Diario de Discursos – Journal of Discourses V. 18

La Parábola de las Diez Vírgenes y la Preparación para la Venida del Señor


La parábola de las diez vírgenes—Importancia de la última dispensación—Responsabilidades que descansan sobre los élderes—Juicios a las puertas—Los lamanitas—Las manufacturas domésticas—El almacenamiento de trigo

por el élder Wilford Woodruff, Discurso pronunciado en el Nuevo Tabernáculo, Salt Lake City, la tarde del domingo 12 de septiembre de 1875.
Volumen 18, discurso 14, páginas 109–122.


Llamaré la atención de la congregación a unos pocos versículos del capítulo 25 de San Mateo. [El orador leyó los primeros trece versículos; también el cuarto, quinto, sexto, séptimo y octavo párrafos de la sección catorce del Libro de Doctrina y Convenios.]

Esta revelación, una parte de la cual he estado leyendo, trata en cierta medida sobre el tema de la parábola que Jesús habló, a saber, la de las diez vírgenes; ambas se refieren a Su segunda venida y a Su obra en los últimos días. En ninguna época o dispensación puede un hombre ser llamado a una vocación más grande que la de administrar las ordenanzas de la casa de Dios, y nada excepto el poder de Dios y la inspiración del Todopoderoso puede sostener y fortalecer a cualquier hombre, sin importar la época en que viva, que sea llamado por Dios para declarar las palabras de vida y salvación y predicar el arrepentimiento a una generación incrédula. Esto quizá suene extraño a los oídos de muchas personas, pero los habitantes de la tierra, tanto judíos como gentiles, deberían recordar que el Señor Dios Todopoderoso mismo, Su Hijo Jesucristo, Su Evangelio y Su obra han sido muy impopulares en todas las épocas del mundo entre las multitudes de los hombres. Nunca se presentó a la familia humana una doctrina más impopular que la doctrina de vida y salvación. No me importa en qué época del mundo un profeta, apóstol u hombre inspirado haya sido levantado para declarar los mandamientos de Dios; siempre ha tenido que contender con los prejuicios de los habitantes de la tierra. Así sucede en nuestros días, y así sucedió en los días de Jesucristo. Cuando Él vino a los judíos, la propia casa de Su Padre, la casa de Israel, como el gran Siloh de Judá y el Salvador del mundo, nunca habitó en Judea o Jerusalén un hombre más impopular que Él, desde el día de Su nacimiento hasta el día de Su muerte, cuando entregó el espíritu en la cruz y regresó a la gloria como mártir por la palabra de Dios y el testimonio que había dado. Y por eso digo que cuando cualquier hombre, en cualquier época del mundo, es llamado por Dios para declarar las palabras de vida, tiene que luchar contra las tradiciones de siglos que descansan sobre la mente de los habitantes de la tierra.

La parábola de las diez vírgenes tiene la intención de representar la segunda venida del Hijo del Hombre, la venida del Esposo para encontrarse con la novia, la Iglesia, la esposa del Cordero, en los últimos días; y espero que el Salvador tenía razón cuando dijo, con referencia a los miembros de la Iglesia, que cinco de ellos eran prudentes y cinco insensatos; porque cuando el Señor de los cielos venga con poder y gran gloria para recompensar a cada hombre según las obras hechas en el cuerpo, si encuentra preparada para la salvación a la mitad de los que profesan ser miembros de Su Iglesia, será tanto como puede esperarse, juzgando por la conducta que muchos están siguiendo.

Deseo, si puedo obtener suficiente del Espíritu del Señor para satisfacer mi propia mente, decir unas pocas palabras en esta ocasión a mis hermanos y hermanas, los Santos de los Últimos Días, aquellos que han tomado sobre sí el nombre de Cristo. Vivimos en una de las dispensaciones más importantes que Dios haya dado jamás al hombre, a saber, la gran y última dispensación del cumplimiento de los tiempos, la dispensación de todas las dispensaciones, aquella en la que se cumplirá toda la corriente de profecía contenida en la Santa Biblia; porque casi todas las profecías contenidas en ese volumen sagrado, desde Adán hasta Juan el Revelador, apuntan a la gran obra de Dios en los últimos días, los días en que el Dios de los cielos establecería un reino que sería un reino eterno, cuyo dominio no tendría fin, y en que el reino y la grandeza del reino bajo todos los cielos serían entregados en manos de los santos del Altísimo Dios, quienes lo poseerán para siempre jamás. Deseo que los Santos de los Últimos Días comprendan su llamamiento, su posición y su responsabilidad ante el Dios de los cielos, así como sus responsabilidades hacia judíos y gentiles, vivos y muertos, a este lado y al otro lado del velo.

El Señor nunca ha edificado Su reino en ninguna época del mundo sin llamar a Sus siervos y obrar por medio de los tabernáculos de hombres sobre la tierra; pero esto lo ha hecho en muchas épocas y dispensaciones. Y siempre que el Señor ha tenido un apóstol, profeta u hombre inspirado sobre la tierra, este ha tenido poder para administrar las ordenanzas de la casa de Dios y ha trabajado para el avance del reino de Dios sobre la tierra, ya sea que haya tenido pocos o muchos seguidores. Como fue en los días de Noé y de Lot, así será en los días de la venida del Hijo del Hombre. Vivimos en el día en que Dios ha extendido Su mano para establecer ese gran reino que Daniel vio. Vivimos en el día en que el ángel de Dios ha entregado el Evangelio eterno en cumplimiento de las revelaciones de San Juan, cuando dice: «Vi volar por en medio del cielo a otro ángel que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo bajo todos los cielos, diciendo a gran voz: «Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado»».

