Las hijas de Jared

Capítulo 24


NO ME DEJEN, QUERÍA suplicarles al padre y a la hija. Habían conducido al mensajero directamente hasta mi choza. ¿Cómo podía culparlos o esperar que desobedecieran las órdenes del siervo del rey?

Pensé en mis oraciones y en la cálida certeza que aún permanecía en mi alma. Saqué valor de lo más profundo de mi ser, sabiendo que provenía del Señor mismo, y salí de mi choza. Cerré firmemente la puerta detrás de mí, dispuesta a afrontar lo que fuera necesario. El padre y la hija se marcharon enseguida, una vez cumplido su deber.

El mensajero del rey me estudió. “¿Naiva?”

Se me hundió el corazón. Era demasiado tarde. Ya no tenía adónde acudir. Aquel joven tendría más o menos mi edad, era alto y fuerte, y podría atraparme antes de que llegara a la selva.

“Sí”, susurré.

“La reina tiene un mensaje para ti”.

Dejé escapar un suspiro, preguntándome si me ataría como a una prisionera en ese momento o después. No dije nada y me quedé mirando el suelo, demasiado asustada para vislumbrar mi destino en sus ojos.

“Eres Naiva”, dijo, “hermana de la reina Asherah, ¿correcto?”

Asentí.

Se aclaró la garganta. “Te pide que regreses a casa, al palacio. Te invita a ayudarla a cuidar de su hijo. Tendrás tus propios aposentos y podrás entrar y salir cuando quieras”. Bajó la voz. “Dice que las familias deben permanecer unidas”.

Esperó, como si aguardara una respuesta.

“¿Debes llevarme allí?”, pregunté.

Frunció el ceño. “Nunca me dio la orden de llevarte. Solo quería hacerte llegar el mensaje”.

Retrocedí un paso y me apoyé contra la puerta de entrada. El mensajero no hizo ademán de detenerme ni de apresarme. “¿Eso es todo?”

Asintió brevemente. “Sí”.

“Cuéntame las novedades del palacio. Háblame del rey y de la reina. ¿Y mis hermanos? ¿Cómo están?”

“Muy bien”, respondió con un ligero ceño, como si le molestara que hubiera preguntado. “Todo el reino está celebrando el nacimiento del príncipe. Hay festines todas las noches. Tus hermanos han asistido a algunos, pero la mayoría de los días continúan con su aprendizaje”.

“¿Y los sirvientes? ¿Cómo están? ¿Qué ha sido de Lib y de Sara?”

“Siguen trabajando en el palacio. Lib es ahora aprendiz del cocinero principal. El rey dice que prepara la mejor mezcla de especias para las carnes”.

Oculté una sonrisa. En realidad, el corazón se me llenó de alegría. Lib había salido de prisión y había recibido un ascenso. Respiré hondo. “¿Y el capitán de la milicia?”

“¿Levi? ¿El hermano del rey?”, preguntó. “Muy bien. Se casará el mes que viene”.

Agradecí estar ya apoyada contra la puerta; de lo contrario, quizá habría hecho el ridículo al desplomarme. Me quedé sin aliento y pareció que transcurrían varios instantes antes de que pudiera articular una respuesta. “Gracias”, logré decir con voz ahogada. “La reina ha hecho un ofrecimiento bondadoso”.

Permanecimos allí un momento más, en un silencio incómodo. Finalmente, el mensajero se volvió y se marchó. Entré a trompicones en mi choza. Las lágrimas llegaron mientras me reprochaba mi insensatez. Un hombre como Levi tenía todo el derecho a casarse. Probablemente había encontrado a una mujer que había sido fiel al Señor toda su vida. Sin duda era hermosa y cariñosa en todos los sentidos.

Había dicho que me esperaría.

¿De verdad lo había creído? ¿Realmente había esperado que aguardara por mí?

Y ahora que había recibido la certeza de que el Señor era real, era demasiado tarde.

Tres días después, la guardia real pasó por nuestra aldea, conduciendo carros llenos de regalos de las poblaciones vecinas. Los habitantes añadieron sus regalos a un montón cada vez mayor. Coloqué mi ofrenda entre ellos. Una pintura de una madre y su hijo. Ash sabría de inmediato quién la había enviado.

Pasé las semanas siguientes orando y meditando sobre los próximos pasos que debía dar en mi vida. ¿Qué quería el Señor que hiciera? Esa era mi pregunta principal. El rumbo de mi vida se había apartado de lo que yo creía que debía estar haciendo o de cómo pensaba que debía vivir, pero quería estar donde mejor pudiera servirle.

Podía pasar el resto de mis días viviendo en aquella pequeña aldea, compartiendo mi fe y esperando convertir a unas pocas almas valientes. En las aldeas apartadas, las personas podían practicar distintas creencias religiosas sin demasiada vigilancia. Quienes vivían dentro del reino eran los que debían demostrar su lealtad más abiertamente.

O podía regresar a casa, convertir a los monarcas y ver cómo aquello influía en todo el reino y permitía que sus habitantes volvieran a adorar al Dios verdadero, como lo habían hecho bajo el gobierno de Omer.

Intenté imaginar a Akish y a mi hermana humillándose ante el Señor y pidiéndole guía. Era casi imposible imaginarlo, pero Lib me había enseñado que el Señor podía hacer lo imposible.

Cada noche me atormentaba la responsabilidad que conllevaba el conocimiento: ¿debía ser un instrumento en las manos del Señor para mi familia? Aquel pensamiento me llenaba de un miedo absoluto. Los amaba profundamente, pero también temía que regresar con aquel propósito me llevara de nuevo a prisión o a algo peor.

Mi hermana estaba dispuesta a recibirme de nuevo en casa, pero ¿bajo qué condiciones? No lo sabría hasta llegar allí.

También temía ver a Levi. Pronto estaría establecido en su vida matrimonial. No había lugar para mí. Pero le debía una cosa: necesitaba hablarle de mi fe. En eso podría regocijarse y quizá sentir que había valido la pena arriesgar tanto para rescatarme.

Las excusas por las que no debía regresar a casa no podían sostenerse ante la impresión que recibía del Señor.

Tenía que actuar.

Dejando de lado mis reservas y mis temores, guardé en una bolsa lo que podía cargar y dejé el resto para que mis vecinos se lo repartieran. Entonces emprendí el viaje de varios días de regreso al centro de la tierra. De vuelta a un lugar al que había jurado no regresar jamás. Pero esta vez tenía un nuevo compañero: el Señor.

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