)

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