Enseñanzas del Nuevo Testamento

Capítulo 14
LA GRACIA DIVINA

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe;
y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.
(Efesios 2:8,9)

Los Santos de los Últimos Días raramente hablan de la gracia. Cuando lo hacemos a veces, es para refutar la idea citando la epístola de Santiago sobre la fe y las obras. La razón principal de esta actitud es que la gracia tiene un sonido sectario a nuestros oídos dado que en los cultos y en las enseñanzas católicas o protestantes la gracia desempeña un papel muy importante.

Lo cierto es que los Santos de los Últimos Días creen en la gracia divina. Tanto el Libro de Mormón como las Doctrinas y Convenios emplean la palabra “gracia” muchas veces, dándole todo su significado. La idea de gracia es básica en nuestra religión. Sin ella no habría salvación, ni exaltación, ni tan siquiera vida. Los católicos y los protestantes tienen razón en hacer tanto hincapié en la gracia. En lo que se han equivocado es en su manera de enlazar la gracia con los otros principios fundamentales de la religión Su error consiste, no en haber reconocido la importancia de la gracia, sino en haber mal interpretado el papel que desempeña en la religión y en la vida. Muchos de nosotros nunca hemos dedicado bastante tiempo para meditar esta cuestión de la gracia. Es por esta razón que no hemos podido comprender la doctrina católica o protestante de la gracia ni apreciado nuestra propia creencia en esta doctrina.

En el Nuevo Testamento, y particularmente en las epístolas de Pablo, el concepto de la gracia, lo mismo que el nombre, aparecen repetidas veces. Uno no puede creer en el Nuevo Testamento sin creer en la gracia de Dios y de su Hijo Jesucristo. Nuestro propósito, en este capítulo, será el de presentar las enseñanzas que encontramos al respecto en el Nuevo Testamento. En otro capítulo dedicado al mismo tema, hablaremos del papel que juega la gracia en el evangelio restaurado de Jesucristo. Primero, parémonos un momento a considerar el significado de la gracia. Esto, de por sí, ya es algo difícil y que requiere bastante espacio. Tenemos que considerar este capítulo como una especie de introducción y, por consiguiente, estará tan simplificado como nos sea posible.

El significado de la palabra “gracia”

Esta palabra se emplea muy a menudo en el Antiguo Testamento. Proviene de una palabra hebrea que significa favor. Los hombres hallaban gracia a los ojos del Señor. “Pero Noé halló gracia a los ojos del Señor.” (Génesis 6:8) Ruth usa el término con este mismo significado cuando responde a la generosidad de Boaz que la había invitado a venir a espigar en su campo y a compartir su bebida.

Ella entonces bajando su rostro se inclinó a tierra, y le dijo: ¿Por qué he hallado gracia en tus ojos para que me reconozcas, siendo yo extranjera? (Eut 2:10)

También se usan las palabras clemencia y misericordia con el mismo significado que gracia.

.. . Pero tú eres Dios que perdonas, elemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste. (Neh. 9:17)

Más por tus muchas misericordias no los consumiste, ni los desamparaste; porque eres Dios clemente y misericordioso. (Neh. 9:31)

En el Nuevo Testamento, se emplea la palabra con el mismo significado fundamental, estrechamente ligado a “generosidad, misericordia y amor.” El Padre y el Hijo son misericordiosos, porque movidos por su propio amor, ayudan al hombre más allá de lo que podría permitir lo que el hombre merece por sí mismo en estricta justicia. Así pues, en sentido en que se usa favor indica un don que se nos hace, gratuitamente. Si este don fuera merecido, ya no se trataría de amor o de misericordia, sino sencillamente de justicia o de reciprocidad. Para conocer mejor el significado de la gracia, examinemos el Nuevo Testamento.

La gracia en la vida y enseñanzas de Jesucristo

Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la, gracia de Dios era sobre él. (Lucas 2:40)

Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. . . . Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. (Juan 1:14,16,17)

El favor del Padre estaba en su Hijo. Esto Jesús lo sabía. Y sabía también que todos los hombres, tanto los malos como los buenos, participan de la bondad del Padre.

