La Muerte No es el Fin: Esperanza, Resurrección y Gloria Eterna
Respeto por los Muertos—La preexistencia como clave para comprender esto—La vida futura depende de ello—Los Santos de los Últimos Días dependen de la revelación para su conocimiento de estas cosas—Las persecuciones de la vida no son nada en comparación con las promesas relacionadas con el futuro—Las glorias futuras de los hombres serán conforme a las leyes que obedezcan.
por el élder John Taylor, Un sermón fúnebre pronunciado en los Salones de Asamblea del Barrio 14, Salt Lake City, el domingo 31 de diciembre de 1876, sobre los restos de la hermana Mary Ann, la amada esposa del élder George E. Bourne.
Volumen 18, discurso 39, páginas 306–313.
Nos hemos reunido en esta ocasión, como con frecuencia se nos llama a hacerlo, para rendir nuestros últimos respetos a los difuntos. Este es uno de los acontecimientos relacionados con la humanidad y uno que siempre reclama nuestra seria atención. Ha salido un decreto inmutable del Todopoderoso de que el hombre debe morir; y no importa cuál sea nuestra posición en la sociedad o nuestro estado en la vida, todos por igual debemos someternos al mandato divino.
Cuando miramos hacia las generaciones que han pasado, dejando que nuestras mentes recorran las diversas épocas que han transcurrido desde el comienzo de la familia humana sobre la tierra, vemos, por así decirlo, multitudes de seres humanos que han tenido su entrada y su salida de este mundo, una gran ola rodante de vida humana que viene y va. Han existido simplemente por un corto tiempo, mezclándose y actuando entre sus semejantes, y luego se han desvanecido; sus cuerpos se han descompuesto y han regresado a la madre tierra, mientras que ellos mismos han dejado este mundo y han pasado a otro estado de existencia.
Podríamos acercar un poco más esta reflexión a nuestra propia experiencia preguntándonos: ¿cuántos de mis conocidos que existían cuando yo nací siguen aún viviendo? Comparativamente muy pocos; y así sucede con muchísimas otras personas. Venimos al mundo, pensamos y reflexionamos, actuamos y obramos, llevamos a cabo ciertas ideas, planes y cálculos, vivimos solo un breve tiempo y luego morimos, dejando todas las cosas con las que estuvimos relacionados casi exactamente como estaban cuando llegamos aquí.
Con frecuencia hablamos de los adelantos realizados por la sociedad y del progreso del mundo en general en inteligencia, ciencia, literatura, etc. Pero ¿qué significa todo eso para el hombre cuando está a punto de abandonar su morada terrenal y partir de aquí? ¿Qué importancia tiene para él cuán brillante haya sido su genio o cuán amplio y variado haya sido su conocimiento? No hace diferencia alguna; se ha ido y aparentemente está indefenso e inanimado, al menos en lo que respecta al cuerpo. A veces luchamos, mientras habitamos estos cuerpos mortales, por riquezas y posición, por fama y honor. Nos empujamos unos a otros, sosteniendo diversos sentimientos, ideas y teorías en conflicto; pero todo ello queda nivelado por la balanza de la tumba. Tal ha sido y tal es la condición de la familia humana.
Hay una escritura que dice: «Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio». Si solamente hubiéramos de estar relacionados con este mundo, si cuando esta chispa vital se extingue terminara toda nuestra existencia, apenas valdría la pena prestar a sus asuntos la atención que les damos, y eso por tan corto tiempo. Pero cuando reflexionamos, recordamos que el hombre es un ser dual, que posee cuerpo y espíritu, y que está relacionado tanto con este mundo como con el próximo; que está conectado con el tiempo y con la eternidad. Entonces el asunto adquiere una importancia mucho más profunda y solemne. Estas son cosas que no podemos ignorar, aun si quisiéramos hacerlo. Según las ideas que tenemos de las cosas tal como nos han sido reveladas, tuvimos una existencia antes de venir aquí. Vinimos para cumplir un propósito determinado que fue decretado por el Todopoderoso antes de que el mundo existiera. Vinimos para recibir cuerpos o tabernáculos y, en ellos, pasar por cierta cantidad de pruebas en lo que se denomina un estado probatorio de existencia, preparatorio para algo que se desarrollará en el futuro. Por tanto, este mundo es el estado de nuestra probación, y contemplamos el futuro como algo con lo cual estamos tan relacionados como con cualquier cosa perteneciente al tiempo. Esperamos otro estado de existencia con el mismo grado de certeza y confianza con que nos acostamos por la noche esperando ver la luz del sol por la mañana, o con que esperamos cualquier otra cosa relacionada con los asuntos de este mundo en la que depositamos alguna confianza. Si no fuera así, como ya he señalado, tendría muy poca importancia cuáles fueran nuestras luchas o lo que tuviéramos que hacer en este mundo. Sentiríamos, como Pablo lo describe filosóficamente: «Si solamente en esta vida esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres». Y luego añade: «Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos». O, en otras palabras, si solo en este mundo tenemos esperanza, aprovechemos toda oportunidad que se nos presente y disfrutemos de la vida, mezclándonos y participando en la agitada contienda del mundo y dejándonos llevar por la corriente, porque nuestros días son breves; pasan como una sombra y desaparecemos para siempre.
