Capítulo 6
ALGO ME HACÍA COSQUILLAS EN LOS DEDOS y desperté sobresaltada. La alcoba estaba a oscuras, salvo por unas pocas lámparas de aceite encendidas. Abrí mucho los ojos al descubrir qué me provocaba aquellas cosquillas. Akish estaba sentado junto a la cama, rozándome los dedos con los suyos. Solté un jadeo y la voz se me quedó atrapada en la garganta.
Su mano se cerró sobre la mía.
—No tengas miedo.
—¿Dónde está…?
—Asherah se está preparando para el festín. —Inclinó la cabeza, con una mirada intensa, desconcertante—. Quería ver cómo te encontrabas.
Akish había venido a verme. A mí. ¿Qué pensaría mi hermana? Me había dicho expresamente que lo despidiera si intentaba visitarme. Entonces me pregunté cómo había sabido ella que quizá lo intentaría.
—No deberías estar aquí —susurré, deseando con desesperación poder hablar con una voz normal, ponerme algo hermoso y asistir al festín aquella noche. Tal vez sentarme a su misma mesa.
—Sé que no debería. —Sus ojos negros se oscurecieron aún más—. Pero cuando te vi por primera vez, supe que había algo diferente en ti. No puedo dejar de pensar en nuestro primer encuentro.
El pulso me retumbaba en los oídos.
Se inclinó hacia mí y deslizó la mano por mi brazo. El sudor me brotó en la frente.
—Solo soy una segunda hija. —En cuanto lo dije, me reproché aquellas palabras. Parecía una niña.
Sus labios se abrieron en una sonrisa.
—No creo que debamos permitir que eso nos detenga.
El corazón me golpeaba el pecho. ¿Qué estaba diciendo? Apenas me atrevía a creerlo, a albergar esperanzas. Imaginé la furia de mi hermana, pero Akish era un hombre poderoso. ¿Permitiría que ella se interpusiera en su camino?
—Pase lo que pase —comenzó—, quiero que recuerdes que hay algo poderoso entre nosotros. Algo que nunca podrán arrebatarnos, sin importar lo que suceda. —Su mano llegó a mi hombro y se inclinó más, hasta que su barba me rozó la barbilla; su mirada me absorbía. Justo cuando sentí su aliento sobre mis labios, la puerta de mi alcoba se entreabrió.
Akish se apartó lentamente, demasiado lentamente y con demasiada calma para volverse hacia la mujer que estaba allí, con la boca abierta.
Mi hermana cerró la boca y su mirada pasó de mí a Akish. Parpadeó, como si no pudiera creer que estuviéramos juntos y a solas cuando ella había prohibido precisamente aquello.
Akish se limitó a apretarme la mano y sonreírle a Ash.
Ella enrojeció y entró en la habitación, retorciéndose las manos.
—Padre nos espera. Debes acompañar a tus hombres al festín.
Akish me soltó la mano y me dedicó una larga mirada antes de levantarse.
—Muy bien. Nos veremos allí.
Salió con paso resuelto, dejándome sumida en una sensación de vacío.
Tardé en volver la mirada hacia mi hermana.
—Le dije que no debería haber venido. —En cuanto lo dije, supe que aquellas palabras no la satisfarían.
Cerró las manos en puños a ambos lados del cuerpo.
—Esta noche, después del festín, bailaré para él. —Sus ojos brillaban de odio y una sonrisa sin vida le estiró los labios—. ¿Me oyes, Naiva? Bailaré para él y me elegirá a mí. Yo soy la hermana mayor. Él desea ser rey tanto como yo deseo ser reina. Todavía no quería decírtelo, pero casarme con Akish forma parte del plan para recuperar el reino de padre.
Quería gritar. Quería abofetearla. En cambio, me limité a contemplar horrorizada a la villana en que se había convertido mi hermana. Alzó un dedo tembloroso.
—Nadie impedirá esto. Ni tú ni él. Esta es tu única advertencia.
Se volvió y salió de la habitación sin esperar mi respuesta.
Me cubrí la cabeza con la colcha. Todo mi cuerpo temblaba de repugnancia. Sabía que mi hermana no solo bailaría para Akish: lo seduciría. Era la única manera. Pondría en juego su honra y lo obligaría a casarse con ella. Entonces él quedaría bajo su control y a su merced. Tal como yo ya lo estaba.
Advierte a Akish. Las palabras me atravesaron la mente, pero vacilé. ¿Cómo podía advertirle? ¿Entrar a escondidas en su aposento después del festín y del baile? Si Akish de verdad sentía algo por mí, encontraría la manera de mantenerse alejado de mi hermana. Si…
Las dudas me inundaron la mente. ¿Estaba dispuesta a arriesgarme a desafiar a mi hermana por un hombre al que apenas conocía? ¿Un hombre que evidentemente sabía cómo halagar a una mujer? ¿Un hombre que había encendido un sol dentro de mí?
