Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 6
DIOS ES BUENO

… no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie. (Santiago 1:13)
tentado al mal ni tienta a nadie. (Santiago 1:13)

Cristo ha revelado la bondad de Dios

Antes de su crucifixión, el Salvador dijo a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.” (Juan 14:1) Y luego les dijo que iba a preparar un lugar para ellos. Tomás, como esta declaración del Señor no lo dejó del todo satis­fecho, le preguntó: “… No sabemos adónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” Jesús le contestó:

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. (Juan 14:6-11)

Jesucristo es la revelación de Dios al hombre. Conocerle, conocer sus propósitos, su obra, sus atributos y su personalidad, es conocer al Padre. Jesucristo vino a la tierra para, entre otras cosas, enseñar­nos la naturaleza y la voluntad del Padre. Nos manifestó estas cosas mediante su propia vida y por su ministerio. No conocemos otro medio mejor para comprender al Padre que a través del Hijo. Jesucristo muestra claramente que Dios es bueno. Por sus atributos de justicia, misericordia y sabiduría, todo lo que hace es con el fin de incrementar la bondad en la vida de los hombres. Nada de malo ha sido o está siendo creado por El.

Antes de que estudiemos la bondad del Padre y del Hijo, empe­cemos antes que nada por definirla. Buena es toda cosa que cimenta una vida ejemplar y que ayuda a la humanidad a llevar a cabo el propósito de la vida. Bueno es todo aquello que aporta a la humani­dad un gozo siempre creciente y la felicidad eterna. Bueno es todo aquello que determina a los hombres a vivir en armonía con la voluntad del Padre, a fin de que su propósito pueda llevarse a cabo en la vida de sus hijos. Nuestro ideal de esta vida feliz, abundante y bien empleada que todos buscamos es la vida del Padre que nos ha sido manifestada en la vida de su Hijo. Cristo nos mostró y nos enseñó cómo debemos vivir, lo que es el bien y lo que Dios quiere que hagamos. Es por esta razón que creemos que todo aquello que nos ayuda a vivir como Cristo ha vivido, y nos hace verdaderos discípulos suyos, es bueno.

Por otra parte, malo es todo aquello que estorba, frustra o impide nuestra realización del propósito de nuestra vida, este género de vida que Jesús nos ha revelado. De una cosa al menos podemos estar seguros, y es que el Padre no es el autor del mal. El Padre no quiere que sus hijos vivan en la ignorancia o el pecado. El odio, la envidia, los celos, el egoísmo, la incontinencia, la mentira, la falsedad y la guerra no son el Padre o el Hijo que las inspiran. Porque lo que ellos quieren es el bien: “Paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres.” Quieren inspirar en la vida del hombre todas y cada una de las virtudes, de los principios del evangelio: la verdad, la misericordia, el amor, la justicia, el perdón, la humildad y la pureza de corazón.

Jesús sentía un gran respeto por la bondad del Padre. En verdad, su respeto era tan grande que colocaba al Padre en una categoría especial, aparte. A uno que se dirigió a Jesús, llamándole “Maestro bueno,” Jesús le replicó:

¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino sólo uno, Dios. (Marcos 10:18)

La bondad del Padre está admirablemente descrita en el Sermón del Monte, en los pasajes citados en nuestra lección sobre la confian­za en Dios (Mateo, capítulos 6 y 7) Obsérvese sus sentimientos con respecto a la bondad del Padre en estos versículos:

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama; se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? (Mateo 7:7-11)

Más lejos, Jesús dice que los hombres buenos producen frutos buenos y los malos, frutos malos. Este principio se le puede aplicar también a la Divinidad. Dios, como que es bueno, no haría nada malo.

