Capítulo 34
CON LA MUERTE DE SHEZ, todo cambia. El ambiente en el palacio y en toda la tierra es sombrío. La corte sigue rindiendo su máxima lealtad al rey Akish, pero solo por miedo. Ash vuelve a ser admitida en la corte, aunque asiste únicamente cuando debe hacerlo. Se suspenden todas las festividades, aunque cada noche hay banquetes, un placer forzado. O quizá yo no había advertido cuánto miedo dominaba el corazón de todos, tan absorta como estaba en mis sobrinos y mi sobrina.
Cuando termina el período de luto por Shez, mi hermana llega a mi aposento. Está sola y sus ojos brillan de lágrimas. “Tengo un plan”.
Nos sentamos juntas en los cojines cerca de la ventana.
“Enviaré a Nimrah y a Jared el Menor con Hearthom para que se formen como aprendices, tal como lo hicieron nuestros hermanos”. Toma aire. “Sé que todavía son muy pequeños, pero no puedo tenerlos cerca de mi esposo”. Se le quiebra la voz y le tomo las manos, apretándolas para consolarla.
“Nimrah tiene casi once años”, dice. “Dentro de un año será el príncipe heredero. No quiero que asesinen a un segundo hijo”. Las lágrimas le resbalan por el rostro mientras me mira con determinación. “Jared tiene nueve. Ha visto demasiado en sus pocos años”. Se seca las mejillas y su voz tiembla al continuar. “Necesito pedirte un último favor”.
“¿Qué es?” Se me contrae el estómago. Ahora tengo miedo.
“En realidad, son dos favores”, susurra. “Quiero que me dejes, que abandones este palacio y encuentres un lugar donde puedas vivir y adorar como quieras”.
“Ash, tomé mi decisión hace mucho…”
“Sé que lo hiciste. Y ahora es el momento de tomar otra decisión”. Cierra los ojos y exhala. Luego dice con una voz apenas audible: “Quiero que te lleves a Isabel”.
Oh Señor, mi Dios, dame valor para lo que estoy a punto de hacer, oro, sujetando entre la mía la pequeña mano de Isabel.
La noche es negra, la luna está oculta tras densas nubes y permanezco en el patio del palacio, quizá mirando a mi hermana por última vez.
Ash ofrece a su hija una sonrisa valiente, una sonrisa que sé que no puede sentir de verdad. La pequeña Isabel cree que vamos a emprender un gran viaje, y quizá así sea, pero su corazoncito todavía no comprende que nunca volverá a ver a sus padres.
Aunque demoro nuestra despedida, sé que debemos apresurarnos. Una vez que Akish descubra nuestra ausencia, pondrán toda la tierra patas arriba buscando a su hija. Volverán a señalarme como una traidora, merecedora de la pena de muerte.
Me subo la capucha y luego la de Isabel. Se la ato bien debajo de la barbilla mientras sus grandes ojos negros me estudian con atención. “¿Por qué está tan oscuro, tita?”
“Porque estamos en plena noche”, susurro. “Ahora guarda silencio”.
Hace un gran gesto de apretar los labios. Le aprieto la mano. “Dale un beso a tu madre”.
Obediente, se pone de puntillas y extiende los brazos hacia Ash. Mi hermana se inclina y la abraza con fuerza.
“No puedo r-respirar”, dice Isabel.
Ash sigue aferrada a ella un momento más y luego la suelta. Advierto cómo le tiembla la barbilla y cómo intenta no derrumbarse delante de su hija. “Ve, mi dulce niña. Ve con tita y obedece todo lo que te diga”. Ash le besa la coronilla y se vuelve hacia mí.
Nos abrazamos con rapidez y fuerza, demasiado conmovidas para hablar. La decisión está tomada y ahora debemos llevarla a cabo. Dejaré atrás a Ash en su hermoso palacio. Lleva otro hijo en el vientre, un varón, según afirma. Sus hijos crecerán en casa de su maestro, con una nodriza, lejos de su padre. Isabel será como una hija mía. A cualquiera que encuentre le diré que soy viuda.
Espero llegar a la tierra de Ablom antes de que me atrapen.