Pero sucede que nosotros consideramos estas cosas desde un punto de vista muy diferente, habiéndosenos revelado desde los cielos cuál fue la condición del hombre, cuál es ahora y cuál será. En relación con esto, sin importar cuáles sean nuestros sentimientos religiosos o cuáles sean las opiniones de los hombres acerca de estos asuntos, existe una especie de decreto inexorable que desciende por la corriente del tiempo y va llevándose a la familia humana uno tras otro: los buenos y los malos, los justos y los injustos, los ricos y los pobres, todas las clases, todos los rangos y todas las condiciones deben someterse a él. Es cierto que leemos acerca de unos pocos individuos que lo evitaron. Por ejemplo, Enoc y su ciudad fueron llevados sin ver la muerte. Leemos que cuando Moisés dejó esta vida, su cuerpo no pudo ser hallado. Elías también ascendió al cielo sin morir. Asimismo, a Juan el Revelador se le permitió permanecer sobre la tierra hasta la venida del Salvador, y el Libro de Mormón relata que tres nefitas, que vivieron en este continente americano, solicitaron el mismo privilegio y les fue concedido.
No estoy hablando ahora a los muertos; ella se ha ido, nos ha dejado, su oído ya no es sensible a nuestra voz, sus facultades están inactivas; pero estoy hablando a los vivos. Al reflexionar sobre estas cosas debemos comprender que dentro de poco tiempo estaremos en la condición en que se encuentra nuestra hermana, cuyos restos yacen ahora ante nosotros. La pregunta que surge necesariamente, y que ha ocupado la atención de todas las personas de toda época y país, es: ¿Qué hay del futuro? Los hombres han tenido diversas teorías respecto a estos asuntos, las cuales han diferido más o menos según el tiempo y la época en que vivieron, según la inteligencia que poseían y según las circunstancias que los rodeaban, sobre las cuales quizá tenían muy poco control. Sin embargo, todos los hombres, en mayor o menor grado, han tenido el deseo de alcanzar la exaltación en el más allá o alguna clase de felicidad. Han tenido sentimientos en su interior que naturalmente los impulsaban a ello. No recuerdo haber leído acerca de ningún pueblo, por bajo y degradado que fuera, que no tuviera alguna clase de ideas, más o menos definidas, acerca del futuro, aunque en algunos aspectos hayan estado y continúen estando muy confundidos, adorando, por ejemplo, dioses hechos de oro, plata, bronce, etc., y en algunas épocas llegaron a tener miles de dioses. ¿Pero por qué los adoraban? Porque creían que tenían algo que ver con su destino y deseaban asegurarse su favor y aprobación. Muchos de estos sentimientos existen todavía hoy entre las naciones paganas. Algunos creen que cuando mueren pasan a los cuerpos de bestias y diversos animales y los ocupan; otros creen que se les ha preparado alguna clase de felicidad. En tiempos antiguos se hablaba de los Campos Elíseos, después de haber cruzado el río Estigia, donde esperaban disfrutar de algún placer agradable cuya naturaleza desconocían. Existe hoy un gran número de personas que son llamadas mahometanas, y ellas tienen sus propias ideas peculiares acerca del cielo. Luego tenemos el cristianismo en todas sus fases, con todas sus ideas, teorías, opiniones, planes y cálculos, tan diversificados quizá como cualquier otra cosa que exista hoy sobre la faz de la tierra. También existe una falta general de certeza e inteligencia con respecto a estos asuntos. Algunos indígenas creen que cuando mueren van a agradables terrenos de caza, donde abundan los búfalos, los alces y los venados, y donde pueden deleitarse en el placer de la cacería y poseer todo lo necesario para sentirse cómodos.
