Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 40
LA AUTORIDAD DIVINA EN LA IGLESIA

El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor. (Mateo 20:26)

Cristo y su Iglesia

Hay personas que creen que Cristo no estableció ninguna Iglesia ni tampoco autorizó que otros la establecieran; que su mensaje debía, por sí mismo, llegar al corazón de las gentes de una manera individual. El cristianismo, según esas personas, debía continuar existiendo en el corazón de los individuos y transformar al mundo sin convertirse en una institución.

Es cierto que los evangelios se refieren muy pocas veces a la Iglesia. Sólo dos veces, y ambas en S. Mateo (Véase 18:15-17 y 16:15-18). No obstante encontramos en los evangelios varias referencias que implican la necesidad de una Iglesia. Jesús llamó, ordenó y envió a sus discípulos dándoles mandamiento de bautizar. Después de su resurrección, dijo a sus discípulos que permaneciesen en Jerusalén hasta que les enviase el Consolador. Tenían que continuar juntos en grupos. Lo primero que hicieron Pedro y los otros apóstoles, después de la ascensión de Cristo, fue reemplazar a Judas por Matías. En esta ocasión los Doce estaban todos presentes así como un cierto número de creyentes, unas ciento veinte personas. (Léase Hechos 1.) El día de Pentecostés unas tres mil almas fueron añadidas a los que creían. (Hechos 2) Todos los que poseían algo, lo vendían y traían el precio de lo vendido a los pies de los apóstoles. (Hechos 4) Se escogieron siete hombres para ocuparse de las viudas con el fin de que los apóstoles quedasen libres para poder enseñar la palabra. (Hechos 6) Según el Nuevo Testamento, la Iglesia funcionaba ya en el curso de las primeras semanas que siguieron a la resurrección del Salvador.

La Iglesia

Puesto que hablamos de iglesia, pongamos en claro lo que designamos con este término. Una iglesia no es un lugar de reunión del mismo modo que un domicilio no es una familia. La Iglesia enseña la teología y fomenta la religión, pero es algo más que todo esto. La Iglesia es un grupo de creyentes, organizados con un propósito religioso. La Iglesia de Jesucristo es un grupo organizado de creyentes en su plan de salvación, que posee la autoridad de Dios y el don del Espíritu Santo, y que ha sido organizado con el propósito de aportar la salvación de los hijos de los hombres.

A nuestro entender, Jesucristo quiso que su iglesia continuase la obra que Él había comenzado. En efecto, dio llamamientos a varios hombres, les dio el poder y el encargo de predicar el evangelio al mundo y administrar las ordenanzas de este evangelio. Así lo hicieron, y la iglesia empezó a funcionar por lo menos al principio del ministerio apostólico, si no antes. Cuando Cristo se apareció a los nefitas, después de su resurrección, estableció una iglesia. Llamó doce discípulos de entre ellos y les dio el poder de bautizar y confirmar. Introdujo la Santa Cena y encargó a sus servidores nefitas que predicaran el evangelio y establecieran la Iglesia en su nombre. (Véase 3 Nefi 11:18; 19; 27.) Ciertamente debió de dar instrucciones tan detalladas a sus discípulos de Palestina como a sus discípulos de América; por lo menos, es lo que lógicamente podemos suponer. El Nuevo Testamento cuenta la historia del desarrollo de la primitiva iglesia cristiana. Los que escribieron este libro estaban más interesados en la religión de Cristo que en los detalles de la organización que la formó. Y así nos vemos obligados a recoger aquí y allá nuestra información sobre la Iglesia.

Puesto que también pertenecemos a la Iglesia de Jesucristo, podemos estudiar con provecho la naturaleza de la iglesia primitiva en el transcurso del primer siglo. En este capítulo y en los tres siguientes discutiremos cuatro aspectos vitales de la Iglesia: (1) La autoridad divina; (2) su carácter laico; (3) su espíritu y su propósito; (4) la unidad de la Iglesia.

La autoridad de Cristo

En la epístola a los Hebreos encontramos lo siguiente sobre el llamado que Cristo recibió como sumo sacerdote:

Y nadie toma para sí está honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. (Hebreos 5:4-6)

El Salvador llevó a cabo su misión porque había sido llamado por Dios, tenía la autoridad y el poder de enseñar, de curar, de bautizar con fuego y con Espíritu Santo, y de llamar a otros confiriéndoles el poder que El poseía. No tenemos otra mención específica de su ordenación, excepto esta de hebreos. Pero no hay duda alguna que según podemos ver por sus enseñanzas y sus acciones había recibido el poder de Dios para llevarla a cabo.

