Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 3
EL CORAZON DE LA RELIGION
(Como Jesús la vivió y enseñó)

. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. (Lucas 10:27)

¿Qué es religión?

Es difícil definir lo que es la religión. Para muchos es algo vago, indeterminado, y con muy variadas significaciones, al punto mismo de perder todo significado específico. Frecuentemente se dice que es “una manera de vivir.” Pero no toda manera de vivir puede ser religión. Las borracheras, el comer glotonamente, ir en busca del placer, procurarse el lucro, o creer en el comunismo, son maneras de vivir, pero no siempre son religión. Si la religión es una manera de vivir, digamos pues que es una manera especial de vivir. Consideremos la vida de Cristo para ver cómo vivió él su religión.

“La manera de vivir” de Cristo

Poca cosa sabemos de la infancia del Salvador. Lucas la resume en este hermoso versículo:

Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él. (Lucas 2:40)

Lo cierto es que, a una edad muy tierna, se dio cuenta de quién era su Padre Celestial. Se acordarán ustedes que a la edad de doce años, se quedó en Jerusalén discutiendo con los doctores. María y José le buscaron ansiosamente,

Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? (Lucas 2:48, 49)

Antes de empezar su ministerio, Jesús “fue llevado por el Espíritu al desierto.’’ Allí ayunó cuarenta días. Sin duda también oró y se comunicó con su Padre Celestial. El único detalle que se nos da en los evangelios acerca de este período de cuarenta días hace relación a las tentaciones que le hizo sufrir el diablo. Es interesante notar que el Salvador hizo frente a cada tentación (la de los alimentos, la del poder y la de la gloria de este mundo) con su lealtad profunda e inquebrantable hacia Dios. Véanse las respuestas:

. . . Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios. . . . Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás. . . . No tentarás al Señor tu Dios. (Léase Lucas 4:1-13)

Durante todo su ministerio, el Señor siempre guardó conciencia de su Padre Celestial en su propia manera de vivir. Cuando los discípulos se preguntaron el uno al otro: “Si ¿le habrá traído alguien de comer?” Jesús les dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.”(Juan 4:34) Y más tarde dijo también:

No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envío, la del Padre. (Juan 5:30)

Cansado de su labor del día, y de la multitud que se apelotonaba alrededor suyo, se separó de ellos y de sus discípulos para ir a orar. La expresión “se fue a la montaña para orar” aparece varias veces en las narraciones evangélicas. Sentía constantemente la necesidad de volver a la fuente de su vida espiritual para reno­varse, prepararse para la obra y las pruebas que le esperaban. Entre las últimas palabras que pronunció, hallamos las siguientes: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya.” (Lucas 22:42) “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23:46)

Espiritualidad

Estos incidentes de la vida de Cristo nos hacen penetrar en el corazón de la religión. Es una manera de – vivir que nos pone en contacto con Dios. La religión significa tener fe en Dios, amar a Dios, servir a Dios. Es una vida de oración, devoción, amor, adoración, y lealtad hacia nuestro Padre Celes­tial y su voluntad. Esta es la única manera de vivir que llamamos religión. Esta parte de la vida religiosa la podríamos denominar espiritualidad.

Una persona demuestra que tiene espiritualidad cuando tiene fe en la existencia de Dios y en el hecho de que ayuda al hombre en todo lo que hace en justicia y en verdad. Una persona tiene espiritualidad cuando posee el sentimiento que la “tierra es del Señor, y todo lo que ésta contiene,” y pasa por esta vida lleno de admiración y respeto para el Creador y la obra de sus manos. Una persona posee la espiritualidad cuando su corazón está lleno de gratitud hacia el Señor, y expresa su veneración por medio de sus oraciones, su meditación o sus cantos espirituales.

Moralidad

Examinemos otra vez la vida de Cristo en busca de otro signifi­cado de la religión. Hemos visto que su lealtad iba principal y constantemente dirigida hacia su Padre Celestial. En segundo lugar su lealtad iba dirigida hacia sus semejantes, y en ella era tan constante como en la primera, sin que de ningún modo las dos se estorbaran entre sí. Después de su bautismo y de sus tentaciones en el desierto, empezó su ministerio abriendo el libro de Isaías y leyendo uno de sus pasajes en la sinagoga de Nazaret:

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. . . . Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. (Léase Lucas 4:18-21)

Fiel al propósito de su vida que había resumido él en estos términos, la pasó entre los hombres, dando vista a los ciegos, haciendo andar a los cojos, dando consuelo a los pobres, esperanza al pecador, bendiciones a los niños, ánimo e instrucciones a sus discípulos; y a todos aquellos que le escuchaban lecciones en sin­ceridad, humildad y ayuda al prójimo. Incluso a los fariseos, tan pagados de sí mismos, a los que llamaba “hipócritas, y a los que comparó una vez con “sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia”. (Mateo 23:27) dijo una vez:

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (Mateo 23:37)

En la cruz, Jesús dijo de los que iban a matarle: “Padre, perdó­nalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)

Y así en la vida del Maestro, encontramos esta segunda gran expresión de la religión: el amor, la misericordia, y el respeto por la humanidad. Como hemos ya observado, la espiritualidad, esta relación entre hombre y Dios, es única en la religión, pero no es bastante. Una religión verdadera debe incluir también la moralidad. Esto significa, en otros términos, que debemos comportamos con justicia y generosidad para con nuestros semejantes.

