Capítulo 13
“LA RESURRECCION Y LA VIDA”
¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
No está aquí, sino que ha resucitado. (S. Lucas 24:5-6)
En tiempos de Jesús, los fariseos creían en la resurrección y los saduceos no. Incluso los Apóstoles tardaron en comprender las alusiones que hizo Cristo a su propia resurrección, y se asombraron en gran manera cuando ésta se produjo. El Nuevo Testamento, libro tras libro, da glorioso testimonio de la victoria que obtuvo el Salvador sobre la muerte. En este capítulo vamos a revisar algo lo que el Nuevo Testamento tiene que decir al respecto y consideraremos lo que este gran suceso tiene que ver con nosotros en nuestra época.
Cristo ha resucitado
Jesús estaba al corriente de la muerte y de la resurrección por las que tenía que pasar. Por lo menos tres evangelios atestan que así lo declaró. (Véase Mateo 26:61; 27:39-43; Marcos 14:58; y Juan 2:19-22; 5:24-28)
De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; (Juan 5:25, 26)
Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre. (Juan 10:17,18)
Por el libro de Juan nos enteramos que Cristo, a diferencia de los demás hombres, murió voluntariamente. A pesar de que lo mataron otros y que sufrió los dolores de la crucifixión por los pecados de la humanidad, lo hizo por su propia voluntad para llevar a cabo el propósito del Padre.
Fue una nueva y gloriosa mañana de sábado cuando “dos varones con vestiduras resplandecientes,” dirigieron la palabra a las mujeres que habían venido a la tumba del Salvador con ungüentos y especies para ungir su cuerpo. “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado ” No tan sólo estas mujeres, sino los mismos discípulos de Jesús se quedaron sobrecogidos al pensar que había resucitado y se maravillaron enormemente cuando se les apareció luego. Por ello Jesús les dijo:
… ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos? Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies. Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos. (Lucas 24:28-43)
La resurrección de Cristo tuvo un efecto electrizante sobre los Doce.
Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios. (Lucas 24:52,53)
Inspirados por esto y por el Espíritu Santo, Pedro y los Doce predicaron la resurrección con gran bravura a aquellos mismos judíos que habían crucificado a su Señor. (Léase el libro de los Hechos, empezando por el capítulo 2.) Muchos miembros de la Iglesia primitiva consideraron un honor el imitar a su Maestro en el martirio.
El apóstol Pablo, convertido después de la muerte del Salvador en una asombrosa visión (Véase Hechos capítulo 9.), se convirtió en un campeón elocuente de la resurrección. En verdad, sus escritos son los primeros documentos que dan testimonio de la resurrección. Así escribió a los Tesalonicenses:
Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor; que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras. (1 Tesalonicenses 4:13-18)
El discurso más largo y elocuente que Pablo nunca escribiera concerniente a la resurrección se encuentra en la Primera Epístola a los Corintios, en el capítulo 15. En él cita buena cantidad de personas, incluyendo él mismo, que habían visto a Cristo resucitado, “las primicias de los que han muerto,” “porque así como en Adán todos mueren, así todos resucitarán en Cristo.”
Según el Nuevo Testamento debemos deducir que la resurrección de Cristo fue real, que volvió a tomar su propio cuerpo, que fue el primero de todas las personas de la tierra en resucitar, y que en él y por medio de él toda la humanidad resucitará.
No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación. (Juan 5:28,29)
Lo que la resurrección de Cristo significó para sus discípulos
Únicamente podemos suponer lo que el conocimiento de su propia inmortalidad y de su poder significaron para Cristo. Sin duda alguna que debió de ser una fuente de serenidad y dignidad a la hora de su pasión. Sin duda también, fue un factor importante de sus enseñanzas, ya que los cielos y la eternidad eran tan reales para El cómo la tierra y todo lo que le rodeaba.
No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. (Mateo 6: 19,20)
No sabemos exactamente como la resurrección de Cristo afectó la resurrección de toda la humanidad, pero sabemos que fue así. Nuestra resurrección es su obra creatriz, y debió de ser para El motivo de gran gozo.
Para Pedro, Juan y Pablo, la resurrección de Cristo fue una fuente dinámica de fe, de ánimo, de consuelo, de arrepentimiento, de virtud y de gozo. Para ellos, fue algo cierto y real, siempre presente en sus mentes. Para Juan, esto significaba la compañía eterna y gozosa del Padre y del Hijo:
Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. (1 Juan 1:1-4)
Para Juan esta fe significa que debemos “también amamos los unos a los otros” y que “quienquiera que tiene esta esperanza en él se purifica, como él mismo, (Jesús) es puro,” y que cualquiera “que peca no le ha visto ni le ha conocido.” “Conocemos el amor de Dios en que ha dado su vida por nosotros; que el Hijo de Dios vino y nos dio inteligencia para que conozcamos lo que es Verdadero, y nosotros estamos en el Verdadero, y en su Hijo Jesucristo. Él es el verdadero Dios y la vida eterna.” (Léase la primera epístola de Juan de la que estas citas están tomadas.)
Pablo reconoció que la fe en la resurrección es una fuerza dinámica que determina una vida virtuosa. (Pablo siempre juntó la fe religiosa con la vida moral más elevada.) Concluyó su gran capítulo sobre la resurrección con esta admonición:
Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano. (1 Corintios 15:58)
En el mismo capítulo escribió también lo siguiente:
Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. (Versículo 19)
Lo que la resurrección de Cristo significa para nosotros
¿En qué nos afecta la resurrección de Cristo en nuestra vida cotidiana? ¿Nos deja indiferentes excepto cuando la muerte de alguien, unos funerales, o el día de los muertos nos la recuerda? ¿Las personas de edad avanzada acaso son las únicas que piensan en ella de vez en cuando? ¿Tenemos una fe viva en la resurrección, que afecta verdaderamente nuestros puntos de vista y nuestra conducta moral cada día de nuestra vida? Como dijo Pablo, seremos “los más desgraciados de todos los hombres” sin fe en la inmortalidad de Cristo.