La autoridad de sus discípulos

Cristo llamó, ordenó y envió a sus apóstoles para que hicieran la misma obra que El hizo.

Entonces llamado a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. (Mateo 10:1)

Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar. (Marcos 3:14)

No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. (Juan 15:16)

Pedro y los demás apóstoles escogieron a Matías y le dieron su parte en el ministerio y el apostolado para que reemplazara a Judas Iscariote. Oraron e impusieron las manos sobre Esteban y el resto de los siete para que éstos les ayudaran en la obra de la Iglesia. (Hechos 6:1-6) Ordenaron élderes. (Hechos 14:23) Pablo nos da testimonio de su propia ordenación. (1 Timoteo 2:7) El Nuevo Testamento da testimonio del hecho de que Cristo y sus apóstoles fueron llamados por Dios, recibieron su poder y su autoridad y se sirvieron eficazmente de ella en la obra del ministerio. ¿Cómo significaba para ellos el sacerdocio?

La manera en que debemos ejercer la autoridad

La autoridad puede ser algo peligroso tanto para los que la tienen, como para los que están bajo ella. El peligro para el que tiene autoridad es que puede llegar a creerse mayor de lo que es y que, a causa de su poder, llegue a infligir daño a los que dependen de él. El peligro para el que está bajo la autoridad de otro es que pierda su libertad, y con ella, puede que su honradez y su capacidad de desarrollarse y obrar creativamente como ser humano. En nuestra época hemos visto la destrucción de vidas humanas como resultado del poder que algunos pocos tenían sobre los demás. El hombre no puede poseer mucho poder sobre sus semejantes, porque el hombre no es feliz bajo la opresión de otros.

La historia política de la humanidad es la historia de las repetidas tentativas que el hombre ha hecho por obtener su libertad. Es también la trágica, heroica y sangrienta historia de la tiranía ejercida por algunos hombres sobre sus semejantes, a pesar de los esfuerzos por instruirla. Tenemos la creencia de que aquellos que quieren ejercer su autoridad abusiva sobre los demás, no pueden hacerlo durante mucho tiempo, porque van contra la misma naturaleza del hombre y los propósitos de Dios.

La historia política de la humanidad es la historia de las repetidas tentativas que el hombre ha hecho por obtener su libertad. Es también la trágica, heroica y sangrienta historia de la tiranía ejercida por algunos hombres sobre sus semejantes, a pesar de los esfuerzos por instruirla. Tenemos la creencia de que aquellos que quieren ejercer su autoridad abusiva sobre los demás no pueden hacerlo durante mucho tiempo, porque van contra la misma naturaleza del hombre y los propósitos de Dios.

La manera en que se debería ejercer la autoridad en el reino de Dios, queda muy bien expresada en un ejemplo que Jesús dio:

Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Más entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros sea vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. (Mateo 20:25-28) (Véase también Lucas 9:46-48 y Marcos 9:33-37)

El que quiere trabajar en la obra de Cristo debe humillarse a sí mismo, debe querer servir, y no debe, en modo alguno, tomar el honor de lo que se le ha encargado por sí mismo. Para que sus apóstoles no olvidasen nunca de esta enseñanza, Jesús “sabiendo que había llegado su hora,” se puso a lavar los pies de sus discípulos, para enseñarles la humildad. (Léase Juan 13:1-16)

Entre las últimas palabras que Jesús dijo a Pedro, encontramos esta declaración maravillosa con respecto al propósito de su misión y de su autoridad:

Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Si, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. (Juan 21:15-17)

Es así que Pedro aprendió lo que significa ser un verdadero discípulo del Salvador.

Los apóstoles ejercen su autoridad

Es imposible extendernos a fondo sobre este tema a causa del poco espacio de que disponemos. Mencionaremos solamente algunos ejemplos. Hubo en los comienzos de la Iglesia cierta discusión entre los hermanos para saber si los gentiles convertidos debían primero conformarse a los ritos del judaísmo, como eran la circuncisión, etc., antes de ser verdaderos cristianos. Vemos que estas cuestiones fueron resueltas de una manera pacífica, de común acuerdo, sin que nadie se vanagloriara de su autoridad, con un verdadero espíritu cristiano (Hechos 15), aunque este problema tuvo que volver a ser discutido tiempo después. (Gálatas 2)

Pablo dio muestras de una gran humildad, demostrando que su interés por la obra evangelizadora era mayor que sus propias ambiciones personales. Hablando de todos los que habían visto a Cristo resucitado, se mencionó el último, diciendo:

Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Porque o sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído. (1 Corintios 15:9-11)

En las epístolas pastorales Pablo aconseja un ministerio y una vida completamente de acuerdo con el ideal de Cristo:

Pero tú, hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate los buenos combates de le fe, asegúrate, la vida eterna, para la cual fuiste llamado y de la cual hiciste solemne profesión delante de muchos testigos. (1 Timoteo 6:11-12)

Lo que los Santos de los Últimos Días enseñan concerniente a la autoridad

Hoy, como en la iglesia primitiva, poseemos autoridad divina, recibida mediante la imposición de manos de aquellos que la han recibido de Cristo. Creemos que el sacerdocio es algo real y objetivo, que nos ha sido confiado por el Padre. Es el poder y la autoridad indispensables para continuar y llevar a cabo la obra del Señor. En la época moderna la manera en que se debería ejercer el sacerdocio ha recibido nuevo énfasis. En 1839 José Smith y otros fueron encerrados durante largo tiempo en la cárcel de Liberty. Los santos habían sido maltratados y expulsados de Misurí. El Profeta oró a Dios suplicándole que se acordara de su pueblo y les vengara de sus enemigos. En respuesta, el Señor reveló la declaración más hermosa y más clara que podamos encontrar en las escrituras sobre lo que es el sacerdocio. Está enteramente de acuerdo con las ideas de Cristo, ya que fue El mismo que la inspiró. (Léase Doctrinas y Convenios 121:34-46)

En la Iglesia de los Últimos Días casi todos los hombres poseen el sacerdocio. Muchos hombres y mujeres ocupan posiciones de autoridad y de directiva en la Iglesia. ¿Qué debemos tener presente cuando ejercemos nuestra autoridad en la Iglesia, para que podamos obrar siempre de acuerdo con las enseñanzas de Cristo?

1. La eficacia de la autoridad divina de una persona depende de la manera en que esta persona ejerce la autoridad. Esto sucede con todos los dones de Dios. Es imposible curar a nadie sin fe. Es imposible recibir inspiraciones sin tener humildad; y no se puede perdonar a nadie sin arrepentimiento. De dos misioneros u oficiales en la Iglesia, ordenados por la misma persona, habiendo recibido la misma autoridad, uno puede hacer un trabajo excelente a causa de su aplicación, su humildad y su amor, y el otro puede causar mucho daño a la rama en la que trabaja si no se dedica enteramente, y si sus acciones no corresponden con sus palabras.

El sacerdocio es de Dios, y en este sentido es mayor que la persona que lo posee. Por otro lado, son hombres los que lo poseen y no puede ejercerse eficazmente si éstos no están en armonía con el Espíritu de Dios y del Salvador. Necesitamos el poder de Dios para hacer que la Iglesia funcione como es debido. Y Dios por su parte tiene necesidad de hombres dignos que posean su autoridad y lleven a cabo la obra de salvación de los hombres.

2. Cada llamamiento en la Iglesia es un llamamiento de amor.  El sacerdocio no es un honor que se confiere a un hombre. Ciertamente le honra, pero no es con este propósito que se le confiere. Poseemos el sacerdocio simplemente para hacer que nuestros semejantes reciban la salvación y las bendiciones de Dios.

No hay cabida para el orgullo o la ambición en la Iglesia de Cristo. Es verdad que un cierto orden debe existir, y que debe haber un reparto de la autoridad, lo que implica ciertas prerrogativas para determinados oficios. Pero ningún oficial de la Iglesia debe creerse mayor que otro o que no importa cualquier miembro de la Iglesia. No se debe pedir en oración, como muchos hacen, que el Señor bendiga “a todos los miembros de la Iglesia desde el mayor hasta el menor,” porque todos los miembros de la Iglesia son igualmente importantes en las funciones que desempeñan. Todos somos hermanos y hermanas, y servimos al mismo Señor, y es el servicio que hacemos y no la autoridad que poseemos lo que cuenta.

He aquí, muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. ¿Y por qué no son escogidos? Porque tienen sus corazones de tal manera fijos en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única: Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que éstos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia. Cierto es que se nos confieren; pero cuando tratamos de cubrir nuestros pecados, o de gratificar nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o de ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran, el Espíritu del Señor es ofendido, y cuando se aparta, ¡se acabó el sacerdocio o autoridad de aquel hombre! (Doc. y Con. 121:34-37)

3. El sacerdocio (o cualquier otra posición en la Iglesia) debe ejercerse en armonía con el Espíritu de Cristo.  Y fe, esperanza, caridad y amor, con un deseo sincero de glorificar a Dios, lo califican para la obra. Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, templanza, paciencia, bondad fraternal, santidad, caridad, humildad, diligencia. (Doc. y Con. 4:5, 6. Léase toda la Sección 4 y toda la Sección 6).

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