Nunca hubo una generación de habitantes de la tierra, en ninguna época del mundo, que tuviera acontecimientos mayores esperándola que la presente. Como ya he dicho, el cumplimiento de todo este volumen de revelación apunta a nuestro día. La edificación del reino de Dios, la edificación de la Sión de Dios en los montes de Israel, el levantamiento de un estandarte al cual acudan los gentiles, la advertencia a las naciones de la tierra para prepararlas para los grandes juicios de nuestro Dios, la edificación de la Iglesia, la santificación del pueblo, la construcción de templos para el Altísimo Dios, para que Sus siervos entren en ellos y lleguen a ser salvadores sobre el monte de Sión, redimiendo tanto a los vivos como a los muertos; todas estas cosas deben realizarse en nuestro día. Y nunca, desde la creación del mundo, amaneció una época cargada de mayor interés para los hijos de los hombres que aquella en la que vivimos.

¿Dónde está el hombre, sacerdote o pueblo, en todo el mundo sectario de hoy, que crea en el cumplimiento literal de las revelaciones de Dios contenidas en la Biblia? Si existe uno, me gustaría verlo y conversar con él. Todo el mundo cristiano profesa creer en la Biblia, y quizá lo hace cuando está cerrada. Pero abran la Biblia y lean las declaraciones contenidas en ella concernientes a la última dispensación del cumplimiento de los tiempos, y ¿dónde está el hombre que las cree? No podrán encontrar uno; y se requiere fe incluso entre los Santos de los Últimos Días para creer las revelaciones de Dios y prepararse para las cosas que esperan al mundo.

Las higueras están echando hojas, el verano está cerca, y las señales en los cielos y en la tierra indican la segunda venida del Señor Jesucristo; pero ¿quiénes están realmente velando y preparándose para la venida del gran Esposo? No sé si hay algún pueblo sobre la tierra, excepto los Santos de los Últimos Días, que esté esperando este gran acontecimiento. Puede haber excepciones; puede haber hombres que crean en la segunda venida de Cristo. Las personas llamadas mileritas creen en la segunda venida del Salvador, y han fijado muchas fechas para que ocurra. Pero Él no vino; y nunca vendrá hasta que se cumplan las revelaciones de Dios y haya un pueblo preparado para Su venida. Nunca vendrá hasta que los judíos sean recogidos a su tierra y hayan reconstruido su templo y su ciudad, y los gentiles hayan subido allí para combatir contra ellos. Nunca vendrá hasta que Sus santos hayan edificado Sión y hayan cumplido las revelaciones que se han pronunciado respecto a ella. Nunca vendrá hasta que los gentiles de todo el mundo cristiano hayan sido advertidos por los élderes inspirados de Israel. Ellos son llamados a meter la hoz y segar, porque la mies está madura y ha llegado el tiempo al que se hace referencia en esta revelación, cuando el Señor manda a los élderes salir y advertir al mundo por última vez, y llamar a los habitantes de la tierra al arrepentimiento. Y lo que deseo decir a los élderes y a los Santos de los Últimos Días es esto: ¿Tenemos fe en Dios y en Sus revelaciones? ¿Tenemos fe en nuestra propia religión? ¿Tenemos fe en Jesucristo? ¿Tenemos fe en las palabras de los profetas? ¿Tenemos fe en José Smith, quien, con la ayuda del Urim y Tumim, tradujo el Libro de Mormón, proporcionando un registro de los antiguos habitantes de este continente, y por medio de quien el Señor dio las revelaciones contenidas en el Libro de Doctrina y Convenios? Si tenemos fe en estas cosas, entonces ciertamente deberíamos prepararnos para su cumplimiento. Considero que, como pueblo y como élderes de Israel, ocupamos una de las posiciones más importantes que jamás hayan ocupado sobre la faz de la tierra aquellos que han sido llamados a trabajar para el Señor. Hemos recibido nuestro nombramiento para esta obra, y debemos prepararnos para desempeñar los deberes que recaen sobre nosotros en relación con ella. La verdad es uno de los atributos del Señor, y Él nunca hace una declaración que no sea cierta y verdadera. Y, como dice uno de los apóstoles: «Ninguna profecía es de interpretación privada, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo»; por lo tanto, lo que dijeron es verdadero, y sus profecías tendrán cumplimiento. Ningún hombre puede señalar alguna de las revelaciones de Dios dadas por los antiguos profetas concernientes a acontecimientos hasta nuestros días que no haya tenido su cumplimiento. Todo lo que Jesucristo habló acerca de Judea y Jerusalén se ha cumplido al pie de la letra. El templo de Jerusalén fue destruido hasta no quedar piedra sobre piedra, y los judíos han sido dispersados y hollados bajo los pies de los gentiles durante ya mil ochocientos años, y así permanecerán hasta que se cumplan los tiempos de los gentiles, y eso está bastante cerca. Y, tal como el Señor nos ha dicho en estas revelaciones, somos llamados a advertir al mundo.

Hemos estado trabajando durante cuarenta y cinco años predicando el Evangelio de Cristo entre las naciones gentiles. Decimos gentiles porque el Evangelio va primero a los gentiles, para que los primeros sean los últimos y los últimos sean los primeros. Antiguamente los judíos fueron los primeros en recibir el Evangelio, pero lo rechazaron, y fueron desgajados por su incredulidad; por eso el Evangelio se volvió hacia los gentiles. Y, como dice Pablo: «Vosotros, gentiles, temed y cuidad de no caer por el mismo ejemplo de incredulidad; porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, mirad también que no os perdone a vosotros». Los gentiles han caído por el mismo ejemplo de incredulidad que los judíos. Han dado muerte a todo profeta, apóstol y hombre inspirado desde los días de Jesucristo, y la Iglesia entró en el desierto, y el rostro de un profeta, apóstol o hombre inspirado, llamado por Dios para administrar las ordenanzas del Evangelio, no se vio durante unos mil ochocientos años, hasta que el Señor levantó un profeta en la época y generación en que vivimos. Por lo tanto, el Evangelio restaurado en los últimos días tiene que ir primero a los gentiles.

