Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 38
LOS BIENES DE ESTE MUNDO

Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del
hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. (Lucas 12:15)

En el capítulo 20, hemos hecho ciertas referencias a los bienes de este mundo en general. Hemos observado que Jesús, en su sermón del monte, puso las riquezas celestiales por encima de las riquezas terrenas:

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (Mateo 6:19-21)

Hemos visto también de qué manera hizo hincapié en el hecho de que es imposible servir al mismo tiempo a Dios y a las riquezas. Es preciso escoger lo uno o lo otro, y no los dos alternativamente, porque uno sólo de ellos tiene que constituir la base de nuestra conducta y de nuestros pensamientos.

Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. (Mateo 6:24)

En este capítulo podríamos examinar ciertos detalles de la cuestión, y preguntamos: ¿Cuál es la actitud que Cristo espera de nosotros con referencia al aspecto económico de la vida? Esta es una cuestión de gran importancia. La mayor parte de nosotros nos sentimos atraídos por las cosas de la tierra. Son la causa de muchas comodidades, placeres, influencias y prestigio en nuestra vida. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo tratando de adquirir estas cosas.

Al principio, el hombre recibió el mandamiento de “crecer y multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla”. Y todo poder le fue dado sobre las obras del Creador, como dice muy bien el salmo número ocho:

Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar. ¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra! (Salmos 8:6-9)

Pero el hombre que va siguiendo su camino hacia la dominación total de la tierra, se encuentra con ciertos problemas. Sus problemas económicos son algo más que económicos en naturaleza. Abarcan todas las relaciones humanas. Los problemas económicos se convierten en problemas morales. Los problemas económicos del hombre afectan también su actitud con respecto a Dios, y se vuelven problemas espirituales. La vida del hombre es una unidad completa. Lo que afecta a su cuerpo influye en su cuerpo. Sus problemas económicos forman parte de su vida moral; su vida moral incluye necesariamente su actividad económica.

Toda persona prudente debe, pues, conciliar sus actividades y su actitud económica con su religión. Esto tiene que ver tanto con los ricos como con los pobres, y con todas las situaciones intermedias entre los dos. La pobreza puede destruir el alma lo mismo que las riquezas. Bien claramente lo dice un antiguo proverbio:

Dos cosas te he demandado; no me las niegues antes que muera: vanidad y palabra mentirosa parta de mí; no me des pobreza ni riquezas; susténtame con el pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios (Proverbios 30:7-9)

Son bien conocidas las advertencias que hizo el Señor a aquellos que ponen todas sus esperanzas en sus riquezas. Las hizo con términos enérgicos y pintorescos. Cuando hubo uno que pidió al Señor que dividiera una herencia entre él y su hermano, Jesús rehusó hacerlo y le previno contra la avidez: “porque la vida de un hombre no consiste en las cosas que posee.” Y entonces Jesús les contó la parábola de aquel hombre rico que se hizo construir graneros más grandes para contener todas sus riquezas, y poder así vivir cómodamente sin preocupaciones de ninguna clase el resto de su vida. Pero una vez que hubo acabado su trabajo, “su alma le fue vuelta a pedir.” “Así sucede con el que hace para sí tesoro, y no es rico en Dios.” (Véase S. Lucas 12:16-21)

Al joven que había observado todos los mandamientos, Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sígueme.” Y oyendo esto el joven se marchó muy triste, “porque tenía muchas posesiones.” Esto hizo que Jesús dijera a sus discípulos:

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios. (Mateo 19:23-24)

Jesús se compadecía de los pobres, de los cuales había muchos en Palestina. Les dijo:

Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. . . . Más ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. (Lucas 6:20-25)

Algunos se han basado en estos pasajes u otros parecidos para afirmar que Jesús propugnó un nuevo orden económico, parecido al socialismo o al comunismo. Otros han combatido, en su nombre, en contra de la propiedad privada. Es evidente que esto es una exageración. Jesucristo no decretó leyes de una manera específica, contra los negocios y asuntos económicos. Es fácil encontrar pasajes en los que alaba a los ricos y come con ellos. Una historia muy interesante a este respecto es la de Zaqueo, el rico publicano (Véase S. Lucas 19:1-10) Jesús invito a este hombre rico a que le acompañara. Y Zaqueo le dijo:

He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo be defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.

