Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 32
“AMARAS A TU PROJIMO”

Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. (Gálatas 5:14)

El amor del prójimo no tiene su origen en el Nuevo Testamento. Se encuentra ya en Levítico 19:17,18. Y, aunque no se le menciona literalmente, que sepamos, en ningún otro lugar del Antiguo Testamento, figura de manera implícita en la ley y en los profetas. En principio, el amor del prójimo constituye la base de numerosas enseñanzas del Antiguo Testamento.

La Ley de Moisés, aunque firme y a veces severa, es también humana, incluso en sus párrafos más estrictos. Por ejemplo, numerosas ofensas recibían la pena de azotes “entonces el juez lo hará echar en tierra, y harále azotar delante de sí, según su delito, por cuenta.” El juez de la actualidad ya no tiene que presenciar el castigo que se inflige a los culpables, ni tampoco se da la pena de azotes a los delincuentes. Sin embargo, y a pesar del empleo de castigos físicos en Israel, encontramos una nota humana, de gran importancia:

Se podrá dar cuarenta azotes, no más; no sea que, si lo hirieren con muchos azotes más que éstos, se sienta tu hermano envilecido delante de tus ojos. (Deut. 25:3)

Los que resumen la Ley de Moisés con las palabras: “Ojo por ojo, diente por diente,” la conocen muy mal. Pero incluso esta regla parecía misericordiosa en una época en que se quitaba con facilidad la vida de un hombre por causa de un ojo o de un diente. La Ley de Moisés se preocupaba grandemente del bienestar del pobre, del forastero, de la viuda y del huérfano. Incluso el servidor, la sirvienta y el ganado tenían que descansar durante el día del reposo. La ley protegía al deudor contra el acreedor, al acusado contra el acusador, al esclavo contra su dueño, en una medida considerable. La Ley de Moisés está llena de compasión, lo que es ya una expresión de amor. Los profetas del Antiguo Testamento hablan poco del amor del prójimo de una manera específica, pero mencionan varias veces la justicia y la misericordia. Amos, Miqueas, Isaías y Jeremías son los grandes defensores de los pobres y los oprimidos, de los “afligidos de José.” Luchan, con palabras terribles y con gran valor por una vida moral y social más elevada. Invitan a los hombres a adorar a Dios ayudando a sus semejantes, que son hijos de Dios. Véase, por ejemplo, este pasaje de Isaías:

¿Es tal el ayuno que yo escogí, que de día aflija el hombre su alma, que incline su cabeza como junco, y haga cama de cilicio y de ceniza? ¿Llamaréis esto ayuno, y día agradable a Jehová? ¿No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?

¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto: e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo el dedo amenazador, y el hablar vanidad; (Isaías 58:5-9)

Jesús hace nuevo hincapié en una ley antigua

En la época en que Jesús vino a esta tierra, la ley y los profetas habían perdido una gran parte de su vitalidad a causa de que los hombres daban más importancia a la letra de las leyes que al espíritu. El espíritu de los profetas había sido reemplazado por la teología sacerdotal y escolástica.

Jesús dio nueva vida al segundo mandamiento. Del primer gran mandamiento hizo la base de la vida religiosa. En sus enseñanzas, el amor sobresale tan claramente como un faro en lo alto de una colina. En el Antiguo Testamento se establecía una cierta distinción entre las relaciones morales de un israelita con sus compatriotas, y sus relaciones con los extranjeros. Los esclavos hebreos gozaban de una condición más favorable que los esclavos extranjeros. Uno podía prestar dinero con usura, con interés, a un extranjero, pero no un judío. (Véase Deuteronomio 23:19-20). En las enseñanzas de Jesús, hay una sola clase de moralidad. Jesús mostró el mismo respeto por la samaritana o el centurión romano que por su propio pueblo. Y a veces, incluso, hizo elogios especiales de los gentiles. Es lo mismo que el Antiguo Testamento hace en tales libros como Rut, Job y Jonás. Pero la Ley de Moisés queda aún lejos del universalismo de Jesús.

Jesús dio también al segundo mandamiento todo el poder y la fuerza vital del amor que salía de su persona. Amó con gran compasión, con ternura y abnegación.

¿Cómo tenemos que amar a nuestro prójimo?

Alguien ha dicho: “Es fácil amar a todo el mundo, lo difícil es cuando se trata de amar a una persona determinada,” cuando pasamos de lo general a lo particular. La vida y las enseñanzas de Jesús son tan hermosas y tan inspiradoras que muchos de nosotros nos contentamos simplemente con creer en ellas, honrarlas, adorarlas de labios. Estamos orgullosos de ser sus discípulos. El hecho de hablar de sus enseñanzas nos hace sentir bien y nos da una sensación de gozo y de seguridad. Desde luego, no somos exactamente iguales que los fariseos, que se perdían en la observación de la letra de la ley. Nuestro pecado consiste en contentarnos con el principio general de la ley. ¿Cómo podemos manifestar nuestro amor por el prójimo en las acciones en la vida cotidiana? De ello vamos a ocupamos en este capítulo.