A veces nuestros vecinos y amigos se sienten ofendidos porque los llamamos gentiles; pero, benditas sean sus almas, todos somos gentiles. Los Santos de los Últimos Días somos todos gentiles en un sentido nacional. El Evangelio vino a nosotros entre los gentiles. No somos judíos, y las naciones gentiles tienen que escuchar primero el Evangelio. Todo el mundo cristiano tiene que oír el Evangelio, y cuando lo rechacen, la ley será atada y el testimonio sellado, y entonces se volverá a la casa de Israel. Hasta el día de hoy hemos sido llamados a predicar el Evangelio a los gentiles, y hemos tenido que hacerlo. Por última vez hemos estado advirtiendo al mundo, y hemos estado ocupados en esa obra durante cuarenta y cinco años.

Cuando José Smith fue llamado por Dios, se requirió fe, inspiración y el poder del Todopoderoso reposando sobre él para capacitarlo a organizar la Iglesia y el Reino de Dios, y para predicar el Evangelio en contra de las tradiciones del mundo cristiano, porque habían espiritualizado la Biblia hasta que no quedaba prácticamente nada de ella en un sentido literal. Por consiguiente, los habitantes de la tierra no esperaban que la Iglesia y el Reino de Dios fueran establecidos en medio de ellos. La oscuridad ha prevalecido sobre la tierra, y prevalece hoy en todas las naciones, y esto hace que reine el silencio, y toda la eternidad se entristece por el pecado, la maldad y las abominaciones que prevalecen en todo el mundo cristiano o gentil, y también en todo el mundo judío; porque las tinieblas cubren toda la tierra, y el Señor está llamando a todos sus habitantes al arrepentimiento y a recibir el Evangelio, y después de hacerlo, a salir de Babilonia y reunirse en el lugar que Él ha designado para morada de Sus santos. Los Santos de los Últimos Días escuchamos este Evangelio entre los gentiles dondequiera que vivíamos, en casi todas las naciones bajo los cielos, y por medio de este Evangelio hemos sido recogidos en Sión. Hemos sido reunidos aquí con un propósito determinado, y ese propósito es cumplir las revelaciones de Dios.

Cuando dejamos Misuri y Nauvoo, dejando atrás las tumbas de nuestros padres y de nuestros hijos, fuimos expulsados por nuestros enemigos hacia este desierto, con la expectativa de que pereciéramos, y únicamente porque creíamos en la revelación y la profecía, y en los profetas vivientes y siervos de Dios. Pensábamos que era duro ser expulsados de nuestros hogares y tierras, que habíamos comprado a nuestro gobierno y por las cuales habíamos pagado el dinero correspondiente; pero diré a los Santos de los Últimos Días que, si no hubiéramos venido aquí, ciertamente habría quedado sin cumplirse una gran corriente de profecías: profecías concernientes a los montes de Israel, y a la gran multitud que habría de reunirse en ellos; concernientes al levantamiento de un estandarte allí, y a la construcción de ciudades y del templo de Dios en medio de ellas. Todas estas cosas habrían quedado sin cumplirse si no hubiéramos venido a estas montañas y las hubiéramos realizado. Y lo mismo ocurre con muchas otras profecías. Hemos sido llamados a reunirnos para llevar a cabo la obra del Señor, y ahora el Señor espera de nosotros que cumplamos nuestros convenios y guardemos Sus mandamientos. Si hacemos esto, Él nos ha hecho grandes promesas. El Señor ha dado el santo sacerdocio a los élderes de Israel, y requiere de nuestras manos que cumplamos todas estas revelaciones y mandamientos; y en cuanto a la parábola que he leído, yo, como individuo, siento que es necesario para mí, y puedo decir que es necesario para todo el pueblo, tener aceite en nuestras lámparas si esperamos ver y comprender las cosas del reino de Dios.

El Señor ha escogido un sacerdocio real y un pueblo santo de entre las cosas débiles del mundo, en cumplimiento de Sus revelaciones; y se nos ha mandado salir y dar testimonio de estas cosas, y lo hemos hecho. Habríamos sido condenados y la maldición de Dios habría reposado sobre nosotros si no lo hubiéramos hecho, porque ha llegado el tiempo señalado para edificar y favorecer a Sión, para establecer el reino de Dios, para advertir al mundo y prepararlo para los juicios del Todopoderoso. El Milenio está amaneciendo sobre el mundo; nos encontramos al final de los seis mil años, y el gran día de reposo, el Milenio del que ha hablado el Señor, pronto amanecerá, y el Salvador vendrá en las nubes del cielo para reinar sobre Su pueblo en la tierra durante mil años. El Señor tiene una gran obra por delante y está preparando a un pueblo para llevarla a cabo antes de Su venida. Ahora surge aquí la pregunta, hermanos y hermanas: ¿Estamos preparados en nuestro corazón? ¿Comprendemos estas cosas? ¿Comprendemos, como pueblo, nuestras responsabilidades ante el Señor? El Señor ha levantado en estos últimos días un reino de sacerdotes para establecer Su Iglesia y Su reino, y para preparar el camino para la segunda venida del Hijo del Hombre; y el Dios de los cielos ha puesto en manos de Sus siervos las llaves del reino, y ha dicho: «Todo cuanto he decretado por medio de estos mis siervos será cumplido, porque a ellos se les ha dado poder para atar y sellar tanto en la tierra como en los cielos, para el día de la ira del Dios Todopoderoso que será derramada sobre el mundo».

