Capítulo 4
ASH GRITÓ.
Me levanté precipitadamente y tiré de ella para ponerla de pie. Mil pensamientos me cruzaron por la mente, todos teñidos de pánico. El hombre avanzó, sosteniendo la daga frente a él, con un brillo desquiciado en los ojos. Ash se encogió detrás de mí y volvió a gritar.
Retrocedimos juntas, casi tropezando. Se me había cerrado la garganta y era incapaz de hablar o gritar.
Él nos miró primero a mí y luego a mi hermana; después sonrió, dejando al descubierto unos dientes reducidos a muñones. El sudor me brotó en el cuello.
—¡Vete! —gritó Ash.
Algo cedió dentro de mí y recuperé la voz.
—Déjanos en paz. —Me agaché y recogí una piedra del tamaño de mi puño—. ¡No te acerques!
—Nuestros hermanos están un poco más abajo por el sendero. —Ash me aferró el brazo con mano temblorosa.
El hombre ladeó la cabeza, y su mirada lasciva me provocó otra sacudida de pánico.
—Los hijos de Jared no son más que unos niños.
Sentí como si la daga de aquel hombre ya me hubiera atravesado. Sabía quiénes éramos.
—Nuestros guardias pueden oírnos desde aquí —dijo Ash.
—Entonces tendremos que darnos prisa. —Se abalanzó hacia nosotras.
Le arrojé la piedra, pero se quedó corta. Ash tiró de mí y nos volvimos para correr hacia el sendero que descendía por la colina. Tropezó delante de mí y chocamos, cayendo ambas al suelo.
—¡Deprisa! —gritó Ash mientras nos poníamos de pie y echábamos a correr de nuevo. Pero el hombre ya nos había alcanzado y se lanzó sobre mí mientras Ash seguía corriendo.
Me derribó, aferrándose con las manos a mis brazos y piernas mientras yo los agitaba desesperadamente. El metal de la daga, caliente y afilado, me tocó el cuello.
Dejé de forcejear y casi dejé de respirar cuando su otra mano me atenazó el cuello y me apretó contra el suelo pedregoso.
Ash volvió a gritar.
Golpéalo con algo, quería gritarle, pero no podía emitir sonido mientras miraba los ojos desquiciados del hombre. Su barba me rozaba el rostro y la hoja de la daga se hundía cada vez más contra mi piel, hasta que temí que la atravesara.
La oscuridad comenzó a invadir los bordes de mi conciencia y amenazó con apoderarse de mí por completo. La vista se me nubló mientras aquella mano de fuerza inconcebible me apretaba cada vez más el cuello. Justo cuando todo a mi alrededor se desvanecía en un tono gris, algo estalló encima de mí. La negrura se adueñó de mi mente, envolviéndome en un silencio absoluto, y sentí el cuerpo pesado, como si un gran peso lo oprimiera y me hundiera literalmente en la tierra.
Entonces el peso se levantó y la negrura volvió a disiparse en gris. Cuando el gris dio paso al azul, comprendí que tenía los ojos abiertos y estaba mirando el cielo. Los sonidos regresaron de golpe, con toda su intensidad. Ash lloraba y gritaba, pero también había otros sonidos: hombres que gritaban y daban órdenes.
¿Había toda una banda de ellos? ¿Nos llevarían a las colinas o nos dejarían por muertas? ¿Eran enemigos de mi padre? ¿Trabajaban para mi abuelo?
—Está despierta. —La voz de Ash.
Abrí la boca, pero, cuando intenté hablar, sentí la garganta como si le hubieran prendido fuego.
Alguien me levantó y casi volví a desmayarme con el movimiento. Parpadeé, obligándome a permanecer consciente. Allí estaba Ash, mirándome con ansiedad. Luego apareció otro par de ojos, más negros que la noche.
Akish.