No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto. Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. (Lucas 6:43-45)

Los discípulos de Cristo enseñan la bondad de Dios

Pedro, en su conversación con el gentil Comelio, dio testimonio de la bondad del Padre, manifestada en la vida de su Hijo:

Como Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. (Hechos 10:38)

Pablo sabía que allí donde estaba el Espíritu de Dios, o el de Cristo, o donde el Espíritu Santo estaba presente, había bondad:

Parque en otro tiempo erais tinieblas, más ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad). (Efesios 5:8, 9)

Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder, para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. (2 Tesalonicenses 1:11,12)

Juan sólo con unas pocas palabras dice mucho concerniente al tema:

Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios. (3 Juan, versículo 11)

En Santiago tenemos un testigo ferviente y explícito con respecto al hecho de que Dios inspira todo acto de bondad y nada más que la bondad en nuestra vida:

Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. (Santiago 1:12-17)

Falsos conceptos sobre el carácter de Dios

Hay personas que le echan la culpa de todo a Dios: por las enfer­medades, los sufrimientos, los fallecimientos, las guerras, las malas acciones de un Hitler, de un Stalin, o de un Mussolini. Describen al Creador como si fuese un ser lleno de odio, de cólera, de envidia, de celos, y totalmente desprovisto de respeto por los sufrimientos o la libertad de sus hijos.

No era éste el género de Creador que Jesús y sus apóstoles conocieron y del que hablaron tan frecuentemente. No es un Dios al que debemos temer, en el sentido corriente del término, sino un Dios que debemos amar.

Temor, en nuestras traducciones de la Biblia en español, es la traducción de una palabra hebrea que significa admiración y respeto. Dios no es celoso de la misma manera en que los seres humanos son celosos. Nuestros celos son un sentimiento engendrado por un com­plejo de inferioridad y de inseguridad. Tal como nosotros los experi­mentamos, los celos van estrechamente ligados a la envidia y al odio. El Señor no es rencoroso por naturaleza. Odia al pecado, pero no al hombre que lo comete, el pecador.

De igual manera, cuando hablamos de ira y de cólera, pensamos en una persona que está fuera de sí, juguete de la violencia de sus sentimientos. Según el espíritu del evangelio enseñamos que debemos ser más fuertes que nuestra cólera, que debemos ser humildes y amar la paz. ¿Seríamos tan poco consistentes como para atribuir a nuestro Dios estas flaquezas y estos males que su Hijo nos exhorta a vencer en nuestra propia vida?

Dios es justo y recibimos las consecuencias de sus leyes cuando las violamos. Pablo lo explica muy claramente:

Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado. (Romanos 11:22)

Jeremías nos muestra cómo los castigos de Dios no son los de un soberano malévolo, cruel y arbitrario, sino las consecuencias previstas por la ley:

Oye, tierra: He aquí yo traigo mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos; porque no escucharon mis palabras, y aborrecieron mi ley. (Jeremías 6:19)

¿Me provocaron ellos a ira? dice Jehová. ¿No obran más bien ellos mismos su propia confusión? (Jeremías 7:19)

Por otro lado, las enseñanzas y la vida de Cristo nos prueba que Dios es un ser amante, misericordioso, e infinitamente bueno. Es esto lo que enseña la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es lo que muy acertadamente enseña el Libro de Mormón:

Por tanto, hermanos, no queráis aconsejar al Señor, antes aceptad el consejo que viene de su mano. Porque he aquí, vosotros mismos sabéis que él amonesta con sabiduría, y justicia y gran clemencia en todas sus obras. (Jacob 4:10)

Por consiguiente, toda cosa buena viene de Dios, y lo que es malo viene del diablo; porque el diablo es enemigo de Dios, y siempre está contendiendo con él, e invitando e incitando a pecar y a hacer lo que es malo sin cesar. Pero he aquí, lo que es de Dios invita e incita continuamente a hacer lo bueno; de manera que todo aquello que invita e incita a hacer lo bueno, y amar a Dios y servirlo, es inspirado de él. Tened cuidado, pues, amados hermanos míos, de no juzgar que lo que es malo viene de Dios, o que lo que es bueno y de Dios viene del diablo. (Moroni 7:12-14) (Lea el capítulo entero. Léase también 2 Nefi 26:23-33)

Veamos lo que el presidente Joseph F. Smith tuvo que decir al respecto:

En las revelaciones dadas al profeta José, en el libro de Doctrinas y Convenios, hallamos la declaración de que el Señor está grandemente descon­tento únicamente de aquellos que no confiesan o no reconocen “su mano en todas las cosas, y no obedecen sus mandamientos.” Suceden muchas cosas en el mundo en las que nos parece muy difícil, a la mayoría de nosotros, el reco­nocer la mano del Señor. He llegado a la conclusión de que la única razón que me sea posible descubrir por la que debemos reconocer la mano de Dios en ciertos casos es el hecho de que todo lo que ha pasado ha sido permitido por el Señor.