Pienso muchas veces que nosotros, como élderes de Israel y como Santos de los Últimos Días, estamos muy lejos de comprender plenamente nuestra posición ante el Señor. La obra que se requiere de nuestras manos es grande y poderosa; es la obra del Dios Todopoderoso. Somos responsables de presentar el Evangelio de Cristo a todas las naciones de la tierra, de advertir a los gentiles, de preparar el regreso de las diez tribus perdidas de Israel y de llevar el Evangelio a todas las tribus de Israel. Somos responsables de todo esto, y también de construir templos para el Altísimo, donde podamos entrar y efectuar las ordenanzas para la salvación de nuestros muertos. Hay cincuenta mil millones de espíritus encerrados en el mundo de los espíritus que nunca vieron el rostro de un profeta, apóstol o hombre inspirado en toda su vida. Ningún hombre con la autoridad de Dios les declaró jamás las palabras de vida y salvación, y sin autoridad sus ministraciones son inútiles, porque para eso existe el sacerdocio. El Dios de los cielos ha ordenado esto desde la eternidad hasta la eternidad. Estas personas en el mundo de los espíritus murieron en la carne sin la ley, sin el Evangelio, y están encerradas en prisión. José Smith les está predicando, y también miles de élderes de Israel que han muerto y han pasado al otro lado del velo. George A. Smith, que vivió entre nosotros hasta hace apenas unos días, participará, con gozo y regocijo, junto con sus hermanos, en la gran obra al otro lado del velo. Cuando vi a diez o doce mil personas reunidas en este Tabernáculo para rendir sus últimos respetos al cuerpo de ese hombre, pensé para mis adentros: «¡Cuán mucho más grande es la congregación que rodea su espíritu en el mundo de los espíritus!». Sí, allí se cuentan por millones, mientras que aquí contamos por unidades, y los siervos de Dios les predicarán como Jesús predicó a los espíritus encarcelados. Mientras Su cuerpo permaneció tres días y tres noches en la tumba, Él fue y predicó a los espíritus en prisión, para que fueran juzgados según los hombres en la carne y pudieran recibir una parte en la resurrección, de acuerdo con el testimonio que recibieran. Como dije antes, el Dios de los cielos requiere esto de vuestras manos. No bautizarán a nadie en el mundo de los espíritus; allí no hay bautismo; allí no hay matrimonio ni se dan personas en matrimonio; todas estas ordenanzas tienen que realizarse en la tierra. Pablo dice, refiriéndose a este tema: «¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos? Si los muertos no resucitan, ¿por qué se bautizan por ellos?». El Señor nos hace responsables de ir y construir templos para que podamos efectuar en ellos las ordenanzas necesarias para la salvación de los muertos.

En cada dispensación el Señor ha tenido personas preordenadas para realizar una obra determinada. Todos habitamos en la presencia de Dios antes de venir aquí, y hombres como Abraham, Isaac, Jacob, los antiguos profetas, Jesús y los apóstoles recibieron sus llamamientos antes de que el mundo fuese hecho. Fueron ordenados antes de la fundación del mundo para venir y morar aquí en la carne y trabajar por la causa de Dios, y esto debido a su fe y fidelidad. Podéis ver la gran variedad de espíritus que han habitado en la presencia de Dios, desde aquellos que permanecen en Su presencia hasta los demonios. Una gran parte de las huestes celestiales fue expulsada debido a su maldad. Lucifer, hijo de la mañana, y aquellos que lo siguieron fueron arrojados a la tierra, y permanecen aquí hasta el día de hoy: cien por cada hombre, mujer y niño que respira el aliento de vida. Habitan aquí sin cuerpos, excepto aquellos tabernáculos en los que puedan introducirse para gobernar y presidir.

Se nos requiere construir templos en los cuales realizar las ordenanzas de la casa del Señor, para que las puertas de la prisión se abran y los prisioneros sean puestos en libertad. El mundo dice: «No creemos en tales cosas». Lo sabemos perfectamente bien; así sucedió en los días de Noé y de Lot, pero la incredulidad del pueblo no detuvo el diluvio ni el fuego, ni la incredulidad de esta generación detendrá la mano de Dios ni por un momento. Los ángeles de Dios han estado esperando en el templo celestial durante cuarenta y cinco años para salir a segar la tierra. El trigo y la cizaña deben crecer juntos hasta la cosecha; el pueblo debe ser advertido, los santos reunidos, Sión edificada, los templos levantados, los vivos advertidos y los muertos redimidos, para que las vestiduras de los élderes de Israel estén limpias ante todos los hombres.

Ha sido por el poder de Dios que los élderes han sido sostenidos en los días pasados. Y quiero decir a mis hermanos —y lo que les digo también me lo digo a mí mismo— que debemos despertar, debemos abrir nuestros ojos para ver, nuestros oídos para oír, y debemos abrir nuestros corazones para comprender nuestro llamamiento y posición ante el Señor; porque si nosotros, como Santos de los Últimos Días, dejamos de orar, perdemos la luz del Espíritu Santo y nos volvemos a los débiles elementos del mundo, el Señor tendrá que decirnos: «Apartaos de mi camino; mis propósitos no pueden ser frustrados»; y levantará a otros para realizar esta obra. El Señor nunca ha dicho mentiras ni ha hecho promesas falsas. «¿Quién soy yo», dice el Señor, «para prometer y no cumplir?» «¿Quién soy yo», dice el Señor, «para mandar y no ser obedecido?». La realidad es que las promesas del Señor son sí y amén, y aunque los cielos y la tierra pasen, Su palabra jamás dejará de cumplirse.

En un párrafo de la revelación que les leí esta tarde, se dice:

«Y además, el Señor hará oír Su voz desde los cielos, diciendo: Escuchad, oh naciones de la tierra, y oíd las palabras de aquel Dios que os creó. ¡Oh naciones de la tierra! ¡Cuántas veces quise reuniros como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, pero no quisisteis! ¡Cuántas veces os he llamado por boca de mis siervos, por el ministerio de ángeles, por mi propia voz, por la voz de truenos, por la voz de relámpagos, por la voz de tempestades, por la voz de terremotos y grandes granizadas, por la voz de hambres y pestilencias de toda clase, por el gran sonido de una trompeta, por la voz del juicio y por la voz de la misericordia durante todo el día, por la voz de gloria y honor, y por las riquezas de la vida eterna, y habría querido salvaros con una salvación eterna, pero no quisisteis! He aquí, ha llegado el día en que la copa de la ira de mi indignación está llena».