Sí, después de todo he decidido reunirme con Levi. Comprendo que quizá tenga esposa y, aunque no la tenga, han pasado muchos años desde que nos separamos. Yo ciertamente he cambiado y probablemente él también. Sea cual sea la relación que podamos o no tener, quiero vivir en libertad.
Con una última mirada al rostro lloroso de mi hermana, tomo la mano de Isabel y cruzo el patio. Las lágrimas me nublan los ojos: lágrimas porque ya extraño a mi hermana, lágrimas de dolor por Shez, lágrimas porque estoy separando a una niña de su madre.
El viaje es más largo y agotador de lo que imaginaba, cada paso cargado de emociones encontradas, cada paso preguntándome qué estará haciendo Ash en ese momento. Qué le estará diciendo a Akish, qué estará ordenando Akish a sus guardias.
Le enseño a Isabel a orar al Señor durante nuestro primer día de viaje. Nos detenemos a menudo para arrodillarnos juntas, juntar las manos, inclinar la cabeza y suplicar guía. Al principio, Isabel tropieza con las palabras extrañas y poco familiares, pero al tercer día me imita a la perfección con su voz de niña de seis años.
Nos mantenemos alejadas de los demás tanto como podemos. Viajamos principalmente de noche y permanecemos cerca de los árboles para poder desaparecer rápidamente. Cuanto más avanzamos, menos temo que nos atrapen los guardias del rey, y ese miedo es reemplazado por la preocupación de que nos asalten los bandidos.
Al cuarto día de viaje llegamos a Ablom. No esperaba el tamaño de la aldea que se extiende ante nosotras. Hay docenas de chozas dispuestas en hileras ordenadas. El centro del mercado da paso a un sendero que conduce al mar. Pequeñas embarcaciones salpican el agua, que resplandece dorada bajo el sol de la tarde.
Isabel exclama: “¡Mira! ¡Cuánta agua!”
“Sí”, respondo, con la voz atascada en la garganta. No hay estatuas frente a las puertas de juncos ni construcciones talladas con formas de dioses o diosas. Es como si pudiera sentir la presencia del Señor irradiando de esta comunidad. Las lágrimas asoman a mis ojos y el corazón se me llena de gratitud. El Señor verdaderamente ha velado por Isabel y por mí y nos ha conducido a salvo hasta la libertad.
“Ven”, digo. Nos tomamos de la mano y caminamos hacia las chozas de las afueras.
Isabel avanza dando saltitos junto a mi paso más lento. Se ríe cuando una cabra corre hacia nosotras, balando.
Un muchachito la persigue, gritando: “¡Detente!” Se para al vernos, con la curiosidad brillándole en los ojos.
Isabel dice: “Hola”.
Él levanta la mano y luego sale corriendo.
“¿Adónde va?”
Me río. “Probablemente ha ido a decirle a su madre que vio pasar a una niña hermosa”.
Isabel suelta una risita con su voz aguda y musical, tan parecida a la de su madre. “No lo creo, tita… Quiero decir, madre”. Hace un puchero. “¿Por qué tengo que llamarte madre?”
“Porque”, digo, “te he explicado que es más seguro si la gente cree que eres mi hija”.
“¿Para que los hombres malos no nos atrapen?”
Ocultando una sonrisa, respondo: “Sí”. El corazón me late con fuerza. Estoy en la misma aldea donde vive Levi. Me pregunto si tendrá hijos; quizá aquel muchachito que pasó corriendo era suyo. Mientras avanzamos por el sendero, pasando junto a una choza tras otra, me pregunto si cada una de ellas podría ser su hogar.
Una mujer sale de una de las chozas cuando pasamos y se protege los ojos del resplandor del sol poniente. Viste con sencillez, con una túnica azul pálido y el cabello envuelto en un pañuelo de colores. Reúno valor y avanzo por el sendero hasta su patio.
“Estamos buscando a un amigo”, digo.
La mujer nos mira primero a mí y después a Isabel, y luego vuelve a encontrarse con mi mirada. “¿De dónde vienen?”
“De la ciudad de Het”. No sé cómo podrían circular las noticias, pero siento que puedo confiar en la gente de esta aldea. Después de todo, son el pueblo del Señor y Omer es su líder. “¿Conoces a un hombre llamado Levi?”
Arquea ligeramente las cejas. “Está pescando”.