Como Santos de los Últimos Días diferimos de todos ellos. Dependemos de las revelaciones que Dios nos ha dado con respecto al futuro y que están en estricta armonía con las revelaciones que Él dio en diferentes épocas a Sus antiguos santos. Nuestra fe y nuestra opinión son que, siendo seres duales e inmortales, poseedores de un cuerpo y un espíritu, asociados con el tiempo y la eternidad, es apropiado que conozcamos y comprendamos algo acerca del futuro; y no, como generalmente hace la humanidad, dar por así decirlo un salto en la oscuridad; o como he oído decir con frecuencia a las personas, incluso a cristianos: «No sabemos nada acerca del futuro; tenemos que dejarnos enteramente en las manos de Dios». Por supuesto, todos tenemos que hacerlo, y eso también es correcto en cierto sentido de la palabra. Pero hubo hombres en tiempos antiguos que tenían ideas muy diferentes. Vivieron hace mucho, muchísimo tiempo, en lo que ahora llaman las «edades oscuras». Por ejemplo, mencionaré a Job y citaré sus palabras sobre este punto: «Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre la tierra; y después de deshecha esta mi piel, aun en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro». Hay algo expresado allí muy diferente de la idea vaga e indefinida que muchos cristianos parecen tener respecto a estas cosas. Hay algo definido y seguro en ello. «Yo sé», dijo Job. ¿Cómo lo sabía? Un hombre no podría saber nada acerca de un futuro tan lejano, ni podría saber nada acerca de la influencia vivificante y restauradora de ciertos poderes que pudieran actuar sobre los restos de la humanidad enterrados en la tumba para traerlos nuevamente a la vida, haciéndolos ver, oír y comprender. ¿Cómo y mediante qué principio podía él ver desarrollarse estas cosas, sino por alguna influencia sobrehumana que le hubiera sido manifestada? Solo podía saberlo sobre este principio: que «las cosas de Dios nadie las conoce sino por el Espíritu de Dios»; y estando además en posesión de ese Espíritu y de la vida, la luz y la inteligencia que fluyen de Dios, contempló a través de la oscura perspectiva de las edades futuras y comprendió los propósitos de Dios respecto a la familia humana y respecto a sí mismo. Juan el Revelador también «vio a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios»; vio al mar entregar los muertos que había en él. Otros vieron, por el mismo Espíritu, abrirse la tumba y reposar sobre los que estaban en ella el poder de Dios, rompiendo entonces las barreras del sepulcro y saliendo nuevamente con salud y vitalidad. No existe razón humana ni inteligencia humana, con toda su jactanciosa ilustración e investigación científica, que pueda desentrañar un misterio de esta naturaleza. Sin embargo, allá en las llamadas edades oscuras, se oye a un hombre inspirado por el Espíritu de Dios declarar: «Yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre la tierra»; y también sabía que en su carne vería a Dios. Tal lenguaje tiende a traer a nuestra mente ciertas ideas, pensamientos y reflexiones. Una inteligencia de esta clase no es un fantasma; es una realidad.
Si seguimos las Escrituras con relación a estas cosas, encontramos que los mismos principios se desarrollan y que las mismas ideas se sostienen dondequiera que existió el Evangelio del Hijo de Dios, dondequiera que existieron la luz y la inteligencia que fluyen de Él. Entre todos los pueblos donde existió el Evangelio prevaleció esta inteligencia, y fue ella la que los sostuvo y fortaleció en medio de todas las vicisitudes y cambios con los que tuvieron que luchar durante su paso por el tiempo. Los hombres de tal convicción generalmente eran considerados visionarios. Eran objeto de burla por parte de otros que eran considerados más prácticos, pero a quienes yo llamaría necios. Tuvieron que soportar toda clase de ignominia y reproche; de hecho, estaba y está ordenado que, en este estado probatorio, sea necesario que pasen por ciertas pruebas a fin de prepararlos y capacitarlos para algo que había de venir. Tenían que pasar por estas cosas y no podían evitarlas. Job fue reprendido por sus amigos y perseguido por sus enemigos; fue despojado y privado de todo lo que poseía en el mundo, incluso perdió a sus hijos, y su esposa, compañera de su seno, se volvió contra él diciéndole finalmente: «Maldice a Dios y muérete». Pero Job respondió: «¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien y no recibiremos también el mal?». «Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito». ¿Por qué tuvo que ser probado de esa manera? Para que, como se declara en otra parte, fuese perfeccionado mediante el sufrimiento. (1 Pedro 5:10).