¡Cuántas veces ha enviado el Señor profetas, como en los días de Noé, Lot, Abraham, Enoc, Jesucristo, José Smith y Brigham Young! ¡Cuántas veces han alzado su voz los élderes de Israel ante los habitantes de la tierra y han sido rechazados! ¿No se levantarán estas cosas como testimonio en juicio contra ellos? Sí, ciertamente así será. El Señor ha ofrecido hoy la plenitud del Evangelio eterno a los habitantes de la tierra, y ellos rehúsan recibirlo. El hermano Pratt, que está aquí presente, yo mismo y miles de nosotros hemos recorrido diez mil millas a pie, sin bolsa ni alforja, llevando nuestra mochila o maleta; hemos atravesado pantanos, cruzado ríos a nado y pedido pan de puerta en puerta para predicar el Evangelio a esta generación. ¿Y cuántos hemos logrado que lo crean? Dos de una ciudad y uno de una familia, como dijo el profeta, y los hemos reunido en Sión. No obstante, la voz de advertencia ha salido al mundo. Pero ¿qué vemos hoy? ¿Qué ven los Dioses, los cielos y toda la eternidad? Ven a una generación de hombres y mujeres haciendo guerra contra Dios y contra Su Cristo, haciendo guerra contra profetas y apóstoles, y trabajando día y noche para derrotar y destruir todo principio de salvación y vida eterna que Dios ha restaurado al mundo. Y diré aquí, a oídos de esta congregación, que si esta no fuera la dispensación del cumplimiento de los tiempos, y si no fuera por los decretos que el Señor ha hecho respecto a ella, uno de los cuales es que establecerá un reino que permanecerá para siempre, no habría un apóstol ni un Santo de los Últimos Días sobre la faz de la tierra que no tuviera que sellar su testimonio con su sangre, como lo han hecho casi todos los demás apóstoles que han vivido. Digo que, de no ser por estas cosas, todos tendríamos que seguir a nuestros líderes, José y Hyrum Smith, quienes entregaron sus vidas por la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Pero escuchadlo, naciones gentiles y todas las naciones de la tierra: el Señor Todopoderoso ha extendido Su mano para establecer Su reino sobre la tierra, y no será impedido. El Señor hará una obra breve sobre la tierra, y defenderá a Sus ungidos, a Sus profetas, a Su Sión y a Su pueblo. Este es el decreto del Dios Todopoderoso. Los ojos de todo el cielo están sobre este pueblo; están sobre la tierra, sobre los gentiles y sobre los judíos; y el Señor sostiene en Sus manos el destino de todos los hombres. Y Dios nos ha mandado levantarnos y advertir a las naciones de la tierra; y hacemos un llamamiento a los Santos de los Últimos Días, a los élderes de Israel, a las madres y a las hijas de Sión para que abandonen sus frivolidades y necedades, y no permitan más que sus corazones estén puestos en las modas del mundo, sino que se vuelvan a leer la Biblia, el Libro de Mormón y las revelaciones de Dios dadas en estos días, y obtengan el Espíritu Santo y caminen en la luz del Señor, para que sus ojos sean abiertos, para que vean y comprendan la posición que ocupan sobre la tierra; porque se les considera responsables en gran medida por la manera en que cumplen con su deber y magnifican sus llamamientos ante el Señor, y Él no está jugando ni con nosotros ni con esta generación.

Si los ojos de los gentiles se abrieran por un solo momento para ver las cosas de la eternidad y los juicios que esperan a esta generación, no se sorprenderían de que los siervos de Dios sean movidos a clamar en voz alta a las naciones de la tierra. Os digo que los juicios de Dios están a las puertas tanto de Sión como de la gran Babilonia. La gran Babilonia ha venido en memoria delante de Dios, y Su espada está bañada en los cielos y caerá sobre Idumea y sobre el mundo. ¿Quién podrá permanecer en pie ante la mano del Dios Todopoderoso? Ningún hombre, ninguna nación ni conjunto de naciones sobre la faz de la tierra.

¡Ojalá que los ojos del mundo fueran abiertos! ¡Ojalá que los ojos de las naciones gentiles fueran abiertos para que pudieran ver y comprender lo que pertenece a su paz! ¿Cuánto ha suplicado el Señor a las naciones de la tierra para darles gloria celestial, honor, inmortalidad y vida eterna? Les ha suplicado durante los últimos seis mil años, y de tiempo en tiempo ha levantado a Sus siervos y ha llamado a los habitantes del mundo a prepararse para el gran día de Su segunda venida, que está cercana. Hoy les está llamando con fuerza; y, como he dicho recientemente a algunos de mis hermanos, el Señor quiere saber ahora si los Santos de los Últimos Días están dispuestos a trabajar con Él o no. Es un día de decisión. No espero que más de la mitad de nosotros tengamos aceite en nuestras lámparas y estemos preparados para entrar en las bodas con el Esposo. Eso será aproximadamente todo lo que podemos esperar, a menos que nos arrepintamos de nuestros pecados y abandonemos nuestras locuras, frivolidades y las modas de Babilonia, cosas en las que hemos puesto nuestro corazón en lugar de ponerlo en la edificación del reino de Dios. Me parece que solo un remanente, incluso entre los Santos de los Últimos Días, estará preparado para heredar la vida eterna y para la venida del Esposo.