El corazón me golpea el pecho al oír la confirmación de que de verdad está aquí, de que se encuentra relativamente cerca, probablemente en una de las embarcaciones que vimos antes. Me intrigan la breve respuesta de la mujer y la aparente certeza con que sabe dónde está. Parece querer hacer más preguntas, pero me apresuro a darle las gracias y llevo a Isabel conmigo por el sendero.
En el siguiente cruce del estrecho camino, giro a la izquierda y me dirijo hacia el mar. Isabel y yo llegamos a la orilla y me sorprende encontrarla bastante vacía. Hay varias embarcaciones en el agua, pero no se ve a nadie más. Se eleva humo cerca de las chozas más próximas y comprendo que las familias están preparando la cena.
Encuentro una roca grande donde sentarme y observo a Isabel caminar descalza por la arena mojada. Le fascina ver cómo el mar se acerca y luego se retira, una y otra vez. Esperamos lo que parecen horas, aunque sé que solo puede haber pasado un breve rato. Cuando el sol comienza a descender hacia el horizonte, las embarcaciones se dirigen a la orilla. Me aprieto las manos mientras observo a cada pescador descargar su pesca.
Busco a alguien conocido, algo que pueda distinguir a Levi. Ha pasado tanto tiempo que me digo que quizá no lo reconozca.
Ahora solo quedan dos embarcaciones. En la más cercana a mí hay dos hombres. Cuando se aproxima a la orilla, se me seca la boca. Levi está sentado en la parte posterior, dirigiéndola. Estoy segura de que es él. Lleva el cabello más largo y la piel más bronceada, pero su figura e incluso sus gestos son enteramente los de Levi. Y la cicatriz que le recorre el rostro, la cicatriz con que el rey lo marcó, es inconfundible.
Estoy a punto de levantarme cuando oigo gritos. Dos niños llegan corriendo por la orilla, salpicando el agua. Levi y el otro hombre los saludan con la mano.
Sus hijos, pienso. Permanezco en la roca, incapaz de moverme. Me pregunto si será demasiado doloroso vivir en una aldea donde quizá vea a Levi con frecuencia y llegue a conocer a su esposa y a sus hijos.
Los pescadores bajan de la embarcación y la arrastran un poco más hacia la playa. Descargan las cestas justo cuando los niños llegan hasta ellos. Los pequeños se arremolinan alrededor de ambos hombres y yo intento distinguir si alguno de los dos se parece a Levi.
Entonces, de pronto, el otro pescador se aleja llevando una cesta, acompañado de los niños. Levi se queda limpiando la embarcación. Tengo la garganta casi cerrada y apenas puedo respirar, pero me obligo a ponerme de pie. Justo cuando lo hago, Levi se vuelve, como si percibiera mi presencia.
Su mirada pasa de mí a Isabel, que está a mi lado. Ella me toma de la mano y Levi vuelve a concentrarse en la embarcación.
“¿Es él?”, pregunta Isabel.
Asiento, incapaz de hablar. Me obligo a poner un pie delante del otro, a avanzar.
Levi vuelve a girarse, como si acabara de darse cuenta de que quizá soy alguien conocido. Sigo caminando hacia él y veo el reconocimiento en sus ojos.
Se endereza y ahora me mira fijamente. Su mirada se desvía hacia Isabel y luego regresa a mi rostro. Es como si el mundo hubiera quedado en silencio y ya no pudieran oírse el rumor del mar agitado ni el soplo del viento.
Isabel se detiene y tira de mi mano. Se agacha y recoge una concha. Dice algo sobre ella, pero las palabras no llegan a mis oídos. Levi camina hacia nosotras y solo puedo verlo a él. Es más alto de lo que recuerdo y tiene los hombros más anchos. Pero sus ojos del color del bosque son los mismos.
Me pregunto cómo me ve él. Han pasado muchos años. Ya no soy la joven de antes. Hace tiempo que dejé atrás mi plenitud y mi piel ha comenzado a envejecer. Después de tantos días de viaje, probablemente parezca que acabo de salir de la selva.
“¿Naiva?”, dice Levi. El sonido de su voz casi me hace llorar.
“Hola”, logro decir con voz ronca, pero la garganta me impide añadir nada más.