… que hace salir su sol sobre malos y buenos y que llueva sobre justos e injustos. (S. Mateo 5:45)

Por lo tanto debemos amar también a nuestros enemigos, bendecir a “los que os maldicen, haced el bien a los que os odian, para que seáis buenos hijos del Padre Celestial.” (Véase S. Mateo 5:4348)

Jesús sabía también que iba a dar su vida libremente, a título gracioso, para que los justos y los injustos, los creyentes y los incrédulos pudiesen resucitar. (Hemos estudiado esto en nuestra lección sobre la resurrección.) La palabra gracia se usa raramente en los evangelios, pero Cristo pasó la mayor parte de su vida dando de gracia. Por su amor y por su compasión, al igual que por su fe, Jesús hizo andar a los paralíticos, devolvió la vista a los ciegos y a los pecadores también, y curó a los leprosos.

Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio. (Marcos 1:41,42)

La gracia en la vida y enseñanzas de Pablo

En los escritos de Pablo es en donde podemos encontrar más detalles con respecto a la gracia. Su gozo estaba en la gracia de Cristo, que era el tema central de sus enseñanzas. Para él, la gracia no era una doctrina teológica cuidadosamente preparada, sino una realidad viviente.

Antes de su conversión, Pablo, que entonces se llamaba Saulo, era uno de los más estrictos miembros de la secta de los fariseos. Dado en cuerpo y alma a la letra de la ley mosaica, practicaba su religión diligente y meticulosamente. Para él, la vida religiosa consistía esencialmente en la obediencia a los mandamientos divinos. El hombre recibía su recompensa por su obediencia, o su castigo por su desobediencia. El juicio venía luego, en el que conocería la cólera de Dios. La vida religiosa consistía, en cierto modo, en una teneduría de libros.

Esta descripción de la religión de Pablo no está completa y no debe ser considerada como una imagen fiel de la religión del Antiguo Testamento, en el que se pone más énfasis en el amor de Dios, la justicia, la misericordia y la humildad. Pero, tal como Pablo y los evangelios lo dan a entender, buena parte de la religión farisaica se concentraba principalmente en la obediencia a todo un sistema de reglas elaboradas, basadas, más o menos, en la ley mosaica, en el transcurso de los siglos que habían transcurrido desde la época de Moisés.

En el camino de Damasco, Pablo recibió, junto con la visión de Cristo, una nueva visión de la religión. En lugar de obediencia a la ley, la fe en Jesús es lo que primero debía tener importancia. La preocupación por cumplir con “la letra de la ley,” el “espíritu de la ley” asumió el primer lugar en su corazón. Jesús, y el hombre con relación a Jesús, fueron las figuras centrales de la religión de Pablo bajo su nueva manera de comprenderla. Pablo describe de manera muy completa la diferencia que existe entre la religión interpretada como obediencia a la ley, y la religión que se basa en la fe en Jesucristo. Habla de ello en todas sus epístolas, particularmente en la dirigida a los Gálatas, y también en los capítulos que van del tercero al onceavo de la epístola a los Romanos. Estos escritos no son muy fáciles de entender. Muchos teólogos se han perdido en el mare mágnum de palabras, y muchos misioneros de nuestra propia Iglesia sólo han visto confusión en ellos. Intentaremos poner en claro sus enseñanzas, aunque nos será imposible tratar el tema a fondo.

La ley de Moisés pone al hombre bajo condenación

(Pablo mantiene esta posición, especialmente en los capítulos 3 y 7 de Romanos.) ¿Por qué? Porque nadie puede observar todas y cada una de las leyes de Dios a la perfección. A veces las olvida; otras, es débil.

Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. (Romanos 7:15)

Conocer la ley y no cumplirla es pecar. Porque el pecado es la transgresión voluntaria de la ley de Dios. El que peca, según Pablo, cae bajo la condenación. Es objeto de la cólera divina. Y todos somos pecadores, ya que hemos aceptado la ley.

Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. (Romanos 3:19,20)

Pablo indica cuidadosamente que la ley por sí misma “es santa, y el mandamiento santo, y justo y bueno.” (Romanos 7:12) “La ley es espiritual,” más el hombre es carnal y no puede obedecer la ley. Por lo tanto, “yo, Pablo, hallé que el mandamiento, intimado para vida, para mí era mortal.” (Romanos 7:10). Pablo no hace mención de la fuerza y de todas las cosas de valor que uno encuentra viviendo según la ley, aunque sea inperfectamente. Lo que quiere hacer comprender a los Romanos es que la ley hace del hombre un pecador y le condena. A causa de la propia naturaleza del hombre, le es imposible observar la ley enteramente.

¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Más el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. (Romanos 7:7-9)

Los niños, las personas que no gozan de sus facultades mentales y los que están seriamente enfermos no caen bajo la condenación, porque estos no conocen la ley. No pueden pecar. Pero nosotros, caemos bajo condenación si no cumplimos la ley.

La salvación del pecado no nos viene por la obediencia a la ley, porque continuamente estamos violando la ley. Ni tampoco hay perdón en la ley. La ley no conoce otra cosa más que la justicia, porque es algo impersonal. No hay gracia sin ley. La religión basada en la obediencia a la ley hace del hombre un pecador, un deudor de la ley. Esta es la enseñanza de Pablo.

Jesucristo trae la gracia y la salvación

Después de su visión del Señor, después de haber meditado bajo la influencia del Espíritu Santo, Pablo cambió su concepto de la religión. La fe en Jesucristo, y no la obediencia a la ley, es el poder salvador del evangelio de Jesucristo, según las epístolas de Pablo. Esto no significa, sin embargo, que la ley ya no tiene importancia alguna, y que debe ser abolida.

¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley. (Romanos 3:31)

La ley no es nula, lo único que sucede es que la salvación viene de otra parte. La fuente de salvación es Cristo.

Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. (Romanos 1:16)

Cómo nos salva Jesucristo

1. Jesucristo nos salva de la muerte y de la tumba. Pablo da un elocuente testimonio de ello en la Primera Epístola a los Corintios, en el capítulo 15, como lo hemos estudiado ya en el capítulo precedente:

… Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias;. . . (1 Corintios 15:19-23)

… Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15:54,55)

La resurrección, hecha posible únicamente en Cristo y por Cristo, es una prueba de su gracia. No la ganamos. Cristo nos la ha ofrecido graciosamente, por su propia voluntad, en su bondad y su amor.

2. Jesucristo nos salva del pecado. Por la fe en El, que es también un don de Dios, el hombre puede ser más fuerte que la carne, y elevarse por encima de todo lo que hay de malo en esta vida, y vivir con rectitud y honestidad; se vuelva una nueva criatura en Cristo Jesús. En Romanos, capítulo 6, Pablo compara el bautismo a la muerte y a la resurrección de Cristo. Al igual que Él fue enterrado en la tumba y resucitó “por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida… (Romanos 6:4; léase el capítulo entero.)

Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Más ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 6:20-23) (Véase también Alma 34:14-17)

3. Según Pablo, la salvación no es tan sólo la resurrección futura del cuerpo hecho inmortal; es también una realidad palpable. La fe en Jesucristo aporta al hombre el espíritu de Cristo. Y el Espíritu de Cristo en el hombre eleva a éste por encima de la ley, por encima del pecado, por encima de la condenación en esta vida.

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, más el espíritu vive a causa de la justicia. (Romanos 8:1-10)

Este y muchos otros pasajes de Pablo en sus epístolas ilustran la fusión de la vida moral y la vida religiosa. La fe en Jesucristo, don de Dios, cambia la vida del hombre y la encamina hacia el bien. La espiritualidad—en este caso, la fe en Cristo y el amor de Cristo— se expresa en moralidad inspirando todas las virtudes cristianas, y entonces, cuando el hombre se ha vuelto una nueva criatura por la fe y el arrepentimiento, Dios, con gracia y misericordia, le perdona por el amor de Cristo. No tan sólo nos salva Jesucristo del pecado mediante su fe en él, sino que también nos perdona nuestros pecados.

Escribiendo a los romanos, que tenían fe en Cristo, y afirmando su propia fe, Pablo expresa, en estas palabras, sus profundos sentimientos de paz y de salvación mediante la gracia del Salvador:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? … Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8:35, 38, 39)

Es evidente que Pablo creía que la salvación y la vida eterna se obtienen por Jesucristo. Sin su don o su gracia no hay ni resurrección del sepulcro, ni perdón de los pecados. Es esta la substancia de las enseñanzas de Pablo.

Nos falta discutir, en el capítulo siguiente, el significado que la doctrina de la gracia tiene para los Santos de los Últimos Días, y ver cuál puede ser su importancia en nuestra vida cotidiana.

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