Siento, en mis huesos y en mi espíritu, que hay un cambio a las puertas, tanto para Sión como para Babilonia. Grandes acontecimientos nos esperan a nosotros y a esta generación. Como dije antes, los juicios están a las puertas. Los ángeles de Dios están esperando el gran mandamiento para salir y segar la tierra. Toda la tierra y el infierno están agitados contra Sión. El espíritu de mentira se ha extendido por todo el mundo, y la gente no quiere recibir la verdad. En mis reflexiones, ya sea sobre el pasado o el presente, siempre me ha parecido uno de los mayores misterios el porqué tan pocos han estado dispuestos a creer las revelaciones de Dios. En los días de Jesús, entre todos los rabinos judíos, con su Urim y Tumim, su efod, sus sacrificios, la entrega de la ley y todas las bendiciones de Judá que tenían en sus manos, siempre me ha maravillado que tan pocos mostraran interés en su Siloh, su Salvador, que vino para morir y redimir al mundo. Todo el espíritu de Jerusalén y Judea era: «¡Crucifícalo, crucifícalo; que su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos!». Así fue y así ha sido, y ellos han sentido las consecuencias. Y los gentiles tienen motivo para cuidarse de no caer también por la incredulidad.

Yo diría a judíos y gentiles, y a toda la tierra si tuviera poder para hacerlo, que Dios nunca ha tenido más que un solo Evangelio para entregar a los hijos de los hombres, y ese Evangelio es el mismo hoy, ayer y para siempre; nunca cambia. El Señor nunca ha tenido una Iglesia en ninguna época del mundo que Él haya reconocido, sin que tuviera una cabeza al frente, y que estuviera organizada con profetas, apóstoles, pastores, maestros, dones, ayudas, gobiernos, inspiración y dones del Espíritu Santo; y la Iglesia de Dios hoy es la misma que en cualquier otra época.

Este Evangelio se ofrece al mundo, y el hecho de que los hombres, en general, tengan un deseo tan grande de arrancarlo de la tierra es la prueba más contundente imaginable de que están bajo el dominio y control del padre de la mentira. Si algún hombre tiene una verdad que nosotros no poseemos, decimos: «Permitidnos recibirla». Estoy dispuesto a cambiar todos los errores y falsas ideas que tengo por una sola verdad, y consideraría que he hecho un buen negocio. No tenemos miedo de la luz ni de la verdad. Nuestra religión abarca toda verdad en el cielo, en la tierra o en el infierno; abarca toda verdad, todo el Evangelio y el plan de salvación, así como el cumplimiento de todo el volumen de revelación que Dios ha dado. No tenemos poder, ni poseen los hombres lenguaje suficiente, para manifestar las verdades eternas de Dios en toda su plenitud y belleza; todo lo que podemos hacer es advertir a los hijos de los hombres, y el Señor ha escogido a los élderes de Israel precisamente para ese propósito. Esa ha sido una de las faltas que los hombres han encontrado en la obra del Señor. Hace algún tiempo un hombre me preguntó: «¿Por qué escogió el Señor a José Smith para establecer Su reino? ¿Por qué no escogió al Dr. Porter, a Henry Ward Beecher o a hombres semejantes?». Le respondí: «Porque tales hombres venderían el reino de Dios y todo lo que hay en él por dinero y popularidad; y tan cierto como que el Señor vive, nunca podría gobernarlos ni dirigirlos; ninguno de ellos trabajaría con Él. Son demasiado semejantes a los fariseos, saduceos, sumos sacerdotes y rabinos de Judea y Jerusalén». ¿Escogió alguna vez el Señor a tales hombres para realizar Su obra? Recorran toda la historia del mundo y encontrarán que, siempre que Dios necesitó un siervo, un apóstol o un profeta, escogió al hombre más humilde que pudo encontrar. Cuando se necesitó un rey para Israel, no pudo hallarlo entre todos los altos hijos de Isaí; y cuando el profeta preguntó si Isaí no tenía otro hijo, le dijeron que no, excepto el muchacho que cuidaba las ovejas. Nadie pensaba nada de él; no tenía importancia alguna. «Traédmelo», dijo el hombre de Dios; y cuando lo llevaron ante él, el profeta derramó aceite sobre su cabeza y lo ungió rey de Israel. Así ha sido siempre. Considerad a Moisés, el libertador de Israel. Su madre lo colocó entre los juncos a orillas del río Nilo, expuesto a los cocodrilos. ¡Pero cuán cuidadosamente veló el Señor por él! Finalmente, la hija del faraón lo encontró mientras se bañaba y lo entregó a su madre para que lo criara y lo alimentara. En esto podía verse claramente la mano del Señor. Cuando el Señor llamó a Moisés para liberar a Israel de Egipto, él dijo: «¿Cómo puedo hacer esto? Soy hombre torpe de lengua y lento para hablar». Pensaba que no podría lograrlo porque no tenía facilidad de palabra. Pero el Señor le dijo que le proporcionaría un portavoz. Así, en todo tiempo, el Señor ha escogido las cosas débiles del mundo para avergonzar a los sabios, y las cosas que no son para deshacer las que son. Jesucristo mismo nació en un establo y fue acostado en un pesebre; ¿y quiénes fueron Sus apóstoles? Pescadores sin instrucción académica, hombres de una de las ocupaciones más humildes de Judea, de Salt Lake City o de cualquier otro lugar. Pero los pescadores pueden ser tan honorables como cualquier otra persona, y generalmente son considerados hombres muy humildes; y esa es la clase de hombres que Dios siempre ha escogido.

El Señor llamó a José Smith porque había sido preordenado antes de la fundación del mundo para establecer esta Iglesia y este Reino, y vino por el linaje del antiguo José. Era un joven sin instrucción formal, pero el Señor lo utilizó, y vivió para cumplir la medida de su llamamiento; vivió todo el tiempo que el Señor requirió de él, y hasta recibir cada llave que poseyeron todos los profetas y apóstoles que vivieron en la carne desde los días de Adán hasta su propia época, llaves que pertenecían a esta dispensación.