El gran amor y la devoción que Cristo sentía hacia su Padre no bastaban para satisfacer su alma. Iba en busca de su Padre para obtener la fuerza que necesitaba para hacer bien y llegar a obtener la salvación de los hombres. Observamos en su vida esta maravillosa unión de la espiritualidad y la moralidad, el amor de Dios y el amor de la humanidad.

Jesús no fue el primero en comprender esta relación íntima entre la espiritualidad y la moralidad. Los profetas hebreos antes que él, inspirados por Jehová, habían también establecido el con­tacto entre el culto de Dios y una moralidad social elevada. Moisés subió sobre la montaña para comunicarse con el Señor, y al bajar se puso al frente de su pueblo para conducirlos a la tierra prometida. Fue el abogado de su pueblo ante el Señor, al mismo tiempo que fue el portavoz del Señor para con su pueblo. Su fidelidad tanto iba dedicada a Dios como a los hombres. (Véase Éxodo, cáp. 32)

El resumen de la religión que hizo Miqueas concuerda con el del Salvador, e ilustra el maravilloso equilibrio que existe entre la espiritualidad y la moralidad.

¿Con qué me presentaré ante Jehová y adoraré al Dios Altísimo? ¿Me presentaré ante él con holocaustos, con becerros de un año? ¿Se agradará Jehová de millares de carneros, o de diez mil arroyos de aceite? ¿Daré mi primogénito por mi rebelión, el fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma? Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios. (Miqueas 6:6-8)

La religión que Jesús enseñó

No sólo fue Jesús el ejemplo viviente de la espiritualidad y la moralidad de la más alta calidad, sino que también nos enseñó cómo estas cosas constituían los cimientos de la vida religiosa. Cuando un cierto doctor de la ley, queriendo tentarle, le preguntó cuál era el mayor mandamiento de la ley mosaica, Jesús replicó:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Mateo 22:37-40)

Podríamos citar muchos más pasajes de las Escrituras para dar un ejemplo de lo que es religión, usando las propias palabras y hechos de Cristo. Cada domingo trataremos de estudiar una enseñanza del Salvador y demostrar cómo (1) vivió de acuerdo con este principio, (2) lo enseñó, (3) impregnó sus discípulos con él, (4) cómo puede aún inspiramos a nosotros para que vivamos de acuerdo con sus enseñanzas.

Modo de aplicar estas enseñanzas

¿Qué clase de religión es la que existe hoy en la vida de los Santos de los Últimos Días, en la vuestra y la mía? ¿Tenemos pre­sente nuestra religión, y la aplicamos en nuestra vida sobre todo en términos de espiritualidad y de moralidad? ¿Constituyen el corazón de nuestra religión el amor y el respeto del Padre, la justi­cia y la misericordia tanto en el hogar como en todas partes entre todos los hombres?

Para muchos de nosotros la vida moderna está llena de ocupacio­nes, vamos siempre de prisa, con mil ruidos que nos molestan, rodeados por máquinas creadas por el hombre que se paran en medio del camino entre nosotros y el mundo de la naturaleza y de Dios. Interrumpido constantemente como estamos por el teléfono, la radio, la televisión y las citas con otras personas, es difícil en la actualidad poder encontrar tiempo para meditar, leer la palabra de Dios, o bien orar.

Nuestros corazones están tan “llenos de las cosas de este mundo’’ que tenemos muy poco sitio en ellos para nuestro Creador, para su voluntad, para su Espíritu. Si no vamos al tanto, nuestra relación con él no será profundamente religiosa; será sencillamente una idea, nada más que una creencia, una doctrina y no un compañero, una fuerza espiritual, un consuelo, un solaz para nosotros.

¡Cómo necesitamos salir un poco de la multitud y volver a nuestro Dios! ¡Cuánta necesidad tenemos en nuestra época de renovar nuestra fe y nuestras aspiraciones en la fuente de nuestra vida! ¡Cómo necesitamos adorarle, y acordarnos de él, no tan sólo a la hora de los peligros y los sufrimientos, sino también en la rutina y el trabajo acelerado de la vida cotidiana! Necesitamos espiritualidad.

También podemos preguntarnos hasta qué punto somos morales en nuestras relaciones con los demás. ¿Limitamos nuestra justicia y nuestra misericordia simplemente a nuestras palabras y a nuestras creencias, o bien honramos a Dios obrando honesta y justamente en nuestros negocios y generosamente en nuestras relaciones per­sonales con nuestros prójimos? La manera más fácil que podemos tener para justipreciar la calidad de la vida religiosa de una persona es considerando la actitud de esta persona y sus acciones con respec­to a sus semejantes.

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y enten­diese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. (1 Corintios 13:1,2)

Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. (Juan 13:34, 35)

Podemos evaluar la riqueza de la vida religiosa de una persona por la relación que ésta tiene con Dios (espiritualidad) y sus rela­ciones con los demás seres humanos (moralidad). Estas dos cuali­dades las podemos encontrar en perfecta armonía en la vida del Maestro. No intentemos avalorar la vida religiosa en ningún otro término. Todas nuestras enseñanzas, nuestro proselitismo, nuestra actividad en la Iglesia, y todo lo que hacemos en nuestra vida de familia, en los negocios y en las actividades educativas, en la socie­dad en que vivimos, en nuestro país, en el mundo deben—de una manera u otra, directa o indirectamente—desarrollar relaciones más estrechas con Dios y relaciones morales más elevadas con los demás hombres, no sólo en nosotros, sino en aquellos sobre los cuales ejercemos alguna influencia.

Nuestro propósito, en las lecciones que seguirán, será el de sugerir cómo podemos llegar a realizar esto, y nuestros guías serán Jesucristo y las enseñanzas del Nuevo Testamento.

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