Pablo tuvo una visión del Señor resucitado. Había oído su voz. Lo que en otros tiempos no había sido para él otra cosa que las enseñanzas de los fariseos, ahora era una realidad.
La resurrección y la redención de Cristo fueron la base de las predicaciones de Pablo. Sin esta fe en Cristo Pablo hubiera sido el más desgraciado de todos los hombres.
Pero esto no significa, sin embargo que la única razón por la que la vida de Cristo tiene importancia para nosotros es su resurrección.
“Si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta en Cristo,” todavía estamos en una posición mejor que la de aquellos que ni siquiera esta esperanza tienen. Cristo nos ha enseñado cómo debemos vivir aquí abajo, actualmente. Creemos que conocía, no tan sólo las cosas de valor eterno, sino también las de mayor valía humana de esta vida actual. En realidad, son esencialmente las mismas. El amor, la misericordia, la humildad, la pureza de corazón, y la generosidad nos proporcionan gozo en esta vida al propio tiempo que nos preparan para la vida eterna en el reino de Dios.
Incluso si la inmortalidad no fuese otra cosa que un mito, sería insensato apartarse la fe en Cristo, diciendo: “¿Qué me aprovecha si los muertos no resucitan? Comamos y bebamos, que mañana moriremos.” (1 Corintios 15:32) Si esta vida fuese todo, aún sería preciosa para nosotros; querríamos vivirla toda entera y conocer plenamente su sentido profundo. Sentiríamos la misma sensación de urgencia por obtener lo más posible de nuestra vida efímera. Si no hubiese nada más allá de esta vida, tendríamos necesidad igualmente de la vida y las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Las enseñanzas que dio concernientes a la vida actual, todavía serían ciertas:
Mejor es dar que recibir.
Bienaveriturados los misericordiosos.
Bienaventurados los limpios de corazón.
Bienaventurados los pacíficos.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.
Estas son las leyes de la vida, de esta vida actual, y de la vida eterna.
Cristo resucitó. Nosotros también resucitaremos. Esta fe es muy importante en sí misma, y es también, no sólo para Pablo, sino para ustedes y yo, fuente de gran gozo. Pensemos un momento, si la vida no fuese eterna y si no hubiese un Dios vivó, personal en los cielos, podría llegar el día en que toda la verdad, la belleza y la bondad que conocemos y a las que aspiramos en esta vida fuesen aniquiladas por una bomba atómica o de hidrógeno, o por cualquier otra catástrofe del mismo género. Un fin trágico para la vida sobre esta tierra, en verdad. El sólo pensar en una posibilidad parecida nos trastorna todos y nos llena de pesadumbre.
Esta idea ha sido desarrollada de una manera interesante por un filósofo llamado William P. Montague que define la religión como “la fe en que las cosas que importan más en la vida no estarán a la merced de las que importan menos.” El amor, la entereza de carácter, el ánimo moral, la verdad, la virtud nunca serán aniquiladas por las fuerzas impersonales de la naturaleza. La fe en Cristo y en la inmortalidad personal sostienen nuestra fe en un universo moral y en la existencia eterna y universal de las cosas más bellas y elevadas de la experiencia humana. Y es por esta razón que nos regocijamos en Cristo y en su resurrección, no porque esta vida estaría desprovista de razón si no fuese por su resurrección, sino porque nos da la certeza que las cosas más hermosas a que podamos aspirar aquí abajo tendrán su mayor desarrollo en el reino de nuestro Dios y de su Hijo.
La fe en la resurrección nos reconforta y nos da la paz del alma. Borra una gran parte de lo que es trágico en la vida. Uno de los aspectos trágicos de la vida es que la decrepitud y la muerte vienen a nuestro encuentro en el preciso momento en que hemos llegado a esta madurez que nos permite gozar plenamente de la vida. Hay también otros aspectos trágicos, como el sufrimiento de los inocentes, la injusticia y las dificultades que algunas personas tienen que soportar en su vida. La fe en la inmortalidad nos hace creer que estas cosas serán corregidas, y que, de acuerdo con la sabiduría y por decreto de Dios la vida será considerablemente mejorada. Habrá compensaciones. La misericordia y la justicia prevalecerán. Los límites naturales de la vida mortal serán sobrepujados. El progreso moral y espiritual continuará.
Nos regocijamos con Sócrates, que esperaba la muerte como si fuera un sueño apacible, como si fuera una vida maravillosa de comunión con los grandes hombres que le habían precedido. La idea de poder conocer a Moisés, a Alma a Pablo, al profeta José Smith y al Salvador cara a cara nos inspira. ¡Y qué satisfacción no debe damos la certeza que volveremos a ver a nuestros seres queridos!
La inmortalidad, aun considerándola como posibilidad únicamente, vale la pena esperarla confiadamente. El estudio del Nuevo Testamento refuerza nuestra fe en la inmortalidad personal porque da testimonio, vez tras vez, de la resurrección de Jesucristo.
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? (Juan 11:25,26)
La realidad de la existencia de Dios y de Cristo resucitado constituyen el hilo y la trama de la fe de los Santos de los Últimos Días. La existencia del Padre y del Hijo, revelada en la primera visión de José Smith, en 1820, fue revelada por segunda vez en otra gran visión. (Véase Doctrinas y Convenios, sección 76) Ojalá que esta fe que tenemos en Cristo sea manifiesta en nuestra lealtad a los ideales cristianos y en el ánimo tranquilo con el que afrontamos las vicisitudes de la vida terrenal.

