José Smith recibió su primera ordenación bajo las manos de Juan el Bautista, quien fue decapitado y que, mientras estuvo en la carne, poseyó el Sacerdocio Aarónico. Pedro, Santiago y Juan, que fueron profetas y que fueron crucificados y muertos —al menos Pedro y Santiago lo fueron—, vinieron y ordenaron a José Smith al apostolado; y cada ordenación que recibió la obtuvo del mundo de los espíritus, de hombres que habían vivido aquí en la carne. Estas son las verdades eternas del Dios de los cielos, y la eternidad las revelará a los habitantes de la tierra. Es por este poder que esta Iglesia ha sido establecida, no por obra de hombres ni por la voluntad del hombre, sino por las revelaciones de Jesucristo. Hacemos un llamamiento a los Santos de los Últimos Días; miramos hacia ellos, y el Señor mira hacia ellos, y los cielos miran hacia ellos, para que tomen sobre sí la responsabilidad de edificar este reino.

Algunas personas del mundo exterior encuentran muchas faltas en los indios. ¿Quiénes son los indios? Lean el Libro de Mormón y aprenderán que son los descendientes literales de Israel; han sido maldecidos a causa de las transgresiones de sus padres, y una piel de oscuridad ha venido sobre ellos. Esta historia nos dice que una vez fueron un pueblo blanco y deleitoso, y que tuvieron gran poder sobre esta tierra, pero que fueron degradados y abatidos a causa de sus pecados. Cuando llegamos aquí, los encontramos viviendo de grillos, saltamontes, raíces y cualquier cosa que pudieran comer; seres pobres, miserables y degradados, aunque poseen almas inmortales y pertenecen a la casa de Israel. ¿Qué está haciendo el Señor por ellos? Está extendiendo Su mano sobre ellos en recuerdo de las promesas hechas a sus padres. Se acusa al presidente Young y a su pueblo de incitar a los indios contra el gobierno general y contra el hombre blanco. Esto no es cierto. Hemos predicado a los indios durante muchos años, cuando hemos tenido oportunidad, pero ¿qué efecto produjo? No mucho. Predicamos a Walker, Arapene y a muchos otros jefes que vivieron aquí y que ahora han fallecido, pero nuestra predicación tuvo poco efecto. Ahora el Señor está extendiendo Su mano sobre los lamanitas, sus ojos están siendo abiertos y están recibiendo el Evangelio de Jesucristo de manos de los élderes de Israel. ¿De quién es esta obra? No es obra del hombre, sino obra de Dios; y si las naciones de la tierra intentan detenerla, la contienda será entre ellas y Dios, y no entre ellas y nosotros. Así sucede con todos los demás principios que Dios nos ha revelado. Esta obra es la obra del Dios de Israel, y no la obra del hombre; no la obra de Brigham Young, de los Doce Apóstoles ni de ninguna otra persona. La mano del Señor está buscando a ese pueblo, y si nosotros, como Santos de los Últimos Días, no nos levantamos para magnificar nuestros llamamientos y cumplir nuestras misiones, el Señor tomará a ese pueblo y edificará Su reino con ellos, y nosotros seremos rechazados. Es tiempo de que despertemos y comprendamos esta verdad, y de que, como élderes de Israel, comprendamos nuestra posición ante el Señor. Ahora existe un deseo muy general entre este pueblo de enriquecerse y de trabajar para sí mismos más que para el reino de Dios. Pero ¿qué te aprovechará a ti o a mí dejar de orar y dedicarnos a hacernos ricos? ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su propia alma? De muy poco. ¿Qué dará un hombre a cambio de su alma cuando llegue al otro lado del velo? Me asombra mucho el poco interés que generalmente manifiestan los habitantes de la tierra por su estado futuro. No hay una sola persona aquí hoy que no vaya a vivir al otro lado del velo tanto tiempo como su Creador: por las eternas edades de la eternidad; y el destino eterno de cada individuo depende de la manera en que emplee los pocos años de su vida en la carne. Pregunto, en el nombre del Señor: ¿qué es la popularidad para ti o para mí? ¿Qué son el oro, la plata o los bienes de este mundo para cualquiera de nosotros, más allá de proporcionarnos lo necesario para comer, beber, vestirnos y ayudar a edificar el reino de Dios? Y para nosotros dejar de orar y volvernos locos tras las riquezas del mundo es el colmo de la insensatez y la necedad. Al ver cómo actúan algunas personas, podría pensarse que van a vivir aquí eternamente y que su destino eterno depende de la cantidad de dólares que poseen. A veces pregunto a los Santos de los Últimos Días: ¿cuánto teníamos cuando llegamos aquí? ¿Cuánto trajimos y de dónde vino? No creo que ninguno de nosotros trajera una esposa o una casa de ladrillo; no creo que ninguno naciera montado a caballo o en carruaje, ni que trajéramos acciones de ferrocarril, ganado o casas con nosotros; nacimos desnudos como Job, y creo que saldremos de aquí tan desnudos como él salió. Entonces, respecto a los bienes de este mundo, ¿qué valor tienen para nosotros como para inducirnos a perder la salvación por ellos? Yo digo que, antes que eso, prefiero ser pobre todos los días de mi vida; si las riquezas van a condenarme y a quitarme la gloria que espero alcanzar mediante la obediencia a los mandamientos de Dios, ruego a Dios que nunca las posea.

Dios tiene en Sus manos las riquezas de este mundo; el oro, la plata, el ganado y la tierra le pertenecen, y Él los da a quien quiere dar. Cuando Cristo estuvo sobre el monte, Lucifer, el diablo, le mostró toda la gloria del mundo y le ofreció dársela si se postraba y lo adoraba. Pero ¿sabéis que ese pobre diablo no poseía ni un solo pie de tierra en todo el mundo, y que ni siquiera tenía un cuerpo o tabernáculo? La tierra es el estrado de los pies del Señor, y si alguna vez tenemos parte de ella como propia será porque el Señor nos la dará; y deberíamos ser tan fieles a nuestra religión si tuviéramos diez mil millones de dólares como si no tuviéramos ninguno. La vida eterna es lo que estamos buscando, o deberíamos estar buscando, y ese debe ser nuestro principal objetivo, cualquiera que sea nuestra condición o circunstancia en la vida.