Leemos también acerca de cierto hombre que, mientras estaba envuelto en una visión, vio desplegarse muchos de los propósitos de Dios; y entre otras cosas vio a un grupo de personas vestidas con ropas blancas que estaban cantando un cántico nuevo. Al preguntar quiénes eran aquellas personas, se le dijo que habían salido «de grande tribulación». ¿Qué? ¿Hombres teniendo que soportar tribulación por temer a Dios y guardar Sus mandamientos? Sí; y era necesario, en la sabiduría de Dios, que así fuera. Estos eran los que habían salido de gran tribulación, habiendo lavado sus ropas y emblanquecido sus vestiduras en la sangre del Cordero. Y por eso están cerca del trono y sirven a su Creador día y noche.
Hay algunas lecciones peculiares e importantes enseñanzas que se desarrollan en muchas de estas cosas, tal como las vemos representadas. Hablo ahora a los Santos de los Últimos Días. Nosotros, algunos de nosotros, hemos tenido nuestra parte en estas experiencias. He visto personas, en los primeros días, que tuvieron que pasar por mucho: fueron despojadas, robadas, saqueadas, golpeadas, asesinadas y muertas por causa de su religión. Fueron expulsadas de sus hogares y vagaron como exiliados. Verdaderamente podían decir, como Jesús dijo una vez: «Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza». No tenían dónde descansar sino sobre la tierra desnuda, donde he visto a cientos y miles de Santos de los Últimos Días encontrar refugio mientras huían de las manos de personas cristianas despiadadas e ignorantes. ¿Sabían ellas lo que estaban haciendo? No. ¿Sabían los santos lo que estaban haciendo y el propósito de sus sufrimientos? Sí, y lo saben hasta el día de hoy. Tenían implantada en ellos una esperanza que viene por la obediencia al Evangelio del Hijo de Dios, una esperanza que florece en inmortalidad y vida eterna. Fue en vista de estas cosas, como sucedió con algunos de los que habla Pablo, que «fueron tentados, fueron probados, fueron perseguidos, fueron azotados y aserrados; anduvieron errantes cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, habitando en cuevas y cavernas de la tierra, de los cuales el mundo no era digno». De estas mismas personas que soportaron tales cosas el mundo no era digno; y declararon claramente que «anhelaban una patria mejor, esto es, la celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos. Porque les ha preparado una ciudad, una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». Exactamente aquello que Jesús dijo que tendrían cuando habló a Sus discípulos y les dijo: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo; para que donde yo estoy, vosotros también estéis».
Hay algo en estas ideas, alentador y reconfortante, que da vida y vigor a la mente humana mientras transita por el mundo y tiene que enfrentarse a los diversos conflictos y dificultades que con frecuencia obstruyen nuestro camino.
Considerándonos seres eternos, relacionados con el cielo tanto como con la tierra, con la eternidad tanto como con el tiempo, ¿qué diferencia hace para nosotros cuál sea nuestra suerte, ya sea que abundemos en riquezas o tengamos que luchar contra la más dura pobreza; ya sea que poseamos los bienes de este mundo o tengamos que arrastrarnos como Lázaro y sentirnos agradecidos por comer las migajas que caían de la mesa del rico? Pronto será para el rico como si nunca hubiera sido rico, y para el pobre como si nunca hubiera tenido que luchar; todos encontrarán un mismo nivel en la tumba.
¿Cuáles son nuestras perspectivas respecto al futuro? ¿Qué derecho tenemos ante el Todopoderoso? ¿Podemos decir como uno de los antiguos: «Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos»? Si podemos decir eso, todo está bien; no importa cuál sea nuestra posición, no importa cuáles sean nuestras circunstancias; si nuestros corazones son puros delante de Dios, y nuestros espíritus son rectos, y sentimos concienzudamente que estamos cumpliendo con nuestro deber, viviendo en el temor de Dios, siendo capaces de aferrarnos a Él, guardar Sus mandamientos y andar de acuerdo con Sus preceptos, todo está bien. No importa si vivimos mucho o poco tiempo; no hace diferencia alguna. Dios cuida de Su pueblo, y todo está bien.
