Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 2
EL ASPECTO RELIGIOSO
DEL NUEVO TESTAMENTO

Es importante que todos nosotros—el maestro, el discípulo y el escritor—estemos de acuerdo en nuestra consideración de estas lecciones sobre el Nuevo Testamento. De esa manera cami­naremos en la misma dirección y tendremos el mismo interés fundamental. Nuestros esfuerzos unidos nos permitirán investigar más profunda y cabalmente, que si tratásemos de hacerlo de otra manera. Buscaremos nuevas ideas y consideraciones. No vamos simplemente a repasar lo que ya sabemos, ni vamos a perdernos yendo en todas direcciones.

Todas nuestras lecciones contribuirán al mismo objeto general. Limitándose a ese objeto, cada lección comprenderá su particular propósito y materia. El objeto de esta lección es explicar el objeto general de todo el curso de estudio.

Maneras de emprender el estudio del Nuevo Testamento

Como se indicó en el Capítulo 1, se puede estudiar el Nuevo Testamento con bastante provecho, teniendo como fin uno de varios objetos. Mencionaremos algunos para definir más clara y precisamente qué vamos a hacer y qué no vamos a hacer este año.

Considerándolo meramente como libro. —Nuestro interés prin­cipal quizá se hallará en el libro mismo: el idioma, perspectiva, autor, texto, contenido y espíritu de cada uno de los libros del Nuevo Testamento. Esta clase de estudio sería interesante y benéfico, y es esencial al mejor entendimiento del libro. No vamos a estudiar el libro en esta manera por varias razones. Ya se ha hecho en otros estudios que se han preparado para las clases de la Escuela Dominical. Además, cada libro compren­de muchos temas, pero no los desarrolla por completo. Por tanto, en el estudio del mensaje del Nuevo Testamento se desea la libertad de poder citar pasajes de cualquiera de los libros para mejor desarrollo de cada tema.

Considerándolo como literatura. —El Nuevo Testamento es uno de los libros clásicos de toda literatura, y podría ocupar toda nuestra atención si lo estudiásemos con ese objeto. Sin embargo, no estamos preparados para considerar el libro como literatura, y del momento nuestro interés mayor estriba en el estudio del evangelio, en la Escuela Dominical. De modo que no pasaremos completamente por alto la belleza literaria del Nuevo Testamento, este estudio será parte incidental de nuestro tema central. Lo mismo se podría decir de la historia, cultura, geografía o cual­quier otro interés similar en el libro.

Considerándolo ética o moralmente.—Hay muchos que acep­tan a Jesucristo no como el Hijo de Dios ni el hacedor y expositor de la voluntad de su Padre, sino como un gran maestro moral. También hallan en los escritos de sus discípulos muchas excelentes y verdaderas enseñanzas morales. Esta opinión es buena, pues Jesús fue un gran maestro y expositor de verdades morales: el mayor de todos los maestros que jamás han enseñado al hombre la manera de vivir. Sin embargo, Jesús fue más que un maestro moral o ético. Su moralidad estaba basada en la religión. Fue el producto y flor de su espiritualidad, como indicaremos en nuestra próxima lección. Es imposible separar las enseñanzas morales y las enseñanzas religiosas del Salvador. Los que han tratado de dividirlas han tenido que mencionar la religión, pues de lo con­trario, su interpretación carecerá de mucha de la fuerza de la obra de Jesús.

En nuestro estudio de este año no intentaremos separar las enseñanzas morales de la religión, porque para nuestro Señor las dos eran una misma cosa. También deben serlo para nosotros cuando leamos sus enseñanzas e intentemos comprenderlas. Jesús fue el mayor de todos los maestros de enseñanzas morales porque conocía a su Padre íntimamente y declaró su voluntad a los hombres.

Considerándolo según el aspecto religioso. —El Nuevo Testa­mento es un libro religioso. Los hombres que lo escribieron no se esforzaron en alcanzar la perfección literaria o en pasar a la posteridad como grandes historiadores. No eran filósofos, sociólogos o ni siquiera antropólogos. No eran teólogos ni escrituristas en el sentido técnico de la palabra. Eran simplemente personas con una profunda convicción religiosa que sinceramente intentaron estimular a sus lectores para que creyeran en Jesús y vivieran tal como El enseñó que se debería vivir.