Digo a los hermanos y hermanas: vosotros habéis recibido vuestro llamamiento; el Señor ha levantado a estos élderes de Israel, y puedo demostrar por el Libro de Doctrina y Convenios que recibisteis el sacerdocio desde la eternidad, y que vuestra vida ha estado escondida con Cristo en Dios, aunque no lo supierais. Sois literal y legítimamente herederos del sacerdocio por el linaje de vuestros padres, y ese sacerdocio continuará por toda la eternidad; por lo tanto, habéis recibido vuestro nombramiento, y el Señor espera de vosotros que edifiquéis Su Sión y Su reino sobre la tierra.

Procuremos ser fieles y vivir nuestra religión; procuremos creer en las revelaciones de Dios. Creo que será mejor para nuestras hijas, nuestras esposas, nuestros hijos y para nosotros mismos dejar de lado el New York Ledger y la literatura popular de cubiertas amarillas en general, y dedicarnos a leer y comprender las revelaciones de Dios. Cuando leo las revelaciones, ya sea en la Biblia, en el Libro de Mormón o en el Libro de Doctrina y Convenios, las considero verdaderas y espero su cumplimiento. Hasta el día de hoy, ni una jota ni una tilde de ellas ha quedado sin cumplirse; y, como ha dicho el Señor: «Lo que he hablado, lo he hablado, y no me excuso; y aunque pasen los cielos y la tierra, ni una jota ni una tilde de mi palabra dejará de cumplirse, ya sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo. He aquí, yo soy Dios, y la verdad será y permanecerá para siempre jamás. Amén». Ahora procuremos vivir nuestra religión y guardar los mandamientos de Dios. Como Santos de los Últimos Días, examinemos dónde estamos; y si no tenemos aceite en nuestras lámparas, dejemos de intentar enriquecernos y oremos al Señor hasta obtener Su Espíritu y aceite en nuestras lámparas, y luz para la gloria de Dios; y dediquémonos a trabajar para edificar Su Reino y Su Sión.

Antes de concluir, quiero hablar sobre un punto temporal. He estado hablando acerca de las riquezas. No encuentro falta en las riquezas. El oro y la plata pertenecen al Señor. Necesitamos construir casas y debemos cultivar la tierra. Todo esto está bien. No encuentro falta en que un hombre llegue a ser rico; encuentro falta en que vendamos el reino de Dios, nuestro derecho de nacimiento, que vendamos el Evangelio y nos privemos de la vida eterna por satisfacer los deseos de la carne, el orgullo de la vida y las modas del mundo, poniendo nuestro corazón en estas cosas. Es correcto construir casas, plantar viñedos y huertos, cultivar la tierra, hacer florecer el desierto como la rosa, embellecer nuestros hogares y construir templos. Todo esto está bien. No tengo objeción alguna a que las damas —nuestras esposas, hijas y madres en Sión— se adornen tanto como deseen, siempre que hagan ellas mismas lo que usan. Plantad vuestras moreras y haced vuestra propia seda; conseguid paja y confeccionad vuestros propios sombreros; haced vuestras propias flores artificiales para adornaros, y que todo sea obra de vuestras propias manos, sin importar estas cosas a costa de los recursos que tenemos en el Territorio. No tengo ninguna objeción a que os adornéis, siempre que fabriquéis vosotras mismas aquello que necesitáis.

Quiero decir una palabra a nuestros agricultores antes de terminar. Quiero preguntaros si alguna vez oísteis al hermano Kimball hablar sobre almacenar trigo. «Sí», dirán algunos, «lo hemos oído, pero el hambre todavía no ha llegado». No, pero llegará. El Señor no va a decepcionar ni a Babilonia ni a Sión respecto al hambre, las pestilencias, los terremotos o las tormentas; no va a decepcionar a nadie respecto a ninguna de estas cosas, porque están a las puertas. Y quiero dar una palabra de exhortación a nuestros agricultores, y les digo: almacenad vuestro trigo, porque, según el sentimiento que ha estado en mi corazón durante los últimos tres o cuatro meses, y también en el corazón de muchos otros, llegará el día en que, si no seguís este consejo, necesitaréis vuestro trigo para hacer pan. Siento exhortar a los hermanos y decirles: almacenad pan; no lo vendáis por casi nada; que vuestras esposas e hijas pasen un tiempo sin cintas ni adornos; dejad vuestro trigo en los graneros; tratemos de arreglarnos con abrigos viejos y sombreros viejos, y conservemos el trigo, y dentro de poco veréis la razón por la que se ha dado este consejo. Almacenad vuestro trigo y otras provisiones para un día de necesidad, porque llegará el día en que serán necesarias, sin ninguna duda. Nosotros necesitaremos pan, y los gentiles necesitarán pan; y si somos sabios, tendremos algo con qué alimentarlos a ellos y a nosotros mismos cuando llegue el hambre. Hemos alimentado a miles de ellos en tiempos pasados, quienes habrían dejado sus huesos en estas llanuras si no hubiera sido por el consejo del presidente Young de cultivar la tierra y tener trigo disponible para alimentarlos. Y llegará nuevamente el día en que el grano será necesario en Sión, y será buscado. Espero que los Santos de los Últimos Días presten atención a estas cosas y sean sabios.

Ruego que Dios os bendiga, que os conceda Su Espíritu, para que podáis ver y comprender vuestra posición ante Él. Y ruego que abra los ojos, los oídos y los corazones de los gentiles para que reciban el Evangelio de Cristo y sean contados con la casa de Israel en la última dispensación del cumplimiento de los tiempos, para que puedan permanecer en lugares santos a través de las naciones; porque los juicios vendrán tanto sobre judíos como sobre gentiles, sobre Sión y sobre Babilonia. No hay manera de escapar de ellos, porque el Señor lo ha dicho, y lo que Él ha dicho acontecerá. Amén.

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