¿Tenemos pruebas? Sí, y es necesario que las tengamos; pero hagamos lo que hagamos, no permitamos que nuestras pruebas interfieran con nuestros deberes y responsabilidades hacia Dios. Si llegan las dificultades y nos resulta arduo luchar con las cosas de esta vida, no importa; aferrémonos a Dios, a la verdad, a la virtud y a la rectitud, y mantengamos nuestra integridad, y siempre sentiremos que Dios es nuestro amigo y que todo está bien. Sentiremos deseos de decir: que soplen los vientos, que descienda la lluvia y que vengan las tormentas; no importa cuál sea nuestra posición, si Dios nos da poder para resistir el conflicto, si guardamos los mandamientos de Dios y tenemos nuestra fe y nuestras esperanzas centradas en el Señor más allá del velo, sentiremos que Dios es nuestro Padre y Amigo, y que nosotros somos Sus hijos, y que Él nos reconocerá y cuidará de nosotros tanto en el tiempo como en las eternidades venideras.
Pues bien, ¿qué hay de los demás? ¿Soy acaso muy excluyente en mis sentimientos? No, en absoluto. Estoy dispuesto, como individuo, a soportar cualquier cosa que Dios tenga a bien poner sobre mí, siempre que tenga Su gracia para sostenerme. No puedo hacer nada por mí mismo, ni tampoco vosotros podéis hacerlo sin la ayuda divina. ¿Tengo yo debilidades? Sí. ¿Tenéis vosotros debilidades? Sí. ¿Es alguno de nosotros perfecto? No. Hemos sido colocados en este mundo para ser probados. ¿Qué debemos hacer entonces? Temer al Señor y hacer lo mejor que podamos, confiando en Él. Si hacemos eso, todo estará bien con respecto al futuro. Pero ¿qué es lo que todos estamos procurando alcanzar? Yo busco una gloria celestial. Deseo estar asociado con la Iglesia de los Primogénitos, cuyos nombres están escritos en los cielos, y con profetas y apóstoles, y con todos los santos hombres de Dios que fueron inspirados por las mismas esperanzas hace generaciones, así como con aquellos hombres que viven en la actualidad. Si tan solo puedo pelear la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna, entonces todo estará bien. ¿Y qué hay de los demás? Están en las manos de Dios, así como nosotros también lo estamos. Pero ¿vamos todos a entrar en el reino celestial? Me temo que no. ¿Ni siquiera todos los Santos de los Últimos Días? Me temo que no. Leemos que muchos son llamados, pero pocos escogidos. También leemos que había cinco vírgenes prudentes y cinco insensatas. Se nos dice que las prudentes tenían aceite en sus lámparas, y que sus lámparas estaban arregladas y encendidas. Estaban preparadas para recibir al esposo a quien esperaban. Las otras no tenían aceite en sus lámparas cuando se oyó el clamor para que todos salieran al encuentro de su Señor. Se habían vuelto descuidadas e indiferentes, y mientras las vírgenes insensatas estaban tratando de conseguir aceite para sus lámparas, vino el esposo, y solo aquellas que estaban preparadas para recibirlo entraron con él, y la puerta fue cerrada. «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Así es como yo entiendo estas cosas.
Ahora bien, teniendo estos principios ante nosotros, nos corresponde hacer lo correcto y actuar de manera honorable y virtuosa, recta y consecuente, y todo estará bien. Si no lo hacemos, no estará bien, porque cada hombre será juzgado según las obras hechas en el cuerpo. Y en cuanto a aquellos que no reciben el Evangelio, ellos también serán juzgados conforme a sus obras. ¿Creó Dios a alguno de Sus hijos con el propósito de destruirlo? Yo creo que no. Pienso que hará lo mejor posible con todos nosotros. Pero ¿llevará al reino celestial a los desobedientes, a los descuidados y a los indiferentes, para que moren con Él y con los justos que han sido perfeccionados? Yo creo que no. Hay cuerpos celestiales, cuerpos terrestres y cuerpos telestiales. «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna y otra la gloria de las estrellas; pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos». A juzgar por estos hechos, ¿os parece razonable que todos los Santos de los Últimos Días entren en el reino celestial de nuestro Dios? A mí no me lo parece. Pero el Señor ha revelado a los hijos de los hombres muchas cosas grandiosas y les ha enseñado muchos principios elevados; si ellos no reciben esos principios, ni se adhieren a ellos, ni guardan Sus mandamientos, ¿han de ser condenados y sepultados en el infierno para siempre? Yo creo que no.