Cuando dos hombres ceden a sus pasiones, a su egoísmo y a su cólera, para pelearse … es difícil para mí el ver la mano de Dios en tamaña acción; en lugar de ello, los hombres que así se atacan, se pelean y combaten, han recibido su libre albedrío de Dios para que hagan uso de su propia inteligencia, juzguen ellos mismos entre el bien y el mal, y obren según sus deseos . . . Hay personas que se ponen enfermas, sufren moral y físicamente, y sus dolores se prolongan por meses, y quizás por años. Uno se pregunta:

¿Por qué lo permite el Señor? ¿Debemos ver la mano del Señor en estos sufrimientos? ¿Es que Dios ha designado ciertas personas cuyo destino es sufrir? ¿Las ha castigado con aflicciones? ¿Es acaso él la causa del mal que los agobia? Demasiados de nosotros tenemos tendencia a creer que las enfer­medades que nos sobrevienen, las aflicciones que padecemos, los accidentes que tenemos en el curso de nuestra vida, debemos atribuirlos ya a la mise­ricordia, ya al desagrado de Dios. A veces, estamos dispuestos a acusar a Dios como la causa de nuestras aflicciones y de nuestros apuros; pero si pudiésemos ir de los efectos a la causa que los ocasionó, y hacerlo sincera­mente, con la intención de llegar a una comprensión correcta, sin duda que descubriríamos que nuestros apuros, nuestras penas o nuestras aflicciones son el resultado de nuestra propia imprudencia, de nuestra falta de conocimiento o de precaución. No es la mano del Señor la que derrama sobre nosotros las aflicciones y las desgracias. (José F. Smith, Gospel Doctrine, páginas 69, 70)

Acordémonos de que Dios es bueno

  1. El saber que Dios es bueno y que se esfuerza por producir lo bueno en la vida de los hombres, hace que cada uno de nosotros le ame y confíe en él. Un Ser como él exige nuestro mayor respeto, nuestra admiración, invita a que le demos nuestro amor y nuestra gratitud y es digno de la dedicación total de nuestras facultades intelectuales, morales y espirituales. Con un Ser tan maravilloso, tenemos razones para conservar nuestra esperanza. Ser un discípulo de su Hijo es un honor, un privilegio y una fuente de inspiración constante.
  2. Si Dios no es responsable de nuestros males, entonces tene­mos que buscar el origen en otra parte. Las Escrituras hacen en buena parte responsable de ello a Satán el maligno, el hijo de la mañana, que se rebeló contra el Padre y el Hijo.

Pero el origen del mal remonta aún más allá de la influencia de Satanás. Se encuentra en nuestra naturaleza misma, libre y eterna. “La inteligencia… no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser. Toda verdad, así como toda inteligencia, queda en libertad de obrar por sí misma en aquella esfera en la que Dios la colocó. . . (Doc­trinas y Convenios 93:29-31) Satán es una inteligencia eterna, libre de obrar por sí mismo, y de escoger el mal en lugar del bien. Ustedes y yo somos también inteligencias eternas, poseemos la libertad de escoger. Cuando escogemos hacer el mal, al igual que Satán, con­tribuimos al incremento del mal en el mundo; cuando escogemos hacer el bien, lo mismo que Dios, aunque más modestamente, con­tribuimos al incremento del bien en la vida de los hombres.

Las enfermedades, las guerras, los crímenes, los divorcios, los sufrimientos de los inocentes, son el resultado de la ignorancia o del pecado del hombre, El conocimiento y la aplicación de las leyes de la vida y de los principios del evangelio de Cristo nos librarán de estos males. Nuestro Padre Celestial, que no tiene otra intención que procurar nuestro bienestar, tiene necesidad de nuestra ayuda.

Acordémonos, pues, de las palabras de Moroni, y seamos verdaderos hijos de nuestro Padre, merecedores de ser discípulos de su Hijo:

Así, pues, os suplico, hermanos, que busquéis diligentemente según la luz de Cristo, para que podáis distinguir el bien del mal; y si os allegáis a todo lo que es bueno, y no lo condenáis, ciertamente seréis hijos de Cristo. (Moroni 7:19)

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