“¡Me llamo Isabel!” Mi sobrina le tiende la mano.
Levi se agacha hasta quedar a su altura y se la toma. “Mucho gusto, Isabel. Soy Levi”.
“Lo sé”, responde Isabel.
Levi sonríe y mi corazón da un vuelco. Vuelve a ponerse de pie, frente a mí. No puedo dejar de mirarlo.
“¿Cuántos peces atrapaste?”, pregunta Isabel.
Él vuelve a bajar la mirada hacia ella. “Tres cestas llenas. ¿Quieres verlos?”
“Sí”, responde Isabel, y corre hacia la embarcación. Levi y yo la seguimos más despacio.
Levi me mira de reojo. “Me preguntaba si volvería a verte alguna vez”.
“Tengo mucho que contarte”, logro decir, aunque mi voz me suena extraña. Me pregunto si de verdad estoy aquí, caminando junto a Levi, o si esto es un sueño.
Llegamos a la embarcación y Levi responde a las muchas preguntas de Isabel. Nunca la he oído hablar tanto. Es como si hubiera estado guardando seis años de preguntas para este momento.
“Eres una niña despierta, Isabel”, dice Levi.
Ella me mira. “¿Qué es despierta?”
“Inteligente”, respondo. “Quiere decir que eres muy inteligente”.
Sonríe al oírlo. “Lo sé”.
“Deberías darle las gracias a Levi”, le digo. “Es algo agradable que se dice cuando alguien te dice primero algo bonito”.
Su expresión se vuelve seria e inclina la cabeza. “Gracias”.
Él ríe. “Tu madre es afortunada de tener una niña tan inteligente”.
“Ella…” Isabel baja la voz. “…no es realmente mi madre. Solo estamos fingiendo para que los hombres malos no nos encuentren”.
Levi me mira con curiosidad.
“Isabel es hija de Ash”, digo. “Es tu sobrina”.
Arquea una ceja. Se inclina y toma la mano de Isabel. “Entonces soy tu tío”.
Ella le sonríe de oreja a oreja. “Lo sé”. Luego me mira. “¿Puedo subirme a la embarcación?”
“Si a Levi no le importa”, digo, mirándolo para que lo confirme.
“No me importa”. Sus ojos están puestos en mí, absorbiéndome; ya no como antes, ya no con sorpresa, sino con una atención absoluta. “¿No estás casada?”
“No”, respondo. Isabel trepa a la embarcación y la recorre por todas partes, como si fuera lo más asombroso que ha visto jamás.
Siento el calor de la mirada de Levi sobre mí. Y, de pronto, está cerca, apartándome del rostro con una mano el cabello revuelto por el viento.
“¿Has venido a vivir aquí?”, pregunta en voz baja.
“Sí”, susurro, porque no confío en mi propia voz. “Isabel también. Han pasado muchas cosas”.
Asiente, sin dejar de mirarme. “Me enteré de lo de Shez. Lo siento”.
Las lágrimas me escuecen en los ojos y, antes de que pueda contenerlas con un parpadeo, caen en cascada por mis mejillas. Me las seco rápidamente.
“Has recorrido un largo camino”, dice Levi. “Pero aquí estarán a salvo. Tú e Isabel”. Me toca el brazo al decirlo y apenas logro contener el impulso de dejarme caer contra él.
No soporto seguir sin saber si tiene esposa. Tengo que preguntar. “¿Estás casado?”
Sonríe y el miedo me atraviesa el corazón. Me preparo para escuchar una descripción de su hermosa esposa y sus muchos hijos.
“Nunca rompo una promesa”, dice. Su mano pasa de mi brazo a mi cintura. “Te he estado esperando, Naiva”.
Tardo unos segundos en asimilar sus palabras. Su mano se desliza hasta mi espalda y me atrae hacia él. Luego se inclina, mientras con la otra mano me acaricia la mejilla.
Caen nuevas lágrimas: de gratitud, de amor.
Le rodeo el cuello con los brazos, sintiendo cómo su calidez me impregna la piel. “¿No estás casado?”
“Por supuesto que no”, murmura junto a mi oído.
“Han pasado once años”.
“No es mucho tiempo”, susurra. “Te habría esperado para siempre”.


