Dos angustiosas horas después estaba de pie, inestable, pero caminando. Cuando terminé de cruzar la habitación hasta la puerta, me sentía más fuerte; quizá no físicamente, pero sí más decidida. Me cubrí la cabeza con un chal, ocultando el cabello y el cuello amoratado. No quería que me reconocieran de inmediato.
El gran salón estaba lleno de invitados, más de los que había visto en años. Desde la entrada en penumbra, recorrí la sala con la mirada en busca de Akish. No fue difícil encontrarlo. Estaba sentado a la mesa del banquete con mi padre, rodeado de sus hombres, como de costumbre. Al otro lado de la mesa estaba Ash, radiante y hermosa, con la mirada fija en Akish, abiertamente y sin disimulo. Cualquiera en la sala advertiría su interés por él.
Restos de carne y frutas a medio comer cubrían la mesa, y me estremecí ante aquel desperdicio, un lujo que apenas podíamos permitirnos. Después de aquella noche, mi padre tendría muchos favores que devolver, si es que alguna vez recuperaba el trono.
Ay, Ash, quería lamentarme. ¿Qué estás tramando? ¿Y por qué tiene que incluir a Akish?
Él llevaba un atuendo más lujoso que cualquiera que hubiera visto en nuestra casa en mucho tiempo. Los anillos relucían en sus dedos y una túnica ceñida realzaba su figura esbelta. La capa escarlata que llevaba destacaba la negrura de sus ojos. Su postura era relajada y sus ojos brillaban demasiado, como si le hubieran servido vino en abundancia. Por supuesto. El vino, combinado con la hermosa figura de mi hermana bailando, podía desarmar a cualquier hombre.
Como si respondieran a mis pensamientos, los músicos del otro extremo de la sala comenzaron a tocar. Los sirvientes se apresuraron de un lado a otro, con la cabeza baja, mientras retiraban las fuentes vacías y los alimentos a medio comer.
Permanecí en las sombras mientras cuatro bailarinas se situaban frente a mi padre. Cuando él asintió, comenzaron a bailar. Ya las había visto antes: un grupo itinerante de mujeres que podía contar con entre cuatro y diez integrantes en cada presentación.
Las bailarinas se movían al unísono siguiendo el ritmo, con corpiños ajustados que dejaban al descubierto el abdomen. Sus faldas de colores giraban alrededor de sus elegantes piernas. Todos en el salón quedaron hechizados por su actuación. Me apoyé contra la pared, pues el agotamiento comenzaba a invadirme. ¿Cuándo acapararía mi hermana la atención? Sus ojos iban de las bailarinas a Akish y de vuelta, como si evaluara su aprobación. Todos los hombres de la sala parecían aprobarlas: marcaban el ritmo con los pies y las contemplaban con ojos muy abiertos y admirativos.
La música se hizo más lenta y cambió de ritmo. Las bailarinas abandonaron el espacio de baile, como si hubieran recibido una señal, y Ash ocupó su lugar con gracia. Me dejé caer contra la pared mientras ella bailaba con paso seguro y un único propósito en mente. Ni siquiera en mis días de mayor gracia habría podido bailar tan bien.
Todas las miradas de la sala se concentraron en ella. Todos los hombres deseaban que bailara para ellos. Pero aquella noche solo había uno para quien bailaba. Sus movimientos eran lentos y medidos, en perfecta sincronía con la música palpitante.
Aunque me dolía hacerlo, obligué a mi mirada a dirigirse hacia Akish. Las dulces palabras que me había dicho apenas unas horas antes se desvanecieron como una tenue humareda. Aquella noche sus ojos estaban puestos en mi hermana y solo en ella.
La mirada fascinada con que había contemplado a las bailarinas anteriores no era nada comparada con el trance en que mi hermana lo había sumido. Su elección estaba clara. Ella había ganado. Yo había perdido.
Los días siguientes transcurrieron como entre nieblas. Yo seguía padeciendo dolor e hinchazón, mientras Ash prácticamente flotaba por nuestra casa en lugar de caminar. Pasaba cada momento con Akish.
Estaba en el jardín cuando Ash vino a darme la noticia. Chillando como una niña, me echó los brazos al cuello.
Sabía por qué estaba emocionada, pero no quería oírlo. En cambio, le respondí con brusquedad:
—Me estás haciendo daño. —Mi voz era una mezcla de susurro y del sonido ronco de una anciana.
—Lo siento, mi querida Naiva. —Se apartó, con los ojos más grandes que nunca, los labios más rojos y la piel más luminosa: el aspecto de una mujer cuyos planes estaban saliendo a la perfección—. ¡Akish me ha pedido que sea su esposa!