1. Debemos amar con intenciones puras. Hemos ya hablado de esta enseñanza del Nuevo Testamento en el capítulo 30, El Significado del Amor. Debemos preguntarnos continuamente: “Somos sinceros en nuestro interés por el bienestar de nuestros semejantes?” “¿Hacemos prueba de buena voluntad para con todo el mundo?” “¿Deseamos la felicidad de nuestro prójimo?”, etc.

Encontramos en la vida de Moisés un ejemplo de la pureza del amor. Mientras que se encontraba en lo alto del Monte Sinaí, recibiendo la Ley de Dios, el pueblo de Israel se fabricó un becerro de oro y se puso a adorarlo. El Señor reveló a Moisés lo que el pueblo hacía mientras que él se encontraba en la montaña, y declaró su propósito de consumirlos a todos y levantar otra nueva nación. Moisés imploró al Señor de salvar a su pueblo a causa de las promesas que había hecho a Abraham, a Isaac y a Jacob. Y el Señor escuchó a Moisés, y perdonó a su pueblo.

Cuando Moisés descendió de Sinaí y vio por sí mismo lo que los hijos de Israel habían hecho* se encolerizó. Rompió las tablas que contenían la Ley, desmenuzó el becerro e hizo que los hijos de Israel bebieran el polvo resultante; e hizo que los levitas mataran a tres mil personas de Israel. Después de haberlos castigado así, se fue otra vez hacia el Señor y le dijo:

… Te ruego, pues este pueblo ha cometido un gran pecado, porque se hicieron dioses de oro, que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito. (Éxodo 32:31-32)

No tan sólo perdonó Moisés a su pueblo, sino que también corrió el riesgo de perder su favor a los ojos del Eterno, implorando el perdón de su pueblo. No quería continuar existiendo si Israel desaparecía.

2. Tenemos que amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. A veces nos odiamos a nosotros mismo y no nos perdonamos fácilmente nuestras malas acciones. Por otro lado, siempre estamos conscientes de nuestra propia persona, y tratamos de protegemos de todo mal, de toda clase de daño o de la muerte. Estamos prontos a perdonar nuestras faltas, a no dar mucha importancia a nuestros errores, y a justificar nuestras equivocaciones. Nosotros mismos somos el centro de todo cuanto hacemos y de todo cuanto pasa alrededor nuestro.

Si queremos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos debemos pensar más en él. Tiene que ser el objeto constante de nuestras preocupaciones y de nuestros cuidados. Nuestro prójimo no debe ser más que una simple profesión para nosotros, una entidad vaga, no ya únicamente el propietario, el carnicero, el conductor de autobús, etc., sino un individuo, con sentimientos, responsabilidades, temores y esperanzas, lo mismo que nosotros.

Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas. (Mateo 7:12)

3. Nuestro amor debe producir frutos buenos en la vida de los demás. Una intención pura santifica al que ama, pero la manifestación eficaz e inteligente del amor bendice a la persona amada. No basta con amar a los demás en nuestro corazón; es preciso demostrarles este amor mediante nuestras acciones. Sin el sentimiento y la acción eficaz, el amor es incompleto. El amor cristiano no debe estar encerrado en el amor de Cristo, en los capítulos 5 y 22 del evangelio de San Mateo, ni en nuestros corazones.

En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua ,sino de hecho y en verdad. Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él. (1 Juan 3:16-19)

Nuestros amigos nos cuentan de una mujer—y hay muchos otros—que hace la obra. Mientras unos están pensando en ayudar o sintiendo vagamente que deben ayudar, esta buena mujer visita a los enfermos, lleva alimentos a un vecino, recoge en su casa los niños de una mujer que se encuentra en el hospital y consuela a los que lloran.

Conocemos a un hombre y su esposa que han apartado los miércoles para buscar o invitar a aquellos que los necesitan. De hecho visitan a aquellos que se han propuesto visitar, e invitan a su casa a sus amigos que necesiten una palabra de ánimo. Hacen esto no porque sientan que es una obligación, ni para que se les alabe, sino por su deseo profundo de amar. La llaman su “noche de diversión.” Han fijado cierta noche para ello solamente porque de no hacerlo así, otras cosas de menor importancia desalojarían él hecho.

La gente tiene necesidades específicas y muy reales, algunas incluso muy tangibles, como son una casa, alimentos, vestidos, y otras espirituales y morales; consuelo, consejos espirituales, etc. Nuestro amor tiene que ser lo bastante fuerte para poder dar buena cuenta de todas estas necesidades. Jesús dijo que “los sanos no tienen necesidad de médico, más los que tienen mal; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.” (S. Marcos 2:17) Y curó a los enfermos, devolvió la vista a los ciegos, el uso de sus miembros a los paralíticos, hizo posible que los pecadores se arrepintieran y fueran perdonados; abrió los ojos de la humanidad para que viesen sus propias flaquezas y, amorosamente, les ayudó a superarlas.