Y Jesús le respondió:

Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.

El Salvador, si de alguna manera hubiese ido en contra de la propiedad privada, tenía aquí una excelente ocasión para hablar del nuevo orden económico que habría podido propugnar. Pero no fue así.

Otra vez, mientras Jesús estaba comiendo en casa de Simón, el leproso,

Vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa. Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo; ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. (Mateo 26:7-12)

Por lo que se desprende de estos pasajes podemos colegir, con toda prevalida, que Jesús no quería reformar la economía del mundo. Su interés principal era la religión, las relaciones del hombre con su Padre Celestial y sus semejantes. Los problemas económicos deben resolverse teniendo en cuenta sus principios morales y religiosos que son de una esencia superior. ¿Cómo podemos hacer esto? Daremos unos pocos ejemplos. Primeramente, veamos lo que algunos de los discípulos de Cristo enseñaron con respecto a los bienes de este mundo.

Las enseñanzas de Pablo en asuntos económicos

Las advertencias que Pablo hace contra el amor del dinero, están de acuerdo con las enseñanzas de Jesús:

Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. Más tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos. (1Timoteo 6:6-12)

Pablo reconoció claramente que es necesario e importante el prestar cierta atención a los asuntos económicos:

Parque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo. (1 Timoteo 5:8)

El que hurtaba no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos, lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. (Efesios 4:28)

Las advertencias que Santiago hizo a los ricos

Santiago es particularmente severo con los ricos que son injustos y que viven rodeados de lujos sin pensar en los pobres.

¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en deleites sobre la tierra, y sido disolutos; habéis engordado vuestros corazones como en día de matanza. Habéis condenado y dado muerte al justo y él no os hace resistencia. (Santiago 5:1-6)

Principios cristianos que deben guiarnos en la vida económica

Este es un tema vasto y complicado, y puede parecer presuntuoso el exponer las enseñanzas cristianas en la vida económica en un solo capítulo. Nuestro propósito no es nada más que el sugerir algunos principios fundamentales y el provocar el examen de estos problemas por parte del lector. Creemos que Jesús y sus discípulos nos dieron algunas reglas a seguir en la vida económica. No son, exactamente, reglas o sistemas que debemos obedecer, sino más bien enseñanzas religiosas de las que podemos sacar algunas aplicaciones prácticas y unas cuantas conclusiones específicas. Los intereses económicos deben servir otros intereses superiores. ¿Cuáles son algunas de estas cosas básicas?

1. Las actividades económicas de un hombre no deben ejercerse a costa de su alma, su integridad y su salvación. Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? (Marcos 8:36-37)

En la parábola del hombre rico que construyó graneros más grandes para poder atesorar todo lo que tenía, Jesús dijo: “Ya que la vida del hombre no consiste en la abundancia de cosas que posee.” La vida de un hombre consiste sobre todo en pensamientos, en cosas interiores, más bien que en cosas exteriores. Estas son las cosas que posee verdaderamente, lo único que puede llevarse consigo a la tumba. Insensato es aquel que sacrifica su propia honradez y la paz de su alma para poder obtener más bienes de este mundo. Mentir, estafar, engañar, falsificar pesos y medidas, hacer imprimir una publicada embustera, que no corresponde a la realidad, ya sea en el precio o en el valor intrínseco de la mercancía, etc. … es vender su alma al prorrateó. Privarse de un buen libro, de la buena música o de adorar a Dios para poder amasar más bienes terrenos, es vender su felicidad por unos pocos centavos.

2. En nuestros negocios, no debemos colocar nuestro provecho por encima del bienestar de nuestros semejantes. En la vida de un verdadero discípulo de Jesucristo, el amor al prójimo y el respeto de su valor humano y de su dignidad deben tener mayor importancia que la ganancia material. Pero esto es muy fácil el decirlo, pero más difícil de aplicar en la vida económica.

