Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 39
“EL QUE PIERDE SU VIDA”

Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo
el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. (Marcos 8:35)

Jesús y Pedro se reprochan mutuamente

Un día Jesús preguntó a sus apóstoles: “¿Quién dicen los hombres que soy?” Le hicieron respuestas diferentes. Entonces Jesús les preguntó: “Y vosotros, quién decís que soy?” Y Pedro repuso: “Tú eres el Cristo.” Y Jesús le recomendó que no lo dijese a nadie; y entonces predijo la manera en que sería rechazado por los hombres, su muerte y su resurrección.

Sus palabras eran más de lo que Pedro podía aceptar, ya qué fe parecía imposible el que Cristo, el Ungido de Dios, tuviese que padecer la muerte y no triunfase sobre sus enemigos. Por lo tanto, “Pedro, le tomó aparte, y le empezó a reprender.” Señal evidente de su carácter impetuoso y del amor que sentía por Cristo. Las intenciones de Pedro eran buenas, pero aún no comprendía muy bien la misión de Cristo, ni la naturaleza de su religión. Por lo tanto, Jesús, a su vez, le reprendió, muy severamente, a juzgar por la narración del caso:

Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. (Marcos 8:33) (Léase Marcos 8:27-38 y compárese con Mateo 16:21-26)

Jesús estaba dominado por una sola idea, como ya hemos visto: hacer la voluntad de aquel que lo había enviado. Es por ello que su seguridad personal y su comodidad tenían poca importancia para él. Su misión consistía en dar su vida a fin de que todos los hombres pudiesen resucitar, y en sacrificarse para que todos pudiesen apartarse del pecado y recibieran el perdón de Dios. Su misión inmediata era la de llamar a los pecadores y arrepentirse y hacer todas las obras maravillosas que hizo para socorrer y alegrar a la humanidad doliente. El Salvador sabía cuál era su tarea y el camino que debía seguir lo veía bien claro ante él, porque “. . . el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” (Matea 20:28)

. . . Si alguno quiebre venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, .y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará, Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O que recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. (Marcos 8:34-38)

Jesús únicamente pedía esto a sus discípulos: que se olvidasen, que se negasen a sí mismos e hiciesen el sacrificio de sus vidas para seguirle. No podían hacer todo lo que Él podía hacer, como resucitar a los muertos y librar del pecado al mundo, por ejemplo; pero sí podían consagrarse, en cuerpo y alma, a la voluntad de Dios. Podían cesar de pensar únicamente en sí mismos y “perder su vida” por amor a Cristo y su evangelio. Para impregnar a sus apóstoles con este pensamiento, se sirvió de un lenguaje enérgico y lleno de imagines. A uno que expresó el deseo de seguirle, pero que primero le pedía permiso para poder enterrar a su padre, Jesús le respondió:

Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. (Lucas 9:60)

A otro candidato a discípulo que quería primero despedirse de sus seres queridos, le dijo:

Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios. (Lucas 9:62)

Es preciso comprender que Jesús tenía más consideración por los sentimientos humanos y los lazos familiares que estos pasajes lo dan a entender, si los tomamos aislados. Muchos otros pasajes ya citados revelan su ternura en situaciones en las que los sentimientos familiares tenían que padecer. Pero creemos que se aprovechó de estas ocasiones para exigir una lealtad suprema por parte de sus discípulos con respecto a su reino, en términos que no olvidarían y nunca.

Dijo tantas cosas que nos exhortan a perder nuestra vida material viviendo únicamente por el evangelio y el reino de Dios. En la oración del Padre Nuestro, dice así: “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.” (S. Mateo 6:10) En otro pasaje muy conocido dice: “No podéis servir a Dios y a las riquezas,” lo que es un ejemplo de una idea mucho más fundamental, que expresa en esta forma: “ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro.” (S. Mateo 6:24) No es posible servir a Dios y a nuestros propios intereses egoístas, lo mismo que no es posible servir a Dios y a Mammón. Una lealtad tiene que ceder ante la otra.

Que no se nos interprete mal. El servicio de Dios es, después de todo, el servicio supremo que podamos prestarnos a nosotros mismos. “El que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.” Esta enseñanza tiene tanta verdad en ella como cualquier otra del evangelio. Pero el hecho es que, para hallar la vida eterna, el hombre debe olvidarse a sí mismo y dedicarse en cuerpo y alma al evangelio.”

Más buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. (Mateo 6:33)

Por otro lado, nosotros que anteponemos el “yo” en nuestros pensamientos y que no recordamos a Dios y Sus propósitos, sino de una manera incidental, no hallaremos nunca la vida verdadera, como trataremos de demostrar más adelante. La religión, para Jesús, es la cosa suprema en la vida del hombre. Si no, éste no es digno del reino de los cielos.

Los discípulos predican la entera dedicación a Dios y a Cristo

En la Primera Epístola de Pedro dice lo siguiente:

Sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. . . (1Pedro 3:15)

Numerosas son las veces que Pablo pide a los santos que se abandonen a la voluntad del Padre:

Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, la cual es poderosa para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados. (Hechos 20:32)

Cuando se nos deja a nosotros mismos, podemos cejar ante el mal. Es por ello que nos recomienda que nos convirtamos en instrumentos en las manos de Dios, para hacemos “fuertes en el Señor.”

Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia. (Romanos 6:13)

Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza. Más vosotros no habéis aprendido así Cristo, si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que esté viciado conforme a los deseos engañosos y renovados en el espíritu de vuestra mente, y vestidos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. (Efesios 4:17-24)

Por lo demás, hermanos míos, fortalecidos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. (Efesios 6:10-11)

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)

Antes bien nos recomendamos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias; en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos; en pureza, en ciencia, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero, en palabras de verdad, en poder de Dios, con armas de justicia a diestra y a siniestra. (2Cor. 6:4-7)

La verdad de esta enseñanza del Nuevo Testamento

Un poco de introspección y de observación revelará la verdad de la frase del Señor que parece tan paradójica, y que hemos citado al comienzo de esta lección.

Un niño pequeño es egocéntrico. El mundo parece girar en torno suyo. Yo, mío, mi, son sus primeras palabras. Se ofende fácilmente cuando sus compañeros, sus hermanos y hermanas no toman en consideración su interés personal. Y aunque normalmente conoce muchas horas llenas de alegría y libres de toda preocupación, tiene muchas dificultades antes de poder acordar sus deseos con los demás. Aprende por fin que debe luchar por sus derechos, y al mismo tiempo ayudar a los demás

Muchas veces, al pasar a la edad adulta, conservamos este concepto egoísta de la vida. Este sentimiento inocente del niño se transforma en envidia, en orgullo, en concupiscencia y en ambición de “ser visto y oído por los hombres.” Nuestro interés primordial continua siendo nuestra propia persona.

Así pues el hombre tiene necesidad de olvidarse a sí mismo dedicándose a fondo a una causa que lo absorba y sea mayor que él. Es solamente entonces que encontrará verdadera satisfacción dando expresión a las aspiraciones más elevadas de su alma. La siguiente historia puede damos un buen ejemplo.

En el cuento bien conocido de Hawthorne, “La Gran Cara de Piedra”, se habla de una leyenda de un perfil humano magnífico que la naturaleza había esculpido en una roca de una colina que dominaba un hermoso valle. En aquel valle vivía Ernesto; un día la madre de Ernesto lo llevó a ver la cara de piedra y le explicó que un día iba a nacer en el valle una persona que se parecería a esta gran cara de piedra. Esto impresionó mucho a Ernesto, que se puso a admirar las cualidades de magnanimidad, de fuerza y de bondad que creía ver en los rasgos de la cara de piedra. Iba a verla a menudo y alimentaba en su corazón todas las cualidades que atribuía al pedazo de roca. Y esperaba con impaciencia el día en que vería aquel mismo perfil en un hijo del valle.

Varios grandes hombres volvieron al valle que los había visto nacer: un estadista, un comerciante muy rico, un general y un poeta. Todo el mundo los aclamó, menos Ernesto, porque no veía en ellos ninguno de los rasgos que la cara de piedra tenía. No obstante, le pareció ver una gran semejanza entre el poeta y la cara de piedra, pero el poeta rehusó merecer tal honor.

Durante años, Ernesto había tenido la costumbre de hablar a sus amigos del valle, enseñándoles los ideales que se había llegado a hacer suyos tan profundamente. Una tarde, estaba hablando todavía, en presencia del poeta, cuando la intuición de éste le hizo reconocer en la vida ya madura de Ernesto la sabiduría, la bondad y la grandeza dé la cara de piedra. Y así se lo dijo a las personas reunidas, que se dieron cuenta entonces que Ernesto era la personificación de la gran cara de piedra. ¿Y por qué? Pues porque no había tratado ser grande y famoso como los demás, y al contrario había tratado de imitar la verdadera grandeza. Habiéndose olvidado a sí mismo en su ideal, se había ido elevando hasta llegar a ser como él.

El principio que Jesús enseñó de olvidarse a uno mismo a fin de encontrar el verdadero yo no puede ayudarnos tan sólo en la religión, sino que también puede hacer mucho por nosotros en todas las otras fases de la vida. Para Cristo, la vida y la religión constituyen una misma cosa, y sus principios son la base y los elementos que componen a las dos. De aquí se desprende que, como más elevado es nuestro ideal y más nos olvidemos a nosotros mismos al ir en busca de él, más podemos estar seguros de hallamos a nosotros mismos subiendo hasta llegar a la altura de nuestro ideal.

Un día un hombre nos dio dos nueces. Provenían de un hermoso árbol. Planté una en la tierra y la otra se me quedó olvidada en el bolsillo. Hace pocos días la encontré de nuevo por casualidad. Como hacía ya cierto tiempo que estaba allí, al abrirla descubrí que se había podrido y que hasta olía un poco mal. Había estado en el interior de su cáscara demasiado tiempo. La nuez que planté en la tierra había echado raíces y empezado a crecer. La enterré y así pudo crecer y desarrollarse. Lo mismo sucede con la vida. Si únicamente la encerramos dentro de la cáscara de nuestro yo, se pudrirá; si la plantamos, la nutrimos y la dedicamos a una meta suprema, crecerá y con el tiempo dará hermosos frutos, como el nogal que saldrá de aquella nuez que planté.

Oportunidades

Muchos de nosotros conocemos el gozo que resulta del esfuerzo que hacemos al consagrar todos nuestros pensamientos y toda nuestra energía al Señor predicando su evangelio. A cuántos misioneros no habremos oído dar su testimonio del hecho de que su misión fue la parte más hermosa de su vida. Esta es una prueba patente de la verdad de las enseñanzas de Cristo, pero también la prueba de que son incapaces de vivir tan bien en su propio hogar como lo hicieron en la misión.

¿Qué es más importante? ¿El servir a Dios o mi deseo de “progresar en la vida”?

Otras preguntas:
¿Cómo puede un hombre de edad madura, cargado de responsabilidad y con una familia que mantener, olvidarse a sí mismo sirviendo a Cristo y su evangelio?
¿Cómo puede hacerlo una ama de casa?
¿De qué manera podemos buscar primeramente el reino de Dios y su justicia en la época actual?

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