La base de toda religión es una buena teología: creencias correctas con respecto a Dios, la humanidad, las relaciones entre uno y otro, y, para los que poseemos la fe cristiana, un conoci­miento perfecto de la misión de Jesucristo. El Nuevo Testamen­to nos enseña los principios fundamentales de la teología cristia­na. En él aprendemos que Dios es nuestro Padre, un Ser personal que es justo, misericordioso, clemente, bueno y amante. Aprendemos también que el hombre es hijo de Dios, que es in­mortal, y que es el hermano de sus semejantes; un ser libre y responsable ante su Creador. Nos enteramos asimismo que Jesús es nuestro Salvador, el Hijo de Dios, enviado a la tierra para redimimos del pecado y de la muerte, y que la salvación nos viene de Él y por mediación suya. Si una persona no posee un adecuado conocimiento de estas creencias fundamentales, corre el peligro de descarriarse en su vida religiosa. Con toda probabilidad se encontrará en la misma situación de alguien nadando en aguas poco profundas e incluso turbias.

La teología del Nuevo Testamento ha sido causa de interminable controversia entre las diversas sectas que profesan seguir las enseñanzas de Cristo. Tomando los puntos teológicos que el libro contiene, y separándolos de su contexto original, la mayoría han edificado sobre ellos toda clase de credos religiosos que guardan poca semejanza con el texto del Nuevo Testamento propiamente dicho.

El Nuevo Testamento no fue escrito para eruditos exclusiva­mente, sino para todo el mundo; sus autores nunca tuvieron el propósito de que fuera un libro de texto en teología. Sus enseñanzas teológicas no son del tipo abstracto, teórico y sistemático que constituyen la característica de la cristiandad contemporánea. El Nuevo Testamento fue escrito para gente sencilla, para los santos de Corinto y de Éfeso, para un pastor de almas como Timoteo o Tito, o para judíos o gentiles en general, como el evangelio de Lucas o el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La teología del Nuevo Testamento está expresada con sencillez y con términos usuales. En lugar de enunciados abstractos con respecto a Dios, que pocos pueden comprender, y que incluso a veces constituyen un misterio para los mismos que los inventaron, encontramos las palabras sencillas y consoladoras del Salvador. Es el lenguaje del corazón, que nos habla de fe, de confianza y de amor.

Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. (Mateo 6:9, 10)

. . . Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente…. (Lucas 10:27)

Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el homo, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? (Mateo 6:30)

La fe es otro concepto que ilustra de manera correcta la índole de la religión novotestamentaria. Sólo una vez en todo el libro aparece una expresión que podríamos calificar de defini­ción de lo que es fe:

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. (Hebreos 11:1)

Pero en cambio, hay, por así decirlo, centenares de ejemplos en los que se nos hace sentir lo que es la fe y que ésta nos aparezca más real. Vemos la fe que Jesús tenía en su Padre, en simples pescadores, en publícanos y pecadores. Se nos describe la fe de Pedro y de Juan, de cómo es preferible servir a Dios antes que a los hombres. Y también podemos leer el sorprendente y hermoso relato de la fe sencilla de aquél centurión que le pidió a Jesús que curara a su siervo enfermo de parálisis, junto con la interesante respuesta que Jesús le dio:

… Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará…. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. (Mateo 8:5-13)

El Nuevo Testamento asimismo nos habla mucho concerniente a la resurrección. En realidad constituye una parte principal de los temas que trata. No obstante, el libro no pone un énfasis especial en darnos la respuesta a cuestiones meramente dis­cursivas como cuántos ángeles pueden sentarse sobre la punta de una aguja, o cómo va a tener lugar la resurrección, o quién va a resucitar en sexto o séptimo lugar, sino en la creencia gloriosa de que todos los hombres son inmortales y resucitarán en Jesucristo; y, a causa de esta creencia, nos dice también cómo debemos vivir si tenemos fe en este principio. Un pasaje en el libro de los Hechos nos da una idea clara del fondo de las enseñanzas del Nuevo Testamento con respecto a la resurrección.

Después de las palabras de despedida de Cristo a sus apóstoles, durante una de sus apariciones como ser resucitado, podemos leer lo siguiente:

Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo. (Hechos 1:10, 11)

Sentimos en estas palabras el llamamiento dirigido a los Doce de ponerse en camino, de llevar a cabo su misión, de hacer la obra de Cristo. Juan expresó esta misma idea de transformar la creencia teológica en vida religiosa cuando, después de haber dicho “cuando él apareciere, seremos semejantes a él, porque le veremos como él es,” añadió: “Y todo aquel que tiene esa esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (Juan 3:3)

De todas las Escrituras se desprende que la teología y la religión son inseparables. Las creencias teológicas están allá, sean enunciadas o sean implicadas, pero el énfasis lo encontramos siempre puesto en la manera de vivir estas ideas, la manera de sentirlas, la manera de ponerlas en práctica.

Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; Junto a aguas de reposo me pastoreará. (Salmo 23)

He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel, después de aquellos días, dice Jehová. Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón, y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado (Jeremías 31:31-34)

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. (Mateo 7:21)

Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. (Santiago 2:18,19)

Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder. (1 Corintios 4:20)

La importancia del aspecto religioso del Nuevo Testamento para los Santos de los Últimos Días

Los Santos de los Últimos Días tienen fama de ser gente práctica. La gente visita y alaba nuestros almacenes y fábricas del plan de bienestar, nuestras escuelas y nuestro programa de actividades para la juventud. Infinidad de personas aprecian la importancia que damos a la Palabra de Sabiduría, a la castidad y a la vida de familia. En Sion nuestros locales de reunión y nuestros centros recreativos alegran el horizonte con sus torres puntiagudas tan a menudo como los grupos escolares. Muchos se quedan maravillados ante el carácter práctico y las obras tangibles de los Santos de los Últimos Días.

Somos un pueblo práctico incluso en un sentido más profundo que el que aparece al exterior con los edificios que hacemos construir y con nuestras realizaciones sociales. El evangelio restaurado de Jesucristo pone la religión en el corazón, la mente y la vida misma del hombre. Nuestra fe en Dios no es imaginaria, sino real, algo con lo que debemos formar nuestras vidas, por lo que debemos trabajar. Nuestra fe en la humanidad no es académica, porque se nos enseña a vivir como hombres libres y a llevar nuestras responsabilidades morales, y a cooperar con nuestros semejantes. Una de las mayores virtudes de la religión de los Santos de los Últimos Días es esta creencia traducida en acción, en modo de ser.

Incluso las ordenanzas de nuestra religión están íntimamente ligadas con los sentimientos religiosos y las aspiraciones morales. En los términos usados por Alma, nuestro bautismo significa que estamos “dispuestos a ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar.” (Mosíah 18:9) En las palabras del libro de Moroni, que oímos cada domingo cuando los santos se disponen a tomar la santa cena en recuerdo del Salvador, éstos dan testimonio que “desean tomar sobre sí el nombre de tu Hijo, y recordarle siempre, y guardar sus manda­mientos que él les ha dado, para que siempre tengan su Espíritu consigo.” (Moroni 4:3)

A veces, en nuestras clases de la Escuela Dominical y en nuestras reuniones del sacerdocio, nos desorientamos discutiendo ideas que no contribuyen a nuestra edificación y que pueden incluso engendrar un pernicioso espíritu de controversia y de debate. A veces hablamos acerca de nuestra religión como si no fuese otra cosa que simples ideas o creencias. Tenemos gran necesi­dad, en nuestras clases, de ser constructivos, de estudiar los grandes principios fundamentales de nuestra fe, de escudriñar más profundamente las cosas más sencillas de nuestra fe. Tene­mos necesidad de sentir más la presencia de nuestra fe y de acrecentar nuestro deseo de vivirla. Un amigo nuestro trabajó con ahínco durante todo un invierno enseñando una clase sobre las pruebas arqueológicas a favor del Libro de Mormón. Pero como que era abogado y no arqueólogo, cuanto más estudiaba el asunto, más se adentraba en la confusión, intentando com­prender este tema tan intrincado que no formaba parte de su educación universitaria. Sin embargo, en el transcurso del invierno, leyó el Libro de Mormón y la religión que contenía este libro lo llenó de admiración y entusiasmo. Dijo luego a un grupo de amigos: “Saben ustedes, este invierno he llegado a apreciar como nunca antes la sencillez del evangelio. Pero sí la oración es más importante para mí ahora que todos los libros escritos acerca del Libro de Mormón.

Al escribir estas lecciones sobre el Nuevo Testamento este año nuestro único interés ha sido enfocado sobre sus enseñanzas religiosas, simples y fundamentales, y la manera en que estas enseñanzas pueden tener un papel importante en nuestros sen­timientos, nuestros pensamientos, y nuestras acciones cada día. Esperamos que tanto los maestros como los estudiantes encontra­rán que este estudio puede suscitar su interés también, y que lo conservarán hasta el fin del curso. La naturaleza misma del libro debe estimular tal estudio.

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