Santiago y Jesús condenan a aquellos que viven lujosamente en medio de la pobreza y las necesidades de los demás. Puesto que todos somos hijos de nuestro Padre Celestial, y por lo tanto hermanos, ¿qué derecho cristiano posee una persona a vivir en el mayor de los lujos, mientras que las dos terceras partes de la humanidad no tienen ni tan siquiera las cosas más elementales de la vida? Las enseñanzas del Nuevo Testamento al respecto nos recuerdan los reproches terribles que Amos hizo a las samaritanas ricas y ociosas.

Duermen en camas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David; beben vino en tazones, y se ungen con los ungüentos más preciosos; y no se afligen por el quebrantamiento de José. (Amos 6:4-6)

Si de verdad hemos nacido de agua y del Espíritu, debemos contentarnos con vivir de una manera más sencilla, menos lujosa, más sobria. Si somos ricos, debemos reconocer y asumir nuestras responsabilidades sociales con respecto a los demás hombres. En lugar de comer una cierta clase de alimentos más refinados y caros, en lugar de construir casas mayores y más pretenciosas, en lugar de multiplicar el número de coches y de garajes, debemos emplear nuestros bienes para ayudar a los demás, no con limosnas únicamente, no tan sólo a través de la Iglesia o instituciones filantrópicas, sino empleando nuestras riquezas para ayudar a nuestros empleados, nuestros amigos, nuestros parientes a hacerse independientes económicamente.

El amor del dinero es la raíz de todos los males, comenzando por el asesinato de Abel por su hermano Caín, y acabando por la guerras que están destrozando a nuestro mundo en la época moderna, y todas las luchas sociales que existen. Necesitamos poner en práctica el cristianismo en nuestra vida económica y los valores humanos deben reemplazar, más y más, los valores económicos.

3. Finalmente, nuestra vida económica tiene que estar en armonía con nuestra lealtad hacia Dios. El primer y mayor conocimiento es el de amar “al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.” El dinero no debe interponerse entre nosotros y nuestro Creador. Si conservamos la integridad de nuestra alma y el amor del prójimo, contribuiremos a la edificación del reino de Dios. Podemos compartir nuestro tiempo entre la búsqueda de los bienes materiales y los propósitos de Dios, acordándonos de que “lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.” (Véase S. Lucas 16:15). Esto significa que debemos servir a Su iglesia y a Sus hijos. Estas tres cosas deben, pues, dominar nuestra vida económica si queremos ser verdaderos discípulos del Salvador: la integridad personal, el amor de Dios y el amor del prójimo. La revelación moderna que el Señor nos ha dado está en armonía con las enseñanzas que el Nuevo Testamento da al respecto:

He aquí, así dice el Señor a su pueblo: Tenéis mucho que hacer, y mucho de que arrepentiros; porque, he aquí, vuestros pecados han llegado hasta mí, y no son perdonados, porque procuráis aconsejaros según vuestras propias maneras. Vuestros corazones no se sienten satisfechos, y no obedecéis la verdad, más os deleitáis en la iniquidad. ¡Ay de vosotros, hombres ricos, que no queréis dar de vuestra sustancia a los pobres! Porque vuestras riquezas corromperán vuestras almas; y ésta será vuestra lamentación en el día de la visitación, juicio, e indignación: ¡La siega ha pasado, el verano ha terminado, y mi alma no se ha salvado! ¡Ay de vosotros, los pobres, y cuyos corazones no está quebrantados; cuyos espíritus no son contritos, y cuyos vientres no están satisfechos; cuyas manos no se abstienen de echarse sobre los bienes ajenos; cuyos ojos están llenos de codicia; quienes no queréis trabajar con vuestras propias manos! Pero benditos son los pobres que son puros de corazón, cuyos corazones están quebrantados y cuyos espíritus son contritos, porque verán el reino de Dios que viene en poder y gran gloria para libertarlos; porque la grosura de la tierra será suya. Porque, he aquí, el Señor vendrá y con él su galardón; y recompensará a cada hombre, y los pobres se regocijarán. Y su posteridad heredará la tierra de generación en generación, para siempre jamás. Y ahora termino de hablaros. Así sea. Amén. (Doc. y Con. 56:14-20)

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