¿De dónde había salido? Debía de haber oído nuestros gritos y acudido en nuestra ayuda. Pero ¿cómo había llegado a estar cerca de los estanques? Quedaban en dirección opuesta a Nehor. El cuello me palpitaba intensamente y las preguntas seguían cruzándome por la mente, pero de pronto me sentí cansada, tan exhausta que cerré los ojos y, mientras Akish me llevaba en sus brazos firmes, soñé que volvía a besarme la mano.
Akish me tendió la mano sin apartar los ojos de los míos. Extendí la mía hacia él y me estremecí cuando nuestras manos se tocaron. Entonces estábamos bailando juntos. Yo encajaba con naturalidad entre sus brazos y él entre los míos. En algún lugar, al fondo, estaban sentados mi hermana y mi padre. Estaban enojados, pero no me importaba. Aquella noche solo veía a Akish. Y él solo me veía a mí.
La calidez del contacto de Akish se desvaneció cuando fui consciente del ardor de mi garganta, tanto por dentro como por fuera. Tenía una sed más intensa de la que jamás había sentido y apenas podía respirar. Abrí los ojos mientras la imagen de Akish se desvanecía; el corazón se me aceleró al pensar que él estaría velando junto a mi cama. Pero los ojos que ahora me observaban no eran negros como los de Akish. Tenían el color más extraordinario que había visto jamás: el de las hojas en lo más profundo del bosque. El verde y el marrón se entremezclaban, como si se disputaran el espacio.
Aquellos ojos pertenecían a un hombre, un completo desconocido. El ardor de la garganta se me extendió al pecho, que se contrajo de pánico. El hombre pareció comprender mi confusión y mi miedo, y alargó la mano para tocarme el hombro.
—Soy sanador —dijo—. Tu padre me pidió que velara por ti y le avisara cuando despertaras.
Los sanadores que yo conocía eran ancianos, delgados y pálidos de pasar el tiempo encorvados en sus chozas, estudiando hierbas y preparando cataplasmas. Este hombre tenía la constitución de un guerrero, con brazos gruesos, hombros anchos y una barba corta. Su cabello oscuro era largo, pero lo llevaba recogido con una tira de cuero. Había algo familiar en la forma de su rostro, aunque sabía que nunca lo había visto antes.
—Mi hermana… —dije con voz ronca.
Su mano seguía sobre mi hombro.
—Está bien. Asustada, pero ilesa. —Su mirada buscó la mía—. Tuviste suerte de que mi hermano oyera los gritos. Nos burlamos de él diciéndole que tiene oído de perro, y esta vez eso resultó útil.
—¿Tu hermano? —susurré.
—Akish —respondió el hombre, observándome con atención.
La calidez regresó a mi cuerpo y, de no haber sentido tanto dolor, quizá habría sonreído. Había sido Akish. No había sido un sueño. De verdad me había llevado a un lugar seguro.
—¿Cómo…? —Hice una mueca de dolor; la garganta me ardía.
El hombre fue a buscar una copa de vino. Me levantó suavemente la cabeza y acercó la copa a mis labios. Bebí un sorbo, intentando no hacer otra mueca. Volví a recostarme y cerré los ojos por un instante, aunque solo fuera para escapar de la mirada intensa de aquel hombre que era hermano de Akish. No había acompañado a Akish en la visita anterior. Lo habría recordado. Su constitución difícilmente habría pasado inadvertida.
—Descansa, Naiva —dijo el hombre—. Tu cuello y tu garganta tardarán un tiempo en sanar. No deberías intentar hablar salvo que sea necesario. —Hizo una pausa y abrí los ojos, cautivada de nuevo por aquel color inusual que me recordaba al bosque, y volví a preguntarme cómo podía ser un sanador bondadoso aquel hombre que parecía capaz de comandar un ejército.
—Ahora debo ir a decirle a tu padre que has despertado. Tu hermana y Akish también querrán saberlo. —Se levantó y salió de la habitación. Cuando se marchó, sentí una inexplicable punzada de vacío. No podía comprenderlo.
Quizá fuera porque había mencionado a mi hermana y a Akish en la misma frase, como si fuera natural nombrarlos juntos.


























