Capítulo 17
LA RELIGION DE JESUS FUE INTERNA
… la letra mata, más el espíritu vivifica. (2 Corintios 3:6)
Al empezar su Sermón del Monte, Jesús manifestó su completa adhesión a la ley y a los profetas:
No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado el reino de los cielos; más cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. (Mateo 5:17-19)
Entonces, en términos enérgicos, reprobó la justicia superficial de los escribas y fariseos, una justicia que consistía demasiado a menudo en formas exteriores y en ceremonias únicamente, e insistió en la necesidad de tener un corazón puro y un espíritu renovado.
Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los cielos. (Mateo 5:20)
La importancia de la intención y de los motivos en la moralidad
1. Jesús hace de la religión y de la moralidad una cuestión del corazón.
“La intención es la madre de la acción.” “Bienaventurados los de puro corazón/’ (Léase Mateo 6:20-28)
Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. (Mateo 5:27-28)
En este pasaje, como siempre, la perspicacidad de Jesús es muy penetrante. El adulterio empieza ya con la intención, con el deseo. De aquí se desprende que el que codicia una mujer muy probablemente va a sentirse impulsado a cometer el acto en sí mismo. Por otra parte, el deseo destruye la paz del alma y el respeto del objeto deseado. El deseo egoísta e impuro en el hombre es la fuente de acciones malas. Por el contrario, la pureza de corazón, fruto del respeto por la vida, conduce al amor desinteresado del prójimo.
2. La verdadera moralidad y la religión provienen de la pureza de intención.
La jactancia, la vanagloria, la ostentación, el hacer las cosas “para ser vistos de los hombres” no forman parte de la religión. Cristo lo indicó sin lugar a dudas:
Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación. (Marcos 12:38-40)
Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. (Mateo 6:5-6)
Cuando uno hace un don de algo, no es la cantidad lo que importa, sino la intención del dador. Dar verdaderamente es dar por el amor de la dádiva.
Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento. (Marcos 12:41-44)
Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Más cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha. (Mateo 6:1-3) (Léase también Mosíah 4:24-25)
La verdadera piedad viene también del corazón. “La oración es el deseo sincero del alma.” A la samaritana que hablaba de adorar a Dios sobre una montaña de Jerusalén, Jesús le dijo:
Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. (Juan 4:23, 24)
3. A sus contemporáneos que ponían objeciones al hecho de que sus discípulos comían sin hacer la ablución de manos que estaba prescrita.
Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes. Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. (Marcos 7:6-9)
Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre. (Marcos 7:18-23) (Léase también Mateo 23)
4. Jesucristo era un idealista. Sus palabras se han convertido, para nosotros, en grandes ideales que deberían ser preciosos para todos los hombres. Apenas si dio una sola regla de conducta, todo, lo contrario, todos fueron amplios principios espirituales, que ejemplificó de manera muy real con parábolas y alegorías sacadas de la vida cotidiana. Léanse las Bienaventuranzas y se verá a qué punto pueden llegar de profundidad en el corazón y la mente del hombre. Describen una situación espiritual del hombre.
Bienaventurados los pobres en espíritu.
Bienaventurados los que lloran.
Bienaventurados los mansos.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.
Bienaventurados los misericordiosos.
Bienaventurados los de limpio corazón.
Bienaventurados los pacificadores.
Pablo hace hincapié en el Espíritu
Antes de convertirse a Cristo, Pablo estaba profundamente dedicado a la ley y a las tradiciones judías. En el camino de Damasco, una visión de Cristo le cegó, pero no por mucho tiempo. Recibió su vista material y empezó a ver espiritualmente al mismo tiempo. La religión para él no era ya simplemente una cuestión de obediencia a un número infinito de reglas y de ritos, y la vida moral no era ya simplemente el resultado de aceptar la ley.
Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios. (Romanos 2:28,29)
La verdadera vida religiosa surge de la fe en Jesucristo, de su Espíritu y del amor que mora en nuestros corazones. No es el producto de una obediencia a unas cuantas reglas, sino de la conversión por la fe, el arrepentimiento, el bautismo y la renovación del alma por el Espíritu Santo, que hace que el hombre se vuelva una nueva criatura en Cristo Jesús.
Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. (Colosenses 3:15-16; léase el capítulo entero.)
Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón. Y tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica. (2 Corintios 3:2-6)
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17)
El carácter interno de la religión actual
El evangelio, tal como ha sido revelado en el Nuevo Testamento, es el fruto de las revelaciones de Dios a través de la vida de su Hijo Jesucristo y a través de la influencia ejercida por éste y el Espíritu Santo sobre sus discípulos. Es imposible leer el libro sin darse cuenta que la religión significa más que palabras, más que obras, más que un rito. La religión fluye de] espíritu y el corazón convertidos por el Espíritu del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Cuando el profeta José Smith entró en el bosque en busca de la verdadera iglesia y del evangelio, se enteró de que no debía hacerse miembro de ninguna de las sectas que existían entonces, porque sus creencias eran una abominación ante Dios, y que sus predicadores le honraban de labios, pero su corazón estaba lejos de él. El evangelio fue restaurado para devolver a la tierra su fuerza y su verdad. Nuestro credo religioso es el resultado de un gran idealismo que poseyeron los hombres y mujeres que contribuyeron con sus esfuerzos a la edificación del reino de Dios, a causa de su profunda y sincera convicción.
La religión actual, como siempre, existe en los corazones. Si ustedes y yo pretendemos ser religiosos es porque la pensamos, la sentimos y la vivimos; porque el Espíritu de Cristo y el Espíritu Santo están en nosotros para renovar nuestras mentes. La vida religiosa de un Santo de los Últimos Días tiene que ser sincera y espontánea, no forzada, ni algo que consideramos un deber o una obligación, o incluso un hábito, sino una manifestación sincera de lo que creemos, de confianza y de fe, y, por encima de todo, de amor para con Dios y los hombres. Nuestras oraciones tienen que provenir de nuestra humildad, de nuestro amor, y de nuestras necesidades espirituales profundas.
Tenemos que sondear nuestra alma para ver si la fe y el idealismo del Fundador continúan viviendo en nosotros, de una manera suficiente. ¿La religión es acaso para nosotros una medida de seguridad, “un seguro,” o bien manifiesta nuestra lealtad y nuestro amor hacia Dios, Cristo y el hombre? Nuestros pensamientos determinan la sinceridad y el valor de nuestras acciones.
