Algunos de nuestros amigos sectarios piensan que tenemos ideas extrañas acerca de ellos. Os diré de dónde surge eso. Nosotros estamos procurando alcanzar lo que llamamos una gloria celestial. Ellos no entienden esto. ¿Recibirán una gloria? Sí, recibirán todo aquello que están buscando, exactamente tanto como puedan soportar, tanto como sea posible que Dios derrame sobre ellos dadas las circunstancias. ¿Y serán salvos los paganos? Sí, todos los hijos de Dios, sin importar el nombre por el que sean llamados, serán salvos, recibiendo una gloria y una salvación tan elevadas como sean capaces de recibir. Pero ¿van todos a heredar una gloria celestial? No; pero el grado de gloria que recibirán estará muy por encima de sus propias ideas acerca de ella. Sin duda podría decirse de ellos, como se dijo de otros: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman». Estos son hechos que todos nosotros, los Santos de los Últimos Días, sostenemos, y también Dios los sostiene; ¿y quién podría objetarlos?
Porque hemos sido perseguidos y maltratados, ¿debemos albergar sentimientos de odio y animosidad hacia la familia humana? ¡No! Todos los buenos Santos de los Últimos Días que poseen la luz y la vida de Cristo, y que han sufrido de esta manera, sienten como sintió Jesús en los momentos de Su más amargo dolor, cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Dios es el Dios y Padre de todos los espíritus de toda carne que ahora vive y que ha vivido a lo largo de todas las edades del tiempo, y está interesado en el bienestar y la salvación de todos; pero Él, al igual que nosotros, se rige por la ley y, por lo tanto, no hace acepción de personas, sino que da a cada uno según sus obras. Yo he fijado mi meta muy alta, y si Dios me concede gracia suficiente para vencer todo mal y superar toda prueba, tengo la intención de continuar peleando la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna.
Con respecto a la hermana Bourne, a cuyos restos rendimos ahora nuestros últimos respetos y que yacen ante nosotros, todo está bien, ¡todo está bien! Yo también he visto partir a mis amigos. ¿Me siento apenado? No. Ellos se han ido y descansan de las aflicciones terrenales, y espero seguirlos algún día. Recuerdo muy bien la conversación que tuve con mi padre cuando estaba a punto de dejar esta vida. Le dije: «Padre, ¿te vas?». Él respondió: «Sí». Entonces le dije: «Está bien, padre; tú viniste al mundo un poco antes que yo, y te marchas un poco antes. No trataré de deshonrarte, y dentro de poco yo también iré». Es cierto que no nos gusta perder a un buen y bondadoso compañero, una esposa, un esposo, un hijo, un hermano, una hermana o cualquiera de nuestros seres queridos y familiares; pero tenemos que hacerlo, y es correcto y apropiado que así sea. Ellos van un poco antes que nosotros; cuando lleguemos allá, nos recibirán y nos darán la bienvenida, diciendo: «Dios te bendiga, por fin has llegado». Así es como yo lo veo. Espero estrechar la mano y abrazar a mis amigos que se fueron antes, que demostraron ser fieles y verdaderos. ¿Por qué habría de lamentarme cuando parten? Claro que disfruto de su compañía y de su asociación, pero no fue dispuesto que la tuviera para siempre aquí. Vinimos aquí para vivir y para morir a fin de poder vivir; y todos estamos avanzando, avanzando, pasando por este escenario del tiempo. Nos corresponde prepararnos para las eternidades venideras.
Ruego a Dios que consuele los corazones del esposo, de los hijos, de los familiares y de los amigos de esta hermana que ha partido, y digo: Que la paz y las bendiciones de Dios estén y permanezcan con vosotros, y que Él nos guíe por los senderos de la vida y nos capacite para luchar por la gloria y la exaltación que están a nuestro alcance, hasta que hayamos vencido y estemos preparados para entrar en el reino celestial del Padre. Que Dios lo conceda por causa de Cristo. Amén.


