Por dentro, el corazón se me encogió, pero por fuera sonreí.
—¿Estás segura de que quieres ser una mujer casada? ¿Recuerdas que me dijiste que querías esperar y que a los diecinueve años eras demasiado joven?
—Naiva… siempre tan práctica. —Me dio unas palmaditas en la mejilla, como a una de sus cabras mimadas—. No te preocupes. Encontraremos un esposo para ti.
No podía imaginar a nadie que reemplazara a Akish en mi corazón. ¿Cómo pasaría tiempo con él y con mi hermana fingiendo? Fingiendo que no estaba dolida… ¿Fingiendo que no sentía nada por él? Todavía sentía la mirada de Akish absorbiéndome y oía las palabras que me había dicho en voz baja cuando estaba sentado en mi cama. Parpadeé para contener el ardor de los ojos.
Ash continuó, sin hacer caso de mi silencio.
—Nuestros hijos crecerán juntos y serán los mejores amigos. Aprenderán de los grandes maestros, comerán manjares y vestirán las mejores ropas de la tierra. La gente se postrará hasta el suelo cuando caminemos por las calles. Nos traerán regalos, tantos que no podremos guardarlos todos. Tendremos palacios contiguos, unidos por un pasadizo subterráneo. —Rio y dio una vuelta, con el rostro alzado hacia el cielo.
—¿Cuál es el siguiente paso de tu plan? —pregunté.
Se detuvo y frunció el ceño.
—Este es el día más feliz de mi vida y no permitiré que lo empañes. —Extendió los brazos y gritó hacia el cielo—: ¡Gracias, Asherah, diosa del cielo! A ti te debo mi buena fortuna.
—¿Padre ha dado su permiso? —insistí.
Ash bajó las manos.
—Ven conmigo. —Tiró de mi brazo hasta que llegamos a una parte apartada del jardín, rodeada de árboles frondosos. Habló con voz entrecortada por la emoción—. Padre le dijo a Akish que consentirá el matrimonio cuando le traiga la cabeza de Omer, el rey.
La repugnancia me invadió, cubriéndome como una gruesa alfombra. Ahora era yo quien sentía que le faltaba el aire. Me quedé con la boca abierta y por un momento no pude hablar. Al mirar los ojos brillantes de mi hermana, comprendí que la exigencia de padre no le producía repulsión ni siquiera sorpresa. El horror me recorrió al comprender la verdad.
—Este era tu plan, ¿verdad?
Sus labios se abrieron en una sonrisa y me apretó las manos con tanta fuerza que me hizo daño.
—Akish es el hombre indicado para hacerlo. Lo vi en él desde el momento en que nos conocimos. Tiene el poder y la influencia. Nuestro abuelo jamás sospecharía que Akish encabeza un complot en su contra.
—¿Así que Akish te desea tanto que está dispuesto a matar al rey? —Era difícil creerlo. Había visto el deseo manifiesto de Akish por mí. ¿Cómo podía renunciar a aquello para casarse con mi hermana? ¿Sentía tanto por ella como para matar por ella? ¿Para manchar su alma para siempre? Ella, desde luego, no lo amaba, sino que lo veía como un medio para recuperar el trono de mi padre. ¿La amaba Akish?
Mi hermana me tocó la mandíbula.
—Lamento que esta noticia te sorprenda. Debes saber que Akish está enamorado de mí.
—¿Porque lo engañaste? —La voz me temblaba de ira—. ¿Y ahora está obligado a salvaguardar tu honra?
Sus labios se curvaron en una sonrisa de complicidad.
—Siempre será mío. Puede que te haya prestado una atención pasajera, pero ahora me es absolutamente devoto.
Me aparté de ella. No soportaba ver su mirada triunfal. Lo había seducido. Y había ganado. Siempre ganaba, fuera cual fuera el premio en disputa.
—Y… tu prometido… ¿ha aceptado las exigencias de padre? —Me negué a pronunciar su nombre. El corazón se me retorcía con solo pensarlo.
—Sí.
Aquella palabra pesó sobre mi cuerpo como una masa de arcilla que se cerraba alrededor de mi corazón. Mi hermana salió del jardín tarareando. Me dejé caer al suelo, con las manos aferradas una a la otra frente a mí, deseando tener un dios o una diosa a quien orar que no escuchara también a mi hermana. Nunca me había sentido tan sola. No era más que un peón. Y ahora Akish también lo era.
¿Cuál sería el precio de aquella traición? ¿Compensarían las riquezas o el trono la carga que la muerte de nuestro abuelo dejaría sobre su alma? ¿Cómo podía mi propia hermana permitir que tanta maldad creciera en su corazón? Y ahora había enredado tanto a Akish como a mí en su telaraña.


