Pero debemos obrar sabiamente e imitar a nuestro Padre Celestial y a su Hijo en el hecho de que nuestra obligación no consiste en dar a los hombres lo que desean o lo que nos piden, sino lo que consideramos, por nuestra experiencia, que es lo que será lo mejor para ellos, teniendo cuenta de su libertad, de su orgullo natural y de su deseo de trabajar y de hacerse útiles. Y esto es así, no sólo en lo que concierne al individuo, sino también en lo que concierne a la sociedad, sea en la escala familiar, o en la Iglesia, en la nación o en el mundo. No tan sólo debemos ayudar a nuestros semejantes, sino que también debemos ayudarles a ayudarse a sí mismos, inspirándonos en el proverbio “Dios ayuda al que se ayuda.”

¿Quién es mi prójimo?

Cristo murió en la cruz por todos los hombres sin excepción. Envió a sus discípulos por todas las naciones de la tierra. Su amor no conocía límites, porque quería obtener la felicidad de cada individuo de la tierra. Este es también nuestro propósito, si somos verdaderos discípulos de Jesucristo. Pero entonces, surge la pregunta: ¿Tenemos la misma responsabilidad con respecto a todo el mundo? ¿Cómo nos es posible poner todos nuestros talentos y todas nuestras fuerzas al servicio de todo el mundo?

El hecho es que tenemos más responsabilidad con respecto a ciertas personas que con respecto a otras: nuestra esposa, nuestro marido, nuestros hijos, nuestros familiares, nuestros vecinos. El hecho de que nos encontramos más cerca de estas personas nos hace tener más responsabilidad para con ellas que para con los habitantes de Abisinia, por ejemplo. Pero sin embargo los abisinios son también hijos de Dios, y tienen igual derecho a la tierra que nosotros. Los niños que se mueren de hambre en la India o en Corea tienen tanto derecho a ser el objeto de nuestra compasión y a recibir nuestra ayuda, como lo tienen los hijos del vecino. Deberíamos estar siempre dispuestos a ayudar a nuestros semejantes en todas partes donde la necesidad exista, de acuerdo, claro está con nuestros propios medios.

Estamos de acuerdo en que la vida moderna es más complicada que la que existía en los tiempos del Nuevo Testamento y que nos sería difícil el poner en práctica el mandamiento que Cristo dio al joven rico, “Ve y vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres,” aunque no tendría que ser imposible, pues precedentes del caso existen. Pero, no obstante, teniendo en cuenta todos estos factores, debemos estar listos para ayudar a nuestros hermanos.

Tenemos que estudiar economía, sociología y ciencia política junto con los principios de Cristo. Estos últimos nos darán inspiración espiritual, mientras que los primeros nos enseñarán la manera en que podemos llevar a cabo una buena obra filantrópica. Luego necesitamos disciplinarnos a nosotros mismos para hacer que nuestro trabajo y nuestro sacrificio den el mejor resultado posible.

A menos que nuestros ideales cristianos, tales como el amor, lleguen a tener existencia real y nos ayuden en nuestra manera de vivir, en nuestro matrimonio, en nuestra vida familiar, en la educación, en la política y en la vida económica, nuestra religión no valdrá para nada y será, en cambio, tal como dice el capítulo 23 de Mateo, de tipo farisaico. La religión del evangelio restaurado, además de ser práctica en su propensión a cuidar de la salud, la diversión y el bienestar de sus miembros, también es práctica en su insistencia sobre el hecho de que los grandes ideales cristianos deben santificar la vida cotidiana, cuando el individuo los pone por práctica.

Una advertencia

Una vez una persona dio un sermón sobre la necesidad de perdonar, porque sabía que entre la asistencia había alguien que tenía que perdonar a un hermano que estaba presente también. Concluida la reunión uno de los hermanos, de espíritu humilde y contrito, que ya había perdonado al otro, se adelantó y dijo que tendría que aprender a perdonar más. Pero la persona a la cual el sermón iba dirigido, siguió viviendo sin efectuar ningún cambio en su vida.

También hay algo que deberíamos decir. Si la ocasión lo requiere, deberíamos estar prontos a dar nuestra vida por nuestros hermanos. Pero en la mayoría de los casos, no obstante, es mejor cuidarse de nuestra propia salud para poder así continuar ayudando a los demás de una manera más eficaz, de la misma manera que resulta más prudente tener mucho cuidado de una máquina para que continúe dando buen rendimiento. Como lo dice acertadamente el rey Benjamín en el Libro de Mormón:

. . . quisiera que de vuestra substancia dieseis al pobre, cada cual según lo que tuviere, así como alimentar al hambriento, vestir al desnudo, visitar al enfermo, procurando su alivio, tanto espiritual, como temporalmente, según sus necesidades. Y ved de hacer todas estas cosas con prudencia y orden; porque no se exige que uno corra más de lo que sus fuerzas le permiten. . . . (Mosíah 4:26, 27)

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